martes, 3 de abril de 2012

CRUEL DESTINO

ISLA DE HOLY, EN GALES,  1823

                El matrimonio Wyntrhop tenía tres hijas: Mary Anne, Sarah y Katherine Úrsula. Las tres iban camino de convertirse en unas solteronas.
                El matrimonio era natural de Holyhead. La pequeña ciudad era el centro de la vida en la isla de Holy.
                Sus tres hijas habían nacido allí.
                Sarah había salido aquella tarde.
                A pesar de que estaba mal visto, iba sin su doncella Erika. Necesitaba estar sola.
                Sus pasos la llevaron hasta una zona que ella conocía bastante bien. Un grupo de menhires se concentraban allí. Era un lugar que traía cierta paz a su espíritu.
               Ya tenía veintiséis años. Cualquier joven de su edad estaría ya casada. Y tendría ya varios hijos. Pero Sarah no quería casarse con cualquier petimetre. Ella quería casarse por amor. No entendía el porqué su hermana mayor, Mary, no se había casado en primer lugar. Por algún extraño motivo, Mary no quería casarse.



                Escuchó una voz que la llamaba. Sarah bufó con fastidio al reconocer la voz de su doncella Erika.
-¿Qué está haciendo aquí, señorita?-la regañó.
               Sarah elevó la vista al Cielo.
                Estaba despejado.
               Ella y Erika no se llevaban nada bien. Erika era una joven de modales un tanto afectados. Su sumisión le resultaba a Sarah un tanto falsa. Desconfiaba de ella.
-Quería salir a dar un paseo-contestó la joven-Quería estar tranquila. Y sola...
-Pero no puede salir sola a la calle, señorita-le recordó Erika-Aunque tenga una cierta edad, debe de pensar que es una dama. Los hombres pueden pensar cosas feas de usted.
-Sé defenderme.
-Venga conmigo a casa.
-¿Y por qué quiero regresar?
-¿No se acuerda? Tiene que preparar su equipaje. Mañana, parte de viaje para Llangefni.
              Sarah se golpeó la cabeza con las manos. Era verdad que partía al día siguiente para Llangefni. Había aceptado la invitación que le había hecho su amiga Lilith de pasar unos días con ella.
             Echó a correr. Erika contempló la escena. Y movió la cabeza. El carácter alocado de Sarah la hacía antipática a sus ojos. Jamás nos llevaremos bien, pensó la doncella.

               Ninguna de las hermanas Wynthrop era fea. A decir verdad, eran más bien bonitas. Más que bonitas, se podían decir que eran tres auténticas bellezas. Se las podía admirar. Pero nadie se acercaba a ellas. Eran inalcanzables.
              Mary era una pelirroja despampanante. Sarah poseía una belleza morena que llamaba mucho la atención. En cambio, la belleza de Katherine era más bien angelical.
              Por aquella época, mister Henry Wyntrhop, el padre de las jóvenes, decidió contratar un profesor de piano.
              Stephen Winter se presentó para el puesto.
              La música era la pasión de Katherine. De las tres hermanas, era la única que poseía un gran talento para la música. Solía deleitar a su familia con sus conciertos caseros de piano.
              También solía interpretar alguna que otra pieza cuando venía alguna visita. Lo cual ocurría con bastante frecuencia.
              A menudo, Katherine soñaba con convertirse en una famosa pianista. Recorrería el mundo dando conciertos. Sería conocida en todas partes. Sus hermanas se reían al escucharla hablar.
              Pronto, Stephen se dio cuenta de que su pupila poseía un gran talento para el piano. Había dado por sentado que Katherine sería una jovencita inexperta en las lides musicales. Sin embargo, su talento lo dejó impresionado. Quería perfeccionarse.
-Quiero aprender-le aseguró Katherine.
             Stephen quería enseñarla. A él le apasionaba la música. En ocasiones, el piano le permitía evadirse de sus muchos problemas. Su vida entera era un desastre. Su principal aliciente eran las clases de piano. El poder escuchar a Katherine.
               Por su parte, Sarah estaba pasando una temporada en casa de una amiga suya. Se llamaba Lilith.
               Lilith era una joven de cabello de color castaño. Sus ojos eran de color azul oscuro. Las visitas de Sarah eran su única alegría. Su matrimonio se estaba viniendo abajo. Era algo que la propia Lilith sabía. Cuando Sarah no estaba, Lilith permanecía días enteros encerrada en su habitación sin salir de allí. Notaba cómo su marido estaba cada vez más alejado de ella. Lilith tenía miedo.
             Ella y su esposo, Alec, no habían tenido hijos.
             Lilith se preguntaba si las cosas habrían sido distintas de haber sido ella madre. Pero eso era algo que jamás sabría.
              Compartía con Sarah sus preocupaciones. Pero no quería amargarla con sus problemas. Sarah no sabía gran cosa de los hombres. Eso era algo que Lilith agradecía. Ella echaba de menos dormir abrazada a su marido. Los besos que Alec le daba. Se preguntaba si su marido le estaba siendo infiel. Si habría otra mujer en su vida. Podía pasarse días enteros sin aparecer por casa. Pero, después, aparecía. Venía completamente borracho. Y apestando a furcia barata.
               Sarah fue recibida por su amiga Lilith con gran alegría. La joven estaba casada. Pero no tenía hijos de momento. Sarah era una de las pocas señoritas decentes que se relacionaba con ella. El pasado de Lilith la perseguía por todas partes. Sin embargo, Sarah no la había rechazado. Aquella amistad era muy comentada en todas partes. Lilith se sentía incómoda. Pensaba que Sarah estaba sufriendo por culpa de aquellos malditos cotilleos. Sin embargo, la joven le decía que era feliz en su compañía. Podía hablar con ella de cualquier tema. Podía contarle todo aquello que no se atrevía a contarle a sus hermanas.
             Como que ya sabía que se encargaría mister Wynthrop de buscarles un marido a sus hijas. Tenían que casarse. Él quería tener nietos.
            Se lo contó un día que estaban tomando el té.
-No sé porqué, pero sospecho que tú no quieres hacerle caso a tu padre-apostilló Lilith-Ya estás pensando en cómo rebelarte.
               Hacía mucho que el marido de Lilith no le daba un beso. No le daba un abrazo. Sentía un gran vacío en su corazón. Y un frío que recorría su cuerpo y  no la dejaba nunca.
              Sarah bebió un sorbo de su taza de té.
-Yo quiero casarme por amor-se sinceró-Se lo he dicho muchas veces a mi padre.
-Pero él no te hace caso-le recordó Lilith-Te confieso que no sé qué pensar. Por un lado, se trata de tu padre y busca lo mejor para ti. Por el otro lado, se trata de tu vida.
-No soy dueña de mi propia vida, Lilly. Me casaré con quien mi padre diga. Tanto si me gusta como si no me gusta. ¡Pero no me resigno! ¡No es justo!
-Haces bien, querida.



                    Lilith Lawless era una de las mujeres más influyentes de todo el país. Ostentaba el título de lady porque estaba casada con un lord. Vivía en una lujosa casa solariega situada en pleno centro de la zona boscosa conocida como Valle Profundo. A Lilith no le gustaba nada vivir allí. A Sarah le gustaba pasar largas temporadas en casa de Lilith. Se podía codear con lo más granado de la alta sociedad galesa. A pesar de que sabía de que todos la miraban por encima del hombro por ser no pertenecer a la aristocracia, ya que su padre era el dueño de una modesta fábrica textil.  Incluso cuando le hacían reverencias al ser presentados. O cuando le besaban la mano. O en la manera en la que se referían a ella. Miss Wyntrhop...Y la miraban casi con desdén.
                   Intentaba no pensar en eso.
                 Lilith la miraba siempre de forma condescendiente. Era una buena mujer. Sin embargo, no paraba de indicarle a Sarah que tenía demasiado color en las mejillas.
                 Sarah seguía al pie de la letra todos los consejos que le daba Lilith. Cómo debía de caminar. Qué ropa debía de ponerse. A quién debía de saludar. Cómo debía de comportarse. Todo lo que su madre le decía que debía de hacer. Pero Sarah no hacía. De las tres hijas del matrimonio Wyntrhop, Sarah era la más alocada de todas.
               Sarah admiraba la fuerte constitución de Lilith. Por supuesto, conocía algunos secretos. Como que no era feliz en su matrimonio.
              En los primeros tiempos en los que Sarah visitaba a Lilith en Llangefni, el marido de Lilith, Alexander, era cariñoso con su esposa. Acababan de casarse. Alexander era un aristócrata. Sarah no recordaba cuál era el cargo que ostentaba. Recordaba haber visto a Alexander acariciar el cabello de Lilith. Besarla con dulzura a cada rato. Acariciarla. Sarah sentía envidia de su amiga. La veía feliz.
                Las visitas de Sarah a la casa de Llangefni inquietaban a mister Wyntrhop. Estaba al tanto de la mala fama que tenía mistress Lawless. No entendía el porqué Sarah seguía siendo amiga de aquella mujer. Todo el mundo en Gales sabía quién era ella. Una vulgar ramera venida a más...En cambio, mistress Wyntrhop veía con buenos ojos la amistad entre su hija y Lilith. Aquella mujer podía ayudar a Sarah a hacer un buen matrimonio.
                Mary acababa de cumplir veintiocho años. Sarah tenía veintiséis. Y Katherine tenía veinticuatro. Las tres tendrían que haberse casado hacía mucho. Había quien decía que serían madres a la edad de ser abuelas. En sus cartas, Mary y Katherine le exponían a su hermana sus preocupaciones. Mary no quería casarse. Y Katherine era feliz con su piano. Eran hermosas. Poseían una dote bastante elevada. Eran admiradas. Pero seguían solteras. Y eso era algo ya preocupante. Los Wyntrhop querían tener muchos nietos. Pero veían que no tendrían ninguno.
                Mary, la mayor, era la más tímida de las tres hermanas. Pasaba más tiempo leyendo que en la calle. Podía haber asistido a unas cuantas fiestas en Holyhead y en Llangefni, pero se negó en redondo. En cambio, Katherine era la más práctica y sensata. Hablaba de buscar un trabajo como institutriz si no se casaba. No proyectaba un matrimonio basado en el amor. Sino en la compañía mutua. Con un buen partido, por supuesto.
              Y Sarah, mientras, soñaba con casarse por amor.

              Aquella tarde, Sarah y Lilith estaban sentadas a orillas del río Cefni. Por la mañana, había estado lloviendo. Aún quedaban nubarrones negros en el cielo. Se olía a tierra mojada. Era un olor que le gustaba mucho a Sarah. Era muy natural. Las dos estaban sumidas en un gran mutismo. A su alrededor, la gente pasaba. Hablaba entre sí. Oyeron pasar varios carruajes. La mirada de Sarah estaba cargada de melancolía.
               Su tiempo se estaba agotando. No tardaría en empezar a hacer las maletas. Ella no quería regresar a casa. Pero mister Wyntrhop no tardaría en darle aviso. Lo habían pactado de aquel modo. Sarah tenía derecho a divertirse. Salía acompañada por Lilith y por la doncella de ésta. Jamás salía sola a la calle. Era algo que Lilith no le permitía. De algún modo, obedecía más a su amiga que a sus padres. Lilith miraba por su bien. El aviso de su padre no tardaría en llegar. Eso significaría la vuelta a casa.
                Y eso la angustiaba.
-Antes o después, tienes que volver a tu casa-le dijo Lilith-Era algo que todo el mundo espera. No puedes pasar mucho tiempo lejos de tus hermanas.
               Sarah suspiró.
              Al menos, Erika no había venido con ella. Lo cual agradecía enormemente. Su doncella le crispaba los nervios. Y no era una exageración.
-Me da pena tener que dejarte-se sinceró Sarah. Se alisó una arruga que vio en su falda. Lejos de su familia, se sentía libre-Seré sincera contigo. Soy muy feliz aquí. Sobre todo, en tu casa. Puedo ir adonde quiera, aunque tenga que ir acompañada por tu doncella. ¡No se parece en nada a Erika! Es una chismosa. Me vigila. ¡Parece mi perro guardián! Te juro que no sé qué hacer con ella. No quiero que mi padre la eche. No se porta del todo mal. Pero...No es lo mismo. Yo puedo ir aquí adonde quiera. Aunque tenga que llevar a tu doncella conmigo. Pero puedo salir. Y no tengo que rendir cuentas ante mi padre.
-Puedes casarte con un caballero de aquí-le sugirió Lilith-No tendrías que regresar a casa.
-No podría-se lamentó Sarah-Mis padres desean que viva cerca de ellos. Aunque...Siempre he hecho lo que he querido.
                  Los ojos de Sarah brillaron pícaramente al hacer aquella afirmación.
                   Lilith sonrió.
-Estoy segura de que volverás a salirte con la tuya-auguró.
-Eso espero-le garantizó Sarah-Encontraré aquí el amor. Me casaré con un caballero de esta ciudad. Y nunca nos separaremos.
                   Lilith era su mejor amiga y a Sarah le dolía alejarse de ella. Pero no tendría que hacerlo.
                   Sarah se preguntó si encontraría el amor. Ya tenía veintiséis años. El tiempo pasaba muy deprisa.
                   En Holyhead, la gente la miraba con compasión. Era una de las tres hijas solteronas de Henry y Hilda Wyntrhop. Sarah no quería despertar compasión en la gente. Tan sólo quería ser libre.
-Te comprendo-admitió Lilith-Yo también tenía sueños hace muchos años. Pero mis sueños nunca se hicieron realidad. Y me he resignado a ello. A ti te pasará lo mismo.
-¡No digas eso, Lilly!-le rogó Sarah-Los sueños se hacen realidad. De un modo u otro...Pero no hay que dejar nunca de soñar.
-¿Y de qué sirve?
-Para mucho...Para ser feliz. Para aferrarse a algo.
             Lilith reprimió una carcajada amarga que pugnaba por salir de su boca.
             Contempló el río Cefni. Llevaba bastante caudal.
             Cogió una piedrecilla que estaba a su lado. La tiró al río.
-No sueñes-le aconsejó a Sarah.
             No sueñes, pensó Lilith.
             Y tampoco te enamores. Hazme caso. Sólo vas a conseguir ser una desdichada durante el resto de tu vida.
-Se está haciendo tarde-comentó Sarah-Y empieza a hacer frío.
-La próxima vez que salgamos, nos llevaremos nuestros chales-sugirió Lilith-O nos pondremos las capaz encima de los hombros. Una vez, Alec me regaló una capa. Era de armiño. Aún la guardo. ¡Es preciosa! Alec, antes, me hacía muchos regalos.

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