miércoles, 19 de agosto de 2015

UN ALMA ERRANTE

Hola a todos.
El año pasado, pude terminar muchas historias. Una de ellas fue Almas errantes. Sobre esta historia me gustaría hablaros en otra ocasión.
Traté de seguirla después de haberla dejado a medias. Ninguna de las ideas que se me ocurrió me gustó. Hasta que di con la idea que más me gustó.
Pienso subir esas historias a este blog. Son cuentos muy cortitos que transcurren en la Escocia medieval.
Aviso de antemano que no esperéis highlanders porque no los hay. Es más bien una historia un poco paranormal.
Empecemos con el primer cuento que tiene como protagonista a nuestra alma errante Ralph.

UN ALMA ERRANTE

ISLA DE BALTA, EN EL ARCHIPIÉLAGO DE LAS ISLAS SHETLAND, AL NORTE DE ESCOCIA, 1317

-Yo creo que la Muerte no está del todo mal-opinó la joven Blythe-Nadie nos ve. ¿Te has fijado?
                          Blythe y laird Ralph estaban dentro de un broch. Era una fortificación construida con piedra seca. Estaban en la parte superior del broch. Miraban hacia bajo, hacia las personas que entraban y salían de las viviendas que tenían allí. 
                          Ralph era el único hijo de un laird y llevaba muerto varias semanas. Desde que se suicidó cortándose el cuello. 
                          Blythe, en cambio, llevaba muerta más de cinco siglos. 
                          En vida, se había dedicado a saquear cadáveres. Por suerte, la anciana con la que se crió no la obligó a prostituirse, que era lo que Blythe más temía. Tenía una cojera bastante notoria. Complicaciones en el parto de su madre, le explicó la anciana. Murió nada más nacer Blythe. El padre pudo haber sido cualquiera. 
                            Blythe se había convertido en una especie de Guía para Ralph en su nueva condición de espíritu. No podía subir al Cielo porque su tiempo en La Tierra no había sido agotado. Él había tomado la decisión de suicidarse. 
-Le usurpaste a Dios el lugar que a Él le corresponde-le explicó Blythe-Sólo Dios nos da la vida. Y sólo Dios es quién decide cuándo hemos de morir. Has cometido blasfemia. 
-¡Me he cortado el cuello!-protestó Ralph. 
-Has dejado a tu familia destrozada. 
-Preferiría no tener que hablar de mi familia. Sospecho que conoces la historia de mis padres mejor que yo. 
-Estoy muerta y puedo verlo todo. Es imposible aburrirse. 
                          Salieron del broch sin ser vistos. Para Blythe, era una de las mejores ventajas de ser un fantasma. Así era cómo les llamaban. Nadie podía verles. En cambio, la gente sí podía sentirles. 
                           Blythe ya no sentía hambre cuando, al pasar por delante de la ventana de alguna casa, veía a una mujer preparar sopa de marisco. Que también era conocida como partan bree. Su estómago ya no rugía cuando veía cómo el arroz que se empleaba para preparar aquella sopa se iba cociendo en la lumbre.
-Todo el mundo vive dentro del broch-comentó Ralph-Y viven ajenos a nosotros.
-Los dos somos de otros lugares-observó Blythe.
                            Ella tenía un fuerte acento inglés. Vagando, había llegado hasta tierras escocesas. Fue una infección pulmonar la que acabó con su vida.
                              Ralph todavía recordaba la noche en la que, a los pocos días de morir, se despertó y vio a Blythe encima de él.
                                Besándole con tanta pasión que Ralph llegó a creer que estaba con una ramera.
                             Lo cierto era que Blythe había muerto virgen. Le confesó a Ralph que se había enamorado perdidamente de un apuesto soldado al que socorrió cuando estaba malherido tras una escaramuza. Él le agradeció todos los cuidados que le había brindado. 
-¿Ocurrió algo entre vosotros?-quiso saber Ralph-No es de mi incumbencia.
                         No ocurrió nada entre ellos. Blythe maldijo mentalmente su cojera.
                         Ralph reaccionó como un hombre. A pesar de que estaba muerto.
                         La acarició. La tuvo entre sus brazos.
                         La hizo gozar.
-Te vi solo cuando te encontré durmiendo-contestó Blythe-Y me acerqué a ti porque quería saber qué ocurría entre un hombre y una mujer. Hasta ese momento...Yo había muerto virgen.
                         Los muertos no se ruborizan, pensó Blythe. Sin embargo, ella sí se ruborizó. ¿Acaso podían ruborizarse los muertos?
                          Recordaba la lengua ansiosa de Ralph recorriendo su cuerpo.
                          Se estremeció con el recuerdo. Trató de borrarlo de su mente.
                          Caminaron en silencio durante unos instantes. Los muertos también recuerdan, pensó Blythe. Y, a su vez, sus espíritus se llenan de recuerdos. Aquel hombre del que se enamoró parecía estar más enamorado de sí mismo. Contrajo matrimonio con la hermana menor de un señor feudal. Estaba considerada como la mujer más hermosa de toda Inglaterra. Cuando Blythe se enteró, sintió el deseo inmenso de morir.
                           A los pocos días de morir Blythe, oyó decir que había muerto de pena. Había dejado de comer. Sólo lloraba. Se iba marchitando poco a poco.
                            Después de muerta, Blythe tuvo la ocasión de conocer mejor a aquel hombre al que tanto había amado, a pesar de que no llegó a conocerle mucho. Sólo estuvo viviendo en su casa (una especie de choza, más bien) durante dos semanas. La trató a la anciana con la que vivía y a ella misma como a sus criadas. Sin embargo, Blythe estaba subyagada por su enorme belleza. La anciana con la que vivía llegó a decir que su corazón estaba vacío por dentro.
                          Tenía razón. No había nada dentro de aquel hombre. Era cruel con sus hombres. Fue cruel con su propia esposa. Por suerte, no llegaron a tener hijos. Enloqueció cuando se dio cuenta de que se estaba haciendo viejo. No soportaba perder su gran belleza física. Todas las mujeres le adoraban. Engañó a su mujer con casi todas las doncellas que había a su servicio. Cuando su esposa se fugó con otro hombre, lo consideró un gran insulto. ¿Cómo podía ella abandonarle por otro hombre cuando no existía hombre más hermoso que él en todo el país?
                          Blythe y Ralph contemplaron las olas.
                          Se levantaban ante ellos.
                          Parecían inmensas. Grandes...
                          Se acercaron a uno de los acantilados que hay en la isla.
                          Contemplaron, a lo lejos, las barcas de pescadores que estaban faenando. Volverían a la isla en cuestión de unos instantes. Ya estaba empezando a anochecer.
                           La capilla dedicada a San Sunniva estaba cerrada. Ralph y Blythe habían entrado allí varias veces durante la Misa de doce. Se colocaban detrás del último banco. Blythe permanecía seria durante toda la ceremonia. En realidad, era tan seria como lo era el propio Ralph.
-¿Supiste algo de ese hombre?-le preguntó el joven a Blythe.
-Sé muchas cosas sobre él-respondió la joven-Como espíritu, le vi enloquecer tras ser abandonado por su esposa. Las mujeres que le adoraban antaño huían de él. Vieron su verdadera naturaleza. Su familia le tenía muy consentido.
-¿Por qué lo dices?
-Sus padres y sus hermanos le reían la gracia porque era el heredero. El hijo mayor...Todos le obedecían ciegamente.



-¿Dónde está ahora?
-Murió asesinado por su cuñado cuando éste le desafió su autoridad. Los dos eran igual de arrogantes y de violentos. Está en el Purgatorio.
-Pero tu muerte fue natural.
-En teoría, por lo que he escuchado, una infección pulmonar me trajo hasta aquí. Pero hay quién no lo cree. Dicen que dejarse morir es como suicidarse. Yo también he cometido blasfemia. Al dejarme morir, me suicidé. Le robé a Dios ese don. Me dio la vida. Yo debía de vivir más años de los que viví.
-Yo me suicidé porque sentía que no era un digno hijo de mi padre. Soy débil y mi padre es fuerte y valiente. Yo, en cambio, soy un cobarde.
                           Se dirigieron a un lugar llamado Muckle Head. Era su lugar favorito desde que llegaron a la isla. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que llegaron a Balta? Apenas habían transcurrido unos días. Sin embargo, se sentían muy unidos a aquel lugar.
-¿Qué será de nosotros?-le preguntó Ralph a Blythe.
                         Ella se encogió de hombros. De pronto, se sintió muy vieja. Llevaba sobre sus hombros el peso de llevar cinco siglos vagando de un lado a otro. De ser un espíritu que caminaba errante sobre el mundo de los vivos.
                         No sabía cómo dejar de ser un espíritu errante. Tan sólo quería descansar en paz.
                        Su familia debía de rezar por ella. Pero, ¿qué familia tenía Blythe en La Tierra? Había muerto virgen. Luego, nunca se había casado. Nunca había tenido hijos. Sólo había tenido a aquella anciana que la crió. Su madre había muerto al poco de nacer ella. Era hija única. De haber sabido quién fue su padre, habría intentado averiguar si éste había tenido descendientes.
                        Estaba sola. Ralph y ella se miraron. También él estaba solo.
                        Tampoco sabía quién le engendró. Cuando era un adolescente, supo que el laird a quién llamaba padre no era su verdadero padre.
                          Era como Blythe. Por eso, se sentía tan unido a ella. En realidad, no se había sentido nunca antes tan unido a alguien. La Muerte le había permitido conocerla.
-Eres especial-le aseguró.
                          Blythe esbozó una sonrisa. Los muertos también sonríen, pensó.
                         En realidad, los muertos no se diferenciaban tanto de los vivos. Sus cuerpos eran los que estaban muertos. Pero sus espíritus eran los que estaban vivos. Podían sentir toda clase de emociones.



-Te amo-le dijo a Ralph-No sé cómo ha ocurrido. Pero te amo.
-¿Cómo dices?-se sorprendió el joven.
-Me has escuchado. Eres mi compañero para la Eternidad, Ralph. Aunque no te hayas dado cuenta de ello.
-Blythe...
 -Por eso, estamos juntos en nuestro eterno errar de un lado a otro. Somos almas errantes. Y hemos de vagar juntos consolándonos el uno al otro. Amándonos.
-Yo...
                                 Ralph supo que Blythe tenía razón. Cuando estaba vivo, su familia había hablado de casarle. Sin embargo, ninguna mujer había despertado su interés. Lo cierto era que nunca había estado con ninguna mujer. Hasta que conoció a Blythe y despertó a un mundo nuevo con ella. Había descubierto los placeres de la carne con ella. A pesar de que estaban ambos muertos.
-Yo también te amo, Blythe-se sorprendió así mismo admitiendo-Te amo.
                                 Los dos intercambiaron una mirada llena de ternura. No se trataba de puro deseo. Se trataba de algo mucho más fuerte de lo que jamás habían pensado.
                                 No era ninguna ensoñación para Blythe, cómo sí lo había sido su alocado amor por aquel hombre. Era algo real.
                                  Tan real como estar en aquel lugar mirando al mar.
                                  Ralph se acercó a Blythe.
                                   La besó en los labios con mucha ternura.
                                   Dos seres incorpóreos, Ralph y Blythe, yacieron sobre la hierba que crece en Muckle Head aquella noche.
                                   Se lamieron el uno a la otra. Saboreaban la piel de la persona amada. Se querían saciar de ella. Porque sentían que había realmente piel en el espíritu de la persona amada.
                                    Eternamente amada...
                                    Caía la noche. Ellos se fundían en un solo ser. No se trataba sólo de algo carnal. Era la unión de dos almas que estaban destinadas a encontrarse. Llevo cinco siglos esperándote, pensó Blythe con arrobo.
                                     Se sintió la mujer más feliz del mundo al ser estrechada por aquellos brazos.
                                    Ralph no se cansaba de lamer a Blythe. De morderla. De chupar sus pechos. De acariciarla con las manos. De acariciarla con los labios. De besarla con pasión hasta quedar saciado de ella.
                                     De sentir que todo lo que estaba ocurriendo era algo real. Auténtico...

FIN

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