viernes, 14 de junio de 2013

NO TE VAYAS

Hola a todos.
Hoy me gustaría compartir con vosotros una nueva parte de mi cuento veraniego No te vayas. 
Vamos a ver lo que ocurre hoy entre Amanda y Paul.

                    Amanda se echó un chal sobre los hombros. No podía permanecer dentro de  aquella casa por más tiempo y decidió salir al jardín a contemplar cómo empezaba a amanecer.
                    Se sentó sobre la hierba fresca del jardín. En aquellos momentos, agradeció el poder estar sola y el poder respirar el aire de la calle. Desde la ventana del salón, Paul vio a Amanda salir fuera y decidió salir él también para poder acompañarla. Caminó despacio y se colocó al lado de Amanda, la cual se sobresaltó al darse cuenta de que no estaba sola y que Paul estaba a su lado.
-¿Cómo está Christy?-quiso saber el joven.
-Está durmiendo-contestó Amanda-El médico dice que le ha bajado la fiebre. Pero sigue estando mal. Tiene todavía fiebre.
-Se pondrá bien. Es una chica fuerte.
-Christy no quiere casarse. Me lo confesó ayer. Está enferma porque no quiere casarse. ¡Y sus padres la obligan!
-¡Qué horror! ¿Por qué no huye? Nosotros podríamos ayudarla.
-Tiene miedo. Christy siempre ha sido una hija muy dócil. Se siente en deuda con sus padres. Conoces la historia.
-Algo he oído.
-Por ellos, Christy está dispuesta a hacer cualquier sacrificio. Hasta casarse con un canalla.
                Amanda se puso de pie y empezó a caminar en dirección a la puerta de la verja del jardín. En contra de su voluntad, la presencia de Paul la ponía nerviosa. Escuchaba los suaves pasos del joven sobre la hierba. La seguía.
-Mandy...-quiso decir.
              Las palabras se quedaron atoradas en su garganta y fue incapaz de pronunciarlas. Le daba miedo pensar que Amanda podía rechazarle. Después de todo, hacía muy poco tiempo que se conocían.
-¿Tú te casarías por amor?-le preguntó la muchacha de improviso.
-No creo que pueda casarme con una mujer a la que no ame-respondió Paul.



                    Amanda se echó en cara así misma el haber hecho una pregunta que consideraba inoportuna y descarada. Después de todo, Paul era libre. Podía hacer lo que quisiera. Aquella idea la golpeó con mucha fuerza.
                   En cuestión de unos pocos días más, las vacaciones habrían terminado y tanto ella como Eunice tendrían que regresar a casa y empezar a prepararse para su presentación en sociedad. Además, la señorita Alexandra se habría escandalizado al oírla hablar de aquel modo. Pero la mujer se había quedado dormida un rato antes. También ella se había preocupado por Christy.
-Yo sé que nunca me casaría sin amar a mi marido-admitió Amanda-No le pido mucho a la vida. Deseo amar. Y deseo también ser amada.
               Yo podría hacerte feliz, pensó Paul.
-Eres una mujer maravillosa, Mandy-afirmó el joven-Mereces ser amada por un buen hombre. Y yo...
                ¡Maldita sea! Paul sintió ganas de pegarle un puñetazo al tronco de uno de los árboles. ¿Por qué le resultaba tan difícil hablar de amor con Amanda? Él conocía la respuesta. Le parecía una locura. Pero... Mirándola, entendía la respuesta. Amor...
-¿Qué me quieres decir?-indagó Amanda.
                   Se giró para mirarle. Paul contuvo el aliento. Los ojos de Amanda brillaban como el Sol que estaba empezando a salir y nunca antes le había parecido más hermosa de lo que le parecía en aquel momento.
-Me cuesta mucho hablar de todo lo que siento dentro de mi corazón-se sinceró Paul-Y sé que no es el momento adecuado para hablar. Pero...Yo...
                  No pudo seguir hablando. Se acercó a Amanda y le rodeó la cintura con los brazos. Sin pensar bien en lo que estaba haciendo, la estrechó contra su cuerpo. Su boca se apoderó de la boca de Amanda. Los dos se fundieron en un apasionado beso. Amanda no quiso resistirse a aquel beso y le correspondió. Puso en aquel beso una pasión que creía desconocer. Se dejó llevar por el ímpetu de Paul. Por sus gestos...
                De algún modo, Amanda parecía intuir lo que el joven había querido decirle. Pero, al final, por algún extraño motivo que no llegaba a entender, se había callado. Los gestos son más elocuentes que las palabras, pensó Amanda.

Me gustaría publicar todos los días un trozo de este cuento hasta que llegue a su final.
No descarto, además, añadirle la historia de Eunice, que es mucho más corta, a modo de epílogo.
¡Hasta mañana!

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