jueves, 30 de julio de 2015

MAREOS

Hola a todos.
No sé si a alguno de vosotros os ocurre.
Desde que me alcanza la memoria, me he mareado yendo en coche. Daba igual si hacía una distancia corta. Daba igual si hacía una distancia larga.
El marearme me ha condicionado mucho. He asistido a muy pocas excursiones que se hacían.
Me moría de ganas de ir. Pero no podía ir debido a los mareos. Juro que he hecho de todo para no marearme. Cuando fui a Valencia, no me subí en el piso de arriba. El instituto contrató un autobús de dos pisos. Confieso que me senté en el segundo piso porque era la novedad. ¡Era como ver un autobús inglés! ¡Todos queríamos ir en el segundo piso!
Me mareé. Por suerte, no vomité. Aún así, tuve que bajarme cuando hicimos un descanso poco antes de las seis (salimos de La Unión a las cuatro de la madrugada). Cuando reemprendimos el trayecto, me senté en el primer piso. Y pude contemplar la salida de Sol más hermosa que jamás he visto. Y no estoy exagerando.
Mi visita a Valencia terminó más o menos bien. Al menos, no vomité.
No quiero entrar en detalles. Pero la mayoría de los viajes que he hecho han terminado de esa forma tan desagradable.
He probado de todo.
He mirado al frente. He mirado por la ventanilla. Me he sentado (cuando iba en el autobús) en el asiento de delante. Lo hice durante los meses que tuve que ir al colegio en autobús (yo estaba en 4º de la E.S.O y cambiaron de sitio el colegio, de la Calle Mayor hasta casi la salida del pueblo). No me quedaba otra que ir en autobús al colegio y resignarme. Aún así, lo pasé mal.
He probado toda clase de cosas. Me han puesto esparadrapo en forma de cruz en el ombligo. He tomado toda clase de chicles (no me gustaban). He tomado toda clase de pastillas (asquerosas). Y hablo así porque no me gusta nada tomar medicinas.
Me han dicho que es un mareo psicológico. Si pienso que me voy a marear, me mareo. Si pienso que no me voy a marear, no me mareo. Y, aunque trato de pensar que no me voy a marear, acabo mareándome.
A mis treinta y un años, este asqueroso mareo sigue condicionando mi vida. Da igual lo que haga.
Sigo mareándome. Lo malo es que, ahora, me ha dado por marearme también cuando viajo en tren. Y eso me pone verde porque he de ir a Cartagena varias veces en el mes. El tren era el único medio de transporte en el que no me mareaba.
Y he aquí una de mis confesiones más lamentables. Me mareo en el coche.

 

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