jueves, 2 de enero de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
Hoy, me gustaría compartir con vosotros este fragmento de mi relato Segundas oportunidades. 
Vamos a ver cómo Jonathan vuelve a encontrarse con la extraña mujer con la que tropezó a su llegada a la isla de Sanda. Se trata de una mujer que tiene un pasado cargado de dolor y muy misterioso. ¿Quién será?

                     A Jonathan le caía bien Margaret. Se preguntaba el porqué no se había casado. Le recordaba demasiado a Abby. En su opinión, si algún día volvía a casarse, debía de hacerlo con una mujer muy parecida a Margaret. O con la propia Margaret...Jonathan no entendía lo que estaba pensando.
                     Había pasado una mañana bastante ocupada.
                     Finalmente, se había decidido a escribirle una carta al detective que había contratado para buscar a su verdadera madre. Le contaba que iba a pasar una temporada en la isla de Sanda.
                     Toda la información nueva que tuviera debía de enviársela a su nueva dirección. Era algo temporal, pensó Jonathan mientras escribía la carta. Pero el caso estaba bastante estancado.
                     Un barquero se comprometió a llevar la carta a Correos. Jonathan regresaba del embarcadero. No quería meterse de nuevo en casa.
                      Cuando vio que salía, Edith le despidió con un beso en la mejilla. Lo cierto era que los Hollins parecían alegrarse de su presencia. Tía Phoebe le recordaba mucho a su madre, a Eliza.
-Sal a la calle-le exhortó aquella mañana durante el desayuno-Eres joven. No puedes pasarte el día encerrado. Sanda será una isla pequeña. ¡Pero es un lugar muy interesante! Diviértete.
-Conozco gran parte de Sanda-afirmó Jonathan.
                     Bebió un sorbo de su taza de café.
-¡No existe en el mundo una isla como la nuestra!-se jactó Edith-¿A que nunca antes habías estado en una isla con forma de cuchara?
-Yo conocía su existencia de vuestras cartas-contestó Jonathan-Pero nunca antes la había visto en los mapas. Sé que existe.
-Tu tía y tu prima tienen razón-intervino tío Edwin-Eres joven.
-Señor Lennon, me gustaría decirle que sentimos mucho su pérdida-habló Margaret-Me consta que usted quería mucho a su mujer. Tiene que ser espantoso perder a la persona que uno ama. Pero piense que la vida sigue. A su mujer no le gustaría verle en ese estado.
                    Casi sin darse cuenta, Margaret le cogió la mano por encima de la mesa. El contacto provocó una extraña sensación en Jonathan. Sentía cómo su sangre se aceleraba. Edith contempló la escena. Disimuló una sonrisa fingiendo que se limpiaba los labios con la servilleta.
                    Para Edith, Jonathan era como su hermano mayor. Y lo trataba como tal.
                    Luego, estaba tío Edwin. Adam y él eran muy parecidos. Los dos se preocupaban por sus familias. Por sus vecinos...Por las personas que le importaban de verdad.
                    Y, finalmente, estaba Margaret.
                    Jonathan sonrió al pensar en ella. A lo mejor, decidió, le vendría bien cortejarla. Pero...Se sintió mal al pensar en eso. Soy un hombre viudo, pensó. No debo de encapricharme de una mujer a la que casi no conozco.
                      Había adquirido la costumbre de darle las buenas noches a Margaret depositando un beso en su mano. A sus padres les caería bien. Eliza y Margaret no tardarían mucho tiempo en hacer buenas migas. Eliza había sentido un gran cariño por Abby.
                   Comparó mentalmente a Edith y a Margaret. Edith era más baja. En cambio, Margaret era más alta. Edith era rubia. Margaret, por el contrario, poseía el cabello de color castaño. Además, poseía una belleza muy llamativa, a pesar de los vestidos de color oscuro que se veía obligada a lucir por no ser ya una debutante. Es mejor así, pensó Jonathan. Que no sea una debutante.



                  Se acercó al pozo. Vio a una mujer que tiraba de la cuerda para sacar el cubo lleno de agua. La mujer iba vestida por completo de negro. Parecía estar muy cansada. Jonathan la reconoció como la mujer con la que había tropezado a su llegada a Sanda. Se acercó a ella.
-Déjeme que la ayude-se ofreció-Se va a hacer daño.
-¡No!-gritó la mujer.
-No es ninguna molestia. Yo sólo...
-¡Aléjese de mí! ¡No me haga daño!
                     La mujer se había asustado muchísimo al ver a Jonathan. Le traía recuerdos demasiado dolorosos contra los que llevaba luchando veintiocho años.
                     Jonathan se hizo con la cuerda y tiró de ella. Sacó el cubo lleno de agua. Sus movimientos intentaban ser tranquilizadores para aquella mujer. El cántaro de barro de ésta estaba junto al pozo. Jonathan vertió el agua en el cántaro.
-Tenga-le dijo.
                    Cogió el cántaro y se lo ofreció.
-¿Se encuentra usted bien?-le preguntó.
-Es usted un fantasma-respondió la mujer-Ha venido de mi pasado para seguir haciéndome daño.
                  La mujer se apoyó en el brocal. Jonathan se acercó a ella. Tenía la sensación de que aquella mujer tan extraña estaba a punto de tirarse de cabeza al pozo. La oyó sollozar y sintió cómo algo se rompía dentro de él. Le apenaba saber que algo o alguien le había hecho daño.
-Mire, yo llegué a la isla hace casi una semana-le contó-No recuerdo haberla visto en mi vida. Dudo mucho que haya podido hacerle daño de alguna manera antes. Pero sospecho que alguien parecido a mí le ha hecho mucho daño. Y me gustaría ayudarla.
-¡Nadie puede ayudarme!-sollozó la mujer.
-Yo sí puedo ayudarla. Pero tiene que dejarme. Entiendo que casi no me conozca. Nos hemos visto dos veces. Pero le aseguro que es mi deseo ayudarle. Puede confiar en mí. Guardarse dentro lo que uno siente no es bueno.
-Mi vida quedó destrozada una noche. ¡Yo no quería! ¡Juro por Dios que yo no quería! Pero...



-No es asunto mío. Pero alguien le destrozó la vida. Igual que se la destrozaron a una persona que es muy importante para mí. Cuando la encuentre, me dirá quién lo hizo y la vengaré porque nadie la vengó.
-Pide vengarme. ¡No lo haga! ¡No me lo merezco!
                     La mujer se encaró para mirar a Jonathan. De pronto, al fijarse más en él, no vio los rasgos del hombre que más odiaba en el mundo. Se fijó en sus ojos. Eran de un bonito color turquesa. Su familia poseía aquella característica. Sus hermanas menores...Ella misma...Todos tenían los ojos de color turquesa.
-Dígame cómo se llama-le pidió.
-Me llamo Jonathan-se presentó el joven-Jonathan Lennon...
-Jonathan...Lennon...
-¿Le ocurre algo?
                     La mujer salió corriendo despavorida.
-¡No puede ser!-exclamó.
-¡Señora!-la llamó a gritos Jonathan.
-¡Esto es de locos!
                  Se dejó el cántaro junto al brocal. Jonathan hizo ademán de perseguirla. Pero no tardó en perderla de vista.
                     Se encerró en su aislada casita. Se dejó caer sobre una de las sillas.
                    Miles de recuerdos se agolparon en su mente. Mil veces se había echado en cara lo que había hecho.
                     ¿Qué ocurrió realmente?, se preguntó. Recordaba haber consumido ruda aquella madrugada porque la estaba volviendo loca la idea de gestar en sus entrañas al hijo del hombre que la había violado. Le prometió a Eliza que le daría a su hijo nada más nacer. Pero no cumplió su promesa. La esperaba la estaba volviendo loca. La espera...Los recuerdos...Las pesadillas...
                    Tras casarse con Adam Lennon, Eliza adoptó su apellido.
                    Aquel joven debía de ser familia de Adam y de Eliza.
                   Pero tenía los rasgos del hombre que la había violado. Y los ojos de su familia...No entiendo nada, pensó golpeándose la cabeza con los puños. ¡Me voy a volver loca! Rompió a llorar con desesperación.

sábado, 28 de diciembre de 2013

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
Ya sé que me había hecho el firme propósito de no publicar nada en ninguno de mis blogs hasta enero.
Sin embargo, no puedo estarme quieta.
Aquí os dejo un nuevo fragmento de Segundas oportunidades. 
Seguimos viendo cómo va avanzando la relación entre Jonathan y Margaret. ¿Rehará su vida Jonathan al lado de Margaret? ¿U ocurrirá algo imprevisto?
¡Todo os puede pasar!
Deseo de corazón que esteis disfrutando de unos días llenos de paz y de alegría al lado de vuestros seres queridos.

-¿No tiene una carta buena?-le preguntó Margaret a Jonathan. 
-Me temo que voy a tener que pasar-respondió el joven. 
-Sospecho que no está acostumbrado a jugar a las cartas. Pero yo le puedo enseñar. 
                     Jonathan había accedido a jugar una partida de naipes con Margaret. La compañía de aquella joven le era muy grata. De hecho, se estaba acostumbrando a estar con ella. Habían pasado toda la mañana hablando. El saber que Margaret era apenas dos años menor que él le hacía pensar a Jonathan que poseía una madurez que no encontraría entre ninguna debutante. Había averiguado, gracias a Margaret, que su familia era más bien modesta, ya que el padre de Margaret era un sencillo vicario que había pasado toda su vida trabajando. 
-¿Ha jugado a los naipes?-quiso saber Jonathan. 
-Antes, jugaba con mi hermana Lucy-contestó Margaret-Una amiga suya le enseñó. Nuestro padre decía que eso era vicio. Pero nos dejaba jugar. 
-Usted tuvo suerte. Tuvo una hermana. Yo soy hijo único. 
                     El origen de Margaret no le importaba mucho. Siendo sincero, Jonathan creía que la joven le rechazaría si le contaba la verdad. Había ensayado mentalmente aquel momento con Abby en numerosas ocasiones. 
                      Jonathan se fijó mucho en Margaret. Por la mañana, cuando habían salido a pasear, se había percatado de que caminaba muy deprisa. Igual que Abby...No encajaba con la imagen de solterona que él había elaborado en su mente con otras mujeres. Con conocidas de su madre...Y volvió a pensar en su verdadera madre. ¿Se habría casado? ¿Dónde estaría? Apartó aquellos pensamientos de su mente. Miró las cartas que sujetaba.
                       Margaret era muy buena jugando a los naipes. Estaba encantada de poder enseñarle a jugar. Jonathan lo agradecía. Los juegos de mesa nunca habían sido su fuerte. 
                      Comparaba mentalmente a Abby con Margaret y también comparaba a Margaret con Edith. No se parecían en nada. Edith era una joven que debía de medir un metro y cincuenta y cinco centímetros. En cambio, Margaret era mucho más alta que su prima. Vestía de manera muy severa. El vestido que llevaba puesto de color oscuro no le sentaba nada bien. 
-Ya he conseguido ganar otra baza-sonrió Margaret. 
-Y yo me temo que he vuelto a perder-se lamentó Jonathan. 
-¿Su padre no jugaba nunca a las cartas, señor Lennon?
-Mi padre no creo que jugara a las cartas en casa. Sí recuerdo que viajaba mucho a Londres. Supongo que iría a Clubs de caballeros. Nunca he ido a un club de caballeros. Puede reírse lo que quiera de mí. 
-¡Es usted digno de ser estudiado, señor Lennon!
-No se lo imagina. 

 

-¿Y por qué nunca asiste a un club? Mi hermana me cuenta que mi cuñado se pasa el día en el club. Viéndolo así. Quizás, sea lo mejor. Pero no quiero aburrirle con mis cosas.
-No me aburre en absoluto. Hableme de su hermana. Se nota que la quiere mucho.
-Lucy y yo siempre hemos estado muy unidas. Desde que se casó, no hay ni un solo día en el que no la eche de menos. Compartíamos habitación. Nuestra casa en Manchester no es muy grande. Pero es muy acogedora. ¡Tiene que venir a vernos algún día! Manchester tiene muchos defectos, como el humo de sus fábricas. Pero la gente...¡Es encantadora! Mi madre tenía de su familia una casita en el campo. Lucy y yo íbamos mucho allí cuando éramos pequeñas. ¡Cómo disfrutábamos subiéndonos a los árboles! Leíamos libros subida en las ramas más altas de los árboles. Nos escondíamos entre las hojas para leer. Nuestra madre decía que parecíamos monos. Fue la época más feliz de mi vida mi niñez. Se lo puedo asegurar.
-No me cabe la menor duda. 
                    Margaret le dedicó una sonrisa abierta a Jonathan. No estaban solos en el salón. Tía Phoebe estaba sentada en la mesa escribiéndole una carta a una amiga. 
-La clase de hombre que andas buscando existe, querida-intervino la mujer. 
                    Margaret sintió cómo una ola de calor la atravesaba. 
-¿Y qué clase de hombre anda buscando, señorita?-quiso saber Jonathan. 
                    Margaret empezó a barajar las cartas. 
-Busco un hombre que sea serio-contestó-Que no sea un libertino. 
                    Jonathan pensó que él no era ningún libertino. Le parecía ridículo el haber estado sólo con una mujer en su vida. 
-No soy la clase de hombre que va por el mundo seduciendo mujeres-se sinceró Jonathan-O forzando mujeres. 
-Por desgracia, existen hombres así-admitió Margaret. Empezó a repartir cartas-No admiten que una mujer les rechace. O que no quieran que las seduzcan. Prefieren ser decentes. Yo respeto a esas mujeres. Pero ellos...Deciden que las van a tomar. Aunque sea por la fuerza. No les importa que, después, las dejen con una vida destrozada. ¿Sabe qué es lo peor? En ocasiones, esas mujeres quedan embarazadas de sus violadores. Esos niños no los quieren sus madres porque son el fruto de algo horrible. Sabe Dios lo que puede hacer una mujer en esos momentos. No quiero verme en esa situación. 
-Entiendo lo que quiere decir. El hombre que fuerza a una mujer deja de ser hombre. Y se convierte en un hijo de puta. 
-Tiene razón. 
-No hablemos de eso-intervino tía Phoebe-Me pone enferma. Cambiad de tema. Hablad de cosas bonitas. Edith está a punto de llegar. 
                        Margaret decidió hacerle caso a su tía. No se fijó en Jonathan. 
                        El joven se había puesto blanco. Le temblaban las manos al coger las cartas. 
                        Edith había ido a visitar a una amiga suya. Vivía en la vecina isla de Sheep. 
                        Había salido hacía dos horas acompañada por su dama de compañía. El reloj de la sala de estar de pie dio las cuatro y media. En aquel momento, alguien golpeó la puerta. El mayordomo acudió a ver quién era. Abrió la puerta. Entraron Edith y su dama de compañía. Edith venía contenta de visitar a su amiga. 
                       Jonathan estaba mirando fijamente a Margaret. Le gustaba mucho su espeso cabello de color castaño con algunos matices claros. Sus ojos de color azul le miraban fijamente. Sus mejillas eran sonrosadas. Sus labios eran de trazado carnoso. Y emanaba una seguridad en sí misma que le recordaba demasiado a Abby. No es Abby, pensó Jonathan. 
                    La voz de Edith le sacó de su ensoñación. Entró en el salón. 
-Hola, mamá-saludó contenta. 
-Has llegado a la hora que has dicho que ibas a llegar-observó tía Phoebe. 
-Ya sabes que no me gusta preocuparte. Me he divertido mucho. Hemos estado en casa de Penélope Wingfield. ¡Esa mujer es fascinante! Ha estado en Edimburgo. 
                    Tía Phoebe frunció el ceño. Penélope Wingfield era la mujer del primo de un duque. Los dos se habían ido a vivir a la isla de Sheep nada más casarse. En realidad, Penélope tendría que haberse casado con el duque. Pero lo abandonó para escaparse con su primo a Gretna Green. 
-Está muy enamorada de su marido-afirmó Edith-¡Yo también quiero vivir un amor como el que está viviendo ella! 


                       Margaret le dedicó una sonrisa a su prima. Le gustaba verla de buen humor. Edith era romántica, como lo podía ser cualquier chica de diecisiete años. 
                        El rostro de Edith reflejaba la alegría de haber visitado a su amiga y de haber disfrutado de la compañía de una mujer tan interesante como Penélope Wingfield. 
-¿Conoces al señor Wingfield?-quiso saber Margaret. 
-Aún no me lo ha presentado-contestó Edith. 
                      Se percató de que su prima estaba con Jonathan. Se acercó a saludarle dándole un beso en la mejilla. Contempló con alegría que los dos estaban entretenidos jugando a las cartas. Habían pasado todo el día juntos. Les había acompañado en su paseo aquella misma mañana. Para sus adentros, Jonathan y Margaret hacían una hermosa pareja. Jonathan era un poco más alto que Margaret. 
-Yo conocía a un joven apellidado Wingfield cuyo primo era el hijo de un duque-recordó Jonathan-Se llamaba Frederick. 
-¡Frederick!-se asombró Edith-¡Así se llama el marido de Penélope Wingfield! ¿Cómo lo sabes?
-Frederick y yo éramos amigos en la niñez. Sus padres estuvieron viviendo en Chedworth. 
-Espera que haga memoria. Conozco a gente allí, de cuando iba a visitarte. 
                    Edith buscó una silla y se sentó junto a Jonathan mientras intentaba hacer memoria. 
-Nunca he estado en Chedworth-se lamentó Margaret. 
-Puede venirse conmigo cuando regrese-le ofreció Jonathan-Yo, con mucho gusto, le enseñaría mi pueblo. 

sábado, 21 de diciembre de 2013

¡FELIZ NAVIDAD!

Hola a todos.
Hago esta entrada rápida para daros una noticia.
Todos mis blogs van a permanecer inactivos hasta enero.
Recuerdo que dije en verano que intentaría estar de vacaciones durante los meses de calor, pero no cumplí mi promesa. Soy demasiado inquieta y no puedo parar.
Sin embargo, esta vez voy a intentar cumplirla. Hacer un pequeño parón y volver con energía renovada en el 2014. La idea de cerrar el blog por Navidad luchaba contra mi idea de que permaneciera abierto. Pero, finalmente, se ha impuesto la primera.
 Han puesto un mercadillo navideño en la Calle Mayor de mi ciudad. El Árbol de Navidad es muy bonito. Los villancicos suenan todo el rato. Y me apetece descansar en Navidad para volver con las pilas cargadas después de Reyes.
No habrá actividad en ninguno de mis blogs hasta después de Reyes. Después de eso, quiero terminar todo lo que tengo a medias.
Y traeré nuevos proyectos para el año que viene.

¡FELIZ NAVIDAD!
¡Y PRÓSPERO AÑO NUEVO A TODOS!

¡MIL GRACIAS POR ESTAR AHÍ!


viernes, 20 de diciembre de 2013

EL REENCUENTRO

Hola a todos.
Aquí os traigo la segunda entrada del día.
Se trata de un relato con el cual quiero presentarme al reto navideño que organiza el blog "Acompáñame". Tiene que contar las peripecies de un perro en la cocina y tiene que ser cortito (no más de dos páginas de word).
Este relato, junto los demás relatos que se vayan a presentar, se juntarán en una Antología de descarga gratuita.
¿A que suena bien?
Mi relato se llama El reencuentro. Es de época, tiene tintes románticos y un perro como testigo de todo.

LONDRES, 1803

            Hacía rato que los criados se habían retirado. Habían dado cuenta de su particular cena de Nochebuena. Era su momento. Llevaba toda la noche esperando. 
                  Siro era un dálmata que estaba en la cocina. Daba cuenta de las sobras de la cena de Nochebuena. En el salón, se oía el sonido de unos violines interpretando un vals. Su dueña, lady Jessica Pettigrew, entró en aquel momento en la cocina. 
-Tú también buscas estar solo, amigo-le dijo al dálmata con una sonrisa triste. 
                  Jessica era la hija del conde de Smith. Se trataba de una joven que había recibido una esmerada educación. Se había comportado durante años como se esperaba de ella. Sabía tocar muy bien el arpa. Era hermosa. Era dulce. Poseía una larga melena de color castaño. Sus ojos eran de color azul oscuro. Además, su padre le iba a proporcionar una elevada dote. 
-No soporto estar allí fuera-le confesó a su amigo peludo-Me agobio. 
                  Siro escuchó la música que salía del salón. Los invitados, pensó, ya habrían cenado. Jessica quería alejarse de aquel bullicio. El baile ya había empezado, pero ella quería estar sola. 
                  Recordó la cena de Nochebuena. El mayordomo trinchando el pavo. Los invitados hablando entre ellos de temas frívolos. Recordó a su prima Sarah callada. Y ella fingía escuchar y seguir aquellas conversaciones. Pero algo en el interior de Jessica había cambiado. 
                 Siro se acercó a su ama. Jessica agradeció el tenerle cerca. Su familia no la entendía. En realidad, era Sarah quien no la entendía. Sus padres no sabían nada. Ni siquiera lo sospechaban. Era mejor así. ¿Cómo se le había ocurrido enamorarse de un traidor? Lord Smith era un vehemente enemigo de Napoleón, si bien no pensaba viajar a la Península a luchar contra él. Prefería quedarse sentado en el sofá del salón de su mansión en el lujoso barrio de Mayfair. 
-Brian no es ningún traidor-le dijo Jessica a Siro-Puede que tenga razón. Puede que Napoleón sea un buen gobernante. Yo sólo quiero estar con Brian. No conozco a Napoleón, pero no puede ser peor que nuestro Rey. 
                     Jessica vivía con sus padres y con su prima Sarah. Siro había oído a Jessica discutir con Sarah en numerosas ocasiones. Y todo porque Jessica se había enamorado de un partidario de Napoleón. No de un agente del Servicio Secreto que se estaba haciendo pasar por traidor. No...De un verdadero partidario de Napoleón...Y eso era algo que Sarah no podía entender. 
                    A pesar de que lo intentaba. 
                   Siro las había oído discutir aquella misma tarde, en la habitación de Sarah. 
-Si Brian regresa, me iré con él-le informó Jessica a su prima-Nos amamos. 
-¿Cómo has podido enamorarte de un traidor?-le increpó Sarah-¿Has olvidado que sirve a Napoleón? Si fuera un agente secreto en plena misión, fingiendo que es un traidor, yo lo entendería. ¡Pero no es así!
                 Siro estaba echado sobre la cama. Pensaba en la cena de Nochebuena que le esperaba. Pero... Odiaba ver a Jessica sufrir. Su propia familia parecía estar en contra de ella. 
-No me importa-afirmó la joven-Brian es el amor de mi vida. 
                     Unos golpes en la puerta de la cocina sobresaltaron a Jessica. Siro se puso en guardia. Jessica ahogó un grito al ver quién era. 
-¡Brian!-chilló feliz. 
                 Siro ladró contento. 
                 Brian había vuelto a casa. 
                  Brian Harper era hijo de un matrimonio inglés perteneciente a la nobleza rural. Le gustaba leer desde que cayó un libro por primera vez en sus manos, tiempo atrás. Los ecos revolucionarios de Francia llegaron hasta la casa solariega de sus padres. 
                   Brian acababa de regresar de una dura misión. Varios compañeros suyos habían muerto a manos de un agente del Servicio Secreto Británico. Aquel hijo de perra se había hecho pasar por partidario de Napoleón. Se había ganado la confianza de varios compañeros de Brian. Y los había matado de manera atroz. 
                     Brian lo estuvo persiguiendo por toda Inglaterra. Finalmente, dio con él. 
                    No dudó en matarlo ni un sólo instante. Después de eso, envió coordenadas falsas a los superiores de aquel tipo, indicándoles dónde iban a realizar los partidarios ingleses de Napoleón una entrega de armas. Se trataba de una trampa y algunos espías ingleses cayeron en una emboscada. No sobrevivió ninguno de ellos. 
-¡Jessica, amor míio!-exclamó Brian feliz-¡Por fin! ¡Por fin he vuelto! ¡Estoy aquí!
                     Siro se acercó a él para saludarle. Movió la cola contento. 
-¡Hola, Siro!-le saludó Brian. Se agachó. Le acarició el lomo-¿Cómo estás, amigo? ¿Estás contento de verme? ¿Has cuidado bien de Jessica?
                    El dálmata volvió a ladrar. 
-No hagas mucho ruido-le recomendó Brian-Escúchame. Nadie, excepto Jessica y tú, deben saber que estoy aquí. ¿Entendido? Estás mucho más gordo que cuando me fui-Le rascó detrás de la oreja-Los cocineros te tratan como a un Rey-Se rió. 
-Sí...-intervino Jessica-Es muy buen perro. 
-Te lo regalé yo-le recordó Brian. 
                    Los dos enamorados se fundieron en un fuerte abrazo. Brian llenó de besos el rostro de Jessica. Los dos acabaron fundiéndose en un beso apasionado y cálido. 
                      Siro había sido testigo fiel de los besos dados por los dos enamorados en el jardín trasero de la casa de los condes. 
                       Se amaban. Más allá de la guerra...De todo...
                       Cayeron sobre el suelo de la cocina. 
                       Sus manos buscaron la piel del otro bajo la ropa. No les importaba nada. 
                       Se abrazaron. Se besaron. Se acariciaron mutuamente. 
                      Se besaron muchas veces con fuerza. Se abrazaron muchas veces con intensidad. 
                      Siro no entendía nada. Se retiró a un rincón a seguir cenando. Estaba contento porque veía a su ama contenta. Miraba, de vez en cuando, hacia la puerta. Si alguien entraba en la cocina en aquel momento, se lo impediría. 
                     Jessica se dejó llevar por lo que le dictaba su corazón. Se abandonó a los brazos de Brian. Él llenó de besos su hermoso rostro, el rostro de su amada. Mordisqueó el lóbulo de su oreja. La besó varias veces en el cuello. Los dos se habían quedado medio desnudos. Llenó de besos sus hombros. No podía parar de acariciarla bajo la ropa. 
                       Jessica tocó el cuerpo de Brian por todas partes. 
                        Siro no entendía el porqué se chupaban mutuamente sus amos. 
                       Sólo sabía que los dos se amaban. Terminó de dar cuenta de su cena de Nochebuena. Estaba lleno. La cena había sido exquisita. Se retiró a su rincón de la cocina. Dormía allí. Hoy, pensó Siro, es una noche de felicidad. 


FIN

He optado por convertir al protagonista humano en un inglés al servicio de Napoleón porque me cansa un poco el rollo de que el malo malísimo de las novelas de la Regencia sea un inglés partidario de Napoleón. He querido cambiar un poco eso. 
En líneas generales, el relato es éste. 
Espero que os guste. 

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
En el fragmento de hoy de Segundas oportunidades, veremos cómo avanza la relación entre Jonathan y Margaret ante la mirada de Edith y el beneplácito de los tíos de Margaret.
Pero, como he dicho, cualquier cosa puede pasar en esta historia.

                          La familia Hollins estaba dando cuenta de una taza de café después de la cena.
-Dentro de un par de semanas, estaremos de celebración-le informó tía Phoebe a Jonathan-Nuestra pequeña Edith cumple dieciocho años. Lo vamos a celebrar con una fiesta.
-¿En serio la pequeña Edith ya no es tan pequeña?-sonrió Jonathan-¡Cómo pasa el tiempo! Yo aún recuerdo a la niña que jugaba a las casitas de muñecas.
-Hace ya algún tiempo que ya no juego con muñecas-afirmó Edith, intentando componer un gesto maduro-Soy ya toda una mujer. Ya uso vestidos largos.
                        Pero seguía tomando leche caliente en una taza antes de acostarse, pensó la chica.
                         Todos se rieron.
                        Margaret clavó sus ojos en los ojos de Jonathan. El joven se sintió observado por ella. Era una sensación extraña la que recorría todo su cuerpo.
-Espero que se quede a la fiesta de cumpleaños de mi prima, señor Lennon-dijo Margaret-Será muy divertido.
                        Hacía mucho que Jonathan no acudía a ninguna fiesta. Desde la muerte de Abby, se había encerrado en sí mismo. No quería salir a la calle. Rechazaba todas las invitaciones que le hacían.
-No creo que tenga el ánimo suficiente como para ir a una fiesta-se sinceró-Hace mucho que no voy a una. Y...
                    Tío Edwin le interrumpió. Aseguró que la fiesta de cumpleaños de Edith sería algo muy íntimo y muy sencillo. Asistirían las amigas que la chica tenía en la isla.
-Pero habrá una orquesta, ¿no, papá?-inquirió Edith-¡Yo quiero bailar!
-Estoy buscando una orquesta-le contestó tío Edwin-Y, por supuesto, tendrás la ocasión de bailar. Nuestra Edith está muy ilusionada-Se dirigió a Jonathan-Es su primera fiesta. Y, aunque sea sólo por ella, espero que estés con nosotros para entonces.
-Si le soy sincera, yo tampoco voy a fiestas-le confesó Margaret al joven-No sé bailar. Puede hacer como yo. Sentarse y ver cómo los jovenzuelos se divierten.
                    Margaret le dedicó a Jonathan una sonrisa resplandeciente. El joven se quedó sin hablar. Pensó que, cuando Margaret sonreía, su rostro se iluminaba de un modo increíble. Igual que Abby, pensó.
                     No tenía ganas de ir a fiestas. Tenía que escribirle al detective de Scotland Yard que estaba buscando a su verdadera madre. Llevaba ya tres días viviendo con los Hollins. Y aún no se había puesto en contacto con él.
-¿Van a invitar a la mujer de negro?-quiso saber Jonathan-Puede que sea una ermitaña. Pero...Si les soy franco, agradecería la compañía de la gente.
                     Sus tíos lo negaron.
                     Aquella mujer parecía huir la gente.
-Es una pena-admitió Jonathan.



                        Jonathan decidió retirarse temprano. Se despidió de todos los miembros de la familia Hollins. Cogió la mano de Margaret y se la besó con suavidad.
                         Salió del comedor.
-¡Espera!-le gritó Edith, de un modo muy poco correcto.
-¿Adónde vas, Edie?-le preguntó tía Phoebe.
                         La muchacha se puso de pie.
                         Antes de llegar a la escalera, Jonathan fue abordado por Edith.
-¿Qué quieres, prima?-le preguntó.
-Quería desearte las buenas noches-respondió Edith-Y decirte que nos alegramos mucho de que estés aquí. Sobre todo, mi prima Margaret se alegra de que estés aquí.
                      Al escuchar aquella respuesta, Jonathan arqueó las cejas.
-Prima Edith, me siento halagado de que pienses así-dijo-Pero no creo que tu prima piense así. ¡Si casi no me conoce!
-Pero ella dice que le pareces un buen muchacho-le aseguró Edith-No pareces la clase de hombre que se van a los Clubs. Ni la clase de hombre que haga sufrir con sus engaños a una mujer. Eres todo un caballero, primo.
                     Jonathan sonrió. Se sintió halagado. Pensó que Margaret no le conocía bien.
-Prima, no sabes lo que dices-afirmó.
-Yo estoy muy contenta de que estés aquí-insistió Edith-Y de que vayas a estar presente en mi fiesta de cumpleaños. Mi prima no sabe bailar. ¡Pero tú sí sabes bailar! Bailarás una pieza con ella. ¿Verdad que sí?
-Eres muy amable, prima. Pero...Hay cosas de mí que no sabes. Y puede que no quieras saber. El mundo es un lugar terrible. Hay muchos hombres que no merecen ser llamados hombres. Y les hacen cosas terribles a las mujeres.
-¿Conoces a un hombre así?
                      Jonathan sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta.
                       Sé de un hombre que violó a una mujer de una manera tan brutal que por poco la mata, pensó con rabia. Sé que esa mujer quedó embarazada a consecuencia de aquella brutal violación. Y sé que esa mujer estuvo a punto de volverse loca por portar en sus entrañas el hijo de un ser tan abyecto y abominable. No pudo soportarlo. Y se provocó un aborto. Pero ocurrió algo. Y yo estoy aquí hablando contigo.
                       Recordó algo. Nunca le contó a Abby la verdad acerca de sus orígenes. Para su esposa, ella era el hijo de los señores Lennon. Se sintió incapaz de sincerarse con ella. Había pensado en decírselo. Pero nunca encontró el valor para hacerlo. Había imaginado la escena cientos de veces. El horror dibujado en los ojos verdes de Abby...Su rostro mirándole con gesto desencajado. Su boca contraída en un rictus de asco. De repungnancia...Él querría cogerle las manos. Pero Abby se apartaría de él. ¡No me toques!, le gritaría. ¡Nunca vuelvas a tocarme! Ello le hacía pensar en el aspecto íntimo de su matrimonio. No era sólo el hecho de que, en la cama, Abby se sentía rígida entre sus brazos. Le costaba mucho trabajo devolverle un beso. No se trataba de recato. Era auténtica falta de pasión.
                       Jonathan no podía mirarla a los ojos y contarle la verdad. Que él era un feto que debió de haber sido expulsado muerto del vientre de su madre. El fruto de una violación...Tenía miedo de la reacción de Abby.



                      Y no podía contárselo a Edith. Su prima era una muchacha pura y virginal y se horrorizaría al saber la verdad.
-¡Pero tú no tienes nada que ver con ese malnacido!-afirmó Edith con firmeza.
-Prima...-titubeó Jonathan-Hay cosas que tú no sabes.
-¡Te equivocas! Hay algo que sí sé. Eres un buen hombre, Jonathan. La clase de un hombre que enamoraría a una mujer.
                      Edith le estampó un beso en la mejilla a Jonathan. Un gesto de cariño...El joven se vio reflejado en los ojos de color azul cielo de Edith. Vio que no había asco en aquellos ojos de mirada limpia. La besó en la frente.

jueves, 19 de diciembre de 2013

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
Esta mañana, toca un nuevo fragmento de Segundas oportunidades. Veremos cómo Edith intenta sonsacarle a Margaret lo que siente por Jonathan.

                          Sentada en el sofá, Margaret removía una y otra vez su taza de té con gesto serio.
-Creo que has removido ese té cien veces-observó Edith, quien estaba sentada a su lado-¿Vas a contarme de una vez lo que te pasa?
-A mí no me pasa nada-contestó Margaret.
-Te conozco bien, prima. Pones esa cara cuando estás pensando en algo. O, mejor dicho, en alguien.
                       Margaret bebió un sorbo de su taza de té.
-¿Y en quién crees que estoy pensando?-se burló.
-Piensas en cierto caballero que hace dos días que llegó a esta casa-apostilló Edith-Cierto caballero de ojos color turquesa...Hijo de un primo de papá...
-¡Por el amor de Dios, Edith! ¡Si casi no le conozco!
                       La aludida arqueó las cejas.
                       Estaba siendo sincera. Jonathan había llegado hacía apenas dos días. ¿Cómo podía sentirse interesada en alguien que era casi un desconocido para ella?
-Lo único que sé de él es lo que me habéis contado-añadió-Que es viudo. Y que su padre es primo de tío Edwin.
-El primo Jonathan es hijo único-le contó Edith-Siempre ha sido un muchacho serio y tranquilo. Yo le recuerdo muy enamorado de su mujer, de Abby.
                     Margaret se fijó en que había admiración en la voz de Edith al hablar de aquella mujer. Su prima cogió una galleta y le dio un mordisco.
-Recuerdo que los vi una vez besándose en la cocina-recordó-Abby era la hija de la doncella personal de la madre de Jonathan, Eliza. Pero todo el mundo se alegró muchísimo cuando decidieron casarse. Es algo raro. Yo he oído hablar de matrimonios que han puesto el grito en el cielo cuando sus hijos se casan con los hijos de la servidumbre. Pero no fue el caso. Una vez, oí a la prima Eliza contarle a una amiga que le estaba muy agradecida a Eire, la madre de Abby. Cuidó de ella cuando estaba enferma. Le debía la vida. Quería a Abby como si fuera una hija. La recuerdo como una chica muy parecida a ti, prima.
                   Margaret la miró atónita.
-No te creo-afirmó.
-Eres tan inquieta como lo era Abby-insistió Edith-Y también eres tan impulsiva como lo era ella. Yo siempre la admiré. Y deseé ser como ella. Sin embargo, mi carácter es éste y no lo puedo cambiar.
                 Margaret le palmeó las manos.
                Se sintió rara al saber que Edith la comparaba con una mujer que estaba muerta.
-¿Sabes de qué murió?-le preguntó.
-Oí decir que sufrió un accidente-respondió Edith-Perseguía a su perro, que se había escapado. Un carruaje la atropelló. Murió al día siguiente. Por lo que sé, Abby y Jonathan siempre quisieron tener hijos. Pero los niños nunca llegaron.



-Entiendo.
-Estoy muy contenta con que el primo Jonathan esté aquí. ¡Casi no ha cambiado nada desde que lo vi por última vez!
-Tiene que haber cambiado en algo. Ahora, tiene veintisiete años. Ya no es ningún chiquillo.
-Supongo que no. Veo mucha tristeza reflejada en sus ojos. Amaba perdidamente a Abby. Y sospecho que la sigue amando.
                          Margaret frunció el ceño al escuchar a su prima. Lo último que quería era sentirse atraída por un hombre que nunca se fijaría en ella.
-Tus padres hacen mal en querernos emparejar-opinó Margaret-Su plan está condenado al fracaso.
                        Edith lo negó moviendo la cabeza.
                        Al igual que sus padres, estaba convencida de que Margaret era la mujer que más le convenía a Jonathan. De momento, su prima estaba empezando a interesarse en él.
-Intenta verle a solas-le sugirió-Habla con él. ¡Los dos sois muy parecidos también! Prometo que no le diré nada ni a mamá ni a papá-Levantó la mano derecha-¡Jurado!
-¿Te has vuelto loca?-se escandalizó Margaret.
                       Pensó que Edith podía ser una excelente casamentera. Pero debía de estar loca cuando le sugería verse a solas con Jonathan. Lucy tuvo que casarse con aquel hombre después de que les sorprendieran besándose.
-¿Has pensado en el peligro que correría mi reputación si se sabe que me veo a solas con un hombre?-le reprochó a Edith.
-No estaréis a solas-la tranquilizó la chica-Yo estaría con vosotros.
                       Margaret mordisqueó una galleta con gesto pensativo.
-Nunca he hecho eso-admitió.
                        Nunca antes se había citado con un hombre a solas. El caso era que ningún hombre la había cortejado antes. Y tampoco veía a Jonathan dispuesto a cortejarla. Si su prima Edith tenía razón y Jonathan seguía enamorado de la difunta Abby, Margaret estaría perdiendo un tiempo muy valioso interesándose en él.
-¡Seguro que es fácil!-palmoteó Edith, encantada.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Hola a todos.
Durante los próximos días, empezaré a subir más de seguido trocitos de esta historia.
Mi mayor deseo es sorprenderos con ella.
La llegada de Jonathan revoluciona la casa de los Hollins. En concreto, revoluciona a la sobrina de los dueños de la casa.
¡Vamos a ver lo que pasa!

                          La presencia de Jonathan en la casa de los Hollins tenía a Margaret algo nerviosa. La noche antes, le había costado mucho trabajo conciliar el sueño y pensaba en que su habitación estaba pegada a la habitación en la que dormía Jonathan. Tuvo mucha suerte. El joven dormiría hasta muy entrada la mañana. Cuando Margaret se reunió con su familia en el comedor, encontró la silla que iba a ocupar Jonathan vacía.
-¿Dónde está nuestro invitado?-preguntó con algo de sorna.
-Está descansando-respondió tía Phoebe-Aún no me has contado qué te parece. Yo le encuentro muy guapo.
-¡Tía Phoebe!
                   La mujer le dio un mordisco a su tostada con aire distraído.
                  Edith bebió un sorbo de su taza de leche para disimular una sonrisa.
                  En aquel momento, Margaret bebió un sorbo de su taza de té. Estuvo a punto de atragantarse cuando vio a Jonathan entrar en el comedor.
-Buenos días...-saludó amable.
-Creía que ibas a dormir hasta muy tarde-se sorprendió tío Edwin.
-Ya he descansado. Y tengo hambre.
-Siéntate al lado de Margaret-le invitó tía Phoebe.
                Jonathan aceptó la sugerencia. Se sentó en una silla al lado de Margaret. La joven le miraba de reojo.
               


-¿Ha dormido bien?-le preguntó.
-He descansado bastante-respondió Jonathan.
-Si quiere, puedo enseñarle la isla. No hay mucho que ver. Pero llevo poco tiempo viviendo aquí y puedo decirle que es preciosa.
-¡Margaret!-se asombró Edith.
                    Jonathan se sirvió una taza de café. Bebió un sorbo. No le importaría conocer aquella isla.
                    Margaret era una joven directa.
-Tu prima os acompañará-anunció tío Edwin-Hay que pensar en los vecinos. Una pareja sola paseando por la isla.
-Daría de qué hablar-añadió Margaret-Ya lo sé. Mi madre me lo decía muy a menudo.
                     Jonathan disimuló una sonrisa. La isla le había llamado la atención cuando se acercó a ella en la barca. Tenía una curiosa forma. Pero le llamaban la atención la gente que vivía en ella. Como la mujer de cabello rojo que había huido de él.  Y la propia Margaret...Había algo en ella que le recordaba mucho a Abby.
-¿De dónde es usted?-le preguntó Jonathan a Margaret.
-Soy de Manchester-respondió la joven.
-Inglesa...Es curioso.
-¿Por qué dice eso?
-No conozco a muchos ingleses. Tiene usted un acento muy bonito.
                     Edith emitió una risita. Margaret luchó por no ruborizarse.
-Es usted muy amable, señor Lennon-dijo Margaret.
                     Tío Edwin y tía Phoebe intercambiaron una sonrisa complaciente. Su plan empezaba a dar sus primeros frutos.
                      Jonathan se fijó en que el cabello de Margaret era de un reluciente color castaño. Había algo en aquella mujer que la convertía en alguien muy interesante. No sólo por el hecho de que era dos años menor que él, (tenía veinticinco años). Poseía unos rasgos perfectos y hermosos, en su humilde opinión. Se preguntó el porqué una joven tan atractiva seguía siendo soltera a aquella edad.
                     Los ojos de Margaret eran de un intenso color azul que tiraba hacia el azul oscuro. Su mirada era descarada y, al mismo tiempo, inteligente. Por lo que le habían contado, era una mujer sensata. Podía parecer mucho más mayor de lo que era. Pero, al mismo tiempo, podía parecer mucho más joven de lo que era.
                  Se fijó en los pechos de Margaret. El corpiño de su vestido de color marrón revelaba unos pechos pequeños, pero firmes. Sintió asco de sí mismo. ¿Qué hacía mirándole los pechos a una desconocida?
                  Margaret poseía una figura ligeramente redondeada, pero no estaba gorda. No era rolliza. Estaba rellena en los sitios precisos donde debía de estarlo. Jonathan movió la cabeza. El viaje le había debido de dejar trastornado porque estaba pensando que aquel vestido de color marrón no le hacía justicia a Margaret.
                      Bebió un sorbo de su taza de café.



                    Mentalmente, comparó a Margaret con Abby y quiso pensar que su esposa habría salido ganando de manera amplia. Pero las encontraba muy similares.

                    Aceptó de buen grado dar un paseo en compañía de Edith y de Margaret. La primera no paraba de parlotear. Le enseñó a Jonathan los pocos árboles que crecían en la isla. El joven le prestó atención. Edith estaba encantada de vivir en aquel lugar. Caminaron por Wood Hill. Edith se lamentó de que los árboles estaban desapareciendo de aquel lugar. Margaret, en cambio, guardó silencio. Cuando Edith hablaba, prefería callarse.
-¿Le gusta vivir en este lugar?-le preguntó Jonathan.
-Es una isla tranquila y pequeña-respondió Margaret-No se diferencia de otras islas.
-¡Te equivocas!-replicó Edith-Esta isla tiene una forma graciosa de cuchara. ¿Te has fijado, primo Jonathan? Cuando venías hacia aquí.
-Me fijé-contestó Jonathan-Tienes razón, prima. Tiene una forma graciosa de cuchara. Nunca antes había visto nada semejante. Lo cierto es que nunca antes he salido de Chedworth. Me siento raro. Es la primera vez que estoy lejos de mi casa.
-Puedo entenderle-intervino Margaret-Yo echo de menos Manchester. Es una ciudad muy alegre.
                    Siguieron caminando.
                   Jonathan se fijó en el porte orgulloso y altivo de Margaret. Habló de Manchester con pasión. La misma pasión con la que Edith hablaba de Sanda.
                   Jonathan admiró a ambas por ello.
-¿Tiene familia en Manchester?-le preguntó a Margaret.
-Mi madre...-respondió la joven-Mi hermana...Las dos viven allí. Mi hermana se llama Lucy. Es un poco mayor que yo. Está casada. Se casó hace poco.
-Me gustaría que me contara más cosas. Manchester parece una ciudad interesante.
                    Margaret sonrió. Le habló de su casa en la ciudad. De la relación que mantenía con su madre.
                    Le contó lo mucho que echaba de menos a su hermana Lucy. De que deseaba que fuera feliz en su matrimonio. Pero lo dudaba mucho. No le contó que el matrimonio de Lucy había sido un tanto forzado. Eso era algo que a Jonathan no le importaba.
-¿Tiene algún pretendiente esperándola en Manchester?-le preguntó Jonathan.
-¿Un pretendiente?-se rió Margaret-¿Habla en serio?
-¿He dicho algo gracioso? Su hermana está casada. Y usted puede ser cortejada por cualquier hombre con dos dedos de frente.
                      Margaret se echó a reír con ganas. Desde luego, pensó, el señor Lennon no podía estar hablando en serio. ¿Cómo podía tener ella un pretendiente? Edith le dio un codazo. Era su manera de hacerle ver que Jonathan estaba hablando en serio. Sin embargo, Margaret no dejó de reírse. Jonathan la miró con las cejas arqueadas. No entendía el porqué Margaret se estaba riendo sólo porque él le había dicho que podía haber un pretendiente esperándola.
-Le ruego que me disculpe-se excusó Margaret-Pero he encontrado gracioso su comentario, señor Lennon. Se equivoca. No hay ningún pretendiente esperándome en Manchester.
-Es una pena-opinó Jonathan.
-Mi prima es todo un tesoro-intervino Edith-El hombre que se case con ella tiene que ser especial. Tiene que quererla por encima de todo.
                     Margaret la miró con cariño.
-Eres muy amable, Edie-le dijo.
                      Jonathan miró a ambas primas. Más que primas, Margaret y Edith parecían hermanas. Estaban muy unidas.
                       Le había agradado escuchar la risa de Margaret.
                       Los ojos de la joven brillaban cuando se reía. Advertía en ella a una joven inteligente. Y eso le agradó.