martes, 24 de enero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 23

Lily era la pupila de Kyle y admiraba la belleza y el valor del que hacía gala Olivia cada vez que intentaba domar un potro salvaje.
-Deberías casarte con ella-le decía Lily a Kyle-Me recuerda mucho a ti.
            Kyle sabía que Sean haría un gran esfuerzo por proporcionarle a Olivia una cuantiosa dote llegado el momento de casarla.
-No creo que Olivia O’ Rourke sea la mejor candidata para convertirse en mi esposa-replicaba Kyle.
-¿Y a quién quieres como esposa?-le preguntaba Lily.
-Aspiro a casarme con una mujer sofisticada y elegante.
-Olivia es fuerte. No le tiene miedo a nada. A mí me gusta. Cásate con ella.
            La imagen de Olivia paseando cogida de su brazo hizo que Kyle se estremeciera. ¿Qué podía ofrecerle él? La haciendo no iba mal. De hecho, milagrosamente, no estaba en la ruina. Su contable era un hombre eficaz. El problema era él. Kyle era un bala perdida. Ni siquiera el ocuparse de Lily le había ayudado a mejorar. Los hombres como él no cambiaban Olivia se merecía algo mejor que él. Kyle suspiró con pesar.
-Eso no va a pasar, Lily-le dijo a la chica.
-¿Por qué no?-inquirió ella.
-Porque no soy la clase de hombre que merezca una mujer como Olivia.
-Entonces, deja de quejarte y haz lo imposible por cambiar. Todo el mundo merece una segunda oportunidad. Tú no vas a ser menos.
Kyle no sabía qué pensar. ¿De veras un hombre como él merecía otra oportunidad? ¿De verdad merecía el amor de alguien como Olivia? Podía hacer como le decía Lily. Luchar. Podía cambiar. No era demasiado tarde. Podía contar con Lily. Pensó que él le estaba haciendo un favor al acogerla en su rancho. Ahora, veía que era al revés. Que el favor se lo había hecho ella al irse a vivir con él.

CON EL CORAZÓN ROTO 22

Ya no eres joven. Ya no eres inocente. Entonces...¿Qué eres? Dímelo.
El jovencito vendía periódicos por la calle. Jack compró un ejemplar. Se puso a leer en mitad de la calle. Le costaba trabajo leer, pero le quedaba el consuelo de entender algunas palabras. Y todo era gracias a Kimberly. Su hermana le animaba a superarse. Y eso era lo que hacía. Pero no le parecía suficiente. Se sentía como un burro de carga.
Jack pensó que, en realidad, los periódicos no decían nada nuevo. Lo cerró. Comenzó a caminar en dirección a "LA PILARITA". Para Jack todos los días eran una repetición del mismo día. Era la misma rutina. Trabajo...La casa...Con sus alegrías, por supuesto.
Su percepción de la realidad era distinta a la del resto de los mortales.
Reses...Caballos...Vallas...Establos...La llanura...
El mugido de una vaca...El hierro candente que se usaba para marcarla.
Su jornada laboral empezaba alrededor de las ocho de la mañana. No tenía ganas de trabajar muchas veces. Acababa cansado. Intentaba aparentar normalidad. Por dentro, estaba hecho un basilisco. Estaba cansado. Estaba furioso. No sabía lo que quería. Bueno, sí lo sabía. Pero no podía decirlo en voz alta.
Vivía con la posición del Sol. Se orientaba mirando hacia el Este. Donde se encontraba el Sol. No tenía reloj y, a decir verdad, no lo necesitaba. No sabría leer las horas. Minutero...Segundero...Además, el pueblo contaba con una pequeña Iglesia. La campana daba la hora. Una aguja rápida...Entendía el sonido de las campanas. No entendía el funcionamiento de un reloj. No veía los números. Sólo sabía de marcar reses.
Sir Kyle tenía un reloj de pie en el salón. Era un reloj que, al dar la hora, salía un pajarito que decía: Cucú-cucú. Jack quería pegarle fuego a aquel reloj.
Su educación había sido muy básica. Sólo había una persona en su familia que había estudiado. Su hermana pequeña. Kimberly. De ella decían que se merecía el quedarse a vestir Santos.
Eso no le preocupaba.
No quería casarse.
Era feliz viviendo sola.
Jack no se lo creía.
En el pueblo, los vecinos creían que Kimberly era un ser extraño.
La mujer estaba siempre contenta. Le gustaba su trabajo como maestra. Era feliz siendo independiente. Ya había sufrido mucho por culpa de los hombres.
En cambio, Jack estaba casado y no era feliz.
Jack era pelirrojo. Igual que Kimberly. Jack tenía treinta y cinco años. Kimberly, mientras, tenía treinta y tres. Se parecían en algunos rasgos faciales. Como la nariz. O la forma de la boca. En el carácter, ambos eran bien distintos.
Kimberly no buscaba a un hombre. Los vecinos creían que era una perdida y algunos se quejaban de que le diera clase a los niños. Poco o nada tenían que decir de su labor como maestra, puesto que ésta era impecable. Kimberly estaba cansada de los hombres. O eso parecía. Por su vida habían pasado sólo sinvergüenzas. Todos aquellos romances habían terminado mal. Kimberly prefería enseñar a contar a los niños antes de verse envuelta en otra relación.
Jack estaba casado. Estaba casado con Danielle. Y no era feliz. No amaba a su mujer. Mientras, Kimberly era feliz. Era feliz enseñando a leer a los niños del pueblo.
Jack y Danielle llevaban casados siete años. No habían tenido hijos. Los años fértiles de Danielle se estaban acabando. Ella lo presentía. Jack pensaba que era mejor así. No se veía teniendo un hijo con su esposa. Pero ella sí quería ser madre. Había bebido toda clase de mejunjes para quedarse embarazada. Todo había sido en vano. Jack la había querido. Pero...No sentía por ella una gran pasión. Jamás la había sentido. Y a ella...Le pasaba lo mismo. Se llevaban bien. Eran buenos amigos. Eran como hermanos.
Jack sentía cierta comodidad al llegar a casa. Tenía el plato de comida en la mesa. La ropa la tenía limpia. Pero Danielle no era su criada y se sentía mal. Porque pensaba en ella como tal.
Hacía mucho que Jack se había resignado a no tener hijos. Su matrimonio hacía aguas desde hacía algún tiempo. Los dos se habían dado cuenta de ello. Jack no quería pensar en Danielle. Era orgulloso. No quería admitir un fracaso, como lo era su matrimonio. Quizás, por eso, pensaba tanto en ella.
En Olivia.
Lo hacía para no pensar en Danielle. Para huir de sus problemas con Danielle. ¿Cuándo fue la última vez que habló con ella? No una conversación informal...No...Una conversación seria...¿Cuándo fue? Hacía mucho...
No...Lo que sentía por Olivia era sincero.
A veces, mientras se dirigía a "LA PILARITA", Jack tenía la sensación de que sus pies no tocaban el suelo. Se sentía feliz. Le latía el corazón muy deprisa porque estaba pensando que, nada más llegar a "LA PILARITA", la iba a ver a ella, a la mujer que le había robado el corazón. La hija de Sean O' Hara.
Entonces, su mente retrocedió atrás unos días. Una tarde, Jack fue a "LA ISAURA". Era domigno y quería ver a Olivia.
En el porche, vio sentada a Kimberly. Sean estaba sentado junto a ella.
-Esto no puede seguir así-la oyó decir-No quiero hacerle daño a Livie. Es mi mejor amiga. No se lo merece.
-Nos merecemos estar juntos-insistió Sean-Livie lo entenderá.
-Creerá que quiero robarte tu cariño.
-Ella no lo verá así.
-Creerá que vengo a ocupar el lugar de su madre.
-Hablaré con ella.
-Dillon y Tyler podrían recibirme de igual forma.
-Hablaré con ellos.
-Sean, no quiero destrozar tu familia. No me lo perdonaría en la vida.
-Dillon y Tyler tienen su vida hecha. Poco o nada me importa lo que piensen. Deben de entender que tengo derecho a hacer lo que quiera con quien quiera y cuando quiera. Ya soy mayorcito.
-Aún así...
-Merecemos ser felices, Kim.
-Pero no podría ser feliz a tu lado sabiendo que tus hijos me odian. Y ellos podrían odiarte. Y sería por mi culpa. No...Eso no quiero que pase.
Entonces, Sean hizo callar a Kimberly sellando su boca con un abrasador beso.
Eso confirmó las sospechas de Jack. El padre de Olivia estaba interesado en Kimberly.
Se fue de allí sin ser visto.
Imposible.
Era imposible.
Jack negó con la cabeza. Hablaría con Sean. Necesitaba alcarar las cosas con él. Eran buenos amigos. Tenían que hablar sobre Kimberly. Y sobre Olivia... Sobre las dos...
Pasó por delante de la miserable choza donde vivía "EL MUELAS". El hombre estaba afilando un palo. Mordisqueaba un palillo con sus cuatro dientes.
-¡Hola, Jack!-le saludó.
Escupió el palillo. Cayó cerca de los pies de Jack.
Éste le devolvió el saludo con un ademán.
-Me imagino que vas a ver a la bella Olivia-se rió "EL MUELAS".
-Adonde yo voy es a trabajar y tú deberías de hacer lo mismo-le espetó Jack.
-Y eso haría. Pero estuve toda la noche en el "saloon". ¡Menudas chicas hay en él! Ardientes como el Sol que nos alumbra. Deberías pasarte por allí. Te divertirías mucho.
-Yo ya me divierto por mi cuenta.
-Jack, eres un hombre. Si Danielle no te da lo que tú quieres, tienes que buscarlo fuera.
-Me divierto con mi esposa. Así ha sido desde que nos casamos. No puedes opinar. No estás casado. Ninguna mujer te aguantaría.
-No me he casado porque sé que el amor no es para toda la vida. Haces un juramento en vano. Porque sabes que acabarás faltando a tu palabra antes o después. Ya sea de hecho o de pensamiento. Da igual. Faltas a tu juramento.
Siguió con su camino.
De momento, se conformaba con ver a Olivia. Hablaba con ella y procuraba disimular las miradas llenas de fuego que le lanzaba. Ella vivía ajena a todo. A él se le iban los ojos tras la joven. ¿Lo sabrían sus compañeros? No...No lo creía. Respiró tranquilo.
¡Jesús bendito! ¡No podía apartar la vista de ella! De Olivia...La deseaba con todas sus fuerzas. Pero ella nunca sería suya.

lunes, 23 de enero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 21

Era una joven bella de cabellos color caoba y ojos color azul cielo. Sus labios carnosos inspiraban el deseo de ser besados. De ser besados muchas veces. A veces, Nora, la cocinera, hacía las veces de doncella de Olivia. Era la única que podía dominar el cabello rebelde de la joven.
            No es una joven inocente y desvalida. Sólo era virgen. Pero no era inocente y no estaba desvalida. Olivia era dura como el hierro.
            Es una mujer decidida, independiente, que ha pasado mucho en su corta vida y que se empeña en salir adelante sola sin pedir ayuda.
            Es una chica que ha tenido que aprender a sobrevivir sola.
            Pensaba sacar ella sola adelante el rancho de su padre y no tener que depender nunca de ningún hombre. Cierto era que el rancho no estaba pasando su mejor momento. Pero era sólo mala suerte. La mala suerte no tardaría en pasar. Y las cosas volverían a la normalidad. Su sueño era pasar el resto de su vida en Streetman. Ella no es como sus hermanos Dillon y Tyler. No quería abandonar su pueblo.
Sus hermanos eran unos cobardes. Habían huido. Se refugiaban en el mundo aristocráticos en el que se crió su madre. Un mundo que acabó despreciando por amor a su padre.  
            Todo lo que necesitaba se encontraba en Streetman. Estaba su padre. Y también estaba su mejor amiga, Kimberly Mackenzie. No echaba de menos la compañía de un hombre. Tenía amigos, sí. Pero ellos la veían como a un camarada. Olivia pensaba que los hombres creían que ella era una de ellos. Sabía comportarse igual que un hombre. Tenía muy pocos trazos femeninos.
            De aquella forma, Olivia se evitaba mucho sufrimiento en un futuro. No quería que le pasara lo mismo que le pasó a su madre. No iba a estropear su vida por culpa de un hombre. Y tampoco pensaba sacrificar su vida. Los hombres no valían tanto, decía.
            Se negaba a aceptar su propia sexualidad.
Se negaba a ser como las demás mujeres.
            Olivia se consideraba así misma como una mujer fuerte, decidida y tozuda.

CON EL CORAZÓN ROTO 20

Olivia regresaba a su casa después de una dura jornada laboral. Montaba a su yegua "Yasmina" cuando, de pronto, vio una figura imponente de mujer montada a caballo a horcajadas, como ella. Sonrió al reconocer a la mujer que se acercaba a ella. Era Dos Nubes. La esposa de Pluma Roja.
Aquella noche, Dos Nubes había soñado con Olivia. Y el sueño la había afectado. Sentía que era su deber prevenirla. Por eso, la estuvo esperando en el camino.
-¡Qué agradable sorpresa!-exclamó Olivia al verla.
-He venido para prevenirte-la atajó Dos Nubes.
Olivia la miró extrañada.
-¿Sobre qué me tienes que prevenir?-inquirió.
-Anoche, soñé contigo-contestó Dos Nubes.
-Sospecho que ese sueño no fue bueno.
Olivia bromeaba, pero Dos Nubes no bromeaba en absoluto.
-Los espíritus me han hablado y me han dicho que debes de tener cuidado-prosiguió.
-Llevo mi Colt y sé disparar-la tranquilizó Olivia-Los forajidos deben de tenerme más miedo que el que yo debo de tenerle a ellos. Sé defenderme.
-Hay otro mal, peor que un forajido. Y ese mal es invisible. Los espíritus dañinos atacan en silencio.
Olivia empezó a ponerse serie.
-Nunca he entendido la mitología comanche y jamás la entenderé-afirmó.
-Los espíritus te están atacando sin que puedas verlos-le aseguró Dos Nubes-Por eso, tienes que estar alerta.
¿Espíritus dañinos? Olivia no sabía lo que era eso. Creía que todo aquel que podía hacerle daño lo podía ver ella. ¿Acaso un ser invisible pretendía atacarla?
-Olivia-dijo Dos Nubes-El Gran Espíritu lo ve todo. Puede percibir lo que sientes. Puede sentir que tú no estás bien. Yo veo en tus ojos que algo te atormenta. Algo que no sabes lo que es.
La joven la miró con miedo. ¿Cómo podía saber Dos Nubes que ella sufría frecuentes dolores de cabeza? Sólo se lo había contado a Anne. Pero Anne nunca iría con el cuento a Dos Nubes. Principalmente porque la odiaba. La odiaba sólo porque le recordaba a los asesinos de sus padres. Pese a que Dos Nubes no tenía la culpa de lo ocurrido.
-Amiga mía, te juro que estoy bien-le aseguró.
Dos Nubes la miró con escepticismo. Los ojos de Olivia brillaban. Su tez era morena, tostada por el Sol. Su rostro era risueño. Pero había algo en ella que le daba a aquel barniz de salud un aire falso.
-Ten cuidado y protégete de los malos espíritus-le pidió Dos Nubes.
-Te aseguro que no voy a dejar que ningún mal espíritu me haga daño-le dijo Olivia.
Dos Nubes se dio media vuelta y se alejó a todo galope. Sospechaba que Olivia no le haría caso. En aquel caso, la joven habría sellado su destino. Poco o nada podía hacer por ella.
Mientras, Olivia decidió no hacerle caso a las advertencias de Dos Nubes. Tenía muchas preocupaciones en la cabeza. No iba a preocuparse, además, por los sueños de los demás.

domingo, 22 de enero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 15

-Milord está soltero. Y no es idiota. Te mira y no ve a un hombre. Ve a una mujer.
-Milord se casará con una inglesa, si es que decide casarse. Con una inglesa delicada, bonita y rica-Y tonta, pensó Olivia-Es lo que hacen los que nacen en cuna de oro, como nació él. Se casan con mujeres de su misma posición social. Y yo soy una simple peón. No soy la clase de mujer con la que se casan los lores.
Ni con la que se casa nadie, pensó Olivia.
Se llevaba bien con el resto de los peones. Bromeaba y reía con ellos. Jugaba a las cartas con ellos en el "saloon". Bebía whisky con ellos. Jugaban a ver quién tenía la mejor puntería.
Ellos podían desearla como mujer.
Pero no la deseaban como esposa. Al final, todos buscaban a una mujer dócil con la que casarse. Y ella nunca había sido dócil. Al contrario. Era una joven demasiado salvaje e independiente como para casarse. Nunca sería una buena esposa.
¡Mejor para mí!, pensó Olivia. No necesito a nadie.
-¿Qué dices, Livie?-se extrañó Freddie. Un relámpago iluminó el cielo-Eres muy bella. Serías una fantástica condesa. O duquesa. Lily te adora.
-Lily está tan condicionada como yo. Y milord es un hombre raro. Él buscará, cuando quiera, una esposa de su misma clase social, te lo he dicho antes. Los aristócratas se casan con los aristócratas. Así ha sido desde el inicio de los tiempos. Y yo no cumplo los requisitos que él busca-Se oyó un trueno-Sería una locura.
-Entonces, no pienses más en milord.
-No pienso en él.
Freddie no lo sabe, pensó Olivia. Vio cómo su hermano apoyaba la espalda en la pared de la cueva.
¿Lo entendería Freddie?, se preguntó. Podía hablar con él.
A lo mejor, Freddie la entendía. Pero también podía poner el grito en el cielo. Freddie era fruto de una infidelidad. Podía entender los deseos de Jack de convertirse en el amante de Olivia. De engañar a Danielle. Pero no los aprobaría.
Podían divorciarse, pero un divorcio estaba siempre mal visto. Sobre todo, en un pueblo tan pequeño como lo es Streetman.

sábado, 21 de enero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 14

Entró en calor. Se sentía a gusto. Los animales la calentaban. Tuvo ganas de dormir un poco. Eso estaría bien. Cerró los ojos. Se relajaría. Se quedaría dormida. Y esperaría. ¿A qué? No lo sabía. Intentaba no pensar en Jack. Pero no podía. Quería creer que no estaba enamorada de él. Era inútil. Jack volvía una y otra vez a su cabeza. A su corazón...
Olivia no podía comparar aquel sentimiento con ningún otro. Nunca había sentido nada parecido. Ni siquiera cuando Greg la cortejaba.
Olvidar a Jack era una tarea casi imposible. La dejaba agotada. Ella misma estaba luchando una batalla que sabía perdida de antemano. Era una locura. Sentía algo por Jack que iba más allá de la amistad.
Se acordó de su vecina Eliza. Ella le decía que no debía de confundir el amor con el deseo. Le pasó lo mismo. Confundió el amor con el deseo y su matrimonio con Rafael Santana, un adinerado terrateniente mexicano, era un desastre. Su marido llevaba meses enfermo. El que fue un hombre rudo y salvaje había quedado reducido a una piltrafa humana.
Olivia sabía que Jack sentía algo parecido por ella. ¡Correspondía a aquel cariño! Debía de estar contenta. Pero no lo estaba. Una mujer sabía cuando un hombre sentía algo por ella. Quería regodearse en ello. Su cabeza le gritaba: ¡Alto! ¡No sigas! ¡Era una locura!, pensó Olivia. Enrojeció de rabia. ¿Qué clase de mujer era? ¡Jack era un hombre casado! ¿Acaso había olvidado a Danielle? Jack le debía respeto a su mujer. Le debía fidelidad.
Eliza le decía que los hombres eran infieles por naturaleza.
Ella, por supuesto, le daba la razón.
Sean debía de sospechar que pasaba algo. Su padre no era tonto. Olivia se preguntó si se habría puesto en contacto con sus hermanos para contarle lo que pasaba.
Incluso se estaba planteando el enviarla lejos de Streetman.
Estaba pensando en enviarla con la familia que no conocía. A un lugar que ella no conocía. Debería de acostumbrarse a vivir allí. Y ella se sentía tentada a obedecer. Pero no quería irse. No quería abandonar su pueblo.
Un relámpago iluminó la cueva. Sonó con fuerza un trueno. Una de las vacas mugió asustada.
El rostro de Olivia estaba empapado y ella se secó con la manga de su camisa de corte masculino. Estaba temblando otra vez. Volvió a tener la sensación de echarse a llorar. Reprimió sus lágrimas. Llorar es de débiles, pensó. No voy a llorar. Estaba calada hasta los huesos y rezó para no acabar enferma de neumonía.
Su padre le decía que aquella tierra era dura. Las personas débiles perdían la vida allí. Las personas débiles huían de allí. Por eso, Dillon y Tyler se habían ido. Por eso, su madre estaba muerta. Porque eran débiles.
Algo que Olivia no podía ser.
En aquel momento, otro relámpago iluminó el cielo.
-Livie-la llamó una voz.
-Freddie-dijo la joven.
Era Frederick Beckham, uno de los hermanastros de Olivia. Era el hijo menor que tuvo Sean con una joven natural de Natchez que vivía en el pueblo. Había llegado a Streetman para trabajar como criada para los Santana. Su marido, mucho mayor que ella, había muerto hacía poco. Ella y Sean fueron amantes durante algún tiempo. En aquella época, Sean estaba casado con Sarah y Dillon era un niño de corta edad. La amante de Sean dio a luz a su hijo mayor, Ethan, al mismo tiempo que Sarah se quedaba embarazada de su otro hijo, Tyler. Años después, Sean volvió a las andadas con la madre de Ethan. Él siempre dijo que sólo estuvo con ella una vez. Pero bastó para que ella se quedara de nuevo embarazada. Freddie era tres años más joven que Olivia.
Los tres hijos legítimos de Sean sabían que Freddie y Ethan eran sus hermanos. Mientras Dillon y Tyler los despreciaban, Olivia quería estar cerca de ellos. Se llevaba muy bien con Freddie, aunque no tanto con Ethan. Éste prefería mantener las distancias con su hermanastra.
-¿Qué estás haciendo aquí?-preguntó Olivia.
-He venido a buscarte-respondió Freddie.
-¿Quién te ha dicho que estoy aquí?
-Jack me ha dicho que estabas con el ganado y seguí las huellas. Empezó a llover. Y deduje en qué cueva os habríais metido. Veo que no he fallado.
Olivia se puso de pie. Se arrojó en brazos de Freddie.
-Estás loco-afirmó risueña-Salir tú solo a buscarme. ¡Y en plena tormenta! Estás tan loco como yo. Te vas a resfriar.
-Yo sé quién está loco-apuntó Freddie-Y me vas a matar cuando te lo diga. Pero lo tengo que decir. El que está loco es Jack. Está loco por ti. Lo disimula fatal. Aunque no sabría qué decir. Quizás me lo esté imaginando todo.
-¡No digas tonterías! Es un hombre casado. Entre nosotros jamás podría haber algo. No soy muy amiga de Danielle. Pero sí soy amiga de Kim. Es, junto con Lily, la única amiga que tengo.
-Me tienes a mí.
-A mi hermano que ve fantasmas donde no los hay.
Freddie se echó a reír.
-No necesito que alguien me haga de niñera-afirmó Olivia-Nunca he tenido una niñera. Tengo veintidós años. Nuestro padre cree que nunca me casaré. Y, a lo mejor, tiene razón. Casi prefiero quedarme soltera. ¡Mira a nuestros hermanos! ¡No quieren a sus esposas! No necesito un marido que cuide de mí. Yo sola me basto y me sobro. Soy una mujer independiente. Lo he demostrado muchas veces. Tengo una excelente puntería. Practico con mi Colt a diario. Acierto a una lata situada a un kilómetro de distancia. Y no estoy exagerando. Sé disparar mejor que muchos hombres que conozco.
Freddie no ponía eso en duda.
Olivia sabía cuidar de sí misma.
Pero había algo en ella que impulsaba a querer protegerla.
Freddie pensó que hablaba mucho con Pluma Roja.
Le decía que había espíritus malignos. Y que esos espíritus querían hacerle daño a Olivia.
Él quería pensar que se equivocaba. Freddie era un muchacho muy religioso. Creía que Dios ponía a sus fieles a prueba.
Y ellos superaban aquellas pruebas porque creían en Él. Freddie no creía en la existencia de espíritus malignos. Pero sí creía que muchas pruebas eran muy duras. Pero la misericordia de Dios es infinita, pensó.
Y eso era lo que estaba haciendo con Olivia. La estaba poniendo a prueba. Nada más.
-Te he visto haciendo verdaderas cabriolas a lomos de un caballo-le aseguró Freddie.
-Sé usar un cuchillo-enumeró Olivia-Sé pelear. Pego muy bien. Doy buenos puñetazos. Se lo he dicho a mi padre. Pero él no me quiere escuchar. Debe de creer que todavía soy una niña. ¡Y eso no es cierto!
Él y Olivia tomaron asiento en un rincón de la cueva. Freddie entendía bien a Olivia. A la joven le costaba trabajo perdonarle a su padre su infidelidad. Él había traicionado a su madre. Pero seguía queriéndole a pesar de todo. Y también quería a sus hermanastros. No tenían la culpa de nada.
Podía contar con Freddie.
-Eliza cree los hombres son infieles por naturaleza-comentó Olivia-Dice que no debes fiarte de ninguno.
-Se equivoca-replicó Freddie.
-No lo creo. Eliza se casó con un joven inglés que le era infiel con otros hombres. Luego, conoció a Rafael y se enamoraron. Fueron amantes hasta que el marido de Eliza murió. Rafael Santana es un hombre muy posesivo. Tiene muy controlada a Eliza.
-El descontrol que lleva le ha pasado factura. La sífilis lo matará antes de tiempo.
Olivia se preguntó lo que sentiría Eliza si se quedaba viuda.
Su matrimonio con Rafael fue una pesadilla desde el primer momento. Su marido la insultaba tanto en público como en privado. En varias ocasiones, Kimberly la tuvo que atender porque traía la cara partida. Su propio marido se la partía.
Incluso la familia Santana había tomado partido por Eliza.
La hermana de Rafael quería sacarla de allí. Le hablaba de irse lejos.
Eliza no quería irse.
Le decía a su cuñada que su hermano no era malo. Justificaba su comportamiento diciendo que nadie lo quería, más que ella. La mujer decía que su hermano acabaría matando a Eliza.
Por dos veces, Eliza perdió un hijo.
La primera vez, fue por un accidente. La segunda vez, fue por una paliza que le propinó su marido.
Ahora, Rafael estaba enfermo. Y ella se negaba a abandonarle.
-A milord también le gustas-afirmó Freddie-Se le van los ojos tras de ti en cuanto te ve.
-Insisto-bufó Olivia-No digas tonterías. Milord no está enamorado de mí. Eso jamás pasará. Tienes mucha imaginación, hermano mío. Y eso no es bueno.

viernes, 20 de enero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 13

Olivia vio cómo el cielo se cubría de nubes negras.
De pronto, empezó a llover con fuerza.
La tormenta la sorprendió en plena llanura. Había sacado a pastar al ganado aquella mañana.
El día había amanecido con el cielo cubierto de nubes.
-No deberías salir con el ganado-le aconsejó Jack-Va a llover. No quiero que te pase nada malo.
Olivia le dedicó una sonrisa cariñosa.
-Deja que alguien te acompañe-insistió Jack.
Reunió como pudo el ganado. Silbó con fuerza. Se subió de un salto a "Yasmina". Olivia divisó una cueva. Se metió con el ganado y con la yegua en el interior. Pasarían allí la noche, decidió. Al menos, hasta que pasase la tormenta. El sombrero cayó sobre su espalda. Algunas vacas eran muy cabezotas. Se resistían a meterse dentro de la cueva.
-¡Venga!-insistía Olivia-No os podéis quedar aquí fuera. ¿No veis que está lloviendo? ¡Vamos!-Un relámpago iluminó el cielo-¡Os llevaré a esa cueva!-El sonido de la voz de Olivia se mezcló con el sonido de un relámpago-Allí se está mejor. Estaréis más calentitas. ¿No os gusta la idea? ¡Os estáis mojando! ¡Por favor! ¡Venid conmigo!
Olivia empujó a las vacas para meterlas dentro de la cueva. Tenía ganas de llorar. Le dolía mucho la cabeza. No sabía lo que le pasaba. La otra vez, a duras penas llegó a "LA PILARITA". No fue capaz de hacer bien su trabajo. Lo sabía. El patrón fue comprensivo con ella. Le dijo que sólo tenía una simple jaqueca. Pluma Roja se quedó mirándola. Olivia se sintió incómoda. Aquel hombre adivinaba los pensamientos más profundos de las personas.
-El mal está cebándose contigo-le dijo-Los demonios quieren hacerte daño.
Olivia no sabía lo que le pasaba. Aquellos dolores de cabeza la estaban torturando de forma implacable.
Logró meter a todo el rebaño dentro de la cueva. Hacía mucho frío. Ahogó un grito. Tuvo la sensación de que una bala le había atravesado el cráneo de punta a punta.
Se sentó entre dos vacas.
No podía hacer ni siquiera fuego.
Estaba débil.
No era la primera vez que le sorprendía una tormenta mientras estaba fuera con el ganado.
Se frotó la frente. Estaba temblando de frío. Se frotó también los brazos.
Aquel día, había recibido carta de su cuñada Rachel, la esposa de su hermano Tyler. Olivia apenas la conocía. Rachel se atrevía a darle consejos.
"Una mujer no debe de sentir nada cuando su marido la besa. Yo me porto con frialdad cuando Tyler me besa".
¿Y me lo cuentas a mí?, se preguntó Olivia. ¿Acaso olvidas que soy la hermana de tu marido? Aunque hacía mucho que no veía a Tyler. Sabía que éste acababa de ser padre. Tenía un hijo al que había llamado Oliver. Decía que se parecía más a ella que a él o a Rachel.

El mayor temor de Sean era que uno de los caballos salvajes que intentaba domar Olivia la tirase al suelo. Ya le había pasado antes.
Olivia podía desnucarse. Algunos de los hombres que participaban con ella en los rodeos habían muerto desnucados. Se caían del caballo. Y se rompían el cuello. Pero no era el único riesgo que Olivia corría. Podía ser pisoteada. O...
Jack se estremeció de horror. La idea de poder perder a Olivia le horrorizaba. Pero se tranquilizó. Todo le va bien, pensó.
Estaban en el establo. Olivia estaba echando paja fresca. La veía fuerte y sana. Ignoraba que la joven sufría frecuentes dolores de cabeza. Unos dolores que la dejaban débil y atontada. Fingía que se encontraba bien.
Jack le comentó a Olivia que no soportaba verla tirada en el suelo dos o tres veces por caballo. Eso solía pasar. Olivia bufó. No era una niña. Creía que nunca había sido una niña. Sabía cuidar de sí misma. Se lo había dicho a su padre. Pero Sean parecía no querer escucharla.
Le cogió la mano a Jack.
Fue un gesto reflejo. Instintivo...Pero necesitaba aferrarse a alguien. Sentía que se estaba viniendo abajo. Le dolía mucho la cabeza.
-Te agradezco que te preocupes tanto por mí-le dijo a Jack-Pero no me pasa nada. Sólo me rompí un tobillo una vez. Pero ese tobillo sanó.
-Lo recuerdo-dijo Jack-Pero podría no ser un tobillo la próxima vez. Podrías hacerte daño de verdad. Y yo...
-No pienses en eso.
-Tienes mala cara, Livie.
-Estoy bien. De verdad...No estoy hecha de cristal. Creo que estoy hecha de hierro.
-Nadie está hecho ni de hierro ni tampoco de cristal.