jueves, 16 de febrero de 2012

domingo, 12 de febrero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 51

ENTRADA ELIMINADA.
POR FAVOR, DISCULPEN LAS MOLESTIAS.
GRACIAS.

CON EL CORAZÓN ROTO 50

Todo el mundo adoraba a Tracy. De pequeña, había sido una niña alegre y traviesa. Tracy parecía normal. Sus brotes de mal genio tenían gracia. Pero la cosa cambió cuando se convirtió en una mujer adulta. Tracy cambió y comenzó a tener unos ataques de ira que cada vez iban a más. El laúdano la ayudaba a controlarse. Tracy se peleaba con todo el mundo. Los peones que trabajaban en el rancho del señor Wallace la encontraban atractiva, pero, al mismo tiempo, tenían miedo de ella.
Abby confiaba ciegamente en la ayuda de Freddie. Aquel muchacho tímido era la salvación de su hermana.
Se asomó a la ventana. Vio a su hermana y a Freddie sentados en el porche. Freddie era poco hablador.
Pero, cuando abría la boca, Tracy lo escuchaba atentamente. Lo miraba con arrobo. Y Freddie se ponía rojo cada vez que su mirada se cruzaba con la mirada de Tracy.
En una ocasión, Tracy le comentó a Olivia que sus primas les parecían un duo de niñas mimadas y egoístas. Olivia le dio la razón. No conocía a sus primas personalmente. Pero ya las odiaba. Abby lo recordó. Tracy odiaba al mundo en general. Sin embargo, había una persona a la que la joven no odiaba. Y esa persona parecía que era Freddie. Sus ojos brillaban cada vez que lo veía.
Sospechaba que a Freddie le pasaba lo mismo. Los ojos del joven brillaban cada vez que veía a Tracy. ¿Y si se han enamorado?, se preguntó Abby. ¿Sería bueno para Tracy? A lo mejor, eso era lo que su hermana necesitaba. El amor de un hombre...Y Freddie era un buen muchacho.
Tracy se había quedado a vestir Santos. Lo mismo que Abby. En opinión de algunos, Tracy tenía que se esterilizada. ¿Qué clase de madre sería para sus hijos, de llegar a tenerlos? Sería una madre terrible. Tracy había agredido a todos los miembros de su familia. Incluso había golpeado a algunos cuantos peones. Éstos se preguntaban el porqué no la encerraban. Tracy estaba loca. Eso lo sabía todo el mundo.

CON EL CORAZÓN ROTO 49

Kimberly estaba en el aula corrigiendo exámenes.
De momento, había suspendido a unos cuantos alumnos.
Le gustaban los niños. Deseaba tener hijos. A lo mejor, con Sean...Desechó la idea en el acto. Soy demasiado vieja para ser madre, pensó.
Alguien llamó a la puerta en aquellos momentos.
-Pase-dijo Kimberly.
-Hola-la saludó una mujer un poco más joven que ella.
Se trataba de otra maestra de la escuela. Se llamaba Mary Lee.
Mary daba clase a niños más mayores.
Pero tenía problemas con sus alumnos.
Eran más conflictivos que los alumnos de Kimberly.
Al igual que ésta, Mary daba clase a niños de distintas etnias. Mestizos, blancos y comanches. Y de distintas nacionalidades. Mexicanos y estadounidenses. Y los niños parecían reproducir en su convivencia en el aula las pasadas tensiones entre los adultos.
¿Pasadas?
-Hola, Mary-le devolvió el saludo Kimberly-Siéntate. Me sirves de distracción. ¡Uf! Estoy cansada de corregir exámenes. Pero no me quejo. Lástima que mis alumnos no sean tan aplicados como quiero.
Mary estaba un poco nerviosa tras haber intervenido en una pelea entre un alumno estadounidense y otro mexicano. Los niños llegaron a las manos.
-Lo sé-sonrió la mujer-Tienes tus problemillas con tus alumnos. Pero se solucionan. Ellos te adoran. En cambio...Yo no puedo con los míos. Los castigo. Les riño. Les doy palmetazos. ¡Y nada! No consigo que me obedezcan.
Mary tenía el gesto cansado. Kimberly adivinó la tensión a la que se veía sometida todos los días.
-¿Les das palmetazos?-se horrorizó-¡Jesús bendito!
-¿Y qué quieres que haga?-se desesperó Mary-No me hacen caso. Te juro que trato de razonar con ellos. ¡Y no me escuchan! Es inútil. Pierdo los nervios. Y...
Los ojos de Mary se llenaron de lágrimas.
Odiaba tener que recurrir a la violencia para dar la clase tranquila. Pero sus alumnos la ponían al límite.
-Me lo imagino-acabó Kimberly la frase por ella.
-No me gusta pegar a mis alumnos-le confesó Mary-Pero...¿Qué quieres que haga? Les llamo la atención muchas veces. Pierdo la cuenta de las veces que he intentado hablar con ellos. Hacer que entren en razón. ¡Y no consigo nada! Son mayores que los tuyos. No son tan niños.
Mary era viuda. No tenía hijos. Su marido se alistó en el Ejército años antes. Pasaba más tiempo fuera que en su casa. Falleció en los primeros días del conflicto con México. Desde entonces, Mary estaba sola.
Sintió la soledad con más fuerza que nunca.
Sintió un infinito odio hacia los hombres de todas las nacionalidades.
Tenía pesadillas. A su marido lo ahorcaron por desertor sus propios compañeros de armas. Desde entonces, Mary había oído toda clase de rumores acerca de él.
Como que su marido tenía una amante. Ella quería pensar que él la quería. Pese a que siempre estaba lejos de ella.
Parecía que la rehuía.
Nunca sabría la verdad.
Mary cerró los ojos.
Intuía que estaba pagando su dolor y su rabia con sus alumnos y eso no era justo para ninguno de ellos.
-Pierdes los nervios con mucha facilidad, Mary-observó Kimberly.
-Sabes de sobra lo que me pasa-afirmó la otra mujer-Soy la persona más paciente del mundo. Lo sabes bien. Tus alumnos son todavía pequeños. Les engañas. Les haces creer cualquier cosa para que se porten bien. Y ellos te creen. Y te obedecen. Pero los niños no viven en un estado de inocencia permanente. Yo me casé porque amaba a mi marido, aunque era todavía una niña en aquella época. Una niña inocente...Los niños crecen. Descubren el mundo real. Se rebelan. Y tú luchas contra esa rebeldía. Se vuelven cínicos. Se vuelven duros. Y luchas contra ese cinismo. Y contra esa dureza. Pero todo es en vano. Has perdido esa batalla de antemano. A pesar de todo...Y después...
-Los palmetazos no sirven de nada, Mary. A nadie se le puede devolver a la infancia. En eso te doy la razón. La inocencia se pierde. La perdí yo. La perdiste tú. Todos la perdemos. Y eso es muy doloroso.
Kimberly apretó las manos de su compañera, que las tenía encima de la mesa.
Mary se puso de pie. Salió del aula tras despedirse de Kimberly.
Ésta la vio alejarse. Sintió pena por ella. Las dos estaban muy solas. Kimberly intentaba no pensar en desengaños pasados. Y Mary hacía frente a un desengaño muy reciente. Cuando salía a la calle, se sentía señalada por todo el mundo por ser la esposa de un desertor. Ella intentaba mantener la cabeza bien alta.
A pesar de que lo que quería hacer era esconderse. Mary también se había vuelto dura y cínica. Y Kimberly se preguntó si acabaría como ella.

sábado, 11 de febrero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 48

Jack se consideraba así mismo como un rudo vaquero y eso nunca cambiaría. La guerra podía hacer cambiar a otros, pero no a él. Ya se había batido en duelo en más de una ocasión con otros vecinos. La broma le había costado pasar unas cuantas noches en el calabozo. Algún día, pensaba, tendré mi propio rancho, como lo tiene Sean. Y su rancho no tendría nada que envidiarle a "LA PILARITA". Sería más grande. Tendría más cabezas de ganado. Tendría más caballos.
Se lo contó a Danielle una tarde. Ésta estaba friendo patatas.
-No te creo-le dijo ella-Comprar un rancho cuesta dinero. Y nosotros no tenemos dinero. Apenas nos llega para vivir con lo que ganas.
Jack se acercó a ella. Le expuso sus planes. Ahorrar mucho. No darse ningún capricho. Así, algún día, podrían comprarse el ansiado rancho.
-Estaríamos perdiendo el tiempo-aseguró Danielle.
-Soñar no significa perder el tiempo-afirmó Jack.
-Pero se pierde el tiempo imaginando cosas que no pueden ser. Te lo digo por experiencia.
Jack sentía que había nacido para vivir en aquella tierra salvaje y dominarla. Danielle lo besaba para hacerle callar.
¡Qué tontería! Se rió. La guerra no podía hacer cambiar a los vaqueros como él. Los hombres como Jack no morían nunca. Amaban la tierra. Eran fieles a ella.
Despreciaba la modernidad. La sociedad parecía que quería obligarle a renunciar a lo que había sido prácticamente desde el día que nació. ¡Y no era justo! Se rebelaba. Se resistía a cambiar. No deseaba cambiar. La guerra apenas había dejado huella en él. Despreciaba todo lo que venía de la ciudad.
Los hombres hablaban de oro. Se iban del pueblo a buscar oro a California. Pensaban regresar, aunque Jack sabía que nunca regresarían. Se veía a algunos tramperos en el pueblo. Como Greg. Y había hombres que estaban abandonándolo todo para irse a California a buscar oro. El propio Marty había decidido abandonarlo todo para irse a buscar oro. Tenía que decidir cuando se iría. Marty decía que era un cobarde.
Quien debería irse a California es Greg, pensaba Jack. La gente hablaba de hacer fortuna gracias al oro. Cada vez que cavaba una zanja, la imaginación de Jack se disparaba. Pensaba que hallaría oro.
Sería un hombre rico.
Con dienro se compraban muchas cosas. Se lo había dicho Danielle.
Sonreía. Jack podría comprar muchas cosas con dinero. Como su libertad. No era lo mismo un divorciado rico que un divorciado pobre.
Un divorciado era una rareza de ver en aquella época. Especialmente, en Streetman.
Sin embargo, la realidad era otra. Cada vez que Jack cavaba una zanja, en lugar de chocar con oro, montones de oro, lo que salía era nada. Acababa sucio. Sí. De polvo. No de oro. O de cualquier otro material brillante. Escupía al suelo. Se secaba el sudor con su pañuelo. Le dolía la espalda. Se sentía frustrado. Y cansado.
Oía a "EL BIZCO" reírse.
-¿De qué te ríes?-le espetó.
-Eres un loco soñado, Mackenzie-contestaba "EL BIZCO"-Vete a California si tienes sueños. No te quedes aquí. Perderás tu tiempo tanto aquí como allí. Pero podrás salir y divertirte un poco. Nadie vuelve de California.
-Yo no estoy buscando oro.
-Tus ojos brillan cuando te mencionan la palabra "oro".
-¡Con razón estás bizco! No ves nada.
-Para ver, no necesito tener los ojos bien. Me basta con conocer a las personas que me rodean.
La verdad era que Jack seguía siendo pobre.
Pero su momento iba a llegar, pensaba el hombre. Era cuestión de paciencia. Algún día, sería rico. Los hombres como él no desaparecerían jamás. Con dinero o sin dinero. Con oro o sin oro. Sobrevivirían.
En el fondo, Greg era digno de admiración. O de lástima. Era un loco. Un soñador...
También él soñaba con hacerse rico gracias al oro. De momento, se ganaba la vida como podía. Trabajando en "LA PILARITA". Y comiendo todo lo que caía en sus trampas. Pero...¿De verdad había oro en California? Jack quería pensar que sí. Buscar oro se había convertido en la afición favorita de gran parte de la población masculina del país.
Jack no se rendía. Era como Greg. Un soñador...Pero él tenía sus motivos para hacerse rico. Sería más rico que sir Kyle. Y lograría conquistar a Olivia.
Ella sería suya.
Danielle le decía que era un salvaje. Y, en el fondo, tenía razón. A Jack le habría gustado unirse a una banda de forajidos. Había varias bandas causando el terror en distintos puntos del país. Él tenía madera para ser un fuera de la ley. Pero no lo era. Al menos, en teoría. Había tenido sus encontronazos con el "sheriff". No fue ningún Santo en su juventud. Kimberly le había dicho que acabaría mal. Acabó varias veces en el calabozo. Le habían detenido en varias ocasiones. Sus padres pagaron la fianza para sacarle del calabozo.
Montaba en su caballo y pasaba largas horas cabalgando. Cabalgaba al galope. Sintiendo el viento en su cara. Los rayos del Sol...Veía buitres en el cielo. Necesitaba olvidarse de su trabajo. De su desastroso matrimonio...De su amor imposible...Sobre todo, necesitaba olvidar a Olivia. Aborrecía a Kyle. Su patrón era un caradura. Se limitaba a mirar a Olivia con lascivia. ¡Con lascivia! ¡No tenía ningún derecho a hacer eso! ¿Qué se creía aquel ricachón inglés de medio pelo? ¡Olivia era suya! ¡Jamás la tendría entre sus brazos porque era suya!
¿De verdad era suya?
Olivia no le pertenecía. Olivia era libre. Siempre lo había sido. Y él no. Era un hombre casado. No lo debía de olvidar. Lo que debía de hacer era tan simple como doloroso. Y era olvidar a Olivia.
Sus noches de borrachera en el "saloon" cuando sentía que no podía seguir con aquella vida no le proporcionaban ningún consuelo. Beber no le hacía olvidar. El alcohol le hacía perder el control de sus actos. Acababa peleándose con alguien. Le habían partido no hacía mucho la nariz durante una pelea en el "saloon". Jack contestó rompiendo una silla en la espalda de su atacante. Acabaron los dos siendo expulsados del "saloon" por el dueño del mismo. Jack regresó a casa con la nariz chorreando sangre. Esto no le hacía gracia alguna a Danielle. Se enfadaba cada vez que veía a su marido llegar a casa borracho. Le tenía prohibido que fuera al "saloon". Pero Jack no le hacía caso.

CON EL CORAZÓN ROTO 47

ENTRADA ELIMINADA.
POR FAVOR, DISCULPEN LAS MOLESTIAS.
GRACIAS.

viernes, 10 de febrero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 46

Olivia regresó de "LA PILARITA" montada a lomos de "Yasmina". A veces, se sentía incómoda mientras estaba en la calle.
Sabía que los vecinos hablaban de ella por su manera de ser. Muchos se preguntaban si el haber crecido rodeada de hombres había influido negativamente en Olivia. Sarah era como una sombra. No murió cuando sufrió aquella hemorragia. Llevaba muerta en vida mucho tiempo.
Había que admitir que Olivia era una belleza. Pero no servía como esposa.
Le gustaban los caballos y trabajar en el rancho. Kyle le pagaba bastante bien. Ganaba algo de dinero extra participando de vez en cuando en algún rodeo.
Ella se consideraba así misma como una mujer apasionada. Pero sus vecinos habían llegado a decir que su naturaleza era violenta. ¡Y todo porque se había enzarzado en algunas cuantas peleas mientras jugaba a las cartas en el "saloon"!
Pasó por delante de "LA RABIA". Se sintió tentada a entrar y a preguntar por Tracy.
El bueno de Freddie estaba dispuesto a todo con tal de ayudar a aquella pobre muchacha. "Yasmina", adivinando los pensamientos de Olivia, relinchó. La joven le acarició la cabeza con la mano.
-Otro día vendremos a ver a Tracy-le dijo-Ahora no podemos. Es muy tarde. Padre nos estará esperando.
Enfiló en dirección a "LA ISAURA".
Pensó en Lily. La veía rara últimamente. Parecía que estaba pensando en otra cosa. Le hablaba de los espíritus que había en la Naturaleza.
Anne decía que Dos Nubes la estaba volviendo loca.
Iba a visitarla. Y las dos pasaban las horas muertas hablando. Se despedían con un abrazo. Lily había llegado a decir que el agua que había en un vaso era su hermana.