domingo, 27 de mayo de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 158

Jack tuvo que guardar reposo durante varios días.
Fue idea de Danielle llevárselo a casa.
-Yo lo cuidaré-le aseguró al doctor Castro.
Y eso fue lo que hizo durante aquellas dos semanas. Se encargaba personalmente de hacerle las curas. Le preparó sus comidas favoritas. Incluso se empeñó la primera noche en dormir en el sofá.
-¡No, por Dios!-le pidió Jack-No hagas eso. Tú tienes que descansar en tu cama. Trabajas demasiado en casa. Y, encima, te doy demasiado trabajo.
Danielle accedió. Procuró no rozar demasiado a Jack mientras dormía. Al menos, no le dio ningún acceso de fiebre.
Olivia iba a visitarle.
Pero sus visitas duraban escasos minutos.
Siempre ponía alguna excusa. Tenía mucho trabajo que hacer en uno de los ranchos. O había prometido ir a ver a Kimberly. O a cualquiera de sus hermanos.
Le dolía ver la manera en la que Danielle besaba la frente de Jack. Lo hacía de un modo que le parecía a Olivia posesivo.
Se marchaba furiosa de aquella casa. Se culpaba así misma de todo lo que estaba pasando. Jack se cayó por mi culpa, pensaba. Y él, mientras, deseaba poder levantarse de la cama. Ir tras ella. Decirle que sólo la quería a ella. Pero no podía.
Veía el cabello de Olivia oculto tras el sombrero de ala ancha.
La veía alejarse de su lado. Y él no podía hacer nada para remediarlo. También Jack estaba viviendo su propio calvario.
Porque Danielle se estaba desviviendo por cuidarlo. Danielle era la que velaba su sueño. Danielle era la que lo tenía que ayudar a lavarse porque no podía hacerlo durante los primeros días.
Danielle estuvo presente cuando el doctor Castro le quitó los puntos. Le quedaría una cicatriz en la frente. Pero los puntos habían cicatrizado bien. Felicitó a Danielle por lo que él consideraba un trabajo bien hecho. Durante aquellos días, Jack recibió muchas visitas. La que más le angustió fue la que le hizo Marty.
-Danielle es la mejor esposa que un hombre puede tener-afirmó-Se nota que te cuida bien. Estarás contento con la suerte que tiene.
Hablaba con segundas intenciones y Jack lo notó.
¿Por qué no se largaba y le dejaba tranquilo?
-¿A qué has venido, viejo?-le preguntó-¿Has venido a torturarme?
-No digas eso, Mackenzie-respondió Marty, haciéndose el inocente-He venido a verte. Me he enterado de que el cabrón de "Satán" te tiró al suelo. Y que fue Olivia la que te encontró.
-¿Qué estás insinuando?
-Yo no estoy insinuando nada. Tienes mucha suerte con las mujeres. Tienes una esposa que cuida de ti. Y tienes también a Olivia, que también cuida de ti.
De haber podido, Jack habría echado a Marty de su casa a patadas. Pero aún no estaba del todo recuperado.
-¡Fuera de mi casa!-le ordenó.
Marty se echó a reír.
Pero la situación no le hacía ni pizca de gracia. Porque no iba a permitir que Jack le hiciese daño a Danielle.
Saludó a la mujer cuando la vio tendiendo la ropa y ella le sonrió. Tenía la misma sonrisa que la madre de Marty, pensó él. Jamás se lo diría. No tenía ningún derecho a decirle la verdad.
-¿Por qué no te quedas un rato más?-le pidió Danielle-Me gusta hablar contigo.
-No hablamos mucho-se lamentó Marty.
-¡Pues, por eso mismo! ¡Quédate!
Marty sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta. Desde luego, él no era mejor que Sean O' Hara. Los ojos de su hija brillaron al posarse sobre los suyos. Marty apretó los puños sintiendo unas ganas terribles de abrazarla, de decirle que él era su padre y que la quería muchísimo.

¿Qué puedo hacer?, se preguntó Lily.
Se miró en el espejo. Llevaba suelto su cabello rojo. Cogió un cepillo y empezó a pasárselo por el pelo.
Desde hacía días, no veía a Lince Veloz. Tampoco sabían nada de él sus padres. Empezaba a temerse lo peor. A lo mejor...El "sheriff"...
Dejó el cepillo encima del tocador.
Empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación.
No debía de ponerse nerviosa, se dijo. Lince Veloz estaría bien. Sabía cuidar de sí mismo. Lo había demostrado en otras ocasiones. Pero no podía olvidar que estaba siendo buscado. Había sido miembro de la banda de Pecos Kid. Había violado la ley en muchas ocasiones. Podía ir a la cárcelo. O podía acabar de otra forma mucho más cruel. Los ojos de Lily se llenaron de lágrimas que rechazó.
Estará bien, se dijo así misma.
Pensó en su madre, en Aldana. El pueblo de su padre la miraba con desconfianza por ser una inglesa de piel blanca y cabellos rojos. Como lo soy yo, pensó Lily.
Al morir Aldana, su cabello había perdido todo el brillo que la había caracterizado en vida.
Lily odió el color de su pelo. Odió el color de su piel. Y se odió así  misma. Miró su habitación.
Se sobresaltó al escuchar lo que parecía que era el aullido de un coyote.
Se aproximó corriendo a la ventana. Su corazón latía a una velocidad endemoniada. Es él, pensó. Salió corriendo de su habitación. Bajó la escalera saltando los escalones. Salió al porche.
Miró por todas partes. Entonces, lo vio. Estaba junto al establo.

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