domingo, 12 de febrero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 49

Kimberly estaba en el aula corrigiendo exámenes.
De momento, había suspendido a unos cuantos alumnos.
Le gustaban los niños. Deseaba tener hijos. A lo mejor, con Sean...Desechó la idea en el acto. Soy demasiado vieja para ser madre, pensó.
Alguien llamó a la puerta en aquellos momentos.
-Pase-dijo Kimberly.
-Hola-la saludó una mujer un poco más joven que ella.
Se trataba de otra maestra de la escuela. Se llamaba Mary Lee.
Mary daba clase a niños más mayores.
Pero tenía problemas con sus alumnos.
Eran más conflictivos que los alumnos de Kimberly.
Al igual que ésta, Mary daba clase a niños de distintas etnias. Mestizos, blancos y comanches. Y de distintas nacionalidades. Mexicanos y estadounidenses. Y los niños parecían reproducir en su convivencia en el aula las pasadas tensiones entre los adultos.
¿Pasadas?
-Hola, Mary-le devolvió el saludo Kimberly-Siéntate. Me sirves de distracción. ¡Uf! Estoy cansada de corregir exámenes. Pero no me quejo. Lástima que mis alumnos no sean tan aplicados como quiero.
Mary estaba un poco nerviosa tras haber intervenido en una pelea entre un alumno estadounidense y otro mexicano. Los niños llegaron a las manos.
-Lo sé-sonrió la mujer-Tienes tus problemillas con tus alumnos. Pero se solucionan. Ellos te adoran. En cambio...Yo no puedo con los míos. Los castigo. Les riño. Les doy palmetazos. ¡Y nada! No consigo que me obedezcan.
Mary tenía el gesto cansado. Kimberly adivinó la tensión a la que se veía sometida todos los días.
-¿Les das palmetazos?-se horrorizó-¡Jesús bendito!
-¿Y qué quieres que haga?-se desesperó Mary-No me hacen caso. Te juro que trato de razonar con ellos. ¡Y no me escuchan! Es inútil. Pierdo los nervios. Y...
Los ojos de Mary se llenaron de lágrimas.
Odiaba tener que recurrir a la violencia para dar la clase tranquila. Pero sus alumnos la ponían al límite.
-Me lo imagino-acabó Kimberly la frase por ella.
-No me gusta pegar a mis alumnos-le confesó Mary-Pero...¿Qué quieres que haga? Les llamo la atención muchas veces. Pierdo la cuenta de las veces que he intentado hablar con ellos. Hacer que entren en razón. ¡Y no consigo nada! Son mayores que los tuyos. No son tan niños.
Mary era viuda. No tenía hijos. Su marido se alistó en el Ejército años antes. Pasaba más tiempo fuera que en su casa. Falleció en los primeros días del conflicto con México. Desde entonces, Mary estaba sola.
Sintió la soledad con más fuerza que nunca.
Sintió un infinito odio hacia los hombres de todas las nacionalidades.
Tenía pesadillas. A su marido lo ahorcaron por desertor sus propios compañeros de armas. Desde entonces, Mary había oído toda clase de rumores acerca de él.
Como que su marido tenía una amante. Ella quería pensar que él la quería. Pese a que siempre estaba lejos de ella.
Parecía que la rehuía.
Nunca sabría la verdad.
Mary cerró los ojos.
Intuía que estaba pagando su dolor y su rabia con sus alumnos y eso no era justo para ninguno de ellos.
-Pierdes los nervios con mucha facilidad, Mary-observó Kimberly.
-Sabes de sobra lo que me pasa-afirmó la otra mujer-Soy la persona más paciente del mundo. Lo sabes bien. Tus alumnos son todavía pequeños. Les engañas. Les haces creer cualquier cosa para que se porten bien. Y ellos te creen. Y te obedecen. Pero los niños no viven en un estado de inocencia permanente. Yo me casé porque amaba a mi marido, aunque era todavía una niña en aquella época. Una niña inocente...Los niños crecen. Descubren el mundo real. Se rebelan. Y tú luchas contra esa rebeldía. Se vuelven cínicos. Se vuelven duros. Y luchas contra ese cinismo. Y contra esa dureza. Pero todo es en vano. Has perdido esa batalla de antemano. A pesar de todo...Y después...
-Los palmetazos no sirven de nada, Mary. A nadie se le puede devolver a la infancia. En eso te doy la razón. La inocencia se pierde. La perdí yo. La perdiste tú. Todos la perdemos. Y eso es muy doloroso.
Kimberly apretó las manos de su compañera, que las tenía encima de la mesa.
Mary se puso de pie. Salió del aula tras despedirse de Kimberly.
Ésta la vio alejarse. Sintió pena por ella. Las dos estaban muy solas. Kimberly intentaba no pensar en desengaños pasados. Y Mary hacía frente a un desengaño muy reciente. Cuando salía a la calle, se sentía señalada por todo el mundo por ser la esposa de un desertor. Ella intentaba mantener la cabeza bien alta.
A pesar de que lo que quería hacer era esconderse. Mary también se había vuelto dura y cínica. Y Kimberly se preguntó si acabaría como ella.

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