sábado, 11 de febrero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 48

Jack se consideraba así mismo como un rudo vaquero y eso nunca cambiaría. La guerra podía hacer cambiar a otros, pero no a él. Ya se había batido en duelo en más de una ocasión con otros vecinos. La broma le había costado pasar unas cuantas noches en el calabozo. Algún día, pensaba, tendré mi propio rancho, como lo tiene Sean. Y su rancho no tendría nada que envidiarle a "LA PILARITA". Sería más grande. Tendría más cabezas de ganado. Tendría más caballos.
Se lo contó a Danielle una tarde. Ésta estaba friendo patatas.
-No te creo-le dijo ella-Comprar un rancho cuesta dinero. Y nosotros no tenemos dinero. Apenas nos llega para vivir con lo que ganas.
Jack se acercó a ella. Le expuso sus planes. Ahorrar mucho. No darse ningún capricho. Así, algún día, podrían comprarse el ansiado rancho.
-Estaríamos perdiendo el tiempo-aseguró Danielle.
-Soñar no significa perder el tiempo-afirmó Jack.
-Pero se pierde el tiempo imaginando cosas que no pueden ser. Te lo digo por experiencia.
Jack sentía que había nacido para vivir en aquella tierra salvaje y dominarla. Danielle lo besaba para hacerle callar.
¡Qué tontería! Se rió. La guerra no podía hacer cambiar a los vaqueros como él. Los hombres como Jack no morían nunca. Amaban la tierra. Eran fieles a ella.
Despreciaba la modernidad. La sociedad parecía que quería obligarle a renunciar a lo que había sido prácticamente desde el día que nació. ¡Y no era justo! Se rebelaba. Se resistía a cambiar. No deseaba cambiar. La guerra apenas había dejado huella en él. Despreciaba todo lo que venía de la ciudad.
Los hombres hablaban de oro. Se iban del pueblo a buscar oro a California. Pensaban regresar, aunque Jack sabía que nunca regresarían. Se veía a algunos tramperos en el pueblo. Como Greg. Y había hombres que estaban abandonándolo todo para irse a California a buscar oro. El propio Marty había decidido abandonarlo todo para irse a buscar oro. Tenía que decidir cuando se iría. Marty decía que era un cobarde.
Quien debería irse a California es Greg, pensaba Jack. La gente hablaba de hacer fortuna gracias al oro. Cada vez que cavaba una zanja, la imaginación de Jack se disparaba. Pensaba que hallaría oro.
Sería un hombre rico.
Con dienro se compraban muchas cosas. Se lo había dicho Danielle.
Sonreía. Jack podría comprar muchas cosas con dinero. Como su libertad. No era lo mismo un divorciado rico que un divorciado pobre.
Un divorciado era una rareza de ver en aquella época. Especialmente, en Streetman.
Sin embargo, la realidad era otra. Cada vez que Jack cavaba una zanja, en lugar de chocar con oro, montones de oro, lo que salía era nada. Acababa sucio. Sí. De polvo. No de oro. O de cualquier otro material brillante. Escupía al suelo. Se secaba el sudor con su pañuelo. Le dolía la espalda. Se sentía frustrado. Y cansado.
Oía a "EL BIZCO" reírse.
-¿De qué te ríes?-le espetó.
-Eres un loco soñado, Mackenzie-contestaba "EL BIZCO"-Vete a California si tienes sueños. No te quedes aquí. Perderás tu tiempo tanto aquí como allí. Pero podrás salir y divertirte un poco. Nadie vuelve de California.
-Yo no estoy buscando oro.
-Tus ojos brillan cuando te mencionan la palabra "oro".
-¡Con razón estás bizco! No ves nada.
-Para ver, no necesito tener los ojos bien. Me basta con conocer a las personas que me rodean.
La verdad era que Jack seguía siendo pobre.
Pero su momento iba a llegar, pensaba el hombre. Era cuestión de paciencia. Algún día, sería rico. Los hombres como él no desaparecerían jamás. Con dinero o sin dinero. Con oro o sin oro. Sobrevivirían.
En el fondo, Greg era digno de admiración. O de lástima. Era un loco. Un soñador...
También él soñaba con hacerse rico gracias al oro. De momento, se ganaba la vida como podía. Trabajando en "LA PILARITA". Y comiendo todo lo que caía en sus trampas. Pero...¿De verdad había oro en California? Jack quería pensar que sí. Buscar oro se había convertido en la afición favorita de gran parte de la población masculina del país.
Jack no se rendía. Era como Greg. Un soñador...Pero él tenía sus motivos para hacerse rico. Sería más rico que sir Kyle. Y lograría conquistar a Olivia.
Ella sería suya.
Danielle le decía que era un salvaje. Y, en el fondo, tenía razón. A Jack le habría gustado unirse a una banda de forajidos. Había varias bandas causando el terror en distintos puntos del país. Él tenía madera para ser un fuera de la ley. Pero no lo era. Al menos, en teoría. Había tenido sus encontronazos con el "sheriff". No fue ningún Santo en su juventud. Kimberly le había dicho que acabaría mal. Acabó varias veces en el calabozo. Le habían detenido en varias ocasiones. Sus padres pagaron la fianza para sacarle del calabozo.
Montaba en su caballo y pasaba largas horas cabalgando. Cabalgaba al galope. Sintiendo el viento en su cara. Los rayos del Sol...Veía buitres en el cielo. Necesitaba olvidarse de su trabajo. De su desastroso matrimonio...De su amor imposible...Sobre todo, necesitaba olvidar a Olivia. Aborrecía a Kyle. Su patrón era un caradura. Se limitaba a mirar a Olivia con lascivia. ¡Con lascivia! ¡No tenía ningún derecho a hacer eso! ¿Qué se creía aquel ricachón inglés de medio pelo? ¡Olivia era suya! ¡Jamás la tendría entre sus brazos porque era suya!
¿De verdad era suya?
Olivia no le pertenecía. Olivia era libre. Siempre lo había sido. Y él no. Era un hombre casado. No lo debía de olvidar. Lo que debía de hacer era tan simple como doloroso. Y era olvidar a Olivia.
Sus noches de borrachera en el "saloon" cuando sentía que no podía seguir con aquella vida no le proporcionaban ningún consuelo. Beber no le hacía olvidar. El alcohol le hacía perder el control de sus actos. Acababa peleándose con alguien. Le habían partido no hacía mucho la nariz durante una pelea en el "saloon". Jack contestó rompiendo una silla en la espalda de su atacante. Acabaron los dos siendo expulsados del "saloon" por el dueño del mismo. Jack regresó a casa con la nariz chorreando sangre. Esto no le hacía gracia alguna a Danielle. Se enfadaba cada vez que veía a su marido llegar a casa borracho. Le tenía prohibido que fuera al "saloon". Pero Jack no le hacía caso.

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