viernes, 13 de abril de 2012

CRUEL DESTINO

           Cogidas del brazo, las hermanas Wynthrop fueron a visitar a la modista aquella tarde.
           Katherine quería aparecer guapa ante mister Winter. Aquel hombre la había besado y parecía que estaba interesado en ella.
-Te noto muy contenta esta tarde-observó Mary.
-Tengo mis motivos para estar de buen humor-le aseguró Katherine.
-El amor está flotando en el aire-apostilló Sarah.
            Mary se echó a reír. Pero Katherine se puso roja al escuchar aquel comentario.
-¿Por qué dices eso?-quiso saber.
-Porque nuestra Mary está enamorada-contestó Sarah-Y es normal que tú y yo nos enamoremos antes o después. Piénsalo. Somos jóvenes. Tenemos una buena dote. Gozamos de una salud de hierro. Somos hermosas. Nos relacionamos con la gente. ¿Por qué no vamos a enamorarnos? Fíjate en Mary. ¡Ha enamorado a un conde!
             Mary no quería pensar en eso.
             Estaba mal decirlo. Pero estaba orgullosa de su hazaña. Sin embargo, un pensamiento vino a estropear aquella alegría.
             No sabe nada, pensó. Sabía que, antes o después, tendría que contárselo. El conde no era ciego. Se daría cuenta. Mary sintió cómo un escalofrío recorría su columna vertebral. ¿Cómo se lo digo?, se preguntó. ¿Qué dirá cuando se lo diga?
-¿Estás bien?-se interesó Sarah-Te has puesto pálida.
-Estoy bien-mintió Mary-Me he mareado un poco.
-¿Quieres que volvamos a casa?-le sugirió Katherine.
-No, gracias. Con el aire de la calle me espabilo. No he desayunado gran cosa esta mañana. No tenía mucho apetito.
            Sarah acarició el cabello pelirrojo de Mary, que llevaba recogido en bucles. Estaba muy hermosa aquella tarde.
             Pensó en Darko mientras entraban en la tienda. Deseaba poder confiarse a alguien y contarle a sus hermanas lo que le pasaba. Pero no podía. Guardó silencio. Katherine se desmayaría de la impresión y Mary le echaría en cara que se hubiera enamorado de alguien como Darko. Ladrón...Proxeneta...
                 Con un poco de suerte, podría acabar casada con uno de los aburridos amigos del conde de Maredudd, pensó Sarah.
                La idea la repugnó.
               La modista salió a recibirles.
-Bonsoir, mademoiselles-las saludó en francés-Siempre es una agradable sorpresa recibirlas.
-Merci-contestó Mary-Venimos a encomendar telas. Queremos hacernos vestidos nuevos.
-Yo...-intentó hablar Sarah.
              Pero Mary la interrumpió.
-Las tres queremos hacernos vestidos nuevos.
             Mary fantaseaba con la idea de encomendar su ajuar de bodas. Pero pensó que estaba yendo demasiado deprisa. No he de precipitarme, pensó. Unos cuantos besos en la mano no significaban nada. Y tendría que contarle a lord Robert lo que le ocurrió en Cardiff. Mary sintió que todo le daba vueltas. ¡Ella jamás le contaría al conde lo que le había pasado! ¿Se moriría de vergüenza?
-Mary, ¿qué te pasa?-le preguntó Sarah-Te has puesto pálida de pronto.
-Es por el calor-respondió María-Hace mucho calor. Pero ya se me ha pasado.
-¿Lo dices en serio?-inquirió Katherine-Es la segunda vez que te pasa. Deberíamos de ir a ver al médico. Tú no estás bien.
-Cathy tiene razón-intervino Sarah-No creo que sea el calor. O el no haber desayunado. ¿Seguro que estás bien?
              Había preocupación en la voz de su hermana al dirigirse a ella. Mary odiaba tener que mentirle. No se sentía capaz de decirle la verdad. No delante de Katherine...Mary estaba temblando.
-Mary...-susurró su hermana.
-No me pasa nada-mintió la aludida-En serio...
              Quería cerrar los ojos. Quería olvidar para siempre lo ocurrido aquella espantosa noche. Y lo que ocurrió meses después. No había sido culpa suya. Estaba asustada. Y desesperada...Y...Obró así por miedo.



-Por supuesto que sí. Anda. Sigamos mirando telas. Hemos venido a eso. ¿No?
              Mary sonrió. Pero eso no pareció tranquilizar del todo a sus hermanas.
             Las hermanas Wynthrop tenían la misma altura. Tenían unas facciones muy parecidas. Las tres llevaban vestidos oscuros. Mary quiso comprarse un camisón nuevo. Katherine quedó prendada de un par de guantes de color blanco.
-¿No quieres comprarte un sombrero, Sarah?-le preguntó Katherine a su hermana.
-No, gracias-respondió la aludida.
-Como quieras. Pero deberías de hacerme caso. Los sombreros que tienes son muy viejos.
             La modista sacó telas de tres tonos. Marrones, negras y grises. Katherine y Mary las estuvieron observando. Estaban maravilladas.
-¡Mira, Sarah!-llamó Mary a su hermana-Acércate. Fíjate. ¡Qué preciosidad! ¿No crees?
             Sarah estaba pensando en Llangefni. Se había comprado ropa allí.
             La modista no paraba de parlotear. Hablaba de la calidad de la tela. De lo bien que le sentarían a las hermanas los vestidos.
              Y Sarah recordaba la calle de madame Chardonne.
              Al cabo de un rato, salieron de la modista.
              Era la hora del té. Habían abierto un salón de té en la esquina de la calle. Las tres decidieron ir a ver cómo era.
              A Sarah le disgustó ver que las paredes del salón estaban pintadas en un tono fuerte de rosa. Ella y sus hermanas tomaron asiento en una mesa del fondo. Había centros florales en las mesas. Se mezclaban los olores de las rosas, los jazmines y los claveles, así como con otras flores. Era un olor muy fuerte.



             Una mujer les sirvió una taza de té con limón a cada una. Depositó una bandeja con sándwiches encima de la mesa.
-La decoración de este lugar es horrible-opinó Sarah.
             Mary cogió un sándwich. Le dio un mordisco.
-Pero estarás de acuerdo conmigo en que la comida es exquisita-afirmó.
             Estuvieron cerca de una hora en el salón. Hablaron de muchos temas.
-Me gustaría vestir de tonos más claros-se sinceró Katherine-¡Parezco una solterona vistiendo siempre de oscuro! Y no soy tan vieja. ¿Verdad que no?
             Había poca gente en el salón de té. Mary, Sarah y Katherine se sintieron libres para hablar de cualquier tema. Hablaron de Robert. Mary se sentía emocionada. Había logrado atraer la atención de un auténtico aristócrata.
-Pero tengo miedo de no ser digna de él-le confió a sus hermanas-No sé si estaré a su altura.
-¡Bobadas!-exclamó Katherine.
-Serás una condesa perfecta-auguró Sarah.
             Mary agradeció las palabras de apoyo de sus hermanas. Sin embargo, seguía teniendo sus dudas. No se atrevía a confesarle a lord Robert lo que le había pasado. ¿Y si la repudiaba? ¿Y si no quería volver a saber de ella? No era digna de él. Pero, aún así, seguía soñando.
-Se está haciendo tarde-advirtió.
             Habían terminado con sus tazas de té. Se habían comido todos los sándwiches que había en el plato. De hecho, Katherine estaba terminando de comerse un sándwich. Era de paté. Pagaron a medias. Salieron del salón. Katherine acabó de comerse el sándwich. Se limpió los restos del mismo con un pañuelo que sacó de su bolsillo.
-¡Mirad quién viene por aquí!-exclamó Sarah.
-¡Oh, Dios mío!-exclamó también Katherine-¡Es el conde!
-¿Qué decís?-se inquietó Mary.


     
             Pensó que sus hermanas estaban gastándole una broma. Pero no fue así.
             Katherine y Sarah avanzaron al ver que lord Robert se acercaba a ellas. Se miraron con gesto de complicidad.
-Te esperaremos en la esquina-le dijeron a Mary.
               Le guiñaron un ojo.
               Lord Robert vio cómo Sarah se alejaba acompañada de Katherine; acto seguido, se volvió hacia Mary, le cogió la mano y se la besó largamente. Es hermosa, pensó. Es agradable.
-¡Oh, Sarah!-exclamó Katherine-¡Míralos! ¡Qué buena pareja hacen! ¿Te has fijado en cómo se miran?
                Sarah los miró de refilón.
                 Le dio la razón a Katherine. El gallardo conde y la pelirroja Mary...Podían ser muy felices juntos. Se lo merecían.
             Pero ella no veía más allá de Darko. Se preguntaba cuándo lo volvería a ver. Quería estar con él a todas horas.
             Mary y Robert estuvieron hablando durante mucho tiempo.
-¿Qué estarán diciéndose?-preguntó Katherine-Sarah...¿Puedes leerles los labios?
-Jamás he intentado leer los labios de una persona-respondió la aludida.
-Pero...¿Qué se dicen? ¿De qué están hablando? ¡Quiero saberlo!
                 Ante el estupor de Sarah y de Katherine, Mary miró en todas direcciones. Se puso de puntillas y le dio un suave beso a Robert en los labios. Se alejó de su lado apresuradamente. Estaba ruborizada, pero una sonrisa radiante iluminaba su hermoso rostro. Lo que había hecho no era propio de ella.
-¡Mary!-se asombró Sarah.
-No pienso decir nada-canturreó la joven.
              Comenzó a caminar alegremente delante de sus hermanas. Katherine y Sarah se echaron a reír.
              Estaban muy contentas porque era la primera vez en mucho tiempo que veían a Mary tan contenta.
-Dentro de poco, habrá boda en la familia Wynthrop-auguró Sarah.
             Katherine asintió, también segura de que Mary sería la próxima condesa de Maredudd. Aún era joven. Podía tener hijos sin problemas. Con un poco de suerte, le daría unos tres hijos al conde. Y serían muy felices.
              Cuando llegaron a casa, su madre las estaba esperando en el salón. Vio el rostro risueño de Sarah y Katherine y el rostro arrobado de Mary. Tuvo, entonces, la sospecha de que habían visto al conde.
Se sentaron en el sofá. Le contaron a su madre las telas que habían visto.
-Hemos visto al conde de Maredudd-afirmó Sarah-Y ha estado hablando con Mary.
             Mistress Wynthrop miró con orgullo a su hija mayor. Estaba segura de que su hija había enamorado a su aristocrático pretendiente.

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