jueves, 2 de febrero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 41

Recordó un incidente que había protagonizado Tracy tiempo atrás cuando los hombres volvían de estar con el ganado en el prado. Anne salió de la casa. Se acercó a uno de los hombres. A El Bizco. Le asestó un impresionante puñetazo en un ojo. El hombre cayó al suelo. Tracy habría seguido golpeándole. Pero Abby la sujetó.
-¡Está loca!-afirmó El Bizco-¡Está como una puta cabra!-Esto último lo dijo a gritos.
-¿Qué te ha hecho El Bizco, cariño?-le preguntó Abby a su hermana con dulzura-Dímelo.
-Me estaba mirando-respondió Tracy, alterada-¡Me estaba desnudando con la mirada! ¡Es un cerdo!
            El Bizco se puso de pie. No estaba mirando a Tracy. Por lo menos, no la estaba mirando como ella decía. Le gustaban las mujeres hermosas. Y Tracy era la mujer más hermosa que jamás había conocido.
            Tracy se metió dentro de la casa hecha una fiera. Uno de los hombres fue tras ella. Pero sabía que se estaba arriesgando. Abby se arrodilló junto a El Bizco. Había vuelto a caerse. Le ayudó a ponerse de pie. El hombre se tambaleó. Se apoyó en Olivia. La joven le abrazó. Le besó. Le acarició con suavidad el cabello largo.
            El Bizco se apoyó en Abby para poder caminar. Ella le hizo sentarse en un banco que había en el porche. Se sentó a su lado.
-Siento mucho lo que te voy a decir, Abby-se disculpó El Tuerto-Pero me temo que a Tracy se le ha ido la cabeza. Las cosas que hace no las hace una persona que está en su sano juicio.
-Mi pobre hermana ha sufrido mucho-le dijo Abby a su amigo.
-He oído toda clase de historias acerca de Tracy. Por eso mismo, necesita que alguien la ayude.
-Tracy necesita que alguien la ayude a olvidar. Necesita un médico que la ayude a borrar su pasado. Pero eso no se puede hacer, por desgracia. Así que tiene que convivir con su dolor. Y es muy difícil vivir con el dolor, amigo mío.
-Tracy sufrió un accidente. Se golpeó la cabeza. Esas cosas suelen pasar. Necesita curarse. Y creo que aún está a tiempo. Pero tienes que poner de tu parte. Entonces, ella pondrá de la suya. ¿Entiendes lo que quiero decir? Tracy nos necesita. Y está en nuestras manos el ayudarla.
            El Bizco se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que Tracy cometiera una locura todavía mayor. Calculó que no pasaría mucho tiempo. Estaba realmente preocupado por Abby.
-Tu hermana está muy mal-le insistió.
-No creas que soy ciega y que no lo veo-replicó Abby.
-Os conozco desde hace muchos años, Abby. A ti y a Tracy. Os he visto crecer. Amáis esta tierra tanto como yo la amo. Sois para mí las hijas que no he tenido y que jamás tendré. Por eso, me duele ver a Tracy tan mal. Sé que algo no funciona en su cabeza. Y no sé si eso tiene cura o no tiene cura. Pero hay que hacer algo con ella. Necesita la ayuda de un buen médico. Tú la quieres. Pero, a menudo, el cariño no basta para salvar a una persona.
            Abby asintió con pesar. El Bizco tenía razón. Tracy necesitaba la ayuda de un médico.
-Tracy es la mejor persona que conozco-afirmó Abby. Sus ojos estaban húmedos por las lágrimas que la joven reprimió-Y no quiero separarme de ella porque es mi hermana y la quiero.
            El Bizco cogió la mano de Abby y se la besó.
-Espero que la vida sea más generosa contigo, Abby-dijo El Bizco-Te casarás con un vaquero. Tendrás muchos hijos. Yo creo que serás más afortunada.
            Abby esbozó una sonrisa triste.
            Sabía que nunca se casaría. Su sino era cuidar de Tracy.
            El Bizco le dio un beso fraternal.
Olivia y Freddie contemplaron la escena.
Freddie se santiguó.
-Dios todopoderoso y eterno...-rezó.
Olivia miró a su hermano. Sus ojos se llenaron de lágrimas. La guerra había terminado por volver locos a todos. Pero la locura se había cebado principalmente sobre la pobre Tracy. Olivia y Freddie comenzaron a caminar.
-Pregúntale a Dios el porqué las personas buenas sufren tanto-le pidió Olivia a su hermano.
-No es obra de Dios-replicó Freddie-Es obra del Diablo.
-El señor Wallace será capaz de contratar a un sacerdote para que exorcice a la pobre Tracy.
Olivia conocía a las hermanas Wallace desde que eran pequeñas. A veces, iba a verlas para quejarse de los sueños de sus hermanos, que consistían en irse.
Vosotras, por el contrario, queríais quedaros.
Esto lo pensó Olivia mientras caminaba al lado de Freddie.
-¿Qué va a ser de Tracy?-le preguntó.
-Iré a verla-respondió Freddie.
-No creo que sea necesario.
-Puedo llevarle paz a su atormentado espíritu. Un poco de paz espiritual no está nunca de más, Livie.
A lo mejor, tienes razón, pensó. A lo mejor, Tracy necesita un poco de paz de espíritu. Freddie no perdía nada por intentarlo. Y quizás acabaría siendo beneficioso para Tracy. Olivia escuchaba los gritos que lanzaba la joven. Y luchaba contra la tentación de taparse los oídos.
Recordaba a Tracy como la joven rebelde que fue una vez. No quería verla en la criatura enfermiza y desquiciada en que se había convertido.

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