lunes, 2 de noviembre de 2015

LAUREN

Hola a todos.
Aquí os traigo una de mis historias.
La protagoniza un personaje de mi novela El amante de lady Margaret. Se trata de Lauren, la prima y mejor amiga de Margaret, la protagonista.
¿Qué le ocurrirá a Lauren?
¡Vamos a descubrirlo!

LAUREN

ISLA DE OSNEY, EN EL RÍO TÁMESIS, A SU PASO POR LA CIUDAD DE OXFORD, 1941

                           Odio estar en guerra, pensaba lady Lauren Morgan-Barry. 
                           Se sentía rara viviendo en aquella isla. Había pasado un año desde que su prima Margaret se casó con el heredero de la mansión que había allí, Trevor. 
                            Vivía con ellos desde entonces. La boda había sido muy sencilla. Se habían casado por el juzgado. No había sido una boda nada ostentosa. Más bien, se habían casado a toda prisa. Lauren quería otra cosa para ella. 
                            Si es que se casaba algún día. Solía dar paseos sola por aquella isla. Sabía que la calma se iba a romper en cualquier momento. 
                            La sirena seguía sonando con frecuencia. 
                            La guerra proseguía. Y ella no podía permanecer ajena a ella. A principios de aquel año, el amor llegó a la vida de Lauren. Fue algo totalmente inesperado. Cada vez que pensaba que no se iba a enamorar, Lauren sentía el deseo de echarse a llorar. Deseaba amar como su prima Margaret amaba a su marido Trevor. 
                            Les veía profundamente enamorados. ¿Por qué no había sido capaz de encontrar el amor? Escuchaba radionovelas que emitían por las tardes. Incluso, en los programas que veía en la televisión, había parejas de enamorados. 
                            Hacía algún tiempo que no iba al cine. La última película que vio fue El Mago de Oz. Por suerte, no había romanticismo alguno en aquella historia. De haber habido una historia de amor entre Dorothy y el Espantapájaros, probablemente habría salido del cine gritando. Se lo decía a Margaret mientras escuchaban la radionovela. Su prima estaba tejiendo un par de patucos de color rosa. Acababa de enterarse que estaba esperando un hijo. 
-Puede que dé a luz a una niña-le comentó a Lauren-Trevor sólo espera que nazca sano. 
                          Él estaba ilusionado desde que supo que iba a ser padre. 
                           Lauren también deseaba tener un hijo. Pero el tiempo pasaba. 
                          Entonces, aquel joven apareció en su vida. Tenía el nombre más raro que jamás había oído. Se llamaba Eros. Era oriundo de Italia. 
                          Había llegado a Inglaterra huyendo de Mussolini. Decía que era tan psicópata como lo era Hitler. Lauren sabía que Eros tenía razón. 
                           Aquel joven no se parecía en nada a los caballeros que Lauren había conocido. 
                           Venía de una familia más bien humilde. Sus padres habían trabajado en el campo. Luego, habían emigrado a la ciudad. Tenía siete hermanos. 
                            Él era el cuarto de ellos. Eran cuatro chicos y tres chicas. Uno de sus hermanos había muerto combatiendo en la frontera con Francia. 
                            De todos los hermanos, Eros era el único que había ido a la escuela. Sabía contar. Era muy bueno con los números. Trevor lo contrató como administrador. 
                            Pocas semanas después de su boda con Margaret, el administrador de Trevor se despidió de él. Era un hombre de unos setenta años de carácter afable. Su vista se estaba resintiendo. No podía seguir trabajando. 
                          Trevor no podía pedirle que se quedara. 
                          Le dio mucha pena tener que despedirse de él. Algún tiempo después, apareció Eros. Era un joven de carácter afable y abierto. Tenía la misma edad que tenía Lauren. Los dos simpatizaron nada más conocerse. El joven hablaba con nostalgia de su familia. Lauren sabía lo que era perder a un ser querido. Había llorado la muerte de sus padres. Cuando era pequeña, murió su hermana pequeña, Abby. Le gustaba reunirse en el despacho para hablar con Eros. Él siempre la recibía con una sonrisa en los labios. 


                               Eros poseía un porte elegante. Hablaba el inglés de manera atropellada. Y era realmente educado. Lauren disfrutó enseñándole a hablar inglés. A cambio, él la enseñó a hablar italiano. Margaret solía bromear con su prima. 
-Cualquiera diría que estás enamorada de él-apostilló una noche. 
                            Estaban sentadas en el sofá viendo la televisión. 
                           Trevor estaba con ellas. Apagó la televisión. Iba a empezar un noticiero sobre la guerra. Margaret sufría al verlo. 
-¡No estoy enamorada de él!-afirmó Lauren-¿De dónde te has sacado tú tal afirmación?
-Siempre estáis juntos-contestó Margaret-Te gusta estar con él. Incluso, te brillan los ojos cuando hablas de él. 
-¡Apenas le entiendo cuando me habla! 
-Él te entiende cuando le hablas en italiano-intervino Trevor, sonriente-Sabes hablar muy bien su idioma. 
-Bueno...-se sonrojó Lauren-Una persona tiene derecho a saber idiomas. 
-Y Eros se distrae en cuanto te ve. Le brillan los ojos cuando le diriges la palabra. ¿No te has dado cuenta? 
                          Lauren no se creía nada de lo que Trevor y Margaret decían. En su opinión, se trataba de un simple error. ¿Cómo iba a estar enamorada de Eros? De pronto, se sorprendió así misma pensando en él. 
                          Le buscaba por toda la mansión para estar con él. Necesitaba escuchar el sonido de su voz. 
-Signorina Lauren...-le decía con cariño-No me distraiga de mi trabajo. Pero...Por usted, puedo dejar esto a un lado. 
                           Él también la buscaba por la mansión para estar con ella. La acompañaba en sus paseos por la isla. Le gustaba sentarse a su lado en el sofá para oír juntos la radio. O para ver la televisión. Era un disparate, pensaban ambos. Venían de mundos opuestos. Pero la guerra se había empeñado en unirles. Lauren se lo dijo una tarde mientras paseaban por la orilla del río Támesis. 
                          Le preguntó si pensaba regresar a su Bérgamo natal. Sabía que Eros añoraba su hogar. 
-Usted podría regresar conmigo, signorina Lauren-le propuso-Le gustaría vivir en Bérgamo. Es una ciudad molto bella. ¿Ha paseado por la Plaza Vieja? ¿Ha visto el Palacio de la Razón?
-No los conozco-contestó Lauren.
-Yo jugaba cuando era piccolo en la Plaza Vieja con mis hermanos.
-Los echa de menos. Se le nota cuando habla.
                             Eros había considerado la idea de unirse a los partisanos. Quería luchar por liberar Italia del fascismo. No sabía lo que estaba haciendo en Inglaterra. Sentía que había cometido un error al seguir los consejos de sus padres. Ya habían perdido a un hijo en el frente. No querían perder a otro hijo. No sabía qué era lo que le retenía en aquella apartada isla inglesa. Había llegado a trabar una buena amistad con Trevor. Margaret le parecía una mujer encantadora.
                          No se iba de allí por Lauren. Lauren era quién le retenía en aquella isla. No entendía cómo una joven como ella todavía seguía soltera.
                           Era algo que escapaba a su entendimiento. Era encantadora. En todos los aspectos...
                           No entendía el porqué seguía soltera. Todas sus hermanas estaban casadas. Dos de ellas ya eran madres.
                           Pero Lauren todavía no se había casado. Hablando con Margaret, Eros se enteró de que Lauren nunca antes había estado enamorada. ¿Y qué le ocurría a él?
                           Me he enamorado de ella, pensó.
                           Aquel pensamiento pasó por su mente de manera espontánea. Pero había nacido de su corazón. Le hizo apartar la vista del libro de cuentas que estaba revisando.
-¿Qué ocurre?-le preguntó Trevor.
-No me ocurre nada, signor-respondió Eros-Sólo estaba pensando en la signorina. 
-¿Te gusta la prima de mi mujer? No lo niegues. Existe una gran complicidad entre vosotros.
-¡Es una locura! ¡No podría ocurrir nada entre nosotros!
-Los tiempos han cambiado. La gente quiere vivir porque tiene miedo a morir. No sabemos lo que podría ocurrir mañana.
                           Aquella tarde, la sirena sonó más cerca. Los silbidos de las bombas que lanzaban los aviones alemanes eran cada vez más cercanos.
                            Trevor abrazó a Margaret cuando llegaron al sótano.
                            Lauren estaba histérica. Lo único que hacía era gritar y llorar de pura desesperación. Estaba convencida de que las bombas iban a caer sobre la mansión. ¡Iban a morir todos!
-¡No va a pasar nada de eso, signorina!-le prometió Eros, desesperado-¡Créame!
                            Y la abrazó con fuerza.
                             Algo entre ellos cambió a partir de aquel momento.
                             Lauren no supo qué era lo que había pasado exactamente entre Eros y ella. Aquel joven la había consolado cuando más asustada estaba. Le había dado valor para enfrentarse a una situación difícil. Dejó de llorar en cuanto él le habló. Dejó de sentir miedo. Eros estaba cerca de ella. Nunca le dejaría sola. A pesar de que, antes o después, debía de volver a Bérgamo.
                            Todo se precipitó una tarde.



                             Eros se atrevió a besar a Lauren en los labios por primera vez. Ella correspondió a aquel beso poniendo todo su corazón en él.
                              Estaban en el jardín cuando ocurrió. Lauren le estaba enseñando unas margaritas que había plantado tiempo atrás. Ya habían florecido.
                               Vio a Lauren tan radiante que Eros se olvidó de todo.
                               Una tarde, mientras daban un paseo por la orilla del río Támesis, Eros decidió dar un paso más.
-Me he enamorado de usted, signorina-le confesó con dulzura.
-Quiero que sepa que correspondo a sus sentimientos-le confió Lauren, ruborizada.
                                Eros le cogió la mano y se la besó.
                                Había visto en varias ocasiones a Trevor besar la mano de Margaret.
-Me gustaría que se viniera conmigo a Bérgamo-prosiguió el joven, emocionado-Cuando acabe esta guerra. No sé cuándo ocurrirá. Pero no debe de durar más tiempo. Todos estamos sufriendo mucho. De algún modo, todo ha cambiado.
-Tienes razón-admitió Lauren, atreviéndose a tutearle por primera vez-Todo ha cambiado. Y me gusta que nada siga igual.
                              Eros apretó con suavidad la mano de la joven.
                               Su boca buscó la boca de ella. Los dos se fundieron en un beso largo y profundo. Un beso que estaba cargado de amor y de esperanza a la vez.
                                Fue a la noche siguiente cuando Lauren se armó de valor y fue a la habitación de Eros.
                                Los dos yacieron sobre la cama del joven.
                                Lauren se entregó a Eros.
                                Se sintió protegida al estar entre sus brazos. Le devolvió a Eros todos los besos cargados de pasión que él le dio. Le devolvió todas las caricias que recibió de sus manos y de sus labios.
                                 A partir de aquella noche, Lauren iba al cuarto de Eros.
                                 Disfrutaba al sentir cómo él besaba con arrebato su cuello.
                                 Los dos sabían que la guerra terminaría antes o después y vivían con aquella esperanza. Una esperanza que iba unida al amor que ambos se profesaban.

FIN


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