lunes, 13 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
Tras haber hecho un pequeño descanso durante el fin de semana, hoy retomo Segundas oportunidades. 
Jonathan sigue adelante con el cortejo a Margaret y parece que las dudas se están disipando.

                           Jonathan aceptó salir a dar un paseo con Margaret por la isla.
                           Se alegró de poder pasar un rato con ella.
-¿Hay cruces celtas en Chedworth?-le preguntó la joven.
                           Jonathan no recordaba haber visto nunca una cruz celta en Chedworth. Pero sí recordaba las ruinas romanas donde se le declaró a Abby. Tenía la sensación de que habían pasado siglos desde aquella tarde.
-Aquí hay varias cruces celtas-aseguró Margaret-Es imposible perderse paseando por aquí.
-Será una isla pequeña-opinó Jonathan-Pero tiene algo que la hace mágica.
                           Al decir esto, Jonathan tenía la mirada clavada en Margaret. La joven llevaba recogido su cabello de color castaño en un moño holgado que amenazaba con soltársele. Incluso, su vestido de color azul oscuro le sentaba bien.
-La magia hace que las personas cambien-afirmó Margaret.
-¿Por qué dices eso?-inquirió Jonathan.
-Aparece de pronto. Hace que te cuestiones todo lo que creías. A mí me ha pasado. Yo nunca...Jamás pensé que llegaría este día.
                        Le cogió la mano a Jonathan.
                        Una corriente eléctrica sacudió el cuerpo del joven.



                         Las dudas parecieron esfumarse de su mente.
                          Puede que la ame, pensó Jonathan.
                         Margaret le sonrió con dulzura. Jonathan olvidó lo ocurrido la noche antes en la biblioteca con Edith.
                         En realidad, no había pasado nada, recordó Jonathan.
-Me alegro mucho de que estés aquí-afirmó Margaret-Le escribiré a Lucy. Quiero que sepa que soy feliz.
-¿Por qué eres feliz?-inquirió Jonathan.
-No lo sé. Pero me siento feliz.
                       Se detuvieron.
                        Margaret experimentaba una dicha que nunca antes había sentido. La cercanía de Jonathan la ponía nerviosa. Pero, al mismo tiempo, anhelaba estar cerca de él. Sospechaba que al joven le pasaba algo parecido. Deseaba con todas sus fuerzas ser valiente y borrar el recuerdo de Abby de su mente. Le parecía absurdo sentir celos de una mujer que ya no estaba. De un fantasma...
                        Se fundieron en un fuerte abrazo.
                       Jonathan se sintió feliz al estar así con Margaret. La imagen de estar en una cama con ella con las piernas entrelazadas pasó por su mente.
                        Aquella imagen le turbó. Los dos estaban alejados de donde estaban las casas. Pero Jonathan, suspirando hondo, se apartó de Margaret.
-Será mejor que regresemos-le sugirió con voz ronca-Se está haciendo tarde. Hemos salido solos. Y no quiero que la gente hable mal de ti.
                      Amar no era sólo el deseo de acostarse con una persona, pensó.
                       El deseo era una cosa. El amor no sólo se basaba en el respeto. Era también respeto mutuo. Era amistad. Era confianza.

viernes, 10 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
En el fragmento de hoy de Segundas oportunidades, veremos a Margaret contarle a Edith nuevas acerca de su relación con Jonathan.
Además, y aunque soy la primera en admitirlo, introduzco una escena tan tópica como típica de las novelas románticas que es todo un clásico. Chica, biblioteca, estantería demasiado alta, escalera y chico que pasa por allí en el momento oportuno.

                             Sentadas en el sofá del salón, Margaret y Edith dieron cuenta cada una de una taza de té bien caliente. Margaret bebió un sorbo y le pareció que estaba muy dulce. La vida puede ser también dulce, pensó con alegría.
-Te veo muy contenta-observó Edith.
                             Margaret sonrió al recordar lo ocurrido el día antes con Jonathan.
-Creo que estoy enamorada-le confesó a su prima.
                             Edith sonrió para sus adentros. Sospechaba quién podía ser el joven que había conquistado el corazón de Margaret.
-Puedo adivinar de quién se trata-apostilló Edith-Y me alegro mucho por los dos.
                             Margaret pensó que lo que estaba pasando entre Jonathan y ella no podía ser real. Le parecía absurdo el haberse enamorado de un hombre al que conocía desde hacía casi dos semanas.
-Quiero pensar que él también está enamorado de mí-admitió la joven.
                             Edith pensó que Margaret se había enamorado de Jonathan porque era un joven muy especial. Le palmeó con cariño la mano a su prima.
-Lo que debéis de hacer es daros tiempo-le aconsejó a Margaret-Jonathan quería muchísimo a Abby y quiere estar seguro de cuáles son sus verdaderos sentimientos hacia ti antes de dar un paso en falso. Me alegro mucho de que estés enamorada de él. Y me alegro también de que te quiera cortejar. Así, os iréis conociendo poco a poco.
-Me dijo que quería cortejarme-contó Margaret. Bebió un sorbo de su taza de té-Me dijo que yo le gustaba. Que sentía algo por mí. Nunca antes me ha pasado nada parecido. ¡Oh, Edie! ¡Tengo mucho miedo! Tengo miedo de que se trate de un sueño. ¡Tengo miedo de despertar y ver que era mentira!
                        Edith pensó que el amor hacía cambiar a las personas. Margaret siempre había tenido las ideas muy claras. De pronto, se enamoraba. Y todo cambiaba. De pronto, su prima empezaba a tener dudas.



-Jonathan es un chico muy serio-le aseguró Edith a su prima-Nunca daría un paso así de no estar muy seguro. Pero tendrá muchas veces dudas sobre si está haciendo lo correcto. O sobre si se está equivocando. Es muy bueno. Nunca te haría daño de manera intencionada.
-Pareces conocerle muy bien-observó Margaret.
                    De pronto, sintió una punzada de celos. Se dijo así misma que era absurdo estar celosa de Edith. Su prima había pasado largas temporadas en Lennon Cottage.
                      ¡Por supuesto que conocía bien a Jonathan! Y también debía de conocer muy bien a Abby.
-¿Cómo era Abby?-quiso saber Margaret.
                        Edith arqueó una ceja al escuchar aquella pregunta. ¿En serio su prima quería saber más cosas acerca de la mujer de Jonathan?
-¿Por qué quieres saberlo?-inquirió la muchacha.
-Tú la conociste-contestó Margaret-¿Cómo era? Físicamente hablando.
-Era la joven más hermosa que jamás he conocido. La recuerdo con su cabello de color rojo. Sus ojos eran de color verde musgo. La recuerdo bien formada. Era tan alta como tú, prima Meg. Su rostro estaba salpicado por algunas pecas, pero sus facciones eran perfectas. Caminaba como tú, muy deprisa. Siempre estaba moviéndose de un lado para otro, como tú. Los labios eran carnosos. Su nariz era respingona. Para mí, era perfecta.



                            Había mucha admiración en la voz de Edith al hablar de Abby. Margaret pensó que estaba actuando como una estúpida. Primero, sentía celos de Edith, ¡de su prima que ni siquiera tenía dieciocho años! Y, luego, sentía celos de una mujer que estaba muerta. Los celos nunca son buenos consejeros, le habría dicho Lucy de haber estado allí.
-¿Y cómo era su carácter?-volvió a preguntar Margaret.
-Era muy inquieta, como tú-respondió Edith-La recuerdo actuando de un modo impulsivo y alocado. Se parecía mucho a ti.
-Entiendo. ¿Cómo murió?
-La atropelló un carruaje. Abby adoraba a los animales. Vio que su perro estaba en mitad de la calle y corrió a quitarlo. El carruaje que pasaba por allí los atropelló a ambos.
                      Edith sólo había estado en un funeral. Cuando murió Abby. Sus padres no la dejaron acercarse a Jonathan para darle el pésame. Le vieron devastado por la muerte de su mujer. No tendría ánimos para aguantar a una niña de catorce años.

                     Era casi la hora de cenar. A petición de tía Phoebe, Jonathan fue a buscar a Edith para avisarle de que la cena estaba lista. Después de buscarla por toda la casa, la encontró en la biblioteca.
                      Edith había ido a la biblioteca a buscar un libro que leería un ratito en su habitación, antes de apagar la luz.
                       Había un libro que había captado su atención. Lo había traído Margaret de Manchester. Tenía muchas ganas de leerlo. Se llamaba Barry Lyndon. Había sido publicado apenas un año antes. Se trataba de un regalo que le había hecho Lucy a Margaret antes de casarse.
                      El libro se encontraba en una de las estanterías más altas.
                      Edith decidió subirse a una escalera para cogerlo.
                      No tardó en darse cuenta de que había cometido un terrible error.
                      Le daban mucho miedo las alturas.
                      Y, encima, la escalera no le permitía alcanzar el libro. Edith pensó que acabaría resbalándose y cayéndose. En aquel momento, Jonathan entró en la biblioteca. Se quedó de piedra al ver a Edith subida en lo alto de la escalera.
-¿Qué estás haciendo ahí?-le preguntó.
                     A Edith no le dio tiempo a contestar. Acabó perdiendo el equilibrio.
                    Jonathan sintió cómo se le paralizaba el corazón al ver a la muchacha tambalearse. Y precipitarse al vacío.
-¡Edith!-gritó.
                        La chica gritó al notar que estaba cayendo. Pensó que acabaría dándose de bruces en el suelo. ¡Dios mío!, pensó aterrada. Pero no fue así.
                        Jonathan se precipitó sobre ella. Y pudo cogerla en brazos.
-Gracias...-murmuró Edith, visiblemente avergonzada.
-No hay de qué-contestó Jonathan.
                          Edith pensó que era una situación extraña. Jonathan acababa de cogerla en brazos porque iba a caerse.
                          Sin embargo, se sentía cómoda en aquella situación. Sintió el deseo de abofetearse así misma. ¿En qué estaba pensando?
                         Jonathan no era el único que lo pensaba. Edith era una joven esbelta. Su cuerpo desprendía calor. Podía percibir el aroma que impregnaba su piel. Meneó la cabeza y pensó que se estaba volviendo loco.
                         Depositó con cuidado a Edith en el suelo. La muchacha casi no se atrevía a mirarle a los ojos.
                         Margaret, pensó Edith de manera casi obsesiva. Piensa en Margaret.
-¿Se puede saber qué estabas haciendo subida en la escalera?-quiso saber Jonathan.
-Quería coger Barry Lyndon-contestó Edith-Prima Meg lo trajo de Manchester. Desearía leerlo esta noche.
-¿En qué estantería está?
-En la más alta...
                         Jonathan empezó a subir por la escalera.
-Recuerdo que eras un pequeño ratón de biblioteca-comentó.
-¿Todavía te acuerdas de eso?-se asombró Edith.
-Era yo quién solía acompañarte a la biblioteca cuando aún no sabías leer. Y te leía a Charles Perrault.
-¿Aún te acuerdas de cuál era mi cuento favorito de Charles Perrault?
-El gato con botas...
-Mi personaje favorito era el hijo del molinero. El falso marqués de Carabás...Yo le ponía tu cara.  ¿Cómo es posible que todavía te acuerdes?
                      Jonathan pudo acceder al libro.
-No soy tan viejo-le contestó con una sonrisa-Mi memoria aún funciona a la perfección. Y, además, te leí tantas veces El gato con botas que se convirtió en mi cuento favorito.
                     Bajó la escalera. Le tendió el libro a Edith.
-Toma-le dijo-No lo he leído. Pero he oído hablar de él. Si te gusta el siglo pasado, te gustará este libro. ¡Disfruta de la lectura!
-¡Lo haré!-trinó Edith.
                   La muchacha estampó un beso en la mejilla de Jonathan, muy cerca de su boca. Aferró con fuerza el libro, oprimiéndolo contra su pecho.
                    Salió de la biblioteca.
                   Jonathan se quedó ahí parado. Parecía que estaba en estado catatónico. Debería darte vergüenza comportarte como un niñato inmaduro cuando tienes veintisiete años, pensó con rabia. Conjuró la imagen de Margaret. Y se odió así mismo por todo lo que había sentido en la biblioteca. Es algo pasajero, pensó. Respiró hondo. Sentía algo muy fuerte por Margaret. Y sus dudas le estaban confundiendo. Dudas sobre sí mismo...Sobre si valía para Margaret. ¿Podría contarle la verdad? Si seguía dudando, aquello podía terminar mal.
                   Contarle la verdad sobre sus orígenes sería la demostración definitiva de que estaba enamorado de Margaret. Las dudas se disiparían. ¿Qué puedo hacer?, pensó. ¿Qué he de hacer, Abby?

jueves, 9 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
En el fragmento de hoy de Segundas oportunidades, conoceremos más a fondo a la mujer de negro de la isla de Sanda.
Una mujer con un pasado muy triste...
También, como no, veremos cómo sigue evolucionando la relación entre Jonathan y Margaret. Y cómo Mary recibe una visita especial.

                         Jonathan no había podido conciliar el sueño durante la noche, pensando en Margaret y en Abby.
                         Su matrimonio había sido feliz.
                         Quizás, Jonathan había echado en falta algo más de pasión.
                         Una vez a la semana, él y Abby tenían relaciones. Intentaba apartar aquellos recuerdos de su mente porque mancillaban lo que él consideraba que había sido un matrimonio idílico. Pero le asaltaba la visión de estar encima de Abby y su esposa no reaccionaba cuando él la besaba.
                        Por lo demás, la relación entre ambos había sido perfecta. Jonathan no recordaba el haber discutido en ninguna ocasión con Abby. La vida había sido plácida y tranquila a su lado. Una felicidad que se truncó cuando Abby intentó salvarle la vida a aquel perro que se detuvo en mitad de la calle. Y el carruaje les pasó por encima, matándolos a ambos casi en el acto. Jonathan trató de apartar aquel recuerdo de su mente. Quería recordar a Abby como la joven hermosa y llena de vida de la que se había enamorado.
                         A la mañana siguiente, una vez que se hubo lavado, vestido y peinado, salió al pasillo. La primera persona a la que vio fue a Margaret. Estaba frente a la puerta de su habitación y Jonathan pensó en que el vestido de color azul oscuro que llevaba puesto resaltaba su cuerpo.
-Lo he estado pensando mucho-dijo Margaret con cierto titubeo-Y he tomado una decisión.
-¿Qué ha pensado?-inquirió Jonathan.
                       La última vez que se puso nervioso fue cuando se le declaró a Abby en las ruinas romanas de Chedworth.
-Señor Lennon, nunca he sido cortejada por ningún hombre y me siento muy halagada al saber que he logrado captar su atención-contestó Margaret-No le voy a negar que usted tampoco me es indiferente.
-Se agradece el cumplido-sonrió Jonathan.
-He decidido que quiero que me corteje. Quiero que me galantee como las jovencitas son galanteadas por sus pretendientes. Y...
                        Jonathan la interrumpió besándola de lleno en la boca.
-Así lo haré-le prometió el joven con voz ronca.
                          Margaret le cogió la mano y se la besó con fervor.



-Gracias...-dijo la joven.
                        Sus ojos estaban llenos de lágrimas de alegría.

                         Mary llevaba algunos días sin querer salir a la calle.
                         Sabía que podía toparse con aquel extraño joven en cualquier momento.
                         Veintiocho años antes, Mary tenía veintitrés años. Iba camino de convertirse en una solterona. Sus padres le decían que era su deber como hermana mayor el casarse la primera porque, si no lo hacía, sus hermanas jamás se casarían. Apenas un año después, Mary estaba ingiriendo ruda en plena madrugada. Y soportando en la oscuridad de su habitación unos terribles dolores mientras abortaba el niño que llevaba en sus entrañas. Pudo haber esperado un par de meses más, pero no pudo.
                         Se estaba volviendo loca.
                         Su vida quedó por completo destrozada la noche en que lord Richard Templeton la violó. Todavía sufría pesadillas recordando aquella espantosa noche. Mary estaba al tanto de la fama que tenía el duque de Caine cuando éste se encaprichó de ella. Era un hombre casado con una conocida de su familia. Y, además, su hermana ilegítima, Eliza, era una de las mejores amigas de Mary. La mujer recordaba cómo intentó evitarle. Pero aquel hombre no dejaba de acosarla, si bien intentó no tener miedo.
                         Hasta aquella espantosa noche en que le destrozó la vida. Mary cerró los ojos. Lord Caine no sólo la había violado. Había dejado su semilla en su interior.
                          Aún sentía los dolores que le causó la ruda que ingirió aquella calurosa madrugada.
                         Recordaba la visión de aquel feto ensangrentado tirado en el suelo.
                          Estuvo sola durante el tiempo que pasó con dolores. Fue la peor noche de su vida.
                          Se paseó por toda la habitación.
                          Mary llegó a pensar que acabaría muriendo.
                          No fue capaz de cumplir la promesa que le hizo Eliza.
                          Nunca le contó que fue su hermano el hombre que la había violado. No fue capaz de decírselo. Además, Eliza no se lo habría creído.
                            Lo peor de todo no fueron los dolores que Mary experimentó. Lo peor...
                           Tragó saliva. Le costaba mucho trabajo olvidar todo lo ocurrido durante aquella aciaga noche. Pero los recuerdos volvían sin control a su cabeza desde que vio a Jonathan Lennon. El vivo retrato de lord Caine...
                               Lo peor fue cuando, con las pocas fuerzas que le quedaban, se despojó de sus calzones y vio la sangre. En aquel momento, Mary sintió el deseo de gritar, pero no lo hizo. Después, no recordaba nada porque se desmayó. Cuando se despertó, tras pasar varios días debatiéndose entre la vida y la muerte, el primer rostro que vio fue el de Eliza.
-Perdóname-le susurró.
-Descansa, Mary-le exhortó Eliza.
-Ya no está.
                                Después de eso, Mary se volvió a quedar dormida. Cuando se recuperó, abandonó Lennon Cottage.
                                   Nunca más volvió a tener contacto con Eliza. Dio por sentado que su amiga no le perdonaba el haber abortado al niño que pensaba entregarle en adopción. Durante veintisiete años, la única imagen que conservaba Mary de su hijo era la de una masa sonrosada cubierta de sangre. Hasta que tropezó con Jonathan Lennon.



                              Unos golpes en la puerta sacaron a Mary de su estado de aturdimiento. La mujer fue a abrir. Para su sorpresa, quien estaba detrás de la puerta era Jonathan.
                                Deseó poder cerrarle la puerta, pero no lo hizo.
-Venía a devolverle su cántaro-le dijo el joven.
                                Era cierto. Sujetaba el cántaro entre sus manos.
-Se me olvidó-dijo Mary.
-No soy ningún monstruo-le sonrió Jonathan-No sé porqué salió corriendo.
                               El corazón de Mary se detuvo. Jonathan tenía la sonrisa franca de su hermana Sarah, la segunda de las tres hermanas que eran.
-Pase-le invitó.
                               Le hizo pasar dentro de la casita de madera donde vivía.
-Es usted muy amable-dijo Mary-¿Puedo preguntarle de dónde es?
-Soy natural de Chedworth-contestó Jonathan.
-Tiene un acento muy inglés.
-Usted tampoco tiene acento escocés.
                               Mary esbozó una tímida sonrisa.
-¿Es familia de los Hollins?-quiso saber-Oí decir que se estaba hospedando con ellos.
-Edwin Hollins es primo de mi padre-contestó Adam-Su madre y mi abuelo paterno eran hermanos.
-No lo sabía. Yo conocía a un matrimonio que se apellidaba Lennon. Y, casualmente, eran de Chedworth. A lo mejor, usted los conoce. El hombre se llamaba Adam. Y la mujer se llamaba Eliza.
-Son mis padres. Adam y Eliza Lennon...
-Entiendo.
                                El corazón de Mary empezó a latir a gran velocidad. Hacía años que no rezaba porque había perdido por completo la fe. Sentía que nadie podía ayudarla. Pero, de pronto, tuvo la sensación de que alguien había estado con su hijo mientras ella intentaba deshacerse de él. Un nudo se formó en su garganta. Miró a Jonathan y una ola de ternura desconocida la inundó. Le acarició el rostro con la mano.
-Puede venir a verme siempre que quiera-le invitó-Mi casa estará siempre abierta para usted.
-No sé cómo se llama.
-Me llamo Mary.
                              Mary, pensó Jonathan. Mi verdadera madre se llama también Mary.
                              Se marchó. Mary se dejó caer sobre una silla y rompió a llorar. Hacía mucho que no lloraba, pero sus lágrimas eran esta vez de alegría. ¡Gracias, Dios mío, gracias!, pensó. Ya no le cabía la menor duda. Jonathan Lennon era su hijo.
                            Y, por algún motivo, había llegado hasta ella.
                             ¿Sabría la verdad?, se preguntó Mary. Se paseó nerviosa por toda la casita de madera. ¿Cómo pudo Eliza ocultarle lo ocurrido durante tanto tiempo?
                              Hemos de hablar, decidió Mary. Aún no...Pero he de ir a verla a Chedworth y contarle lo que sé. ¡Pero he encontrado a mi hijo!

miércoles, 8 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
En el fragmento de hoy de Segundas oportunidades, Edith hará las veces de consejera del amor entre Jonathan y Margaret. Además, seremos testigos de un nuevo encuentro entre estos dos tortolitos.
¡Vamos a ver qué pasa!

-Tenemos que hablar-le susurró Edith a Jonathan-A solas, si puede ser.
                  Toda la familia estaba reunida en el salón. Tía Phoebe había cogido un libro para leer en voz alta a su familia. Jonathan se fijó en que Edith parecía estar seria. La mirada de Margaret, por su parte, estaba ausente.
-¿De qué quieres que hablemos?-inquirió Jonathan.
-Es sobre mi prima Meg y sobre ti-contestó Edith-Sobre lo que vi el otro día.
-No creo que sea algo en lo que debieras meterte. Y perdona que te lo diga. Pero sólo nos concierte a tu prima y a mí.
-Os quiero mucho a los dos. Y me duele que seáis tan cabezotas. Es obvio que hay algo especial entre vosotros. Me gustaría ayudaros.
-No sabes nada de lo que hay entre tu prima y yo. Casi no has tenido tiempo de vivir.
                  Jonathan posó la vista en Margaret. La joven sentía los ojos de Jonathan fijos en ella. Se puso rígida. Llevaba dos días intentando evitarle a toda costa. Casi no le miraba. Aún podía sentir sus labios sobre los labios de ella.
                    A Jonathan le pasaba lo mismo. Hablaba lo menos posible con Margaret. Intentaba borrar de su mente lo ocurrido entre ellos. Tenía la sensación de que había traicionado a Abby. Sentía auténtico asco de sí mismo. ¿Cómo podía explicárselo a Edith?
                  Tía Phoebe leyó:

                  Aun antes de que la señorita Taylor cesara en sus funciones nominales de institutriz, la blandura de su carácter raras veces le permitía imponer una prohibición; y entonces, hacía y a tiempo que había desaparecido la sombra de su autoridad, habían seguido viviendo juntas como amigas, muy unidas la una a la otra, y Emma haciendo siempre lo que quería; teniendo en gran estima el criterio de la señorita Taylor, pero rigiéndose fundamentalmente por el suyo propio.

-Mamá, dispensa que te interrumpa-dijo Edith-Pero acabo de acordarme de que Eve quiere enseñarme unas cintas que ha comprado. 
-¿Te vas ahora?-inquirió tía Phoebe. 
-Vendré para la hora de cenar. Jonathan me acompañará al embarcadero. 
                  De aquel modo, lograron escaquearse. Se alejaron de casa lo suficiente. Entonces, Edith pudo hablar con total confianza. 
-Sientes algo por Meg-afirmó de manera rotunda-Lo que te pasa es que te da miedo admitirlo. Primo Jonathan, tienes derecho a rehacer tu vida. A volver a enamorarte. 



                    Jonathan se quedó de piedra al escuchar hablar a Edith. La muchacha aún no había cumplido dieciocho años. Pero parecía tener las ideas muy claras con respecto a lo que estaba pasando entre sus dos primos.
-Empiezas a hablar igual que mis padres-observó Jonathan.
                   Edith siguió hablando. En su opinión, Jonathan debía dejar de tener miedo y confesarle a Margaret que estaba enamorado de ella.
-¿Y a ti quién te ha dicho que yo estoy enamorado de tu prima?-le espetó a Edith.
-No soy ciega-contestó la chica-Lo veo con mis propios ojos.
-Entonces, estás equivocada. Casi no conozco a tu prima.
                   Edith se echó a reír. Le dijo que creía que existía el amor a primera vista. En su opinión, creía que había surgido el amor a primera vista entre Margaret y Jonathan. El joven arqueó las cejas al oírla.
-No puedo amar a tu prima-insistió-Casi no la conozco. Y, además, está Abby. En mi corazón, sigo casado con ella. No puedo traicionarla.
                  Edith se colgó del brazo de Jonathan mientras caminaban. Notó el calor que desprendía el esbelto cuerpo del joven. Vio la gran tristeza que había reflejada en sus ojos de color turquesa. Sintió que podía apoyarse en él. Pero, al mismo tiempo, deseaba también ser un apoyo para Jonathan. Una ola de calor recorrió el cuerpo de Edith.
-Lo único que quiero es que seas feliz y pienso que sólo serás feliz al lado de una mujer como Meg-le aseguró-Es muy parecida a Abby. Pero también es seria y reflexiva, como lo eres tú. Os complementáis a la perfección.
-Es demasiado pronto-murmuró Jonathan.
                  Se fijó más detenidamente en Edith. A sus ojos, siempre había sido una niña, pero se había convertido en una mujer adulta. Madura...Llevaba puesto un vestido de color amarillo. Cubría su pelo un sombrero del mismo color. Las mejillas de Edith estaban sonrosadas. Sus facciones eran adorables. Y sus ojos de color azul cielo eran bonitos y reflejaban algo que no pudo identificar. Seguridad en sí misma...
-Habla con Meg-le pidió Edith-Por lo menos, intentad llevaros bien.
-Nos llevamos bien-replicó Jonathan-Fue lo que pasó. No estoy en mi casa. No quiero que mis tíos me odien por propasarme con su sobrina. Cada vez que cierro los ojos, recuerdo lo que pasó. Y me siento mal conmigo mismo.
-No deberías de sentirte mal sólo porque hayas besado a Meg.
-Me siento mal porque tengo la sensación de haberle hecho daño a tu prima. Y a Abby...
                      Sólo había besado a dos mujeres a lo largo de su vida. Y, desde luego, los besos tiernos que compartía con Abby eran una cosa. Pero...Los besos que había compartido con Margaret habían estado cargados de pasión. De fuego...Tenía que admitir que sentía un fuerte deseo por Margaret.
-Nunca le harías daño a Meg si de verdad la amas-sentenció Edith.
                     Jonathan pensó que no debía de sentir sólo deseo físico por Margaret. Podía satisfacer su deseo con ella. Pero el daño estaría hecho. El deseo era algo efímero que se esfumaba si no existía algo más profundo.
                      Admiró a Edith por haber sido tan clara y tan sincera con él.
                      Le dio un beso en la mejilla.
-Gracias...-dijo.

                        Margaret se retiró temprano después de cenar. No podía soportar el sentir la mirada de Jonathan fija sobre ella.
-La acompaño-se ofreció el joven-Yo también tengo sueño.
                    Margaret se puso tensa. Salieron los dos del comedor.
                    Era la primera vez en dos días que Jonathan y ella se quedaban a solas.
-Necesito hablar con usted-dijo el joven.
-No hay nada de qué hablar-replicó Margaret, casi a la defensiva-Estuvo mal lo que pasó.
                   Empezaron a subir por la escalera. Margaret se aferró a la barandilla con fuerza.
-No puedo disculparme por lo que pasó porque no me arrepiento-se sinceró Jonathan.
                   La sangre se agolpó en las mejillas de Margaret. En Manchester, la joven rara vez se ruborizaba. Incluso, odiaba ruborizarse. Sin embargo, en los últimos días, acababa con las mejillas encendidas. Y la culpa era de Jonathan Lennon por haber aparecido en su vida.
                    Llevaba dos noches sin poder conciliar el sueño.
                    Evocaba una y otra vez aquel momento.
-No quiero que sienta obligado a nada conmigo-le aseguró-Mi hermana Lucy se vio obligada a casarse por ser sorprendida en una situación parecida a la que nos encontró Edie. Agradezco a mi prima su silencio. Mi hermana es muy desdichada en su matrimonio.
                   Llegaron hasta el final de la escalera. Era la primera vez que Margaret le contaba a alguien la verdadera situación del matrimonio de Lucy.
-Lo único que deseo es conocerla mejor-dijo Jonathan-Quiero que me deje cortejarla.
-¿Cortejarme?-se extrañó Margaret.
                    Jonathan se asombró al escucharse así mismo decir que quería cortejar a Margaret. La joven notó cómo su corazón empezaba a latir de un modo alocado. Pensó que le estaba gastando una broma. ¡No tiene ninguna gracia!, pensó con rabia. Le fulminó con la mirada.
-No se ría de mí-masculló indignada.
                      Jonathan bufó con enfado. Margaret estaba sacando de contexto sus palabras. Deseaba ser sincero con ella. Quería cortejarla de verdad.
                      Se detuvieron ante la puerta de la habitación de la joven. Margaret se resistía a mirarle a los ojos. Jonathan tenía la respiración agitada. Notó cómo el cuerpo de Margaret temblaba con violencia. La joven sentía por Jonathan algo que nunca antes había sentido por ningún hombre. Una atracción tan intensa que la asustaba. Deseó meterse dentro de su habitación para escapar de él.
                    Pero Jonathan la retuvo. Le cogió suavemente el brazo. Aquel acto, tan simple, provocó una corriente que recorrió los cuerpos de ambos.
-No soporto que nadie se ría de mí-afirmó Margaret-Se lo ruego, señor Lennon. No se burle de mí.
-Le aseguro que no me estoy burlando de usted-le aseguró Jonathan-No puedo negar la evidencia, aunque lo intento. Hay algo entre nosotros. Lo que ocurrió el otro día así nos lo demuestra.
-¿Y qué pasa con Abby?
-En toda mi vida he estado tan confundido como lo estoy ahora. Déjeme cortejarla.
                          He de aclarar mis ideas, pensó Jonathan. Cortejaré a Margaret para salir de dudas. ¡Perdóname, Abby!
                          Puede enamorarse de mí, pensó Margaret con estupor.
                          Se oían voces procedentes del salón que parecían estar hablando acerca de la fiesta de cumpleaños de Edith.
-Debería de bajar-sugirió Margaret-No quiero que mis tíos piensen mal de nosotros.
-Así lo haré-aceptó Jonathan.
-Gracias...
                          Colocó su mano sobre la mejilla de Margaret. La miró fijamente a los ojos. Poco a poco, los dos se fueron acercando. Margaret no pensó en nada. Sus ojos se perdieron entre los ojos de color turquesa de Jonathan.



-Margaret...-susurró el joven.
                  No dijo nada más. No pudo seguir hablando. Sus labios se posaron sobre los labios de la joven. Margaret abrió los labios y correspondió a la intensidad con la que Jonathan le estaba besando. Rodeó con sus brazos el cuello del joven. Apretó su esbelto cuerpo contra el cuerpo bien formado masculino. El beso se hizo más hondo y apasionado. Era la clase de beso que conducía a otra cosa.
                   Con reticencia, Jonathan se separó de Margaret.
 -Hasta mañana...-susurró la joven, con voz sofocada.
-Que descanse-contestó él.
                    Se alejó de su lado.
                    Margaret abrió la puerta de su habitación.
                   Sus manos le temblaba. Todo su cuerpo le temblaba con violencia. Tenía la sensación de estar metida dentro de un sueño.
                    Jonathan...
                   Le había dicho que quería cortejarla. A pesar de que entre ellos existía el fantasma de Abby. Puede que exista una oportunidad para nosotros, pensó Margaret maravillada.

martes, 7 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
Tras estar un par de días desaparecida por motivos que sabréis muy pronto, retomo subiendo un nuevo fragmento de Segundas oportunidades. 
En esta ocasión, Jonathan se reencuentra con su amigo de la infancia Frederick Wingfield.
¡Vamos a ver lo que pasa!

                           La familia Hollins se encontraba en el salón tomando el té. En aquel momento, el mayordomo hizo acto de presencia.
-Señor Lennon, tiene una visita-anunció.
-¿Una visita?-inquirió el joven, visiblemente sorprendido.
-Es el honorable Frederick Wingfield.
                         Poco después, un joven bien parecido hizo acto de presencia en el salón. El rostro de Jonathan se iluminó al ver aparecer al que había sido su mejor amigo en la niñez.
-¡Freddy!-exclamó al verle.
-No has cambiado nada, Jon-sonrió el aludido.
                      Se fundieron en un gran abrazo.
-¿Cómo estás?-le preguntó Jonathan.
-Encantado de no poder regresar a Edimburgo-respondió Frederick-Creo que ya sabes que me he casado con Penélope. Ha sido ella quien me ha contado que estabas aquí. Se lo dijo la señorita Hollins cuando fue a verla.
-¡Me alegro muchísimo de volver a verte!
-Sentí muchísimo la muerte de Abby. Era una joven extraordinaria. Te quería muchísimo. Me lo dijo una vez antes de vuestra boda.
                      Tía Phoebe invitó a Frederick a que tomara asiento en una silla.



                        Frederick tenía un hermano mayor que él, Justin, quien contaba con treinta y dos años. Jonathan recordaba a Justin como un joven irrespetuoso y canalla que gozaba de una pésima reputación en Chedworth.
-Es posible que Justin acabe convertido en duque-le contó Frederick a su amigo.
-¿A qué te refieres?-quiso saber Jonathan.
-Mi primo Lucien ha muerto. Él era el heredero de mi tío, el duque de Caine. Lucien y su esposa Anne Mary no tuvieron hijos durante los siete años que han estado casados. Sólo les nació una niña, Samantha. Pero, por desgracia, Samantha murió hace un año. La atropelló un carruaje cuando estaba jugando en Hyde Park. Anne Mary no quiere volver a casarse y está pensando en tomar los hábitos. La muerte de su hija la dejó devastada. Además, el parto fue tan complicado que la dejó imposibilitada para tener más hijos. Justin piensa que él es el más indicado para ser el nuevo duque de Caine cuando muera nuestro tío. Sin embargo, el muy canalla está pensando en otra cosa.
-¿Por qué habla así de su tío, señor Wingfield?-se interesó Margaret.
                      Frederick sentía verdadero asco por su tío, un ser depravado y carente de moral. Justin era de la misma talla moral que su tío y deseaba con todas sus fuerzas heredar su título. Pero éste tenía otros planes en mente.
-Mi tío ha tenido muchas amantes-contestó el joven haciendo una mueca de desprecio-Y no es ningún secreto que ha forzado a otras tantas mujeres. La Justicia nunca le ha hecho nada porque es uno de los hombres más poderosos de toda Inglaterra y ostenta un cargo en la Cámara de los Lores. Mi tío busca un hijo ilegítimo que pueda ostentar el título de duque a su muerte.
                    Jonathan sintió cómo se le revolvía el estómago al escuchar aquel comentario.
                   La madre de Frederick era la hermana menor de lord Richard Templeton, duque de Caine.
                    Eliza estaba emparentada con ambos. Era la hija ilegítima de la madre de lord Richard. El antiguo duque de Caine era un hombre que pasaba más tiempo en Londres. Dejó a su esposa abandonada durante largas temporadas en la casa solariega de la familia. Para distraerse, la duquesa empezó a tener amoríos con diversos hombres. Uno de aquellos hombres la dejó embarazada.
                  Para salvar a la familia del escándalo, se mantuvo el embarazo de la duquesa en secreto. Ésta dio a luz a una niña que fue entregada a una familia perteneciente a la nobleza rural. Ésta la crió como si fuera su hija. Sin embargo, los verdaderos orígenes de Eliza eran un secreto a voces. Frederick se acercó a Jonathan en un primer momento movido por la curiosidad, ya que se trataba del hijo de una tía suya. La amistad fue surgiendo con el paso del tiempo hasta convertirse en una amistad estrecha. Frederick estuvo al lado de Jonathan cuando enterró a Abby.
-¿Un hijo bastardo?-se escandalizó Edith.
-Será mejor que salgas-le sugirió tía Phoebe, visiblemente abochornada-Esta conversación no la puede escuchar una jovencita como tú.
-No es nada malo, señora Hollins-replicó Frederick-Esto, como se suele decir, también pasa en las mejores familias. Justin está furioso porque desea ser duque. Yo creo que, de aparecer el hijo ilegítimo de mi tío, Justin podrá heredar. Sólo los hijos varones y legítimos pueden heredar los títulos.
-Tu tío era un hijo de perra-afirmó Jonathan con rabia-Y perdóname por decírtelo.
-No te preocupes. Tienes toda la razón, Jon.



                      Frederick se puso de pie al cabo de un rato. Anunció que se le estaba haciendo tarde.
-No quiero hacer esperar ni a Penélope ni a Nicky-dijo.
-¿Nicky?-se extrañó Jonathan.
-Así se llama su hija, primo-contestó Edith-Tiene cuatro años. Es una niñita adorable.
-Tienes que venir a vernos-invitó Frederick-Como ya sabes, vivimos en la isla de Sheep. Te estaremos esperando.
                      Frederick se despidió de la familia Hollins con cortesía. Le dio un fuerte abrazo a Jonathan. Se alegraba muchísimo de volver a verle. En el recibidor, el mayordomo le tendió su sombrero y su abrigo.
                      Salió de la casa.
                      Frederick se dirigió al embarcadero. El asunto del hijo ilegítimo de su tío no le preocupaba demasiado. Daba por sentado que el duque tenía numerosos bastardos en su haber. Había tenido numerosas amantes. Pero lo más alarmante era que había forzado a demasiadas mujeres. Sintió asco al pensarlo.
                     Pensó en Jonathan. Estaba muy contento de volver a verle. Había tenido muy poco trato con lord Caine a lo largo de su vida. Sin embargo, había algo en Jonathan que llamaba muchísimo su atención. Lo mucho que se parecía a lord Caine. A excepción de una cosa...Sus ojos de color turquesa...Es sólo una simple coincidencia, pensó Frederick.

domingo, 5 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
El fragmento de hoy de Segundas oportunidades es bastante especial por dos motivos.
El primero de todos es que está dedicado a una gran amiga, nuestra querida Citu.
Deseo de corazón que este capítulo te anime porque, eso espero, te va a gustar mucho. Y espero que os guste mucho a todos.
Va a pasar algo muy importante entre Margaret y Jonathan.
¡Vamos a verlo!
Y Citu, amiga, los malos momentos siempre se van. Pasan, como las nubes de verano. Aunque te cueste trabajo, sigue adelante. Melodías prohibidas es una historia preciosa, con unos personajes muy bien construidos y creíbles. ¡Sigue así!

                             Esto es una locura, pensó Margaret. Estaba dando un paseo con Jonathan los dos solos.
                             ¿Por qué se le ocurría hacerle caso a Edith?, se reprochó así misma.
-Llama la atención el no ver árboles aquí-comentó Jonathan.
-Antes, creo que había árboles-contó Margaret-Aunque yo nunca los he visto. Quien se lo puede contar todo es Edith. Yo...Cuando vengo aquí es cuando visito a mis tíos. Aunque...Bueno...
-¿Le preocupa el haber salido conmigo a dar un paseo?
-No es eso. Usted me parece un caballero. Pero Sanda es una isla pequeña en la que vive poca gente. La gente nos ve. Y habla de nosotros.
                               En un primer momento, habían salido Margaret, Edith y Jonathan a dar el paseo. Cuando se alejaron lo suficiente de la casa de los Hollins, Edith dijo que había recibido una nota de su amiga Eve. Por lo visto, le habían regalado un sombrero nuevo y quería enseñárselo. Alegó que iba a tardar muy poco en ir a verla. De aquel modo, dejó a Margaret a solas con Jonathan.
-¿Me tiene miedo?-le preguntó el joven a Margaret.
                            La joven se puso rígida. Pocas eran las veces que había estado en la compañía de un hombre. Pero siempre se había encontrado acompañada por alguien. Jonathan Lennon no era como los otros hombres que había conocido. Había algo en él que le hacía diferente y especial.
-¡Por supuesto que no!-respondió Margaret, riéndose-Yo no le tengo nunca miedo a nada. Se lo puedo asegurar.
                            Jonathan la miró con intensidad. Hacía mucho tiempo que no se encontraba a solas con una mujer. Sólo había estado en una situación así cuando estaba con Abby.
-Me recuerda mucho a Abby-le comentó-Mi esposa se reía como usted. Y decía no tenerle miedo ni a nada ni a nadie.
                            Oír el nombre de aquella mujer indignó a Margaret. Jonathan lo percibió al notar que se había puesto rígida. Pensó que había hecho mal en mencionar a Abby. Pero todo en Margaret le recordaba mucho a su mujer. Y eso no debía de ser así. Estar cerca de Margaret despertaba en Jonathan sensaciones que creía olvidadas desde que murió Abby. Como la sensación de tener mariposas revoloteando en su estómago.
                           Margaret empezó a hablar. Le contó una leyenda que había oído acerca de San Ninian. Se decía que el Santo se encontraba enterrado en algún rincón de la isla de Sanda. Un árbol se encargaba de indicar el lugar donde los restos de San Ninian descansaban.
-¿Dónde está ese árbol?-quiso saber Jonathan-No he visto todavía ningún árbol.
                        Margaret se encogió de hombros. Según la leyenda, nadie podía pisar la tumba de San Ninian. Todo aquel que la había pisado había muerto en el acto. La leyenda había llamado la atención de la joven desde que la escuchó. Jonathan y Margaret se detuvieron. Jonathan pensó que Margaret era realmente hermosa. Su corazón comenzó a latir muy deprisa.



-Me parece extraño que nunca antes haya sido cortejada-opinó Jonathan-Es usted muy hermosa.
-¡No me lo creo!-sonrió Margaret, poniéndose nerviosa de pronto.
-Es cierto.
-No estoy acostumbrada a recibir elogios de ningún caballero.
-Entonces, esos hombres son idiotas. Sé que hace poco que la conozco. Pero la he tratado mucho. Veo que es usted una mujer, no sólo guapa. También es inteligente. Es madura y reflexiva. Eso me gusta.
-Señor Lennon...Por favor...
                       Jonathan cogió las manos de Margaret y se las besó.
                       Ella escuchó los latidos acelerados de su corazón latiendo al mismo tiempo que los latidos acelerados del corazón de Jonathan. Podía percibir el calor que desprendía el cuerpo bien formado del joven. Se sentía tentada a acercarse aún más a él.
                     Trató de apartar aquellos pensamientos de su mente. Era la primera vez que le pasaba. Pero Jonathan no era como los otros hombres que había conocido. Era distinto.
                      Sus piernas temblaron con tanta violencia que pensó que iba a desmayarse. Jonathan le cogió suavemente los brazos. Podía notar cómo Margaret temblaba. El recuerdo de Abby pasó por su mente. Lo apartó como pudo. En aquellos momentos, se encontraba a solas con Margaret.
-Margaret...-susurró.
                       No dijo nada más.
                       En aquel momento, posó sus labios sobre los labios de la joven.
                       La besó con suavidad.



                     Fue Margaret quien se apartó de él. Era la primera vez que alguien la besaba. El recuerdo de cómo Lucy fue obligada a casarse pasó por su mente. Ella no quería obligar a Jonathan a nada. La respiración de Jonathan era acelerada. Hacía mucho tiempo que no besaba a una mujer. Sólo había besado a Abby.
-Le ruego que me perdone-se excusó Jonathan-No ha sido mi intención ofenderla.
                   Las mejillas de Margaret estaban encendidas.
-Quiero volver a casa-pidió en voz muy baja.
                   Esto no ha debido de pasar, pensó. Pero había pasado y no sabía qué hacer. Por un lado, su corazón parecía dar saltos de alegría. Por el otro lado, tenía la sensación de que no podría volver a mirar nunca más a Jonathan Lennon a la cara. Se acercó más a Jonathan y, entonces, todo cambió.
                     El joven la atrajo suavemente hacia sí y la besó de nuevo. Estaba vez, se trató de un beso más profundo y cálido que el que se habían dado antes. Para sorpresa de ambos, Margaret correspondió a aquel beso y rodeó con sus brazos el cuello de Jonathan, apretándose contra él. Se besaron nuevamente, intentando conocerse a través del contacto de sus lenguas. De sus salivas entremezcladas...Del sabor de sus labios...
                       El sonido de un ligero carraspeo les hizo separarse.
-¿Interrumpo algo?-inquirió una voz joven y femenina.
                        Margaret estaba toda roja cuando se apartó rápidamente de Jonathan.
-No interrumpes nada, Edie-contestó casi sin mirarla a la cara.
                        Por suerte, se trataba de su prima.
                        Los ojos azules de Edith brillaron de manera pícara al mirar a la pareja. Por lo visto, había hecho acto de presencia en el mejor momento. Sonrió para sus adentros y su adorable rostro se iluminó.
-Seguiré dando un paseo-anunció Jonathan, también muy rojo-Es una isla pequeña. No creo que me vaya a perder. Y, no. No hay árboles.
                    Se alejó a toda prisa de Margaret y de Edith sin apenas despedirse de ambas.
-¿He visto lo que creo que he visto?-interrogó la chica a su prima.
-¡Ni una palabra de esto ni a tía Phoebe ni a tío Edwin!-le ordenó Margaret.
-No les diré nada. Pero, cuando se enteren de que el primo Jonathan te está cortejando, se van a llevar una gran alegría.
-Tu primo no me está cortejando.
                     Edith se echó a reír. Lo que había visto indicaba que Jonathan estaba interesado en Margaret. Sin embargo, la joven parecía tener dudas al respecto. Edith pensó que ella debía de hacer algo al respecto para poder ayudarles.
-Sigue enamorado de su mujer-se lamentó Margaret.
-Es normal que siga sintiendo algo por Abby-admitió Edith-Pero eso no significa que no sienta nada por ti. ¡Por el amor de Dios, Meg! ¿Me vas a negar lo que acabo de ver?
-Ha sido un momento de debilidad por parte de él. Y también por parte mía...No va a volver a pasar. Te lo prometo.
                     Edith bufó de un modo nada propio de una dama. Ni siquiera era propio de ella bufar.
-Eres la mujer más cabezota que jamás he conocido-se quejó la muchacha.
                    Empezaron a caminar. Margaret se mantuvo callada durante todo el trayecto. Edith tomó la decisión de que debía de hablar a solas con Jonathan. Se encargaría de darle consejos sobre el modo en que debía de cortejar a su prima. Ya se veía así misma haciendo de dama de honor en la boda de Margaret y de Jonathan.

viernes, 3 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
Hoy, os traigo un nuevo fragmento de mi historia Segundas oportunidades. 
Este fragmento estará más centrado en la figura de Margaret y la veremos actuando con su prima Edith, quien recibe la visita de una amiga. Veréis lo distintas que son ambas.

                           La boda de Lucy con aquel oficial inglés pilló a Margaret casi de sorpresa por lo repentina que fue. Recordaba a la perfección el sermón que le echó su madre a ambas después del anuncio del compromiso de Lucy. La mujer, lejos de estar contenta por la futura boda de su hija mayor, no hacía otra cosa más que llorar. En el fondo, Lucy y Margaret entendían el porqué su madre estaba tan dolida con el comportamiento de su hija mayor.
-¡Demos gracias a Dios de que ese hombre haya decidido cumplirte!-exclamó la mujer-Si no, a estas horas, serías una perdida.
-No me habría importado ser una perdida-admitió Lucy-No le amo y sé bien que él tampoco me ama.
-¿Te has vuelto loca?
-Madre, siempre pensé que me casaría por amor o que nunca me casaría.
-Ninguna de nosotras tiene dote-intervino Margaret.
                        Lucy y ella estaban sentadas en el sofá del salón mientras su madre se paseaba de un lado a otro del mismo. Se la veía furiosa con sus dos hijas.
-Ahora, te casarás con ese oficial-le ordenó a su hija mayor-Y, después, le buscaré un marido a Margaret.
                       Margaret negó moviendo la cabeza.
                        Algunas noches, antes de casarse, Lucy y ella pasaban largas horas sentadas en la cama de la primera hablando.
-Es mi deber casarme-se sinceró Lucy-Lo que más siento es que, después de mi boda, madre te buscará un marido.
                      La habitación estaba sumida en la penumbra. La madre estaba profundamente dormida. El padre, mientras, había decidido mantenerse al margen. Era un hombre ya mayor y con una salud bastante quebradiza.



-Podría irme a pasar una temporada a casa de mis tíos en la isla de Sanda-sugirió Margaret-Hace tiempo que no veo a Edith.
-Te voy a echar mucho de menos cuando me case con ese hombre-se lamentó Lucy-Sólo espero que no me haga muy infeliz.
                       La mente de Margaret se obligó a regresar al pasado.
                       Se encontraba en el salón de la casa de sus tíos. Jonathan estaba en el despacho de tío Edwin. Junto a ella, sentada en el sofá, se encontraba su prima Edith.
-¡Tienes que conocer a mi primo Jonathan!-exclamó la chica, palmoteando.
-Ya me contaste que había llegado-dijo su amiga.
                    Quien había ido a visitar a Edith era una de sus mejores amigas, Eve Kipling. Edith no paraba de parlotear acerca de Jonathan. Cualquiera diría que la chica estaba enamorada de él. No era así, pensaba Margaret. Lo que en realidad pretendía su prima era despertar su interés y, para ser sinceros, lo cierto era que Jonathan despertaba cada día que pasaba una extraña sensación en ella. La propia Eve, de tanto oír hablar de aquel joven tan serio, empezó a sentir cierta curiosidad por saber cómo era en realidad y por conocerle en persona.
-Está reunido con papá en su despacho y no sé el tiempo que tardarán en salir-le contó Edith a su amiga-Ya sabes que a mi padre no le gusta que le molesten cuando está hablando.



                     Eve era apenas unas semanas mayor que Edith y las dos se comportaban como dos jovencitas románticas y enamoradizas.
-¿Es verdad que es muy apuesto?-interrogó Eve a su amiga.
-¡Es como un galán de las novelas que tú y yo leemos!-contestó Edith.
-¡Niñas!-las regañó tía Phoebe.
                     Margaret se dijo así misma que no debía de comportarse con Jonathan del mismo modo en el que estaban actuando Eve y Edith porque las dos chicas eran románticas y enamoradizas. Margaret había dejado atrás la etapa en la que soñaba con encontrar a su Príncipe Azul. Si es que soñó alguna vez con enamorarse.
-No me gusta que actuéis así-las reprendió Margaret.
                     Edith estaba a punto de cumplir dieciocho años. Pensó que debía de hablar con su prima acerca de su comportamiento.
-A Margaret le gusta mucho el primo Jonathan-apostilló Edith.
-¿Es cierto eso?-inquirió Eve.
-¡Es falso!-contestó Margaret, poniéndose roja como un tomate.
                       Jonathan salió al cabo de un rato del despacho. Sin entrar en muchos detalles, le explicó a tío Edwin que esperaba recibir una carta procedente de Londres de un momento a otro.
-¿Acaso tiene alguna mujer en Londres?-le interrogó tío Edwin.
-Es un asunto mío-contestó Jonathan-Y no se trata de una mujer.
                       Aquella contestación dejó muy intrigado a tío Edwin, pero no hizo más preguntas. Tía Phoebe se puso de pie cuando le vio salir de la biblioteca.
-No sabía que tuviéramos visita-dijo Jonathan.
-Se trata de una amiga de Edith-le explicó tía Phoebe-Ha venido a verla.
-Mira, Eve-intervino Edith-Éste es mi primo Jonathan, del que tanto te he hablado. Primo Jonathan, te presento a Eve Kipling, mi mejor amiga.
                     Jonathan besó a Eve en la mano a modo de saludo.
-Es un placer conocerla, señorita Kipling-dijo el joven.
-Verá mucho a Eve por aquí-añadió Margaret-Vive en la isla de Sheep, pero pasa mucho tiempo aquí.
-Y yo la visito con frecuencia-sonrió Edith.
-Entonces, le veré con frecuencia a usted también-apostilló Eve.
-He venido para pasar una temporada con mis tíos-le explicó Jonathan-Aún no me pienso ir.
-¡Y tampoco vamos a dejar que te vayas todavía!-protestó Edith-Tienes que conocer muchos rincones de esta isla. ¡Y tienes que quedarte para mi fiesta de cumpleaños! Lo has prometido.
                      Eve quedó encantada con Jonathan. Se despidió de él, deseosa de volver a verle. Nunca antes había visto a un hombre tan apuesto ni tan encantador como él.