domingo, 1 de febrero de 2015

LA PETICIÓN

Hola a todos.
Aquí os traigo el tercer fragmento de mi relato La petición. 
¡Vamos a ver qué ocurre hoy!

                                    Debía de admitirlo.
                                    De algún modo, Christine había logrado colarse en el corazón de Ian, pero no como su prima que era. La miraba. Y sólo veía a una mujer.
                                    Una tarde, estando los dos a solas en el salón, Ian decidió sincerarse con ella. Alyssa se había retirado a su alcoba a dormir la siesta. Christine estaba escribiendo una lista con los nombres de las candidatas.
                                   Sin darse cuenta, Ian empezó a hablar. Le confesó a Christine que no estaba interesado en ninguna de aquellas jóvenes. Que no quería casarse con ninguna de ellas. Tal vez, podría parecerle una traición a lo que le había pedido Marsali que hiciera. Pero él estaba enamorado de ella.
                                 En un primer momento, Christine pensó que su primo le estaba gastando una broma. Debía de ser una broma.
                                 Hasta que le vio arrodillado ante ella besando sus manos con fervor.
-¿Te has vuelto loco?-le preguntó con temor.
-Estoy loco por ti, Chrissy-respondió Ian con vehemencia.
-¡Levántate ahora mismo del suelo!
-Estoy a tu servicio.
                              A partir de aquel momento, Christine decidió mantener las distancias con Ian. Salía a pasear ella sola, ante el horror de su madre.
-Llévate por lo menos a tu dama de compañía-le pedía Alyssa.
                            Su dama de compañía tenía cuarenta años. Estaba todavía soltera y no había renunciado a casarse.
                             Solía ponerse a coquetear con los hombres que veía en la orilla del río pescando. Era demasiado violento para Christine salir a pasear con ella. Pero era mejor que estar con Ian después de lo que le había confesado. ¿Cómo podía decirle con tanta vehemencia que la amaba?
                             ¿Acaso no quería pensar en Marsali? ¡No querría verle casado con ella! Se había vuelto loco.
                              Ian no sabía qué hacer para ganarse de nuevo la confianza de Christine. Se arrepentía de haberle declarado su amor.
                             Para Christine, él era tan sólo su primo. Había traicionado la confianza que había depositado en él. No sabía qué iba a pasar entre ellos. Ian tan sólo sabía que no quería renunciar a ella.
                           Era feliz cuando besaba la frente de Christine todas las noches cuando ella se retiraba a su habitación.
                           Pero no era suficiente.
                           Se conformaba con ello. Y, al cabo de algún tiempo, a Christine le pareció que era demasiado poco.
                            Era feliz cuando Ian cogía sus manos, se las besaba y le decía que eran delicadas y blancas como la nieve. Y, una tarde, mientras sentaban sentados a la orilla del río, Ian se atrevió a robarle un beso y Christine sintió cómo una ola de calor inundaba su cuerpo.
                          Lo admitía. Le había gustado.

sábado, 31 de enero de 2015

LA PETICIÓN

Hola a todos.
Hoy, seguimos con la segunda parte de mi relato La petición. 
Christine le está buscando una esposa a su primo Ian, que es viudo. Pero...Las cosas pueden cambiar.

Ian se quedó una temporada en casa de su tía Alyssa.
            Su tía insistió mucho en que se quedara. Decía que Ian no debía de estar solo en su casa. Los recuerdos de Marsali acudirían a su cabeza. Le atormentarían.  
Hacía doce años que el marido de Alyssa había muerto.
En teoría, un accidente de caza. En realidad, se pegó un tiro al darse cuenta de que estaba arruinado. Quiso acceder a la fortuna de su mujer.
Pero Alyssa se negó. Su marido le había hecho la vida imposible con sus muchas aventuras con otras mujeres. Sabía que había llenado toda la región de bastardos.
No le permitiría acercarse a la dote de Christine.
            Ian también protegía de manera feroz a su prima. Christine estaba al tanto de las veces en la que su primo se había peleado con hombres que estaban interesados en ella.
            Ian afirmaba que ninguno de aquellos petimetres le llegaba a la suela de los zapatos. En su opinión, Christine merecía otra clase de marido. Necesitaba a su lado a un hombre fuerte. A un hombre que velara por ella. Merecía ser feliz.          
A veces, Ian se sorprendía así mismo mirando demasiado fijamente a Christine. Se daba cuenta de que los ojos azules de su prima tenían el mismo color que un cielo despejado. Incluso, le parecían curiosas las espesas y largas pestañas que rodeaban a aquellos ojos. Christine no era una joven precisamente coqueta.
Los ojos de la joven siempre estaban alegres. Sólo se oscurecían cuando pensaba en Ian.
Los besos que su primo le daba en las mejillas parecían haberle hecho olvidar aquel incidente inoportuno durante uno de sus paseos.
__Hemos de centrarnos en buscarte esposa__le había dicho.
Sin embargo, la forma que tenía Ian de mirarla últimamente estaba empezando a poner nerviosa a Christine. Debía de centrarse en la tarea que Marsali le había encomendado.
Christine no podía conciliar el sueño por las noches. Memorizaba los nombres de las jóvenes solteras de buena familia que había en Inglaterra. Ella conocía a varias de aquellas jóvenes.
Le había mencionado a Ian los nombres de varias candidatas a convertirse en su esposa. Pero él no parecía estar entusiasmado por ninguna de ellas.
__Estás tomándote demasiadas molestias por mí__le dijo una tarde lluviosa, mientras jugaban a las cartas.
__No quiero que estés solo__afirmó Christine.
__Deberías de pensar menos en mí y pensar un poco más en ti.
De pronto, Ian empezó a sentirse incómodo al estar cerca de Christine. Y algo similar empezó a pasarle a la joven. Alyssa no se dio cuenta en un primer momento de que algo estaba pasando entre su sobrino y su hija. Sólo sabía que a Christine se le había metido la idea de buscarle esposa a Ian. Y que su sobrino se negaba a volver a casarse. Para entonces, varios caballeros empezaron a fijarse en Christine. Y empezaron a ir a visitarla a su casa con la intención de cortejarla.
Cuando empezaron a robarle besos a la joven, Ian sintió cómo alguien le estaba dando puñetazos en el estómago.
__¡Son todos unos petimetres indignos de ti, Chrissy!__afirmó una tarde.
La joven estaba interpretando una pieza con su arpa.
__Cualquiera diría que estás celoso de ellos__bromeó.
Pero dejó de reírse.
__Estás celoso__murmuró.

Ian la oyó.


                                 

viernes, 30 de enero de 2015

LA PETICIÓN

Hola a todos.
Aquí os traigo este relato que transcurre en el siglo XVIII en una isla inglesa situada en el río Támesis. En concreto, está dividido en varias partes para que no resulte pesado.
Se titula La petición y es de corte romántico y bastante más optimista que el anterior.
Espero que os guste.

ISLA DE SANTA MARÍA, EN EL RÍO TÁMESIS, 1750

Quería mucho a su primo Ian. Por ese motivo, estaba tan preocupada por él. La esposa de Ian había caído gravemente enferma. El médico no le daba muchas esperanzas de que viviera. Sin embargo, Christine quería ser positiva. Pensaba que acabaría curándose.
            Su prima política era una mujer joven y fuerte. Nunca antes había estado enferma.
            Sin embargo, Christine no podía evitar estar preocupada. Trataba de disimular cuando estaba delante de Ian. Pero éste la conocía demasiado bien. Christine lo pasaba mal cuando veía al médico practicarle una sangría a la esposa de su primo. La joven estaba tan débil que apenas tenía fuerzas para oponerse.
 __Te vas a poner bien__solía decirle a ésta.
__Sé bien que me voy a morir__se lamentaba la joven.
__¡No digas tonterías!
            Sin embargo, la mujer de Ian había asumido que iba a morir. Le dolía tener que dejar a Ian solo. Su matrimonio había ido mal. La pasión que les unió se esfumó. Pero Ian había sido muy importante en su vida.  
__¡No quiero que Ian se quede solo!__suplicaba.
__¡Claro que no se va a quedar solo!__le aseguraba Christine.
            Le pasaba un paño empapado en agua por la frente. Christine procuró esbozar una sonrisa. El médico estaba a punto de llegar. Su prima política estaba muy alterada. Tenía mucha fiebre. Deliraba.
__Te vas a poner bien__proseguía Christine__Vais a haceros viejos juntos. Y tendréis muchos hijos.
             Se turnaba con Ian para cuidar de su esposa.
 __No dejes que Ian se quede solo__le había pedido Marsali, la prima política de Christine, antes de morir__Búscale una esposa. Una mujer que le quiera de verdad. 
__Te lo prometo__le había asegurado Christine. 
Había pasado un año y Christine no terminaba de creerse que Marsali, aquella escocesa de cabello de color rojo fuego que había enamorado a su primo Ian, se hubiese marchado para siempre. Marsali tenía un carácter fuerte y decidido. Y gozaba de una excelente salud. Hasta que una neumonía fulminante acabó con su vida. Nadie lo vio venir. Christine creía que las sangrías que le había practicado el médico habían acelerado la muerte de Marsali.
El periodo de luto había terminado.
Había llegado la hora de buscarle una esposa a Ian.
__¿Cuándo vas a empezar a buscar esposa?__le había preguntado Alyssa, tía de Ian y madre de Christine, a éste cuando iba a visitarlas.
__No tengo interés alguno en volver a casarme__respondía el joven.
__Tienes derecho a rehacer tu vida, hijo.
__Quise mucho a Marsali. Admito que mi matrimonio nunca fue del todo bien. Nos unió una intensa pasión, pero, cuando la pasión se evaporó, no quedó nada.
__Tienes veintitrés años. Estás a tiempo de rehacer tu vida.
Entonces, a Christine se le ocurrió una idea. Elaboró una lista con las posibles candidatas a convertirse en la esposa de Ian. Su primo no era un hombre rico precisamente.
Por culpa de su tío, había desaparecido la fortuna familiar. Alyssa le dio el puesto de contable.
La situación de Alyssa era mejor con relación a la familia de su marido, los Bryce. Su marido y el padre de Ian eran hermanos. Los dos tenían el mismo carácter derrochador. Sin embargo, Alyssa tuvo la precaución de guardar la fortuna que le legó su familia.
De aquel modo, pudo proporcionarle una dote a Christine. Su hija tenía veinte años.
Todavía no se había casado. Para ella, Ian había sido como un hermano mayor.
Cuando salía a pasear por la isla en compañía de su primo, Christine enumeraba a las mejores candidatas. Dado que su primo Ian había estado casado con una escocesa, también había pensado en las jóvenes de buena familia que habría en Escocia.
Sin embargo, Marsali venía de familia más bien humilde. Su madre había sido una joven sirvienta que se había quedado embarazada sin estar casada.
Todo eso no le había importado nada a Ian cuando se casó con ella. Sin embargo, una vez pasada la pasión que les unió, su esposa parecía estar siempre furiosa con él.
__No creo que casarme de nuevo sea una buena idea, Chrissy__opinó Ian durante uno de aquellos paseos.
__Marsali te quería__le recordó su prima.
__A veces, tengo mis dudas al respecto. A veces, pienso que me odiaba.
Quería seguir con su vida. No entendía el porqué Christine se había empeñado en buscarle esposa. Le mencionó a una joven.
__Su padre es el dueño de una importante empresa naviera__le comentó__Al morir, le legó toda su fortuna.
Ian pasaba mucho tiempo con Christine. A veces, tenía la sensación de que pasaba demasiado tiempo con ella.
El cabello de color rubio ceniza lo llevaba recogido en un peinado a la moda. Su piel era blanca como la leche. Su cara tenía la forma de un óvalo perfecto. Y sus ojos tenían una mirada pícara.
No entendía el porqué todavía no se había casado.
__¿Por qué no piensas en buscarte tú un marido?__le preguntó durante otro paseo__Ya tienes veinte años. Van a pensar que eres una solterona.
__No me casaré hasta que no te haya encontrado la esposa adecuada__respondió Christine con firmeza__Se lo prometí a Marsali. Y yo nunca falto a ninguna de mis promesas.
__Eres demasiado leal, Chrissy.
__Sólo quiero que seas feliz.
__¿Y qué pasa contigo?
__Yo estoy muy bien como estoy. ¡De verdad!
__Pero…Mereces ser feliz tú también, Chrissy. Mereces encontrar a un hombre que te ame por encima de todo. Piénsalo.
            Christine besó a Ian en la mejilla.
__¡Qué tonto eres!__se rió.
__¿Por qué lo dices?__se extrañó Ian.
__Alguien debe de cuidar de tus hijos para cuando vuelvas a casarte y seas padre.
__¡No creo que eso llegue a ocurrir! Antes, seré el padrino de tus hijos.
Christine abrazó con cariño a Ian.
Era su primo favorito.
Ian le devolvió el abrazo. Le dio un beso en la mejilla.
Christine había sido su más leal amiga desde que eran pequeños.
Fue la única que le apoyó cuando regresó de un viaje a Escocia en compañía de Marsali, con la que se había casado. Fue la única que quiso a su esposa como a una hermana desde que la vio por primera vez.
__De verdad que estoy bien__le aseguró Ian__No es mala la soledad.
Quiso darle un beso a Christine en la mejilla.
Pero acabó besándola por accidente en los labios.
Fue sólo eso. Un accidente...
Pero Christine se puso tensa. E Ian no sabía qué hacer.
__Lo siento__se disculpó, notando cómo la sangre se agolpaba en sus mejillas.

Le dio un beso en la frente.

jueves, 29 de enero de 2015

LA VIDA ES UN MOMENTO EFÍMERO

Hola a todos.
Aquí os traigo el final de mi relato La vida es un momento efímero. 
Deseo de corazón que, a pesar de todo, os haya gustado.

                                A aquel primer beso que nos dimos Kevin y yo siguieron otros muchos besos.
                                Y, una noche, en un descampado, mientras nos estábamos besando de forma apasionada, me besó en el cuello y me dejé llevar.
                                Al principio, estuvo a mi lado. Me abrazaba cuando sentía el deseo de llorar.
                                A lo mejor, es mejor que Kevin no esté aquí. Es mejor que no vea cómo me muero. Quizás, el ver cómo expiro le destroce la vida. Quizás, esté llorando a solas en su habitación. Puede que esté pensando en mí. En lo mucho que me quiere. En que no volveré a enviarle mensajes por el WhatSapp.
                               Quizás, también, esté con otra chica. Una chica sana que le guste.
                              Una extraña paz me inunda.
                              La habitación se llena de luz. ¡Es una luz tan intensa! ¡Tan bonita!
                              Miro a mi madre, quién solloza de forma desesperada.
-Hay luz en la habitación-le digo.
-¡No la mires!-me implora gritando histérica.
-Es que quiero ir hacia ella.
                             Mi madre ha sido la más fuerte durante todo este proceso doloroso. Mi madre pensaba que yo me recuperaría. No ha descansado en ningún momento desde que ingresé. No se ha ido a casa más que para cambiarse de ropa porque no quería que yo me quedara sola. A pesar de que Roberto le insistía en que se quedaría conmigo.



                               Los médicos empezaron a desconectar máquinas.
                               Sofía, la madre de Catalina, presenciaba sin ver nada aquella espantosa escena. Las lágrimas rodaban sin control por sus mejillas.
-¡Catalina!-gritó presa de la desesperación.
                             Sin embargo, su hija ya no podía oírla. Su hija estaba en un lugar mejor, le dijo una monja que estaba allí. No volvería a sufrir. No volvería a estar nunca más enferma. Sería como un ángel.
                             Sofía se abrazó al cuerpo sin vida de Catalina.
                            Debía de asumir que su hija se había ido. Que nunca más volvería a verla.
                           Roberto no sabía qué decir. Tan sólo sabía que él no había podido hacer nada para devolverle la salud a Catalina. Aquella chica pálida y delgada no se parecía en nada a la niña rolliza que ayudó a nacer. Era la peor de sus pesadillas.
                           Una de las enfermeras comentó algo. Catalina tenía una sonrisa en la cara grabada.
-Se fue feliz-afirmó.

FIN

Esta historia transcurre durante el 2014. Es lo más contemporáneo que he escrito hasta la fecha. 


miércoles, 28 de enero de 2015

LA VIDA ES UN MOMENTO EFÍMERO

Hola a todos.
Aquí os traigo un nuevo fragmento de La vida es un momento efímero. 
Es un relato más bien triste que invita a la reflexión. ¿Cómo vivimos? El futuro se da por hecho cuando no debería de ser así.

                                Kevin era su nombre.
                                Empezamos a salir hace algunos meses. Yo no había tenido nunca antes novio. Pero sí fantaseaba con la idea de encontrar el amor. Quería ir a la Universidad. Incluso, había pensado en estudiar Medicina, como Roberto. La idea de buscar a mi verdadero padre jamás se me pasó por la mente. Mi madre no me dio muchos datos acerca de él.
                             Kevin me gustó. Me gustó desde que le vi por los pasillos del insti.
                             Era un año mayor que yo. Cada vez que lo veía, mi corazón comenzaba a latir a gran velocidad.
                             Si me guiñaba un ojo durante el recreo al cruzarnos nuestras miradas, yo pensaba que me iba a desmayar. Mis amigas me decían que debía de ligármelo porque estaba loco por mí.
-¿Estáis tontas?-les espetaba.
-¡Cati, tía!-insistían ellas-¿Te has fijado en cómo te mira?
-¿Pero vosotras os creéis que un tío así se va a fijar en mí?
                         Las conversaciones en el recreo versaban sobre ese tema.
                         Kevin y su supuesto interés en mí...
                         Lo veía todos los días en el recreo. Pero nada más.
                         Yo acababa de cumplir quince años. Ni siquiera íbamos juntos a las mismas clases.
                         Nos saludábamos. De vez en cuando, me detenía en el pasillo.
                         Me hacía un comentario chorra. Yo me iba a mi clase. Él se reunía con sus colegas. Recuerdo que tenía un pendiente en la ceja.
                           A mí me molaba. Cuando le hablé a mi madre por primera vez de Kevin, le mencioné el piercing en la oreja. Mi madre se asustó.
                          Pensaba que se trataba de un delincuente. Pero yo no lo veía así. Me gustaba cada vez más Kevin. Y fue, justo durante las vacaciones de la Semana Blanca, los Carnavales, cuando todo ocurrió. Se acercó a mí a la hora del recreo.
                          Me invitó a salir con él. Iríamos al cine a ver La Gran Estafa Americana. Yo estaba flipando. ¡Flipando en colores! Mis amigas se contuvieron cuando Kevin se marchó. Yo había contestado que sí. Después, mis amigas y yo estuvimos un rato riendo y dando saltitos.
                         Kevin fue a recogerme al día siguiente a mi casa. Fuimos al cine.
                        No pude centrarme demasiado en la película. En lo único en lo que pensaba era en que estaba allí con Kevin. Que estábamos compartiendo las palomitas. ¡Que me había traído una lata de Coca-Cola!
                           Fuimos a la sesión de las nueve. Y yo tenía que estar en casa antes de la once.
                          Y fue ante la verja del jardín de mi casa cuando nos besamos por primera vez.
                          Un momento mágico que recordaré durante el resto de mi vida.
                          Mi madre y Roberto estaban levantados esperándome. Querían saber, en teoría, cómo había estado la película. Sin embargo, ellos querían saber si Kevin se había propasado conmigo.
                          Casi ni me había enterado de qué iba la película. Sólo había estado pendiente de Kevin. Sólo contaba él en mi mente.



Mañana, subiré el final.

martes, 27 de enero de 2015

LA VIDA ES UN MOMENTO EFÍMERO

Hola a todos.
Aquí os traigo un nuevo fragmento de mi relato La vida es un momento efímero. 

                              Mi madre no se separa del lado de mi cama. Ya no se esfuerza en disimular que está llorando. Sabe que me voy. Y las dos queremos que yo me quede con ella.
                              Mi madre piensa que ha debido de hacer algo ella mal para que yo esté en ese estado. Estado terminal, dice el médico.
                               Me gustaría decirle que ha sido la mejor madre del mundo. Trabaja desde hace mucho tiempo en una tienda de ropa. No es la dueña. Quién ha venido a verme ha sido la dueña.
                              No soporto que la gente me diga que me voy a poner bien. Saben que eso no va a pasar.
                              No hay flores en mi habitación. Pero me han llegado ramos de flores de mis compañeros de instituto.
                              Ellos harán sus planes para salir de marcha. Y yo sigo aquí a la espera de que ocurra un milagro que nunca llegará. Deseo llorar y maldecir, pero sería una pérdida de tiempo.
                             Asustaré a mi madre. No sé cómo caí enferma.
                            Lo único que sé es que hace unos meses que empecé a sentirme mal. Se lo comenté a mi madre. Ella, en un primer momento, pensó que me había quedado embarazada.
                           Había un chico en aquel momento. Un chico del que estaba realmente enamorada. ¿Dónde está ese chico ahora? Me ha regalado un peluche. ¡Pero yo no quiero un peluche! ¡Yo le quiero a él a mi lado!
                           No ha venido a verme. Me digo a mí misma que estará ocupado con sus estudios. Sin embargo, sé que es mentira. Quizás, ahora que me voy a morir, ya no le parezca tan atractiva como le parecía antes.
                          Mi chico nunca fue del agrado de mi madre. Ella pensaba que podía aprovecharse de mí como se aprovecharon una vez de ella. Yo le aseguraba que era muy bueno y que me quería de verdad.
                           Cuando se declaró la enfermedad, pensé que se trataba de un simple resfriado. Tenía quince años. No había estado enferma nunca. ¿Cómo me iba a morir? La idea me pareció completamente absurda. No quise creer al médico que me atendió, un amigo de Roberto, cuando me dio la noticia. Ni siquiera me creía que estuviera en un hospital.
                         Pero llevo algún tiempo hospitalizada. Lejos de ir a mejor, he ido a peor. Hasta que, al final, los médicos me han desahuciado. No tengo cura.
                        No se puede hacer más nada por mí. No me lo quieren decir a la cara. Y yo he de adivinar lo que está pasando por sus gestos.



-Cati, lo sentimos mucho-me dijo no hace ni una semana el médico que lleva mi caso, el amigo de Roberto-Hemos hecho todo lo que hemos podido. Me siento impotente al darte esta noticia. Pero quieres saber la verdad.
                             Todo palabras bonitas...
                            Pero no podían devolverme esas palabras bonitas ni la salud. Ni me van a devolver la vida, que siento que se me está escapando.

lunes, 26 de enero de 2015

LA VIDA ES UN MOMENTO EFÍMERO

Hola a todos.
Me he animado a escribir un pequeño relato contemporáneo.
Está dividido en varias partes que iré subiendo todos los días para que no resulte pesado.
No se trata de una historia precisamente alegre, pero deseo de corazón que os guste.

                                     La cara del médico que me atiende lo dice todo.
                                     Tengo casi dieciséis años. Pero no llegaré a cumplirlos. Me llamo Catalina.
                                     Nací en el mismo momento en el que entraba el Año Nuevo. Quizás, por ese motivo, siempre me he sentido algo especial. Podía celebrar mi cumpleaños tanto en Nochevieja como en Año Nuevo. Sin embargo, no llegaré a celebrar mi décimo sexto cumpleaños. Mi madre se esfuerza en no llorar delante de mí. Y yo, acostada en esta cama de hospital, sé que todo ha terminado.
                                 Está con ella mi padre. En realidad, no es mi padre. Roberto es médico.
                                Está especializado en Ginecología. Puede traer niños al mundo. Pero le destroza saber que no puede hacer nada para salvarme la vida.
                                 Roberto fue el que me trajo al mundo. Asistió a mi madre cuando acudió sola aquella Nochevieja al hospital a traerme al mundo.
                                Dice Roberto que fue el instante más feliz de su vida. Yo entré llorando con energía a esta vida. Pero me estoy yendo. Me voy débil. Y cansada...
-Gracias...-le digo a Roberto-Por querer a mi madre.
-Cati, no hables-me pide-Te tienes que recuperar. Te vas a poner bien.
-Eso no va a pasar.
-Por favor, Cati, no sigas hablando-me suplica mi madre.
-¡No llores tú también!-le imploro.
                            Roberto se sintió atraído por mi madre. La vio sola, a diferencia de otras mujeres que habían dado a luz aquel mismo día y estaban acompañadas por sus esposos y novios, los padres de sus hijos. Empezó a interesarse por ella. Mi madre se sentía atraída por él, a su vez. Le costó trabajo iniciar una relación con el ginecólogo que me había ayudado a nacer. Ya eran novios cuando yo tenía un año.
                                     Se casaron al año siguiente. Yo pensaba que Roberto era mi padre. Descubrí la verdad cuando tenía doce años. Roberto y mi madre estaban discutiendo. Su matrimonio estaba atravesando una fuerte crisis que todavía persiste. Yo escuché aquella discusión en la que se dijeron cosas espantosa. Y una de aquellas cosas que se dijeron fue que Roberto no era mi padre.
                               En estado de shock, quise saber la verdad. Se lo pregunté a mi madre.
                               Entonces, lo supe. Me enteré de que mi verdadero padre era un ave de paso que había estado jugando con los sentimientos de mi madre.
                               Una vez superada la sorpresa incial, puedo decir que fui feliz. Roberto se desvivió por mí. Nunca antes había estado enferma. Me consideraba una criatura alegre. Siempre estaba riendo. Miro hacia atrás y siento el deseo de echarme a llorar. La gente que una vez me conoció acabará olvidándose de mí. Sólo he sido una más en este inmenso planeta.
                          Me quiero rebelar y protestar. Recuerdo cuando empecé la E.S.O.
                          Debía de hacer más deberes que en Primaria. Yo acababa de salir del colegio para terminar en el instituto. Me sentía perdida entre aquellos chicos y aquellas chicas que eran más mayores que yo.
                           Las materias se me antojaban duras. No entendía gran cosa. Pero me propuse sacar las mejores notas.
                          Todavía recuerdo el día en el que me bajó la regla por primera vez. Cómo mi madre me explicó que me había hecho mujer.
                          Podía tener hijos. Yo era hija única y fantaseaba con la idea de casarme.
                          De tener familia numerosa.