lunes, 5 de marzo de 2012

HISTORIA DE DOS HERMANAS 2

Los Allen estaban preocupados por sus hijas.
Daban por sentado que Brigitte nunca se casaría. Pero era Sarah quien les preocupaba. Su alocada hija podía terminar mal. Recibió varias ofertas de matrimonio durante su primera temporada.
Las rechazó todas.
Decía que sólo quería casarse por amor. ¿No se daba cuenta de que iba a seguir los pasos de su hermana? ¿Acaso quería acabar soltera?
¿Quería acabar como Brigitte?
Sarah estaba entusiasmada pensando en su segunda temporada en Dublín. Iría a muchas fiestas. Se divertiría mucho. Y coquetearía también mucho. Brigitte ya no iba a fiestas. No quería quedarse sentada en una silla mirando cómo otros bailaban. Por eso, se negó a acompañar a su hermana y a sus padres a todos los bailes a los que éstos iban invitados. Quería a Sarah y se alegraba de su éxito. Pero no quería sufrir más humillaciones.
Las dos estaban en el jardín. Estaban sentadas en sendas sillas mientras tomaban el fresco. Sarah rompió en mil pedazos la carta que estaba leyendo.
-¡No le soporto!-masculló-¡No le soporto!
-¿A quién no soportas?-preguntó Brigitte.
-A Luke Kirkcaldy.
Entonces, Brigitte supo el porqué su hermana había roto la carta que estaba leyendo. Era una carta de amor que había escrito su vecino.
-¿Por qué no le das una oportunidad?-le sugirió.
-Porque no estoy enamorada de él-contestó Sarah.
-Pero él sí está enamorado de ti.
-Empiezo a pensar que en eso estás equivocada.
-¿Por qué dices eso?
-Sólo quiere tener hijos.
Luke Kirkcaldy era el vecino solterón de los Allen. En los últimos años, se sentía más viejo y cansado. Tenía la edad suficiente para ser el padre de Sarah. Jamás se había interesado en casarse hasta que cayó enfermo. Sífilis, decían las lenguas viperinas. Una neumonía, decía él. Entonces, cuando se recuperó, decidió que ya era hora de sentar la cabeza. Y decidió casarse.
Sarah Allen podía ser la mujer ideal para convertirse en su esposa.
Le gustaba su carácter apasionado. Además, estaba seguro de que podía llegar a domarlo.
Aquella tarde, vestida con un vestido de color rojo oscuro en contraste con el blanco de la silla de jardín, Sarah estaba muy atractiva. Era un vestido nuevo. Se lo había confeccionado la modista de la ciudad.
-¡Jamás me casaré con él!-afirmó Sarah-¡Jamás!
-Es rico-le recordó Brigitte.
-¡Me da igual! ¡Si viene a vernos, no saldré a recibirle! ¡Que haga como que me he muerto!
-Es alto y apuesto. Te trataría con mucha consideración en el lecho. Me parece un buen hombre. Quizás sea demasiado serio para mi gusto. Pero creo que te trataría con respeto. ¿Por qué no le das una oportunidad?
Sarah se puso de pie. Comenzó a pasear se un lado a otro del jardín.
El viento se llevó los trozos de la carta rota.
-No puedo hacer eso-dijo-Iría contra mis principios.
Brigitte la miró con consideración. Sarah debía de entender que el amor no existía.
-Podrías intentarlo-le sugirió Brigitte a su hermana-Antes de que nos vayamos a Dublín.
Sarah se detuvo delante de su hermana.
-No puedo-repitió.
Se metió corriendo dentro de la casa. Tenía muchas cosas en las que pensar.
Conocía de sobra cuál era su papel en la vida. Tenía que casarse. Y tenía que casarse bien. Y tenía que dar a luz a muchos hijos. A ser posible, esos hijos debían de ser varones. Eso era lo que Luke Kirkcaldy quería de ella. Lo que querían de ella los caballeros que le propusieron matrimonio en Dublín. Pero eso no era lo que quería Sarah.
Irlanda no era el fin del mundo. Ella soñaba con viajar. Quería vivir muchas aventuras.
Lo único que los hombres ven en mí es mi belleza, pensó Sarah. Y la desolación se apoderó de ella.

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