martes, 17 de abril de 2012

CRUEL DESTINO

             Lilith parecía haberse resignado a ser infeliz al lado de Alexander. No era capaz de rebelarse. ¿Qué podía hacer? ¿Solicitar el divorcio? ¿Y qué podía alegar? No era capaz de enfrentarse al escándalo. ¡Ella, que siempre había sido un escándalo andante!
             Aprendió a disimular.
            Era feliz por las noches, cuando Alexander la besaba y la abrazaba.
            O lo fingía. Porque eso no ocurría siempre. Lilith se sentía sola. Su estado de ánimo habitual. Porque siempre había estado sola. Sus padres apenas le hacían caso. Estaban completamente volcados en su hermana menor, Penny. Lilith se rebeló. Pero, más bien, lo que quería era gritarles a sus padres que ella también estaba allí. Los necesitaba. Y ellos...
             Apoyó la frente contra el cristal de la ventana de su habitación. Miró al cielo. Era un típico día londinense. Fuera, estaba lloviendo.
             Sarah estaba a su lado. El viento azotaba las ramas de los árboles. Lilith cerró los ojos y escuchó el sonido lejano de un violín. Casi podía verse así misma bailando el vals en Almacks. Ahora, sentía que no podía salir a la calle. La gente la juzgaría. Pero Sarah no la juzgaba.
           Cogió un libro.
           Lo abrió por un sitio donde el pico de la hoja estaba doblado a modo de señal. Empezó a leer.
           Lilith no la escuchó. Tenía la mirada perdida. Se encontraba sumida en sus pensamientos.


   
           Su matrimonio era un fracaso. Todo el mundo lo sabía.
          Ella lo había dado todo por Alexander. Le había perdonado demasiadas cosas.
          Aún seguía a su lado. Porque lo amaba.
          Quería reunir la fuerza suficiente como para abandonarle. Era Lilith Lawless. Siempre caía de pie.
          Tenía más de gato que de persona. Había sobrevivido a numerosos escándalos. Pero todo era distinto tratándose de Alexander.
            Sarah dejó de leer. Estaba perdiendo el tiempo. Lilith no la estaba escuchando. Y lo comprendía.
          ¿Valía la pena hacer semejante sacrificio por los besos y por las caricias que le brindaba Alexander? Hacía mucho que su marido no la abrazaba. Pocas eran las veces en las que la besaba.
            Sarah se puso a su lado.
-¿En qué piensas?-inquirió.
            Lilith sabía que Alexander estaría en la taberna. Volvería borracho a casa. La obligaría a abrirse de piernas. Contuvo una arcada que subió por su garganta.
-¿Crees que soy una buena esposa?-le preguntó a Sarah-¿Crees que hago feliz a mi marido?
           Sarah guardó silencio. Veía cosas que no le gustaban. Lo tuvo que admitir.
-Es Alec el que no te hace feliz-respondió-Lo tengo que admitir. Estaba equivocada. Creía que Alec te amaba. Pero no se porta bien contigo. Y eso me disgusta. Eres su mujer. Te debe respeto. No sé si tú lo quieres todavía. Empiezo a tener mis dudas. Antes...Os amabáis.
-Me enfrento a él-admitió Lilith-Y eso no le gusta.
-Enfréntate a él siempre. No cedas. Nunca cedas. Si lo haces, te pisoteará. No quiero que sufras.
            Sarah se preguntó cómo sería su vida casada con Darko. ¿Le haría él lo mismo que le estaba haciendo Alexander a Lilith? Nunca lo había pensado. Quería estar entre sus brazos. Pero...¿Valía la pena sacrificar su dignidad por amor?
            Desde que llegó a Llangefni, no había vuelto a ver a Darko.
            Parecía que estaba desaparecido.
            Estaba desesperada.
            Deseaba poder besar de nuevo a Darko. Quería abrazarle. Ansiaba sentir sus caricias en su piel. Tocarle. Estrecharle contra su cuerpo.
             Deseaba entregarse a él. A pesar de que apenas le conocía. Quería ser suya. Lo había decidido.
             O no...
-Yo...-titubeó Lilith-A veces, pienso que ya no quiero a Alexander. Me toma entre sus brazos. Pero no es suficiente. Tantas discusiones...Si yo...
            Lilith creía que todo cambiaría si se quedaba embarazada. Sobre todo, si daba a luz a un niño. Alexander cambiaría. Dejaría de atormentarla con sus celos irracionales. Le sería fiel. Pero sabía que eso nunca pasaría. Los hombres como Alexander nunca cambiaban. Y Lilith estaba empezando a cansarse de luchar. Su matrimonio era una batalla perdida. Debió de haberlo sabido antes. Pero cerró los ojos.
-Alexander no es un buen hombre y no vale la pena que sufras por él-la aconsejó Sarah.
-Aún así, sigo casada con él-le recordó Lilith-Por mucho que me duela. Es mi marido.
           Una lágrima rodó por la mejilla de Lilith.

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