martes, 16 de octubre de 2012

CUENTO "A TRAVÉS DEL TIEMPO Y DEL ESPACIO" EDITADO

Aquí os dejo un cuento que escribí hace unos días. Espero que os guste.
Voy a revelaros un secreto. La pareja que aparece en este relato, aunque os suene raro, bien podrían ser antepasados de las hermanas Fernández. O del mismísimo conde de Mora. Después de todos...El Homo Erectus es nuestro antepasado.
¿Cómo puedo definir esta historia?
Estoy hablando de una cueva. Una cueva en la que se supone que están los restos más antiguos de la Prehistoria. Restos pertenecientes a seres humanos. Posiblemente, sean esos seres los primeros pobladores de La Unión. ¿Es eso verdad?
Se está investigando mucho acerca de este tema desde que se hallaron estos restos hace muchos años y creo que es interesante que hablemos de ella. Forma parte de la Historia. Y de la Prehistoria...

¿Cuándo empieza una historia?
            Toda historia tiene un origen. Tiene un principio.
            ¿Tiene un final?
            Las historias empiezan. Pero nunca acaban. Se van forjando a medida que pasa el tiempo. Creo que la palabra Fin no debería de existir. Debería de desaparecer de las películas. De las historias que leemos. Queremos seguir imaginando lo que les pasa a los personajes. Queremos saber más de ellos. De sus vidas…De sus familias…
            ¿Cuándo empieza todo?
            Quiero contar una historia. Una historia larga, muy larga. Una historia que tiene que ver con una ciudad. Pero quiero contarlo todo. Desde el inicio de todo.
            No sé si le gustará esto a la gente.
            Es una historia larga de contar. Me va a llevar mucho tiempo. No puedo condensarlo todo cuando hay tanto que decir. Pero quiero empezar siendo breve. Viajaremos al inicio de la Humanidad.
Y conoceremos a los protagonistas. Los humanos primitivos. Conoceremos un lugar muy especial. Una cueva. Una cueva donde alguien estuvo. Una cueva que es conocida, seguramente, por muchos de ustedes.
            ¿Cuándo podría empezar esta historia?
            ¿Con el origen del Universo?
            Les prometo que seré breve. Intentaré ser lo más concisa posible.
            Quiero que disfruten de esta historia. Como yo he disfrutado escribiéndola. Nunca está de más saber un poco acerca de nosotros mismos. De nuestro origen… Del papel que interpretamos en esta historia. Una historia llamada Vida.
            Evolución…
            Las dos cosas…

En la Sierra Minera de La Unión existe el yacimiento arqueológico conocido como la Cueva Victoria. Esta cueva pertenece al periodo de la Prehistoria conocido como el Pleistoceno. Tiene unos 1.400.000 millones de años. Se encuentra en la ladera Sur del Cabezo de San Ginés de la Jara, muy cerca del Estrecho del Llano del Beal.



Hace millones de años, La Tierra era un planeta joven que se encontraba en pleno proceso de cambio. Nuevos animales poblaban sus territorios. Algunos, llegarían a alcanzar, con el paso de los años, el entendimiento. Y la razón.

  Quiero pensar que este suceso tiene algo que ver con el origen de lo que un día sería conocido como La Unión.
Es sólo pura ficción. ¡Lo que da de sí una mente calenturienta y aburrida! Empieza a pensar. Luego, empieza a imaginar. Quiere saber más cosas. Pero no puede viajar en el tiempo. Entonces, tiene que recurrir a su imaginación. Y reflejar, como puede, lo que está ocurriendo.
    Este suceso que les voy a contar ocurrió mucho tiempo después de la llegada del Homo habilis a la Península Ibérica.
            Tuvo lugar, en concreto, en el Pleistoceno. En el Pleistoceno Inferior, para ser exactos. Hace 1.400.000 millones de años.
            La Unión no existía como tal. Los huesos que se han hallado en la Cueva Victoria podrían pertenecer a los primeros seres humanos que habitaron en la Región de Murcia. Y ésta podría ser su historia.
            La historia de aquellos seres humanos. Es fruto de mi imaginación. Lo sé. Pero me gusta pensar que fue real. Que pudo pasar. Que esos seres humanos llegaron a existir.

El Sol estaba despuntando en el horizonte. Está amaneciendo. Vemos un monte. Podemos ver a un grupo de homínidos. Está durmiendo allí. Duermen a la intemperie. La noche anterior, cuando decidieron pernoctar allí, hacía una noche preciosa. El cielo estaba estrellado. La temperatura agradable invitaba a no buscar refugio en el interior de una cueva. O en las ramas más altas de los árboles...
            Pertenecen al grupo de Homo habilis. Son de la familia de los homínidos. Y son los antecesores del Homo erectus.
La mañana no se parecía en nada a la noche. Ha amanecido con el cielo cubierto de nubes grises.
Los cápridos están pastando cerca de ellos. Un ciervo pequeño trota alegremente cerca de un manantial del que no deja de salir agua. Años después, aquel monte sería conocido como El Chorrillo. El grupo de Homo Erectus se despierta. Se dirigen a beber agua. Les parece curioso. ¡El agua sale del monte! El Sol está empezando a subir, aunque lo tapan las nubes, y ellos comprenden que tienen que seguir con su camino en dirección a ninguna parte.
Como han hecho siempre.
Bebían agua de los ríos. Buscaban refugio en las cuevas. Los machos tallaban cuchillos con piedras. Vagaban de un lado a otro. No tenían un destino fijo.
            Eran humanos. Pero no podían hablar. Se parecían todavía a los monos. Su cerebro iba en aumento. Podían reflexionar sobre ciertos asuntos. El Homo habilis…El hombre hábil…Habían aprendido a tallar la piedra. Pero no sabían cómo hacer fuego. No sabían hacer armas para defenderse. Su única arma de defensa era la huida. Vivían acechados por los animales salvajes. Habían visto morir a muchos de los suyos a manos de las panteras. O de los tigres dientes de sable.
Pitecántropos…
            Ése era el nombre que también recibía aquel grupo.
El grupo vagaba sin rumbo fijo. No buscaban nada. Sólo buscaban comida.
Se desperezan. Bostezan de manera ruidosa. Lo que les toca hacer en esos momentos es empezar con la búsqueda diaria de alimento. Aún están medio atontados por las horas de sueño y porque están cansados. Caminan erguidos y son bípedos. Uno de los machos monta animadamente a una de las hembras para desfogarse con ella. El macho más anciano de todos ellos orina. Una de las hembras se quita los piojos que lleva encima.
Comienzan a bajar por un camino de arena. No saben adónde dirigirse en esos momentos y lo único que saben es que tienen que caminar.
Sólo dejan de caminar cuando llueve. Entonces, tienen que buscar refugio en una cueva o subirse a los árboles para guarecerse. No hace mucho, descubrieron el fuego. Les sirve para calentarse en las noches en las que hace mucho frío. De hecho, empieza a hacer mucho frío.
Vienen de lejos. Han estado hace poco en una playa. Se encuentra en un lugar que recibiría siglos después un hombre. Portmán...Tendrá otros nombres. Pero ellos no lo saben. Sus descendientes lo verán. Y serán testigos de muchas historias maravillosas.
Bebieron agua de la playa. La escupieron. Las mujeres se rieron. Fueron los machos los que bebieron agua de la playa. Dieron gritos. Daban a entender que el agua estaba mala.
El nuevo jefe de la tribu es aún muy joven. Pero, a lo largo de su corta vida, ha vivido mucho. Ha dormido a la orilla de muchos ríos, uno de ellos recibiría más adelante el nombre de río Segura. Le gustó dormir a orilla de aquella playa que se llamaría Portmán. Prefiere dormir en la arena que dormir sobre la hierba.
Ha recorrido muchos kilómetros.
No sabe cuándo nació. Ni sabe dónde nació. Hace poco, dejaron el cadáver de la mujer de cuyo vientre salió tirado en un lugar que sería conocido más tarde con un nombre. El Cabezo de Ventura. La mujer cayó desplomada al suelo tras lanzar un alarido.
Ha bebido agua de los innumerables ríos y manantiales de agua natural en los que se ha detenido. No piensa en quién fue su padre. Empieza a tener ideas, pero no es capaz de expresarlas en voz alta. También murió, casi al mismo tiempo que la hembra, un macho. El nuevo jefe se parecía mucho a él en el color de los ojos y en la forma de la cara. De poder decirse, se habría dicho que había muerto de pena.
Algunos ríos se han secado. A veces, el grupo no puede caminar por culpa del viento. Han sufrido varias pérdidas a lo largo de los años. No son capaces de expresar dolor. Al menos, su dolor no es prolongado en el tiempo. Gritan cuando ven morir a uno de los miembros del grupo. Sin embargo, ese dolor se evapora enseguida. Y el recuerdo del miembro caído o muerto se disipa de sus mentes.
El nuevo jefe piensa en la supervivencia de su gente. Hace poco, tuvo una especie de compañera. No era una compañera en sí. Le gustaba su compañía. A veces, acariciaba su piel con los labios mientras la montaba.
Pero ella había muerto. Fue atacada, mientras estaba arrancando hierba junto con otras hembras, por un tigre dientes de sable, el cual la mató y se la llevó consigo. No pudieron hacer nada para evitarlo.
Soportan las lluvias. El frío...El viento...Deben de sobrevivir.
No tienen mucho tiempo para llorar a sus muertos. Los olvidan. Las cosas son así.
El grupo camina. El cielo está despejado y el Sol brilla ya en lo alto. Oyen el cantar de los pájaros que se posan en las ramas de los árboles.
Los ignoran. Los pájaros son también comida. Cuando mueren, se alimentan de ellos. En concreto, se alimentan de su tuétano. No pueden perder el tiempo con trinos.
Se detienen cuando el Sol están en lo más alto. Buscan por el suelo algo de comida y se contentan con arrancar las hierbas que han encontrado. Se las comen con insectos incluidos. Los más ancianos comen las hierbas ya masticadas que les dan los miembros más jóvenes de la tribu.
Están cansados. Les duele todo el cuerpo. Se quejan. Algunos no pueden comer. Vomitan. Uno de los más ancianos vomita sangre. No quiere que nadie lo sepa. No quiere que los demás le detesten. Se levanta como puede. Finge estar bien. Lleva así bastante tiempo.
Agradecen que haga buen tiempo. De ese modo, pueden encontrar comida con más facilidad y no tienen que estar preocupándose de estar buscando un lugar en el que refugiarse.
Los días fueron pasando. Todo era igual. Nada cambiaba.
Mucho tiempo después, realizarían en las cuevas pinturas llenas de magia y religiosidad. El arte rupestre...
Dibujos de escenas de caza...De ellos mismos...Del cielo...De animales...
Fabricarían hachas de piedra tallada. Les serviría para cazar. Y no tener que actuar como carroñeros.


La escena que vamos a ver tiene lugar en ese mismo sitio. En el Cabezo de San Ginés...Donde se encuentra la cueva.
En concreto, a varios metros de la cueva. Se ve a un grupo de personas que van caminando por el monte. No tienen un sitio fijo al que dirigirse. Sólo caminan. Y buscan algo que llevarse a la boca. Con lo que alimentarse.
Son seres bípedos. No hay niños en el grupo. Nadie entiende lo que está pasando. Los niños mueren apenas son destetados.
No recuerdan la última vez que un niño vivió tras el destete y temen por su supervivencia.
Son Homo Habilis. Pertenecen a la familia de los homínidos. Sus descendientes serán conocidos más adelante como Homo Sapiens. Tienen que sobrevivir. Aunque no sepan adónde dirigirse. El cielo está empezando a ponerse oscuro.
Esta escena tiene lugar hace unos 1.400.000 millones de años. No existen lazos románticos entre los miembros de este grupo. Cuando sienten los machos necesidad de aliviar sus apetitos sexuales, se descargan con las hembras. Los niños sólo reconocen un grado de parentesco. Sus madres. Una hembra puede copular en el mismo día con varios machos. Los niños que antes estaban allí veían aquéllo como algo normal y corriente. Intentan pensar qué será de ellos si no nacen más crías. Intuyen que su tiempo podría agotarse.
Por suerte, esto no ocurrirá. Hace 130.000 años que el Homo Habilis desapareció.
El día había amanecido soleado, pero está empezando a cubrirse el cielo de nubes negras. Va a llover.
El macho que lidera el grupo es demasiado joven a entender de algunos. Ganó la jefatura después de haber vencido en una feroz lucha al anterior líder. Se le mira con cierta desconfianza. Se preguntan si pueden fiarse de él.
Ha copulado con casi todas las hembras del grupo. Es fuerte, es joven y es muy arrogante. Son muchas las hembras que se mueven provocativamente delante de él en busca de conseguir sus favores. Y él no es quien para negárselos, por lo que las monta vigorosamente. Se sabe el favorito de ellas.
El grupo da cuenta de los restos de tuétanos de un equino que han encontrado. Las hienas ya han dado previa cuenta de él el día antes. Pero ellos quieren aprovechar lo poco que queda del desgraciado equino. Comen con ansia.
No es la primera vez que hacen eso. Tampoco es la última.
El jefe de la tribu suele ser el que encuentra los restos de algún animal cuyo cadáver ha sido roído por las hienas. Se hacen daño cuando dan cuenta del tuétano. Muerden sin querer el hueso y más de un diente se ha roto. Los miembros del grupo se quejan del dolor del diente. Y se quejan también porque están sangrando por la boca. No son capaces de relacionar la pérdida del diente con el dolor que sienten y con la sangre.
Días antes, durmieron a la orilla de la playa. Aquel lugar sería conocido muchos siglos después con el nombre de Los Nietos. Los machos se adentraron en el agua. Se inclinaron para coger peces y llevárselos a los miembros del grupo para que se los comieran. Pero, entonces, vino una ola. Se llevó a uno de los machos. Un jovencito que apenas había alcanzado la pubertad.
El viaje tenía que seguir. Abandonaron a la madre del difunto macho llorando su pena en la orilla de la playa.
La preocupación principal de los miembros de aquel grupo era sobrevivir, no sólo al hambre, sino también al ataque de los animales salvajes que pululaban por la zona.
Un relámpago brilló en el cielo. El grupo se encontraba a la falda de lo que es conocido en la actualidad como el Cabezo de San Ginés de la Jara. Se encontraban recogiendo los frutos que daba un árbol que estaba allí. Daban cuenta de él.
El Homo Habilis era un depredador. Todos iban desnudos. El fino vello que cubría sus pieles les protegía del frío.
Suena un trueno en la lejanía. El grupo se pone tenso. Jurarían haber visto a otro grupo cerca de ellos. Pero no pueden asegurarlo.
Son muchas las noches en las que se han refugiado en las cuevas de un sitio que sería conocido más adelante como El Descargador. Huyen de las lluvias que están cayendo con frecuencia. Y también huyen de los animales salvajes.
El jefe ha aprendido a hacer fuego. Enseña a los demás a hacerlo. De noche, frota sobre ramitas secas dos piedras. El fuego les permite entrar en calor en las noches de mucho frío. Les permite ver bien el paisaje cuando el cielo está oscuro. Y han descubierto que el fuego ahuyenta a los animales salvajes.
Un elefante arcaico lanza un barrito, quizás asustado por la cercanía de los truenos. Las hembras del grupo oyen el barrito. Se asustan. Todos se miran asustados entre sí.
Un ciervo gigante está contemplando la escena a cierta distancia. Un caballo primitivo está pastando cerca del lugar. Levanta la cabeza al escuchar el barrito. Sale corriendo despavorido.
Los cápridos también perciben la cercanía de la tormenta. Huyen. Pasan cerca del grupo de Homo Habilis. Buscan un refugio.
El lobo aulla. Parece anunciar lo que va a pasar. El jefe quiere seguir. No le da mucha importancia a la inminente tormenta.
Oyen rugidos a su alrededor. ¿Es un tigre dientes de sable? ¿O es una pequeña pantera?
El jefe entra en una fuerte discusión con otro de los machos que quiere irse de allí. Los dos pelean. Y es el macho que quiere irse el que sale vencedor.
Se convierte en el nuevo jefe de la tribu.
El antiguo jefe tiene que huir. Caen las primeras gotas de lluvia. Es una lluvia muy fina. Casi una llovizna...
Contempla cómo los miembros de su antigua tribu huyen. No se dispersan. Se limitan a huir todos juntos guiados por el nuevo jefe.
Pero él no quiere huir.
De pronto, la lluvia comienza a ser cada vez más y más fuerte. No puede seguir al aire libre. Tiene que buscar un refugio en el que protegerse de la lluvia.
Él ignora lo que está a punto de hacer. No tiene ni idea de lo que va a encontrar. Sólo sabe que la lluvia es cada vez más y más fuerte. Tiene que buscar un refugio. Pero...¿Dónde? Su simple gesto está a punto de cambiar toda una historia. Por supuesto, él no lo sabe.
Comienza a correr. Sube por la ladera sur del cabezo en busca de un sitio en el que guarecerse. Parece no encontrar nada. Los truenos y los relámpagos no le asustan tanto como el hecho de que ahora está solo, sin los miembros de su clan, y tiene que aprender a desenvolverse solo para poder sobrevivir. No se pregunta si ellos podrán sobrevivir sin él. Antes o después, acabarán olvidándose mutuamente.
Recordó que había visto a otro grupo de Homo Habilis.
¿Lo habrían visto a él?
¿Debería de ir a buscarles?
Podían admitirle. Pero también podían rechazarle.
Tropezó con algo. Eran los restos de un ciervo pequeño. Y, a escasos metros del ciervo, se encontraba un enorme agujero excavado en la roca. Una oquedad...Una cueva...
Pensó que podía refugiarse en aquella cueva. Cogió los restos del ciervo. Se alegró. Se refugiaría allí. Por lo menos, hasta que pasara la tormenta.
Porque era una tormenta.
Se metió dentro de la cueva. Estaba todo oscuro. Sólo se iluminaba cada vez que relámpago iluminaba el cielo. Estaba temblando de frío.
Miró los restos. Tenía hambre. Empezó a dar cuenta de ello. Pero no podía sobrevivir con sólo aquellos restos. Era mejor no pensar en eso mientras comía, ya que, al menos, debía de estar contento por tener algo que comer aquella tarde tormentosa.
Ya estaba anocheciendo.


El martes que viene os traeré la segunda y última parte.

4 comentarios:

  1. vaya!!!
    no dejas de sorprenderme chiquitina.
    maravilloso ¿que te puedo decir?
    Un besote

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  2. Qué buen relato y es lo que considero una vuelca de tuerca tremenda, porque lo veo muy distinto a la historia que sigo y admiro muchísimo que puedas manejar géneros tan diversos. Felicidades.

    Besos.

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  3. ¡Me alegro de haberte sorprendido, Anna! ¡Y de que te guste! La semana que viene, el martes, cuelgo el final. ¡A ver si te sigue gustando!
    Un abrazo enorme, amiga.

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  4. En realidad, es como una especie de inicio de la historia que estoy contando, pero al principio de todo, en la Prehistoria. Se me ocurrió después de leer un libro sobre la cueva Victoria y saber que se habían encontrado allí los restos primitivos más antiguos en el tiempo.
    Además, todos descendemos del Homo Erectus. ¡Hasta los caballeros aristocráticos!
    Muchas gracias por tu comentario, Aglaia. Me alegra ver que te está gustando. No te pierdas el final.
    Un abrazo.

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