Ésta es la segunda crítica literaria que hago.
Y la novela que vengo a reseñar es "La más bonita de las flores", de Raquel Otero.
Es su primera novela romántica de época y, a decir verdad, espero que no sea la única que escriba de este estilo.
Os dejo con la información que da bubok de la novela.
"La más bonita de las flores".
Autor: Raquel Otero.
Estado: Público.
Número de páginas: 214
Tamaño: 150x210
Interior: Blanco y negro.
Maquetación: Pegado.
Regina López es una joven granjera que vive a las afueras de un pueblo llamado Campdevànol en Lérida. Su padrastro emprende un largo viaje de negocios a Inglaterra y su madre cae gravemente enferma. Durante un breve encuentro, inevitablemente Regina queda enamorada del joven vizconde Carlos de la Vega, pero el padre de éste no está contento con esta relación. Regina pierde a sus padres en unas duras condiciones y Carlos la protegerá de los múltiples peligros que rondan sobre ella, pues no permitirán que le hagan daño alguno.
La acción de esta historia transcurre en el año 1830 en un pequeño pueblo de Lérida, Campdevànol. Allí vive Regina López, una bonita y joven granjera. Su padre murió cuando ella tenía cinco años y su madre, María Catalina, volvió a casarse con Nicolás. La relación entre Regina y su padrastro no es del todo cordial. Un día, éste emprende un viaje a Inglaterra por negocios. Deja a cargo de la granja a Fernando, hacia el que Regina siente una gran antipatía y con razón, como veremos más adelante.
La casualidad hace que Regina conozca a Carlos de la Vega, un joven vizconde. El flechazo es inmediato.
Hay muchas cosas que, a simple vista, podrían separar a Carlos y a Regina. Sin embargo, deciden, casi desde el primer momento, luchar por estar juntos.
Pero parece ser que todo el mundo se opone a esta relación. Está Fernando, que está obsesionado con Regina y se dedica a hacerle la vida imposible. Y, por el otro lado, está el padre de Carlos, don Bartolomé de la Vega, un auténtico, con perdón de la palabra h.d.p.
Desde el primer momento, intentará impedir que Carlos y Regina acaben juntos. Y sospecho que no es por la cuestión social, sino porque, en el fondo, no quiere que Carlos sea feliz. Y si tiene que secuestrar y asesinar para conseguir su objetivo, lo hará. Pero ésas son algunas de las canalladas que comete y ha cometido a lo largo de su vida. Si leen la historia, descubrirá hasta qué extremo de crueldad alcanza con su propio hijo.
MI OPINIÓN PERSONAL:
¡Me ha encantado! Es una historia de dieciocho capítulos que se hace corta y te deja con ganas de más. Está contada en primera persona a través de Regina y me he quedado con ganas de conocer más a fondo los pensamientos y los sentimientos de Carlos, sobre todo, hacia el final de la historia cuando piensa que su padre no puede ser más h.d.p porque no puede. Lo siento. Pero acabé aborreciendo con toda mi alma a don Bartolomé. Pero adivinas lo que ellos sienten a través de Regina. En realidad, ella pone un poco la voz a todos los personajes.
Está narrada con un estilo sencillo. Sencillo no quiere decir simple. La historia es muy intensa. Los personajes sufren y pelean para poder estar juntos. Acabas conociéndolos a fondo porque los ves a través de los ojos de Regina.
Es una historia que va directa al grano. En lugar de dar mil rodeos para que la acción arranque o se desarrolle, cuenta desde el inicio lo que va pasar y cómo va a pasar. Lo cual se agradece.
No es una novela que tenga muchos personajes. Tiene pocos y, como dije cuando hice la crítica de "Tormenta de amores", es mejor que tenga pocos y cumpliendo su papel que muchos que sólo hagan de mera comparsa. Aquí, cada personaje cumple su papel.
Regina es una joven que ha tenido que pelear duro para salir adelante. Aún conserva cierta inocencia, pero no es ninguna tonta. Y sabe cómo funciona el mundo y cómo son ciertas personas que la rodean. No se deja engañar así como así y sabe defenderse sola cuando la ocasión lo requiere.
Carlos es un joven que decide pelear por conseguir lo que quiere y lo que quiere es estar con Regina. El amor ha llegado a su vida y no va a dejarlo escapar así como así. En su caso, no hay nada que le impida ser feliz, excepto su padre, que está ahí haciéndole la vida imposible. Pero Carlos no tiene miedo.
Nos hemos encontrado con novelas en las que los protagonistas son de distinta escala social. Casi siempre, él es el aristócrata y ella es una sencilla trabajadora. Institutriz, secretaria, modista...En este caso, Carlos es vizconde y Regina es granjera, si bien cuenta con la ayuda de una mujer, María.
En todas las novelas que he mencionado, los protagonistas piensan que no pueden estar juntos porque "el escándalo social sería terrible". Aquí no pasa eso. Carlos y Regina se conocen. Se enamoran. Y quieren estar juntos. El problema está en los demás, que se empeñan en separarlos y tienen que pelear por ser felices. No hay pajas mentales. No hay miedo. ¿Por qué se ha de tener miedo al amor? ¿Por qué el ser humano se complica tanto la vida? ¿Por qué no pueden ser como Carlos y Regina y lanzarse a ser felices?
Hay momentos conmovedores en esta historia, como cuando muere María Catalina, la madre de Regina, y también momentos llenos de acción, como cuando la granja es atacada por los lobos y Carlos es herido mientras intentaba defende a Regina.
Hay un personaje que me llegó al corazón y fue Carmen, la mejor amiga de Regina, obligada a ejercer la prostitución por su propio padre (otro h.d.p y perdón que me exprese así, pero es que aquí hay varios que merecerían una muerte lenta y dolorosa). Me hubiera gustado ver más desarrollada su historia de amor con Roberto, el único hombre que la ha respetado a lo largo de su vida.
Los personajes lo pasan mal a lo largo de la historia, pero saben plantarle cara a la adversidad y no se amilanan. Y eso es algo que me ha gustado mucho.
CONCLUSIÓN:
Una historia altamente recomendable. Si buscas amor, emoción, pasión, ternura y amistad, ésta es tu novela.
A Raquel le aconsejo que siga escribiendo tan bien como lo hace.
Y desearía leer la historia de Jorge de la Vega, el primo y mejor amigo de Carlos, casi como un hermano, si decide escribirla algún día. Porque me he quedado con conocer más a fondo a este personaje.
La novela está colgada gratis en su blog http://lamasbonitadelasflores.blogspot.com.es/
También se puede descargar gratis en bubok http://www.bubok.es/libros/208866/La-mas-bonita-de-las-flores
PUNTUACIÓN: 9,5
POSDATA: Espero estar mejorando a la hora de hacer críticas literarias.
Un blog sobre la novela romántica histórica. Escritores románticos, personajes conocidos, historias apasionadas...¡Un mundo lleno de romanticismo! Viaja en el tiempo hasta una época inolvidable.
miércoles, 4 de julio de 2012
martes, 3 de julio de 2012
CRUEL DESTINO
Se estaba comportando como un adolescente.
Lo supo desde el momento en el que salió de la casa donde se hospedaba. Un matrimonio adinerado lo había alojado en su casa.
Lo conocían de haber leído noticias suyas en los periódicos. Podían presumir ante sus amistades de tener hospedado en su casa a un conde. Sobre todo, a un conde como él. A pesar de haberse casado con una criada. A pesar de haber dado cobijo a su prima díscola. A pesar de todo...Lord Robert seguía siendo respetado en todas partes.
Salió de aquella casa. Necesitaba estar solo. Respiró hondo.
Tenía la sensación de que se iba a volver loco. Acababa de leer la carta que le había escrito Emma.
Su prima le pedía que no renunciara al amor. En el fondo, tenía razón. Nadie debía vivir sin amor.
Pero Robert ya había estado enamorado. Y Paula le había roto el corazón. Se lo habían advertido.
Paula nunca estuvo enamorada de él. Lo único que quería era convertirse en la condesa de Maredudd. Nunca fue aceptada por la aristocracia.
Le seguía doliendo la muerte de su mujer. Pero le dolía aún más su traición. El haberlo engañado.
Lord Robert Caernafon estaba paseando ante la fachada de la casa de los Wynthrop.
-¿Qué estoy haciendo?-se preguntó.
Podía sentir el perfume de las rosas del jardín de los Wynthrop. Se detuvo delante de la verja. Escrudiñó en su interior.
Se odiaba así mismo por lo que estaba haciendo. Porque se había obsesionado con ella. ¿Por qué había tenido que posar sus ojos en aquella joven?
Sarah, paladeó su nombre. Sarah...Sarah...
La hermana de Mary...

Robert se detuvo en aquel pensamiento. Sarah era la hermana de Mary. La joven a la que él estaba cortejando. La joven que quería convertir en su esposa. Su familia aprobaba a Mary. Pero jamás aprobaría a Sarah.
Estaba portándose de una manera irresponsable. Otra vez.
Pero no podía evitarlo. Necesitaba ver a Sarah. Era una locura. Apenas había hablado un par de veces con ella.
Como la otra vez, pensó. Veo una cara bonita y me pierdo. Pero he de hacer bien las cosas. No puedo cometer otra locura. Ya no soy un chiquillo. Tengo un deber que cumplir. He de ser responsable.
La puerta de la casa de los Wynthrop se abrió. Y salió ella. Sarah...
Robert contuvo el aliento al verla. ¿Cuándo fue la última vez que sintió su corazón latir más deprisa que nunca? ¿Cuándo fue la última vez que notó cómo bullía la sangre en su interior? Hacía mucho tiempo que no sentía nada parecido a eso. Y aquel temblor que sentía en las piernas se lo provocaba ella. Sarah...
Tuvo la sensación de que estaba viendo a un ángel. Porque Sarah era un ángel que había caído del Cielo. A pesar de que el día estaba nublado, a pesar de las nubes grises que cubrían el cielo, Robert pensó que había salido el Sol.
Sarah estaba radiante. Su sonrisa iluminaba el jardín. Lo hacía más brillante y más lleno de vida.
¿Cómo podía tener aquella sonrisa tan deslumbrante? ¿Cómo podían brillar sus ojos como brillaban? Llevaba suelto su largo cabello negro. Algunos mechones de pelo se le venían a la cara y ella se los apartaba. Llevaba puesto un vestido de color gris, acorde con su condición de solterona.
Robert se despertaba cada noche empapado en sudor. Sentía en sus labios el sabor de los besos que le daba Sarah en sueños. Sentía en su piel las caricias de los labios de Sarah. Las caricias de sus manos...
Se odiaba así mismo por soñar con tener entre sus brazos a la hermana menor de Mary.
No podía seguir así. No podía seguir cortejando a Mary y deseando a Sarah. Estaba siendo terriblemente injusto con Mary. No se lo merecía. Era demasiado buena. No podía seguir haciéndole daño.
Era un cobarde. No se sentía capaz de ser sincero con Mary. Ni se sentía capaz de abrirle su corazón a Sarah.
Sarah no oyó a Robert alejarse. Ni siquiera le vio ante la fachada de su casa.
Se sentó en el suelo del jardín. Le latía muy deprisa el corazón.
Aquella mañana, sus hermanas le dijeron que tenían una sorpresa preparada para ella.
-¿Una sorpresa?-se asombró Sarah-¿Para mí?
Mister Wynthrop había salido. Tardaría en regresar. Había ido a visitar a un amigo que se encontraba enfermo. Uno de los pocos amigos que tenía. Mistress Wynthrop también había salido. Había ido a visitar a una amiga suya. Una de las pocas amigas que tenía. No sabía cuándo regresaría. Esperaba llegar antes de la hora de la cena.
-No tardaré mucho en volver-le dijo a sus hijas-Vuestro padre tardará un poco más. No sé qué planes tendréis para esta tarde.
-Saldremos a dar un paseo, madre-le comentó Mary.
-No os entretengáis demasiado. Se hace de noche. Y no me gusta que salgáis solas. Me preocupo por vosotras.
-Nadie nos va a hacer daño, madre-le aseguró Katherine.
-Aún así, tengo miedo. Me alegra ver que habéis hecho las paces. Las hermanas deben de estar juntas. Y no deben de pelearse.
Mistress Wynthrop salió de casa. Entonces, Mary y Katherine fueron corriendo a asomarse por la ventana del salón.
-¿Qué estáis haciendo?-les preguntó Sarah.
-Madre se ha subido al carruaje-respondió Mary.
El carruaje era de alquiler. Se alejó de la casa de los Wynthrop.
-Ya se ha ido-dijo Katherine.
Sarah vio que sus hermanas estaban muy raras. Se preguntó si estaban tramando algo. La miraban de un modo muy raro. Entonces, Mary y Katherine le dijeron que iban a salir. Que tenían que hacer unas cuantas cosas.
-Date un paseo por el jardín-la exhortó Katherine.
No se le permitió a Sarah hacer preguntas. Mary y Katherine casi salieron corriendo de la casa. Erika estaba limpiando los muebles del salón. Una de las criadas la estaba ayudando.
¿Qué estarán tramando?, se preguntó. Pero ella tampoco podía preguntar. Sólo podía hacer tres cosas.
Ver. Oír. Y callar.
Sarah decidió salir a dar un paseo por el jardín. La curiosidad la estaba matando. Quería saber lo que sus hermanas estaban tramando. Hacía varios días que no veía a Darko.
Está en Llangefni, pensó Sarah.
¿Siempre será así?, se preguntó. ¿Estarían días enteros sin verse porque él tenía que viajar constantemente a Londres?
Al cabo de unos tres cuartos de hora, un carruaje se detuvo delante de la verja.
Sarah pensó que era su madre y fue corriendo. Se preguntó si debía de decirle que Mary y Katherine habían salido. Entonces, vio descender del carruaje a tres personas. Dos mujeres y un hombre...
Sarah, con el corazón latiéndole a gran velocidad, abrió la verja. Reconocía a las dos mujeres que habían descendido del carruaje. Eran Mary y Katherine, que le estaban sonriendo con picardía. Y también reconocía al hombre que había bajado del carruaje con ellas. ¡Era Darko!

-Estoy aquí de nuevo, mi querida Sarah-le sonrió él.
-¡Darko!-chilló Sarah, llena de alegría.
Se abrazó a él y lo besó con fuerza en la boca.
-¡Estás aquí!-gritó.
Sarah reía y lloraba a la vez. Se apartó unos centímetros de él y sus ojos bebieron de su figura. Miró con agradecimiento a sus hermanas. Habían sido ellas las que le habían traído a Darko. Se acercó a sus hermanas y las abrazó con fuerza.
-Tienes las hermanas más persuasivas del mundo-observó Darko risueño.
Sarah asintió llena de emoción.
-Tengo algo más que eso-afirmó-Tengo las mejores hermanas del mundo.
Se acercó de nuevo a Darko. Había regresado a Truro antes de lo previsto. Y todo era porque necesitaba ver de nuevo a Sarah. La besó en la frente.
-Apenas he podido hospedarme en la posada-le contó-Cuando aparecieron estas dos beldades. A la rubia la reconocí en el acto. Pero no supe quién era la pelirroja.
-¿Dos beldades?-se sorprendió Sarah.
-Creo que se refiere a Cathy y a mí-le explicó Mary.
-Os parecéis mucho en la cara-observó Darko.
Sara tenía ganas de ponerse a dar saltos de alegría.
Quería subirse a lo alto del campanario de la Iglesia de Saint Cygar y gritar a los cuatro vientos que estaba enamorada de aquel hombre. Darko la amaba. ¡Eso ya ni se dudaba!
Darko se preguntó si era digno del amor de Sarah.
No podía olvidar que ella era una dama. Y que él era el dueño de uno de los clubs más depravados de todo Llangefni. ¿Cómo podía pensar en introducir a la cándida Sarah en aquel mundo? Marchitaría su pureza. No se atrevía a hacerla suya. Había abandonado del todo la idea de poseerla. Sarah era como una rosa. Si la cortaba, se marchitaría. Y moriría. No quería eso para Sarah. No...Cuando...Se había enamorado de ella.
Sarah, de momento, le decía que eso no le importaba. Pero acabará importándote a medida que vaya pasando el tiempo, pensó Darko lleno de pesar.
-Lo único que quiero es que estemos siempre juntos-afirmó Sarah-Y, ahora, estamos juntos de nuevo. ¡Mi amor...!
Lo supo desde el momento en el que salió de la casa donde se hospedaba. Un matrimonio adinerado lo había alojado en su casa.
Lo conocían de haber leído noticias suyas en los periódicos. Podían presumir ante sus amistades de tener hospedado en su casa a un conde. Sobre todo, a un conde como él. A pesar de haberse casado con una criada. A pesar de haber dado cobijo a su prima díscola. A pesar de todo...Lord Robert seguía siendo respetado en todas partes.
Salió de aquella casa. Necesitaba estar solo. Respiró hondo.
Tenía la sensación de que se iba a volver loco. Acababa de leer la carta que le había escrito Emma.
Su prima le pedía que no renunciara al amor. En el fondo, tenía razón. Nadie debía vivir sin amor.
Pero Robert ya había estado enamorado. Y Paula le había roto el corazón. Se lo habían advertido.
Paula nunca estuvo enamorada de él. Lo único que quería era convertirse en la condesa de Maredudd. Nunca fue aceptada por la aristocracia.
Le seguía doliendo la muerte de su mujer. Pero le dolía aún más su traición. El haberlo engañado.
Lord Robert Caernafon estaba paseando ante la fachada de la casa de los Wynthrop.
-¿Qué estoy haciendo?-se preguntó.
Podía sentir el perfume de las rosas del jardín de los Wynthrop. Se detuvo delante de la verja. Escrudiñó en su interior.
Se odiaba así mismo por lo que estaba haciendo. Porque se había obsesionado con ella. ¿Por qué había tenido que posar sus ojos en aquella joven?
Sarah, paladeó su nombre. Sarah...Sarah...
La hermana de Mary...
Robert se detuvo en aquel pensamiento. Sarah era la hermana de Mary. La joven a la que él estaba cortejando. La joven que quería convertir en su esposa. Su familia aprobaba a Mary. Pero jamás aprobaría a Sarah.
Estaba portándose de una manera irresponsable. Otra vez.
Pero no podía evitarlo. Necesitaba ver a Sarah. Era una locura. Apenas había hablado un par de veces con ella.
Como la otra vez, pensó. Veo una cara bonita y me pierdo. Pero he de hacer bien las cosas. No puedo cometer otra locura. Ya no soy un chiquillo. Tengo un deber que cumplir. He de ser responsable.
La puerta de la casa de los Wynthrop se abrió. Y salió ella. Sarah...
Robert contuvo el aliento al verla. ¿Cuándo fue la última vez que sintió su corazón latir más deprisa que nunca? ¿Cuándo fue la última vez que notó cómo bullía la sangre en su interior? Hacía mucho tiempo que no sentía nada parecido a eso. Y aquel temblor que sentía en las piernas se lo provocaba ella. Sarah...
Tuvo la sensación de que estaba viendo a un ángel. Porque Sarah era un ángel que había caído del Cielo. A pesar de que el día estaba nublado, a pesar de las nubes grises que cubrían el cielo, Robert pensó que había salido el Sol.
Sarah estaba radiante. Su sonrisa iluminaba el jardín. Lo hacía más brillante y más lleno de vida.
¿Cómo podía tener aquella sonrisa tan deslumbrante? ¿Cómo podían brillar sus ojos como brillaban? Llevaba suelto su largo cabello negro. Algunos mechones de pelo se le venían a la cara y ella se los apartaba. Llevaba puesto un vestido de color gris, acorde con su condición de solterona.
Robert se despertaba cada noche empapado en sudor. Sentía en sus labios el sabor de los besos que le daba Sarah en sueños. Sentía en su piel las caricias de los labios de Sarah. Las caricias de sus manos...
Se odiaba así mismo por soñar con tener entre sus brazos a la hermana menor de Mary.
No podía seguir así. No podía seguir cortejando a Mary y deseando a Sarah. Estaba siendo terriblemente injusto con Mary. No se lo merecía. Era demasiado buena. No podía seguir haciéndole daño.
Era un cobarde. No se sentía capaz de ser sincero con Mary. Ni se sentía capaz de abrirle su corazón a Sarah.
Sarah no oyó a Robert alejarse. Ni siquiera le vio ante la fachada de su casa.
Se sentó en el suelo del jardín. Le latía muy deprisa el corazón.
Aquella mañana, sus hermanas le dijeron que tenían una sorpresa preparada para ella.
-¿Una sorpresa?-se asombró Sarah-¿Para mí?
Mister Wynthrop había salido. Tardaría en regresar. Había ido a visitar a un amigo que se encontraba enfermo. Uno de los pocos amigos que tenía. Mistress Wynthrop también había salido. Había ido a visitar a una amiga suya. Una de las pocas amigas que tenía. No sabía cuándo regresaría. Esperaba llegar antes de la hora de la cena.
-No tardaré mucho en volver-le dijo a sus hijas-Vuestro padre tardará un poco más. No sé qué planes tendréis para esta tarde.
-Saldremos a dar un paseo, madre-le comentó Mary.
-No os entretengáis demasiado. Se hace de noche. Y no me gusta que salgáis solas. Me preocupo por vosotras.
-Nadie nos va a hacer daño, madre-le aseguró Katherine.
-Aún así, tengo miedo. Me alegra ver que habéis hecho las paces. Las hermanas deben de estar juntas. Y no deben de pelearse.
Mistress Wynthrop salió de casa. Entonces, Mary y Katherine fueron corriendo a asomarse por la ventana del salón.
-¿Qué estáis haciendo?-les preguntó Sarah.
-Madre se ha subido al carruaje-respondió Mary.
El carruaje era de alquiler. Se alejó de la casa de los Wynthrop.
-Ya se ha ido-dijo Katherine.
Sarah vio que sus hermanas estaban muy raras. Se preguntó si estaban tramando algo. La miraban de un modo muy raro. Entonces, Mary y Katherine le dijeron que iban a salir. Que tenían que hacer unas cuantas cosas.
-Date un paseo por el jardín-la exhortó Katherine.
No se le permitió a Sarah hacer preguntas. Mary y Katherine casi salieron corriendo de la casa. Erika estaba limpiando los muebles del salón. Una de las criadas la estaba ayudando.
¿Qué estarán tramando?, se preguntó. Pero ella tampoco podía preguntar. Sólo podía hacer tres cosas.
Ver. Oír. Y callar.
Sarah decidió salir a dar un paseo por el jardín. La curiosidad la estaba matando. Quería saber lo que sus hermanas estaban tramando. Hacía varios días que no veía a Darko.
Está en Llangefni, pensó Sarah.
¿Siempre será así?, se preguntó. ¿Estarían días enteros sin verse porque él tenía que viajar constantemente a Londres?
Al cabo de unos tres cuartos de hora, un carruaje se detuvo delante de la verja.
Sarah pensó que era su madre y fue corriendo. Se preguntó si debía de decirle que Mary y Katherine habían salido. Entonces, vio descender del carruaje a tres personas. Dos mujeres y un hombre...
Sarah, con el corazón latiéndole a gran velocidad, abrió la verja. Reconocía a las dos mujeres que habían descendido del carruaje. Eran Mary y Katherine, que le estaban sonriendo con picardía. Y también reconocía al hombre que había bajado del carruaje con ellas. ¡Era Darko!
-Estoy aquí de nuevo, mi querida Sarah-le sonrió él.
-¡Darko!-chilló Sarah, llena de alegría.
Se abrazó a él y lo besó con fuerza en la boca.
-¡Estás aquí!-gritó.
Sarah reía y lloraba a la vez. Se apartó unos centímetros de él y sus ojos bebieron de su figura. Miró con agradecimiento a sus hermanas. Habían sido ellas las que le habían traído a Darko. Se acercó a sus hermanas y las abrazó con fuerza.
-Tienes las hermanas más persuasivas del mundo-observó Darko risueño.
Sarah asintió llena de emoción.
-Tengo algo más que eso-afirmó-Tengo las mejores hermanas del mundo.
Se acercó de nuevo a Darko. Había regresado a Truro antes de lo previsto. Y todo era porque necesitaba ver de nuevo a Sarah. La besó en la frente.
-Apenas he podido hospedarme en la posada-le contó-Cuando aparecieron estas dos beldades. A la rubia la reconocí en el acto. Pero no supe quién era la pelirroja.
-¿Dos beldades?-se sorprendió Sarah.
-Creo que se refiere a Cathy y a mí-le explicó Mary.
-Os parecéis mucho en la cara-observó Darko.
Sara tenía ganas de ponerse a dar saltos de alegría.
Quería subirse a lo alto del campanario de la Iglesia de Saint Cygar y gritar a los cuatro vientos que estaba enamorada de aquel hombre. Darko la amaba. ¡Eso ya ni se dudaba!
Darko se preguntó si era digno del amor de Sarah.
No podía olvidar que ella era una dama. Y que él era el dueño de uno de los clubs más depravados de todo Llangefni. ¿Cómo podía pensar en introducir a la cándida Sarah en aquel mundo? Marchitaría su pureza. No se atrevía a hacerla suya. Había abandonado del todo la idea de poseerla. Sarah era como una rosa. Si la cortaba, se marchitaría. Y moriría. No quería eso para Sarah. No...Cuando...Se había enamorado de ella.
Sarah, de momento, le decía que eso no le importaba. Pero acabará importándote a medida que vaya pasando el tiempo, pensó Darko lleno de pesar.
-Lo único que quiero es que estemos siempre juntos-afirmó Sarah-Y, ahora, estamos juntos de nuevo. ¡Mi amor...!
lunes, 2 de julio de 2012
CRUEL DESTINO
No era una pesadilla. Noche tras noche, su mente la hacía recordar.
Le hacía revivir lo ocurrido años antes. Primero, estaba ella en aquella habitación. Todo estaba lleno de sangre. Y estaba esa cosa que salía de su interior y caía sin vida a sus pies. Mary sentía tanto dolor que creyó que se estaba muriendo. Entonces, el sueño cambiaba. Y regresaba a aquella mansión. A aquel jardín...Recordaba con total nitidez el brillo de la Luna llena. Hacía una noche realmente hermosa.
Se había sentido agobiada en el salón de baile. Mary salió fuera. Y...Entonces...
Ella no quería.
Luchó por zafarse de aquellas garras que la mantenían prisionera.
-¡Suélteme!-gritó.
Él le pegó. Ella gritó de nuevo. No iba a rendirse.
No quería que él la tocara. Y la estaba tocando, a pesar de que ella le empujaba. Quería besarla. Aplastó su boca asquerosa contra la boca de ella. Contuvo las ganas que tenía de vomitar. Aquel beso la estaba asfixiando. Quería huir de allí, pero él la tiró al suelo. Se puso encima de ella. Mary no podía moverse. Creyó que iba a morir. Y nadie se daría cuenta porque todos estaban divirtiéndose en la fiesta. Casi podía oír el sonido de la orquesta interpretando un vals de aquel compositor austríaco. Strauss...
Y, entonces...
-¡No!-gritó.
-¡Mary!-la llamó una voz.
Mary se vio rodeada por los cálidos brazos de Katherine. El contacto con su hermana hizo que regresara a la realidad.
-Era sólo una pesadilla-le dijo Katherine.
Se había levantado a beber agua. Entonces, pasó por delante de la habitación de Mary. A través de la luz de la Luna, vio cómo su hermana se movía inquieta en la cama. Mary estaba sumida en una pesadilla. Katherine se acercó a ella. Después de todo, era su hermana. Mary la miró atónita. Acto seguido, rompió a llorar.
-No pasa nada, Mary-le aseguró Katherine.

-¡Oh, Cathy!-sollozó-Perdóname. Yo...
En aquel momento, entró Sarah en la habitación.
-¡Mari!-gritó-¿Qué te pasa?
Se quedó atónita al contemplar la escena. Katherine acunaba entre sus brazos a Mary, que estaba llorando. Sarah suspiró aliviada al ver que sus hermanas se encontraban bien.
-Mary ha tenido una pesadilla-le informó Katherine.
-¿Estás bien?-le preguntó Sarah a su hermana mayor.
Mary asintió con la cabeza. No podía parar de llorar.
Se acercó a la cama. Se sentó al lado de Mary. Tocó con su mano la espalda temblorosa de la joven. María no podía soportar el contacto con un hombre. No después de lo que aquel miserable le había hecho. ¿Cómo iba a yacer en brazos de don Roberto? ¿Cómo podía pensar en abrirse de piernas a él para engendrar un hijo si no era pura? No era su culpa. Pero...
-Me siento sucia-murmuró Mary.
-Ha sido sólo una pesadilla-la tranquilizó Katherine.
No era una pesadilla, pensó Mary.
-Cathy, lo siento mucho-se disculpó.
Katherine había olvidado el papel que jugó Mary cuando sus padres se enteraron de su relación con Stephen.
-Olvídalo-le dijo.
-No puedo olvidarlo-replicó Mary-No puedo olvidar nada de lo que ha pasado en todos estos días. Lo pienso. Tú...Has sufrido mucho...Y ha sido por mi culpa. He sido una mala hermana. Yo... Por mi culpa, casi te mueres.
Le habría gustado contarles a sus hermanas lo que le había pasado. Se preguntó si ellas la entenderían. O si la culparían de todo porque salió sola al jardín aquella noche.
-Puedes ayudarnos de una forma-afirmó Sarah.
-¿Qué tengo qué hacer?-inquirió Mary.
Entonces, Katherine y Sarah decidieron sincerarse con ella. Mary las escuchó con atención mientras Katherine le contaba que ella y Stephen volvían a estar juntos. Y que Sarah se había enamorado de alguien a quien Mary consideraba poco menos que un criminal. Se odió así misma. Sus hermanas le estaban abriendo sus corazones. Y ella no era capaz de sincerarse. Pensó que sus hermanas tenían derecho a ser felices. Y ella debía de ayudarlas a alcanzar su meta. Algún día, pensó, podré contarles lo que me pasó. Pero no me atrevo a contárselo ahora.
-¿Qué es lo que tengo que hacer?-indagó Mary.
-No se lo digas ni a padre ni a madre-le explicó Katherine-Si quieres, acompáñanos cuando tengamos que salir. Iríamos a verlos.
-Yo sería vuestra coartada-observó Mary.
-Tú eres nuestra hermana-le aseguró Sarah-¿Qué nos dices, Mary? ¿Nos vas a ayudar?
-Saldría con vosotras, pero iríais a ver a vuestros amados-enumeró la aludida-Podría enviarles alguna que otra carta que vosotras hayáis escritos. Y no diría nada a nuestros padres.
Sarah y Katherine contuvieron el aliento.
-Suena divertido-decidió María-Podéis contar conmigo.
Katherine y Sarah gritaron como locas.
Abrazaron al mismo tiempo a Mary.
Se pusieron a saltar encima de la cama.
En aquel momento, su madre entró en la habitación.
-¿Se puede saber qué escándalo es éste?-les espetó a sus hijas-¿Qué hacéis a estas horas saltando encima de la cama?
Mistress Wynthrop parecía un fantasma.
Llevaba puesta la bata de color lavanda encima del camisón de hilo blanco. Su cabello iba recogido en una trenza. Llevaba en la mano una vela que iluminaba su rostro.
Estaba disgustada con sus hijas por su comportamiento infantil. Impropio de unas señoritas como lo eran ellas.
Disimulando una risita, las hermanas se sentaron en la cama.
Se despidieron afectuosamente de Mary.
Cada una se fue a su habitación. Mistress Wynthrop iba detrás de ellas.
Mary se quedó sola. Se sentó en la cama. Miró la Luna, reflejada en los cristales de la ventana de su habitación. Suspiró llena de pesar. El amor me estará siempre vetado, pensó con pesar. ¡Ojalá lord Robert decida no casarse conmigo! No quiero que me odie por no poder cumplir sus expectativas.

Mary vivía con miedo. Sabía que no se podía vivir así.
Los recuerdos la atormentaban. No sabía qué hacer.
Le hacía revivir lo ocurrido años antes. Primero, estaba ella en aquella habitación. Todo estaba lleno de sangre. Y estaba esa cosa que salía de su interior y caía sin vida a sus pies. Mary sentía tanto dolor que creyó que se estaba muriendo. Entonces, el sueño cambiaba. Y regresaba a aquella mansión. A aquel jardín...Recordaba con total nitidez el brillo de la Luna llena. Hacía una noche realmente hermosa.
Se había sentido agobiada en el salón de baile. Mary salió fuera. Y...Entonces...
Ella no quería.
Luchó por zafarse de aquellas garras que la mantenían prisionera.
-¡Suélteme!-gritó.
Él le pegó. Ella gritó de nuevo. No iba a rendirse.
No quería que él la tocara. Y la estaba tocando, a pesar de que ella le empujaba. Quería besarla. Aplastó su boca asquerosa contra la boca de ella. Contuvo las ganas que tenía de vomitar. Aquel beso la estaba asfixiando. Quería huir de allí, pero él la tiró al suelo. Se puso encima de ella. Mary no podía moverse. Creyó que iba a morir. Y nadie se daría cuenta porque todos estaban divirtiéndose en la fiesta. Casi podía oír el sonido de la orquesta interpretando un vals de aquel compositor austríaco. Strauss...
Y, entonces...
-¡No!-gritó.
-¡Mary!-la llamó una voz.
Mary se vio rodeada por los cálidos brazos de Katherine. El contacto con su hermana hizo que regresara a la realidad.
-Era sólo una pesadilla-le dijo Katherine.
Se había levantado a beber agua. Entonces, pasó por delante de la habitación de Mary. A través de la luz de la Luna, vio cómo su hermana se movía inquieta en la cama. Mary estaba sumida en una pesadilla. Katherine se acercó a ella. Después de todo, era su hermana. Mary la miró atónita. Acto seguido, rompió a llorar.
-No pasa nada, Mary-le aseguró Katherine.
-¡Oh, Cathy!-sollozó-Perdóname. Yo...
En aquel momento, entró Sarah en la habitación.
-¡Mari!-gritó-¿Qué te pasa?
Se quedó atónita al contemplar la escena. Katherine acunaba entre sus brazos a Mary, que estaba llorando. Sarah suspiró aliviada al ver que sus hermanas se encontraban bien.
-Mary ha tenido una pesadilla-le informó Katherine.
-¿Estás bien?-le preguntó Sarah a su hermana mayor.
Mary asintió con la cabeza. No podía parar de llorar.
Se acercó a la cama. Se sentó al lado de Mary. Tocó con su mano la espalda temblorosa de la joven. María no podía soportar el contacto con un hombre. No después de lo que aquel miserable le había hecho. ¿Cómo iba a yacer en brazos de don Roberto? ¿Cómo podía pensar en abrirse de piernas a él para engendrar un hijo si no era pura? No era su culpa. Pero...
-Me siento sucia-murmuró Mary.
-Ha sido sólo una pesadilla-la tranquilizó Katherine.
No era una pesadilla, pensó Mary.
-Cathy, lo siento mucho-se disculpó.
Katherine había olvidado el papel que jugó Mary cuando sus padres se enteraron de su relación con Stephen.
-Olvídalo-le dijo.
-No puedo olvidarlo-replicó Mary-No puedo olvidar nada de lo que ha pasado en todos estos días. Lo pienso. Tú...Has sufrido mucho...Y ha sido por mi culpa. He sido una mala hermana. Yo... Por mi culpa, casi te mueres.
Le habría gustado contarles a sus hermanas lo que le había pasado. Se preguntó si ellas la entenderían. O si la culparían de todo porque salió sola al jardín aquella noche.
-Puedes ayudarnos de una forma-afirmó Sarah.
-¿Qué tengo qué hacer?-inquirió Mary.
Entonces, Katherine y Sarah decidieron sincerarse con ella. Mary las escuchó con atención mientras Katherine le contaba que ella y Stephen volvían a estar juntos. Y que Sarah se había enamorado de alguien a quien Mary consideraba poco menos que un criminal. Se odió así misma. Sus hermanas le estaban abriendo sus corazones. Y ella no era capaz de sincerarse. Pensó que sus hermanas tenían derecho a ser felices. Y ella debía de ayudarlas a alcanzar su meta. Algún día, pensó, podré contarles lo que me pasó. Pero no me atrevo a contárselo ahora.
-¿Qué es lo que tengo que hacer?-indagó Mary.
-No se lo digas ni a padre ni a madre-le explicó Katherine-Si quieres, acompáñanos cuando tengamos que salir. Iríamos a verlos.
-Yo sería vuestra coartada-observó Mary.
-Tú eres nuestra hermana-le aseguró Sarah-¿Qué nos dices, Mary? ¿Nos vas a ayudar?
-Saldría con vosotras, pero iríais a ver a vuestros amados-enumeró la aludida-Podría enviarles alguna que otra carta que vosotras hayáis escritos. Y no diría nada a nuestros padres.
Sarah y Katherine contuvieron el aliento.
-Suena divertido-decidió María-Podéis contar conmigo.
Katherine y Sarah gritaron como locas.
Abrazaron al mismo tiempo a Mary.
Se pusieron a saltar encima de la cama.
En aquel momento, su madre entró en la habitación.
-¿Se puede saber qué escándalo es éste?-les espetó a sus hijas-¿Qué hacéis a estas horas saltando encima de la cama?
Mistress Wynthrop parecía un fantasma.
Llevaba puesta la bata de color lavanda encima del camisón de hilo blanco. Su cabello iba recogido en una trenza. Llevaba en la mano una vela que iluminaba su rostro.
Estaba disgustada con sus hijas por su comportamiento infantil. Impropio de unas señoritas como lo eran ellas.
Disimulando una risita, las hermanas se sentaron en la cama.
Se despidieron afectuosamente de Mary.
Cada una se fue a su habitación. Mistress Wynthrop iba detrás de ellas.
Mary se quedó sola. Se sentó en la cama. Miró la Luna, reflejada en los cristales de la ventana de su habitación. Suspiró llena de pesar. El amor me estará siempre vetado, pensó con pesar. ¡Ojalá lord Robert decida no casarse conmigo! No quiero que me odie por no poder cumplir sus expectativas.
Mary vivía con miedo. Sabía que no se podía vivir así.
Los recuerdos la atormentaban. No sabía qué hacer.
domingo, 1 de julio de 2012
CRUEL DESTINO
Aquella noche, Sarah se encerró en su habitación. Tenía mucho en lo que pensar.
Tenía la sensación de que las cosas le iban a ir bien. Por fin, tenía la sensación de que Darko también la amaba.
Sarah se dijo así misma que tendría que hablar con sus padres. Intercedería por Katherine ante ellos. Habían hecho un pacto de ayudarse mutuamente. Confiaba en su hermana. Nunca la fallaría. Sarah esbozó una sonrisa.
Echaba de menos a Darko. Evocaba todos los besos que le había dado.
Antes o después, se casarían. Sarah no le iba a pedir que renunciara a nada. Ni al club...Ni al burdel...

Estaba dispuesta a hundirse con él en la miseria si así lo quería. Sería su ramera si Darko así lo decidía.
Alguien le habría dicho que el amor la había cegado. Sarah no veía nada más allá de Darko. ¿De verdad estaba enamorada de él? ¿O sólo se estaba aferrando a un sueño romántico que era absurdo e imposible? Sarah no quería pensar en eso. Pero pensaría más adelante.
A Sarah le faltaba sólo una cosa para ser del todo feliz.
Y esa cosa era ver reconciliadas a Mary y a Katherine. Le dolía ver a Katherine enfadada con Mary. No quería hablar con ella. Ni siquiera quería verla.
Sabía que eso iba a ser una misión difícil. Katherine no quería perdonarle a Mary el que la hubiese delatado. Y María parecía pensar que había hecho lo correcto. Así lo había visto Sarah en un primer momento. Pero se ponía en el lugar de Katherine y creía que Mary se había equivocado.
Hablaré con las dos, decidió Sara.
Con estos pensamientos, decidió ponerse el camisón ella misma. Intuía que Darko no estaría esperándola en la playa, como había hecho en noches anteriores. Le había dicho que tenía que estar en su club de Llangefni aquella noche.
Pero volverá, pensó Sarah. Se despojó de la falda y del corpiño, así como de las enaguas.
Se puso un camisón de dormir encima de la ropa interior. Sarah agradeció el no tener que contar con la presencia de Erika en su cuarto. Se quitó las horquillas que formaban su moño. Al contrario que Katherine, Sarah no se había rizado el pelo. Le gustaba su cabello largo, oscuro y ligeramente ondulado.
No me hacen justicia, pensó. Y creo que a Darko no le gustan.
Se cepilló el cabello. Entonces, entró Erika en la habitación. Se fulminaron mutuamente con la mirada. Sarah percibía la animadversión que la doncella sentía hacia ella. Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Aún así, le mantuvo la mirada.
-Debería haberme avisado, señorita-la regañó-Podría haberla ayudado.
-Aún no me he levantado la cama-le indicó Sarah-Puedes levantarla, si quieres.
-Sí, señorita.
Erika deshizo la cama en silencio. Percibía una cierta calma entre las hermanas Wynthrop. La calma que antecede a la tormenta, pensó mientras apartaba el edredón. Esa calma no le gustaba nada. Problemas, pensó. Se avecinan problemas.
Se retiró discretamente de la habitación. Sarah se acostó en su cama. Apagó la vela que estaba encendida. Sin embargo, aquella noche le costaba trabajo conciliar el sueño.
Había oído una conversación inquietante entre el jardinero y el lechero por la mañana. Ella estaba sentada en el alfeizar de la ventana de su habitación.
-¡Es un diablo!-exclamó el lechero.
Sarah agudizó el oído. Sabía que estaba mal escuchar las conversaciones ajenas. Pero siempre había sido muy curiosa por naturaleza. Además, estaba segura de que nadie la estaba viendo.
-Ese hombre no me gusta nada-comentó el jardinero.
-Parece sacado del mismo Averno-se asustó el lechero.
-No sé porqué sigue libre.
-Porque nadie tiene las agallas suficientes como para mantenerlo preso. ¡Por eso, sigue libre!
-Da miedo pensar lo que pueda hacer.
¿De quién estarán hablando?, se preguntó Sarah.
Un terrible presentimiento pasó por la mente de Sarah.
Dio muchas vueltas en la cama. Finalmente, se cansó. Se sentó en la cama. Cálmate, se dijo así misma.
Entonces, Sarah oyó algo parecido a unos ruiditos que procedían de la habitación de Mary. De pronto, oyó algo que le heló la sangre. Un grito desgarrador que rompió el silencio de la noche.
-¡Mary!-exclamó Sarah.
Y se levantó de un salto de la cama.
Tenía la sensación de que las cosas le iban a ir bien. Por fin, tenía la sensación de que Darko también la amaba.
Sarah se dijo así misma que tendría que hablar con sus padres. Intercedería por Katherine ante ellos. Habían hecho un pacto de ayudarse mutuamente. Confiaba en su hermana. Nunca la fallaría. Sarah esbozó una sonrisa.
Echaba de menos a Darko. Evocaba todos los besos que le había dado.
Antes o después, se casarían. Sarah no le iba a pedir que renunciara a nada. Ni al club...Ni al burdel...
Estaba dispuesta a hundirse con él en la miseria si así lo quería. Sería su ramera si Darko así lo decidía.
Alguien le habría dicho que el amor la había cegado. Sarah no veía nada más allá de Darko. ¿De verdad estaba enamorada de él? ¿O sólo se estaba aferrando a un sueño romántico que era absurdo e imposible? Sarah no quería pensar en eso. Pero pensaría más adelante.
A Sarah le faltaba sólo una cosa para ser del todo feliz.
Y esa cosa era ver reconciliadas a Mary y a Katherine. Le dolía ver a Katherine enfadada con Mary. No quería hablar con ella. Ni siquiera quería verla.
Sabía que eso iba a ser una misión difícil. Katherine no quería perdonarle a Mary el que la hubiese delatado. Y María parecía pensar que había hecho lo correcto. Así lo había visto Sarah en un primer momento. Pero se ponía en el lugar de Katherine y creía que Mary se había equivocado.
Hablaré con las dos, decidió Sara.
Con estos pensamientos, decidió ponerse el camisón ella misma. Intuía que Darko no estaría esperándola en la playa, como había hecho en noches anteriores. Le había dicho que tenía que estar en su club de Llangefni aquella noche.
Pero volverá, pensó Sarah. Se despojó de la falda y del corpiño, así como de las enaguas.
Se puso un camisón de dormir encima de la ropa interior. Sarah agradeció el no tener que contar con la presencia de Erika en su cuarto. Se quitó las horquillas que formaban su moño. Al contrario que Katherine, Sarah no se había rizado el pelo. Le gustaba su cabello largo, oscuro y ligeramente ondulado.
No me hacen justicia, pensó. Y creo que a Darko no le gustan.
Se cepilló el cabello. Entonces, entró Erika en la habitación. Se fulminaron mutuamente con la mirada. Sarah percibía la animadversión que la doncella sentía hacia ella. Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Aún así, le mantuvo la mirada.
-Debería haberme avisado, señorita-la regañó-Podría haberla ayudado.
-Aún no me he levantado la cama-le indicó Sarah-Puedes levantarla, si quieres.
-Sí, señorita.
Erika deshizo la cama en silencio. Percibía una cierta calma entre las hermanas Wynthrop. La calma que antecede a la tormenta, pensó mientras apartaba el edredón. Esa calma no le gustaba nada. Problemas, pensó. Se avecinan problemas.
Se retiró discretamente de la habitación. Sarah se acostó en su cama. Apagó la vela que estaba encendida. Sin embargo, aquella noche le costaba trabajo conciliar el sueño.
Había oído una conversación inquietante entre el jardinero y el lechero por la mañana. Ella estaba sentada en el alfeizar de la ventana de su habitación.
-¡Es un diablo!-exclamó el lechero.
Sarah agudizó el oído. Sabía que estaba mal escuchar las conversaciones ajenas. Pero siempre había sido muy curiosa por naturaleza. Además, estaba segura de que nadie la estaba viendo.
-Ese hombre no me gusta nada-comentó el jardinero.
-Parece sacado del mismo Averno-se asustó el lechero.
-No sé porqué sigue libre.
-Porque nadie tiene las agallas suficientes como para mantenerlo preso. ¡Por eso, sigue libre!
-Da miedo pensar lo que pueda hacer.
¿De quién estarán hablando?, se preguntó Sarah.
Un terrible presentimiento pasó por la mente de Sarah.
Dio muchas vueltas en la cama. Finalmente, se cansó. Se sentó en la cama. Cálmate, se dijo así misma.
Entonces, Sarah oyó algo parecido a unos ruiditos que procedían de la habitación de Mary. De pronto, oyó algo que le heló la sangre. Un grito desgarrador que rompió el silencio de la noche.
-¡Mary!-exclamó Sarah.
Y se levantó de un salto de la cama.
sábado, 30 de junio de 2012
CRUEL DESTINO
ISLA DE CHURCH
Emma contempla el mar desde la ventana de su habitación.
Acababa de cumplir treinta años. Se sentía vieja.
Hubo un tiempo en el que Emma había surcado los Siete Mares disfrazada de muchacho.
Hubo un tiempo en el que Emma había sido la amante del más temido corsario que jamás había existido. Un hombre que cautivó sus sentidos. Y que le destrozó la vida de todas las maneras posibles.
Pero aquel hombre estaba muerto. Y Emma estaba postrada en una silla de ruedas. No he de sentir pena de mí misma, pensó. Ya ha pasado todo.
-¡Ha llegado una carta para usted, señorita!-informó la criada que entró en la habitación de Emma Nicole Ashford-¡Viene de Holyhead!La joven se acercó con su silla de ruedas hasta la criada. Ésta le tendió la carta.
-¿Una carta para mí?-se asombró Emma-¿Y que viene desde Holyhead? ¡Es de Robert! ¡No hay la menor duda!
La criada se retiró.
Emma miró la carta. Luego, la rasgó casi con ansia. Extrajo la carta del sobre. La desdobló. Empezó a leerla con nerviosismo.
Mi querida Emma:
Espero que estés bien.
He llegado a Holyhead, como ya sabes. Es un lugar realmente hermoso.
Madre está decidida a verme casado de nuevo.
Como ya sabes, tengo que cumplir con mi deber. He de procurar un heredero para el condado de Maredudd.
Espero que no estés pensando en el pasado. Trata de olvidar todo lo vivido, Emma.
Christopher está muerto.
Eres una mujer libre. Dirás que me estoy burlando de ti. No me estoy burlando de ti, querida prima. Te estoy diciendo la verdad.
No volverás a sufrir por ese desgraciado. ¡Qué Dios me perdone por alegrarme de la muerte de otro ser humano! Tú lo viste bailando en la horca. Lo mismo que yo...Nunca te pidió perdón por todo el daño que te hizo.
Es curioso. Nos enamoramos de las personas que más daño nos hacen. Yo amé sinceramente a Paula. Pero ella estaba conmigo por mi dinero.
Y tú te enamoraste de un hombre que sólo vio en ti un reflejo de la zorra de mi tía. Perdóname que hable así de tu madre, pero es la verdad, Emma.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. Echaba de menos a Robert. No sólo era su primo. También era su mejor amigo. Había algo en él que le recordaba mucho a su querido Allen. Debí de haberme enamorado de él, pensó Emma. Habría sufrido menos.
No te puedo ocultar nada, Emma. Vas a pensar que me he vuelto loco. Pero madre tiene razón. Soy conde. Y tengo que cumplir con mi deber. No tengo un heredero. Y he de buscar a la mujer adecuada con la cual casarme.
Ya sabrás la noticia. He conocido a una joven aquí, en Holyhead. Y he de confesarte que me siento muy atraído por ella. Podría ser una digna condesa de Maredudd. De momento, he empezado a cortejarla. Quiero conocerla mejor.
¿La amas?, quería preguntarle Emma.
Se acercó con su silla de ruedas a la ventana.
¡Margaret y tú tenéis que conocerla! No puedo decir otra cosa de ella más que elogios. Se llama Mary Wynthrop.
Es pelirroja. Me recuerda mucho a tía Annabelle.
Pero no se parece en nada a ella, te lo puedo asegurar. Hay mucha dulzura en sus ojos. Parece un animalillo asustado. Madre dirá que es una vieja solterona. ¡Lo dudo mucho! Tiene veintiocho año. Si Mary es vieja. ¿Qué seré yo? Tengo treinta y dos años, Emma. No soy precisamente un niño.
Podría llegar a amarla. Debería de darme la oportunidad de ser feliz. Tú también tendrías que hacerlo, querida prima. Ser feliz. Olvidar el pasado. Y tratar de vivir. Creo que te lo mereces.
Mary es maravillosa. Y muy dulce, además.
Hacía frío aquella tarde. La misma criada que le había traído la carta a Emma había puesto el brasero encendido en la habitación de ésta. Un agradable calorcillo la inundaba.
Esto va en serio, Emma. Acabaré casándome con Mary.
Será una buena esposa. Y creo que sería también una magnífica condesa. Seremos felices. Ya lo verás.
Es imposible encontrar a alguien mejor que Mary. Nunca me han importado los títulos.
No me gusta hablar de dotes. Tengo mucho dinero. No necesito una esposa rica, prima.
Te caerá bien. Acabarás cogiéndole cariño cuando la conozcas. Es imposible que le caiga mal a alguien. Mary es maravillosa. Le he escrito a madre y a Margaret hablándoles de ella. Aún es muy pronto para ver lo que va a pasar. Pero espero y rezo para que todo salga bien. Cometí un terrible error en mi primer matrimonio. Ahora, lo veo claro. Casarme con Paula fue un terrible error. Y lo he pagado caro. Pero yo la amaba. Una parte de mí la sigue amando. No he de ser un idealista, como lo fui cuando me casé con Paula. Tengo que pisar La Tierra. Necesito engendrar un heredero. ¡Qué frío suena! Y Mary Wynthrop podría ser la mujer adecuada. No sólo para ser mi esposa. Sino también para ser la madre de mi hijo.
¡Por el amor de Dios!, tenía ganas de gritar Emma. ¿Acaso Robert iba a depender el resto de su vida de la opinión de su tía Camille y de su prima Margaret? Emma pensó que ella no había necesitado nunca la opinión de nadie.
Miró con pesar sus piernas inmóviles. Robert fue el que delató a Christopher cuando supo que había sido él que la había dejado inválida.
Emma quería pensar que había sido un accidente. Ella y Christopher estaban discutiendo a gritos. Él la golpeó. Y ella cayó rodando por las escaleras. Durante semanas, su marido se desentendió de su estado. Pero Emma quería pensar que se debía a la culpa. Siempre encontraba un modo para justificar sus malos tratos. Sus golpes...Sus insultos...Sus abandonos...Se culpaba así misma por ser la hija de la mujer que le traicionó. Por haber sido tan amiga de Allen. Por haber nacido.
Estoy empezando a querer a Mary.
¿Y qué pasa con el amor?, pensó Emma. ¿Acaso Robert estaba condenado a vivir sin amor? Igual que ella...Igual que Margaret...
Se acercó a su escritorio.
Había varias hojas encima del escritorio. El tintero estaba casi vacío. Hace mucho que no escribo, pensó Emma.
Mojó la pluma en el tintero. Decidió que le escribiría una carta a Robert. Su primo debía de conocer lo que ella opinaba con respecto a aquella locura.
Para Robert, era mejor casarse sin amor que experimentar lo que era el amor. Ignoraba si Margaret había estado alguna vez enamorada. Pero ella sí había amado a Christopher. No era un amor puro y maravilloso. Se trataba de un sentimiento salvaje. Pero, al mismo tiempo, retorcido. Sufría al estar con él, pero sufría cuando él no estaba. Se preguntaba si el riesgo valía la pena.
Emma escribió:
Te ruego, querido primo, que pienses bien lo que vas a hacer. Tienes que hacer lo que consideres que te hará feliz.
Recuerda que el matrimonio es para toda la vida.
Quiero pensar que Christopher sí me amaba. Es el único pensamiento que me consuela. Aún cuando sé la verdad. Que estuvo en otros brazos. Que estoy postrada en esta silla de ruedas por su culpa. Si pienso en lo que realmente pasó, que Christopher nunca me amó, me volveré loca. Me estoy aferrando a un absurdo, Robert. Pero necesito ese absurdo para continuar cuerda. Aunque la prima Margaret diga que estoy loca. Una persona que le hace daño a otra no la ama. Tiene razón.
No renuncies al amor, Robert. Lo pasado tiene que quedar en el pasado. Tienes que enterrarlo. Y seguir con tu vida. Y hay que tratar de olvidar todo el sufrimiento padecido. En realidad, el pasado no se olvida. Pero tienes que seguir adelante. No te niegues la posibilidad de abrir de nuevo tu corazón al amor.
Me dirás que yo no hago lo mismo. Piensa un poco. ¿Qué hombre va a querer a una mujer que está en silla de ruedas? Soy una mujer marcada por mi pasado. Mi estado así lo demuestra. Me maldito una y otra vez por haberme enamorado de Christopher. ¿Amé a Christopher? Ya no lo sé, primo.
No quiero que sufras de nuevo. Pero, a lo mejor, encuentras a alguien que te quiera de verdad. Es sólo cuestión de seguir buscando.
viernes, 29 de junio de 2012
CRUEL DESTINO
Aún no se lo creía.
El destino no podía ser tan generoso con ella. Sarah vivía en una nube. Estaba flotando.
Sabía que podía caer al suelo en cualquier momento. Pero no quería pensar en eso. Quería disfrutar de aquel momento de alegría.
-Sarah...-la llamó su hermana Katherine.
Sarah se había acostado ya en la cama. Era ya algo tarde.
-¿Qué ocurre?-inquirió.
El corazón empezó a latirle muy deprisa. Tuvo la sensación de que Katherine estaba tramando algo. O había hecho algo. No se equivocó en absoluto.
Mi queridísima Sarah:
No sé por dónde empezar. Me siento ridículo. He escrito miles de notas.
Sin embargo, esta carta es distinta.
Me tiemblan las manos.
Todo lo que escriba podría sonarte falso. Ya sabes cómo soy. No quieres alejarte de mí. Y soy tan egoísta que no quiero alejarte de ti.
Nunca he rezado. Pero he empezado a rezar. ¡Qué Dios tenga piedad de nosotros dos! De ti... Y de mí...Sarah...No sé qué hacer. Pero quiero verte de nuevo.
Nos vemos en el parque a las seis. Será mañana por la tarde. Yo te estaré esperando. Te ruego que no faltes.
No sé lo que me pasa. No sé lo que me has hecho. Siempre he sido hombres de muchas mujeres. Sin embargo, empiezo a pensar que eso ya no podrá ser nunca más. Soy tuyo, Sarah.
Y quiero ser tuyo siempre.
Darko.
¡Bendito fuera el corazón de Katherine! Sarah releyó varias veces aquella nota. ¿Estaba siendo sincero Darko con ella? No quiso dudar de él.
-He visto a tu amado-le dijo-Y me ha dado esto para ti.
Le entregó la nota que le había dado a Sarah.
-¿En serio lo has visto?-se asombró la joven-¿Y has estado hablando con él?
-Da miedo verle-sonrió Katherine.
Sarah devoró con ansia cada una de las letras que había escritas en aquella nota. Alzó la vista y se topó con la mirada sonriente de Katherine.

Ahora, Sarah estaba sentada en un banco del parque.
Esperaba con ansiedad la llegada de Darko. Pero parecía que éste se estaba retrasando un poco. Katherine la acompañó hasta el parque. En casa, pusieron la excusa de que iban a encargar telas con las que les confeccionarían vestidos nuevos. En el caso de Katherine, esto era verdad. Quería tener vestidos nuevos para lucirlos ante Stephen. Sarah estaba empezando a ponerse nerviosa. Miraba de un lado a otro, pero parecía que Darko no iba a venir. ¿Y si le había pasado algo? Estaba segura de que él jamás le mentiría.
Entonces, cuando estaba a punto de levantarse e irse a buscar a Catalina para regresar a casa, apareció Darko.
Sarah quiso llorar al verle. Había pensado que él no iba a venir y se sentía como una tonta. ¿Cómo pudo dudar de él?
-¡Has venido!-se asombró.
-No podía dejar de venir-le aseguró Darko.
La besó con fuerza en la boca.
-¿Has venido tú sola?-quiso saber Darko.
Empezaron a caminar por el parque.
-Me ha acompañado una de mis hermanas, Katherine-contestó Sarah-Pero ella no está aquí.
-¿Y dónde está?-inquirió Darko.
-Ha ido a encargar tela para hacerse nuevos vestidos-Sarah se colgó de su brazo. Apoyó su cabeza en el ancho hombro de él-¡Quiere estar guapa para su amado!
-¿Tiene un amado?
-No sé si lo conocerás. Se llama Stephen Winter. Nuestros padres no aceptan su relación. Él es...Bueno, él fue su profesor de piano. Se enamoraron. Katherine quiere estar con él y quiero ayudarla. Y ella sabe lo nuestro.
-¿Lo sabe?
-Sí. Y ha prometido que nos va a ayudar.
Pasaron por delante de una pareja de enamorados que estaban sentados en un banco y que no se atrevían ni a mirarse porque estaba con ellos la dama de compañía de ella.
Sarah besó a Darko en la mejilla.
-Cathy es de total confianza-le aseguró.
-¿La joven con la que hablé ayer es tu hermana?-le preguntó Darko-No me quiso decir quién era, excepto que venía en tu nombre.
Un niño estaba jugando al diávolo ante la mirada atenta de su niñera.
-Ésa es Katherine-respondió Sarah-Dice que la asustaste.
-Entró en la taberna en la que estaba reunido con unos amigos-recordó Darko.
-Cathy es una chica tranquila y serena. Pero estoy descubriendo una faceta suya que me sorprende. ¡Es una loca temeraria!-Sarah se echó a reír.
-Se acercó a la mesa en la que estaba sentado. Me dijo que venía en tu nombre. Me entregó una nota. No se fue de allí hasta que no escribí la contestación. Es una joven agradable.
-¡Sabía yo que te caería bien!
-La invité a que tomara una cerveza conmigo.
Sarah soltó una risita. Casi podía imaginar a su hermana en la taberna rodeada de hombres brutos. Sin perder el control. Muy tranquila...Como ella era. Sonriendo de un modo casi angelical. Era imposible resistirse a ella.
-¡Oh, Darko!-se rió-¡Qué malo eres! Cathy no bebe. Ni vino ni cerveza. Es toda una señorita.
-Lo sé-admitió Darko.
-¿Y no se ofendió?
-Se echó a reír. Me recordó mucho a ti.
Un matrimonio estaba paseando a su hijo de escasos meses en su cochecito. Sarah miró con ternura a la pareja. Podríamos estar Darko y yo dentro de un año paseando así a nuestro hijo, pensó.
Dos caballeros jóvenes, de unos treinta años, estaban paseando por el parque y hablaban de manera animada. Sarah pensó que el parque estaba más vivo que nunca. Y todo es porque estoy con Darko, pensó. El Sol brillaba en lo alto del cielo. Un cielo azul intenso...Ni una sola nube lo cubría. Los pajarillos volvían a posarse en las ramas de los árboles y cantaban. Los niños reían y jugaban.
-Cuando veas a Cathy, ya sabes cómo es y ahora sabes quién es, habla con ella-le sugirió a Darko-Es mi hermana. Y también es nuestra aliada. Piensa que estás hablando conmigo.
-Lo dudo mucho-apostilló el hombre.
-¿Por qué dices eso?
Darko la besó en la frente.
-Katherine será tu hermana-le dijo-Pero te voy a decir una cosa. Ella es guapa. Pero tú eres la mujer más hermosa que jamás he conocido.
-¡Oh, Darko!-se emocionó Sarah-¡Qué cosas dices!
Sonrió. Lo abrazó con fuerza. Se sentía capaz de enfrentarse al mundo con tal de estar al lado de aquel hombre. Todo nos va a ir bien, pensó. Katherine nos apoya. Y nos queremos. Antes o después, mis padres acabarán por entenderlo.
-Lo único que lamento es el tener que irme-se sinceró Sarah-Quiero pasar toda mi vida así. Contigo.
El destino no podía ser tan generoso con ella. Sarah vivía en una nube. Estaba flotando.
Sabía que podía caer al suelo en cualquier momento. Pero no quería pensar en eso. Quería disfrutar de aquel momento de alegría.
-Sarah...-la llamó su hermana Katherine.
Sarah se había acostado ya en la cama. Era ya algo tarde.
-¿Qué ocurre?-inquirió.
El corazón empezó a latirle muy deprisa. Tuvo la sensación de que Katherine estaba tramando algo. O había hecho algo. No se equivocó en absoluto.
Mi queridísima Sarah:
No sé por dónde empezar. Me siento ridículo. He escrito miles de notas.
Sin embargo, esta carta es distinta.
Me tiemblan las manos.
Todo lo que escriba podría sonarte falso. Ya sabes cómo soy. No quieres alejarte de mí. Y soy tan egoísta que no quiero alejarte de ti.
Nunca he rezado. Pero he empezado a rezar. ¡Qué Dios tenga piedad de nosotros dos! De ti... Y de mí...Sarah...No sé qué hacer. Pero quiero verte de nuevo.
Nos vemos en el parque a las seis. Será mañana por la tarde. Yo te estaré esperando. Te ruego que no faltes.
No sé lo que me pasa. No sé lo que me has hecho. Siempre he sido hombres de muchas mujeres. Sin embargo, empiezo a pensar que eso ya no podrá ser nunca más. Soy tuyo, Sarah.
Y quiero ser tuyo siempre.
Darko.
¡Bendito fuera el corazón de Katherine! Sarah releyó varias veces aquella nota. ¿Estaba siendo sincero Darko con ella? No quiso dudar de él.
-He visto a tu amado-le dijo-Y me ha dado esto para ti.
Le entregó la nota que le había dado a Sarah.
-¿En serio lo has visto?-se asombró la joven-¿Y has estado hablando con él?
-Da miedo verle-sonrió Katherine.
Sarah devoró con ansia cada una de las letras que había escritas en aquella nota. Alzó la vista y se topó con la mirada sonriente de Katherine.
Ahora, Sarah estaba sentada en un banco del parque.
Esperaba con ansiedad la llegada de Darko. Pero parecía que éste se estaba retrasando un poco. Katherine la acompañó hasta el parque. En casa, pusieron la excusa de que iban a encargar telas con las que les confeccionarían vestidos nuevos. En el caso de Katherine, esto era verdad. Quería tener vestidos nuevos para lucirlos ante Stephen. Sarah estaba empezando a ponerse nerviosa. Miraba de un lado a otro, pero parecía que Darko no iba a venir. ¿Y si le había pasado algo? Estaba segura de que él jamás le mentiría.
Entonces, cuando estaba a punto de levantarse e irse a buscar a Catalina para regresar a casa, apareció Darko.
Sarah quiso llorar al verle. Había pensado que él no iba a venir y se sentía como una tonta. ¿Cómo pudo dudar de él?
-¡Has venido!-se asombró.
-No podía dejar de venir-le aseguró Darko.
La besó con fuerza en la boca.
-¿Has venido tú sola?-quiso saber Darko.
Empezaron a caminar por el parque.
-Me ha acompañado una de mis hermanas, Katherine-contestó Sarah-Pero ella no está aquí.
-¿Y dónde está?-inquirió Darko.
-Ha ido a encargar tela para hacerse nuevos vestidos-Sarah se colgó de su brazo. Apoyó su cabeza en el ancho hombro de él-¡Quiere estar guapa para su amado!
-¿Tiene un amado?
-No sé si lo conocerás. Se llama Stephen Winter. Nuestros padres no aceptan su relación. Él es...Bueno, él fue su profesor de piano. Se enamoraron. Katherine quiere estar con él y quiero ayudarla. Y ella sabe lo nuestro.
-¿Lo sabe?
-Sí. Y ha prometido que nos va a ayudar.
Pasaron por delante de una pareja de enamorados que estaban sentados en un banco y que no se atrevían ni a mirarse porque estaba con ellos la dama de compañía de ella.
Sarah besó a Darko en la mejilla.
-Cathy es de total confianza-le aseguró.
-¿La joven con la que hablé ayer es tu hermana?-le preguntó Darko-No me quiso decir quién era, excepto que venía en tu nombre.
Un niño estaba jugando al diávolo ante la mirada atenta de su niñera.
-Ésa es Katherine-respondió Sarah-Dice que la asustaste.
-Entró en la taberna en la que estaba reunido con unos amigos-recordó Darko.
-Cathy es una chica tranquila y serena. Pero estoy descubriendo una faceta suya que me sorprende. ¡Es una loca temeraria!-Sarah se echó a reír.
-Se acercó a la mesa en la que estaba sentado. Me dijo que venía en tu nombre. Me entregó una nota. No se fue de allí hasta que no escribí la contestación. Es una joven agradable.
-¡Sabía yo que te caería bien!
-La invité a que tomara una cerveza conmigo.
Sarah soltó una risita. Casi podía imaginar a su hermana en la taberna rodeada de hombres brutos. Sin perder el control. Muy tranquila...Como ella era. Sonriendo de un modo casi angelical. Era imposible resistirse a ella.
-¡Oh, Darko!-se rió-¡Qué malo eres! Cathy no bebe. Ni vino ni cerveza. Es toda una señorita.
-Lo sé-admitió Darko.
-¿Y no se ofendió?
-Se echó a reír. Me recordó mucho a ti.
Un matrimonio estaba paseando a su hijo de escasos meses en su cochecito. Sarah miró con ternura a la pareja. Podríamos estar Darko y yo dentro de un año paseando así a nuestro hijo, pensó.
Dos caballeros jóvenes, de unos treinta años, estaban paseando por el parque y hablaban de manera animada. Sarah pensó que el parque estaba más vivo que nunca. Y todo es porque estoy con Darko, pensó. El Sol brillaba en lo alto del cielo. Un cielo azul intenso...Ni una sola nube lo cubría. Los pajarillos volvían a posarse en las ramas de los árboles y cantaban. Los niños reían y jugaban.
-Cuando veas a Cathy, ya sabes cómo es y ahora sabes quién es, habla con ella-le sugirió a Darko-Es mi hermana. Y también es nuestra aliada. Piensa que estás hablando conmigo.
-Lo dudo mucho-apostilló el hombre.
-¿Por qué dices eso?
Darko la besó en la frente.
-Katherine será tu hermana-le dijo-Pero te voy a decir una cosa. Ella es guapa. Pero tú eres la mujer más hermosa que jamás he conocido.
-¡Oh, Darko!-se emocionó Sarah-¡Qué cosas dices!
Sonrió. Lo abrazó con fuerza. Se sentía capaz de enfrentarse al mundo con tal de estar al lado de aquel hombre. Todo nos va a ir bien, pensó. Katherine nos apoya. Y nos queremos. Antes o después, mis padres acabarán por entenderlo.
-Lo único que lamento es el tener que irme-se sinceró Sarah-Quiero pasar toda mi vida así. Contigo.
jueves, 28 de junio de 2012
CRUEL DESTINO
El baño le sentó bien a Katherine.
La joven permaneció un largo rato metida dentro de la bañera.
Se restregó con fuerza todo el cuerpo con la esponja. Tenía la sensación de que hacía siglos que no se bañaba.
Las señales de los cortes hechos con el cristal del espejo apenas se veían. Katherine contempló las diminutas señales. Por suerte, ya no tenía que llevar las muñecas vendadas.
Erika le lavó el pelo. Frotó el cabello de Katherine con vigor y usando jabón.
-Cierre los ojos, señorita-le indicó la doncella.
Tiró varios cubos de agua sobre la cabeza de Katherine.
-Ya está-anunció la doncella-Ya puede salir.
-Espero no haberme quedado ciega-bromeó Katherine.
Salió de la bañera. Se secó con la toalla que le tendió Erika. Se puso una bata.
Se sentó delante del tocador. Erika le cepilló el pelo hasta que se lo dejó seco.
-Ya parece otra-comentó-Parece usted la de siempre. La de antes...Digo. Miss Katherine...
La aludida sonrió con timidez. Volvía a ser la misma Katherine Wynthrop de antaño.
Quería pensar que todo iría bien. Stephen y ella volverían a verse.
Estarían siempre juntos. Se amaban. ¿Por qué no podían estar juntos?
Era algo que Katherine no entendía. Tenían derecho a ser felices.
Katherine se puso la ropa interior mientras Erika abría la puerta de su armario. No sabía qué vestido ponerse y no era capaz estarse quieta.
-La veo muy nerviosa, señorita-observó Erika-Pero la veo más animada que en días anteriores. Me alegro mucho por usted.
Katherine se asomó a la ventana. ¿Dónde se habría metido Sarah?, se preguntó.
Suya fue la idea de escribir una nota. Se la entregaría a él. Escribió aquella nota. Katherine le contó dónde podía encontrar a Stephen Winter. Sarah salió a buscarle. Ya había pasado un rato desde que salió.
Katherine escribió en aquella nota:
Mi amor...
Tu ausencia me está matando.
Dudo de todo. Dudo hasta de tu amor. No sé nada de ti.
No puedes venir a verme. Pero yo sí puedo ir a verte. Quiero salir de dudas. Quiero saber si me sigues amando.
Porque yo no puedo dejar de quererte. ¡Acaba con mis dudas! ¡Dime si sigues enamorado de mí! ¡Quiero saberlo!
Dime dónde y cuándo podemos vernos. Yo estaré allí.
Finalmente, Katherine se decantó por un vestido de color azul marino que le sacó Erika. Ya no era ninguna jovencita y tanto ella como sus hermanas solían vestir con colores marrones y azul oscuro. Erika ayudó a Katherine a ponerse aquel vestido. Era uno de los vestidos más bonitos que la joven tenía. Erika reprimió la envidia que sentía. Las hermanas Wynthrop eran auténticas beldades. En aquel momento, se oyó abrirse y cerrarse la puerta de entrada. El corazón de Katherine dio un vuelco.
Es Sarah, pensó.
Regresaba de la pensión. No le había costado trabajo encontrarla. Llegó a la calle en la que se encontraba la Iglesia. Preguntó por la pensión. Se lo dijeron. Y la dueña de la pensión le dijo que allí se hospedaba Stephen Winter. En un cuarto que tenía en el primer piso. Sarah subió a hablar con él. Le dijo que venía en nombre de Katherine y le entregó la nota.
Oyó cómo subía alguien apresuradamente la escalera. La sospecha de Katherine se confirmó cuando Sarah entró en su habitación sin llamar.
-Erika, puedes retirarte-le dijo a la sirvienta-Yo me encargo de cepillar el pelo a miss Cathy.
-Sí, señorita-asintió Erika-Con permiso.
Erika salió de la habitación discretamente. Pero percibió algo extraño en el ambiente. Los ojos de Katherine brillaron con nerviosismo cuando se posaron en su hermana. Aquí pasa algo, pensó Erika. Debía de decírselo a alguien, pero no se atrevía. Una sospecha se adueñó de su corazón.
Erika entró en la cocina. Vio a la cocinera trocear la carne de buey que había comprado para la cena. Era una mujer de campo, como la propia Erika. No había ido nunca al colegio. No sabía leer. Pero tenía buena mano con la cocina. Llevaba trabajando ya varios años para la familia Wynthrop. Nunca había tenido queja de ellos. La criada se dejó caer en una silla.
-Tienes mala cara, niña-observó la cocinera.
Descargó el hacha de cocina sobre la carne.
No voy a hablar, decidió Erika.
De todas maneras, no podía confirmar nada.
-¿Cómo ves a miss Katherine?-le preguntó a la cocinera.
-La veo bien-respondió la mujer.
Era una mujer de estatura media y rolliza. Al igual que Erika, era soltera. Y no tenía familia. Le gustaba trabajar en aquella casa, pero la consideraba un poco sombría.
-¿No le notas tú algo raro?-insistió Erika.
La cocinera se encogió de hombros. A decir verdad, no se fijaba mucho en cómo estaban o dejaban de estar las hijas de los señores.
Ella se limitaba a cumplir todo lo que le ordenaban con la mayor diligencia posible. Mister Wynthrop era el que le pagaba. Y mistress Wynthrop era la que le daba las órdenes. Las hijas eran sólo meras sombras en las que ni siquiera se fijaba. Tres solteronas aburridas y fuera de lugar. Parecían no encajar en ningún sitio. Con la excepción de la hija mediana...Que viajaba mucho a Llangefni. Las otras dos...Nada... Así era como lo veía ella.
-Ha estado enferma estos días-dijo la cocinera.
-Padece mal de amores-comentó Erika.
-Los males de amores son como la gripe. Parece que no se van a ir nunca. Pero acaban yéndose.
-No es tan fácil como lo describes.
El hacha de cocinera volvió a golpear la carne de buey. Erika odiaba comer carne de buey. Odiaba vivir en aquel lugar.
A veces, se sentía tentada a abandonarlo todo. Quería regresar a su casa en la campiña. Pero no se atrevía. No tenía dinero y ningún hombre querría casarse con ella. Descubriría que no soy virgen y me repudiaría, pensó con terror.
Ningún hombre decente la querría como esposa. Erika sintió cómo un escalofrío recorría su columna vertebral.
-Las señoritas son ya mayorcitas-opinó la cocinera-Se van a secar por dentro si no se casan cuanto antes y tienen críos. Tendrían que haberse casado hacía ya mucho tiempo. Pero no lo han hecho. Y están como perras en celo buscando un varón que las monte.
-¡Por el amor de Dios!-se escandalizó Erika-¿Cómo se te ocurre hablar así de las señoritas?
-Porque es la verdad. No es normal que una joven de su edad esté soltera. Miss Mary, por ejemplo. Tiene veintiocho años. ¿Conoces a alguna joven de esa edad que permanezca soltera? No, ¿verdad? Y está rara. Parece que está en otra parte. Nadie lo nota. Pero yo sí lo noto.
-Son carne de cañón para que se les acerque cualquier indeseable.
-No les buscan. Pero lo desean. Tanto tiempo sola no es bueno ni para una mujer ni para un hombre, niña.
-¿Lo has visto?-le preguntó Katherine a Sarah.
-He hablado con él, pero apenas unas pocas palabras-respondió Sarah.
-¿Qué te ha dicho?
Sarah sonrió. Abrió su bolso. Extrajo de él un pequeño papel. Katherine se lo arrebató. Leyó con nerviosismo lo que ponía en él.

¿Cómo puedes dudar de mi amor, Cathy?
Cuando he recibido tu nota, he creído que me iba a desmayar de alivio.
Durante días, he intentado verte. Saber de ti.
Me he presentado muchas veces en tu casa. No he podido saber razón alguna de ti. He deseado morirme porque creía que te había perdido para siempre. No dudes nunca de mi amor por ti, Cathy. Eres lo más hermoso que me ha dado la vida.
Te amo. ¡No veo la hora de volver a verte! Querida mía...No volveremos a separarnos. ¡Te lo juro!
Te espero en los menhires a las cinco de la tarde. Ven, por favor. Te extraño, Cathy.
No faltes a la cita. ¡No veo la hora de abrazarte de nuevo! De saber si sigues amándome. Nunca he dejado de amarte. No pierdas la fe en mí. Me moriría.
Con la excusa de que Katherine necesitaba tomar el fresco y que ella la acompañaría, Sarah logró sacar a su hermana de casa sin levantar sospechas. Al contrario. Sus padres parecían estar contentos. Se alegraban de ver a su hija menor de nuevo contenta.
-¡Oh, Sarah!-exclamó Katherine-¡Estoy deseando ver de nuevo a Stephen!
-Me alegro de que estés de nuevo contenta-opinó la aludida.
-¡Soy tan feliz! Yo te ayudaré con Darko.
-Te lo agradezco mucho, Cathy.
Acordaron que Sara permanecería escondida detrás de un menhir. Así, Catalina disfrutaría de más libertad a la hora de poder estar con Stephen. Sarah vio a un hombre alto y bien formado sentado dentro del círculo. El corazón de Katherine empezó a golpearle con fuerza dentro del pecho.
-¿Es ése mister Winter?-inquirió Sarah.
-Déjanos solos, por favor-le pidió Katherine.
Sarah se escondió detrás de un árbol. Yo te ayudo, tú me ayudas, pensó.
Vio cómo su hermana se acercaba poco a poco a aquel hombre. Casi podía verla contener el aliento. Vio al hombre ponerse de pie al escuchar los pasos que se acercaban. Se dio la vuelta y el corazón de Sarah se conmovió al ver la expresión maravillada de su rostro.
-¿Cathy?-inquirió.
No se lo podía creer.
-Hola, Stephen-lo saludó la joven.
-¡Cathy!-exclamó él.
Parecía estar feliz de verla.
-¡Estoy aquí!-sonrió Katherine con nerviosismo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad al poder estar al lado del hombre al que amaba.
-Pensé que no ibas a venir-afirmó Stephen.
-¡Pues te equivocaste!-replicó Katherine.
El uno se arrojó en los brazos del otro. Stephen llenó de besos el rostro de Katherine. Los dos se fundieron en un fuerte abrazo. Se besaron muchas veces. Se besaron de manera apasionada.
Sarah intentaba no mirar. Pero les oía besarse. Susurrarse palabras de amor. Hacerse juramentos de amor eterno.

Besos cargados de intensidad...Stephen asaltó con su boca la boca de Katherine y ella se dejó llevar.
-¿Has venido sola?-le preguntó.
-Mi hermana está paseando por aquí-respondió Catalina-Pero no nos molestará.
Volvieron a besarse con auténtica avidez. Es una repetición de mi historia con Darko, pensó Sarah. Un amor prohibido...
-Te raptaré-le prometió Stephen a Katherine-Nos fugaremos a Gretna Green. Nos casaremos.
-Viviremos en Escocia-soñó ella-Tú vestirás un kilt.
-Estarías guapísima con un kilt. Futura mistress Winter...
Se besaron una vez más. Había mucha pasión contenida en aquel beso. Katherine quería retener en sus labios el sabor de los besos de Stephen. Quería apoderarse de su boca. Beber de su saliva. Enredarse con su lengua. Disfrutar de sus besos. De sus labios que se posaban sobre los de ella.
-He pensado mucho en ti-afirmó Stephen-He intentado verte muchas veces. Pero no he podido. Un hombre me echaba del jardín. Me decía que no era bienvenido a su casa. Era uno de tus criados. Lo mandaba tu padre. Quería estar contigo. Necesitaba estar contigo.
-Mi padre no podrá evitar que estemos juntos-le aseguró Katherine-No evitará que yo sea tuya y que nos casemos.
-Cariño...
Stephen besó el dorso de la mano de la joven.
Katherine pensó que estaba viviendo un sueño. Si eso era verdad, no quería despertar bajo ningún motivo porque Stephen estaba de nuevo a su lado.
-Sé que no soy digno de ti, Cathy-se sinceró el hombre-Pero quiero que vivas como una Reina. Porque te lo mereces. Quiero que tengas vestidos bonitos. Y que vayas a todas las fiestas. Y que tengas un carruaje tirado por briosos corceles.
-Eso no me importa-insistió Catalina-Sólo me importas tú. Que estamos de nuevo juntos.
No había nadie más en los menhires y a Sarah no se la veía de lo bien escondida que estaba. Katherine nunca le estaría del todo agradecida a su hermana por la ayuda que le estaba prestando. Ya encontraría la manera de ayudarla a verse con Darko. Katherine le buscaría. Hablaría con él. Le diría lo mucho que Sarah lo quería.
Casi podía percibir la presencia de los antiguos dioses celtas que habían acudido al círculo para bendecir la unión de aquella pareja.
Los ojos de Katherine brillaban de un modo que Sarah jamás había visto.
Stephen admitía para sí muchas cosas.
La inocencia de Katherine había derribado sus defensas. Ella había llegado a su corazón cómo nunca antes había llegado a él una mujer. Había pensado mucho en ella durante aquellos días. Había deseado verla. Necesitaba sentir el sabor de aquellos besos que Katherine le daba, aquellos besos cargados de ingenuidad. Por su vida habían pasado algunas mujeres, pero ninguna le había marcado tanto como Katherine Wynthrop.
-¿Cuándo volveremos a vernos?-le preguntó ella.
Stephen la besó en la frente.
-Te enviaré una nota por mediación de tu hermana-respondió-En ella, te diré dónde y cuándo nos veremos de nuevo.
-Puedes confiar totalmente en Sarah-le aseguró Katherine-Ha sido idea suya que nos hayamos podido encontrar hoy. Me está ayudando mucho.
El Sol había salido.
Katherine lo interpretó como una buena señal. Escuchaba cantar a los pajaritos que estaban posados en las ramas de los árboles cercanos al círculo. De pronto, todo le parecía más vivo. Escuchó el murmullo de las olas. Todo seguía su curso.
Cogió las manos de Stephen y se las besó.
-Te amo, Cathy-le confesó Stephen.
-Yo también te amo-corroboró la joven.
-Es algo que no me deja vivir tranquilo. Como si me estuviera quemando por dentro. Así es como me siento ahora, que estoy contigo. Pero ese ardor es más intenso cuando estoy alejado de ti. Me atormenta y no me deja en paz. Pero quiero vivir así. Porque tú eres mi razón de ser, mi bella Cathy. Sé que tengo un pasado. Sé que he cometido errores.
-Eso no importa.
-Pero quiero hacerte feliz. Tú eres lo mejor que me ha pasado en esta vida. Tú eres lo que hace que me levante por las mañanas.
Katherine no cabía en sí de dicha. Ya nada le importaba porque Stephen la amaba. Y eso era lo que de verdad le importaba.
-He creído morir durante todos estos días que he estado sin verte-se sinceró ella-He vivido en un Infierno y he deseado morir antes que perderte. No quería seguir viviendo porque me faltabas tú. Creía que nunca más estaríamos juntos. No venías a buscarme y pensaba que no me querías. Me dolía el corazón porque lo tenía roto. Ahora, mi corazón baila de alegría porque estoy de nuevo contigo.
Katherine Wynthrop era una persona especial para Stephen Winter. Su inteligencia lo desarmaba. Como también lo había desarmado su ingenuidad.
Nunca había pensado en casarse. Pero la idea del matrimonio empezaba a parecerle atractiva. Quería convertir a Katherine en su mujer.
Una vez casados, ella sería suya en todos los sentidos. Nunca la dejaría ir. Pero, entonces, Katherine rompió el encanto de aquel momento. Se estaba haciendo tarde. Ya tenía que irse.
-Estaré esperando con ansia tu nota-le aseguró.
Se abrazaron con fuerza y se dieron un beso largo y apasionado a modo de despedida.
Katherine no quería irse de allí. No quería separarse de Stephen. Aún no...
-Te escribiré lo antes posible-le prometió él.
-Te amo-le dijo ella.
Katherin se alejó despacio del lado de Stephen.
-Pensaré en ti-le aseguró el hombre.
-Soñaré contigo-afirmó Katherine.
-Me siento vacío al ver cómo te alejas.
-A mí me pasa lo mismo.
Sarah asomó la cabeza por el árbol tras el cual se había escondido. Katherine se acercó a ella con el rostro radiante. La abrazó con fuerza y le dio las gracias. Nunca antes se había sentido tan feliz.
La joven permaneció un largo rato metida dentro de la bañera.
Se restregó con fuerza todo el cuerpo con la esponja. Tenía la sensación de que hacía siglos que no se bañaba.
Las señales de los cortes hechos con el cristal del espejo apenas se veían. Katherine contempló las diminutas señales. Por suerte, ya no tenía que llevar las muñecas vendadas.
Erika le lavó el pelo. Frotó el cabello de Katherine con vigor y usando jabón.
-Cierre los ojos, señorita-le indicó la doncella.
Tiró varios cubos de agua sobre la cabeza de Katherine.
-Ya está-anunció la doncella-Ya puede salir.
-Espero no haberme quedado ciega-bromeó Katherine.
Salió de la bañera. Se secó con la toalla que le tendió Erika. Se puso una bata.
Se sentó delante del tocador. Erika le cepilló el pelo hasta que se lo dejó seco.
-Ya parece otra-comentó-Parece usted la de siempre. La de antes...Digo. Miss Katherine...
La aludida sonrió con timidez. Volvía a ser la misma Katherine Wynthrop de antaño.
Quería pensar que todo iría bien. Stephen y ella volverían a verse.
Estarían siempre juntos. Se amaban. ¿Por qué no podían estar juntos?
Era algo que Katherine no entendía. Tenían derecho a ser felices.
Katherine se puso la ropa interior mientras Erika abría la puerta de su armario. No sabía qué vestido ponerse y no era capaz estarse quieta.
-La veo muy nerviosa, señorita-observó Erika-Pero la veo más animada que en días anteriores. Me alegro mucho por usted.
Katherine se asomó a la ventana. ¿Dónde se habría metido Sarah?, se preguntó.
Suya fue la idea de escribir una nota. Se la entregaría a él. Escribió aquella nota. Katherine le contó dónde podía encontrar a Stephen Winter. Sarah salió a buscarle. Ya había pasado un rato desde que salió.
Katherine escribió en aquella nota:
Mi amor...
Tu ausencia me está matando.
Dudo de todo. Dudo hasta de tu amor. No sé nada de ti.
No puedes venir a verme. Pero yo sí puedo ir a verte. Quiero salir de dudas. Quiero saber si me sigues amando.
Porque yo no puedo dejar de quererte. ¡Acaba con mis dudas! ¡Dime si sigues enamorado de mí! ¡Quiero saberlo!
Dime dónde y cuándo podemos vernos. Yo estaré allí.
Finalmente, Katherine se decantó por un vestido de color azul marino que le sacó Erika. Ya no era ninguna jovencita y tanto ella como sus hermanas solían vestir con colores marrones y azul oscuro. Erika ayudó a Katherine a ponerse aquel vestido. Era uno de los vestidos más bonitos que la joven tenía. Erika reprimió la envidia que sentía. Las hermanas Wynthrop eran auténticas beldades. En aquel momento, se oyó abrirse y cerrarse la puerta de entrada. El corazón de Katherine dio un vuelco.
Es Sarah, pensó.
Regresaba de la pensión. No le había costado trabajo encontrarla. Llegó a la calle en la que se encontraba la Iglesia. Preguntó por la pensión. Se lo dijeron. Y la dueña de la pensión le dijo que allí se hospedaba Stephen Winter. En un cuarto que tenía en el primer piso. Sarah subió a hablar con él. Le dijo que venía en nombre de Katherine y le entregó la nota.
Oyó cómo subía alguien apresuradamente la escalera. La sospecha de Katherine se confirmó cuando Sarah entró en su habitación sin llamar.
-Erika, puedes retirarte-le dijo a la sirvienta-Yo me encargo de cepillar el pelo a miss Cathy.
-Sí, señorita-asintió Erika-Con permiso.
Erika salió de la habitación discretamente. Pero percibió algo extraño en el ambiente. Los ojos de Katherine brillaron con nerviosismo cuando se posaron en su hermana. Aquí pasa algo, pensó Erika. Debía de decírselo a alguien, pero no se atrevía. Una sospecha se adueñó de su corazón.
Erika entró en la cocina. Vio a la cocinera trocear la carne de buey que había comprado para la cena. Era una mujer de campo, como la propia Erika. No había ido nunca al colegio. No sabía leer. Pero tenía buena mano con la cocina. Llevaba trabajando ya varios años para la familia Wynthrop. Nunca había tenido queja de ellos. La criada se dejó caer en una silla.
-Tienes mala cara, niña-observó la cocinera.
Descargó el hacha de cocina sobre la carne.
No voy a hablar, decidió Erika.
De todas maneras, no podía confirmar nada.
-¿Cómo ves a miss Katherine?-le preguntó a la cocinera.
-La veo bien-respondió la mujer.
Era una mujer de estatura media y rolliza. Al igual que Erika, era soltera. Y no tenía familia. Le gustaba trabajar en aquella casa, pero la consideraba un poco sombría.
-¿No le notas tú algo raro?-insistió Erika.
La cocinera se encogió de hombros. A decir verdad, no se fijaba mucho en cómo estaban o dejaban de estar las hijas de los señores.
Ella se limitaba a cumplir todo lo que le ordenaban con la mayor diligencia posible. Mister Wynthrop era el que le pagaba. Y mistress Wynthrop era la que le daba las órdenes. Las hijas eran sólo meras sombras en las que ni siquiera se fijaba. Tres solteronas aburridas y fuera de lugar. Parecían no encajar en ningún sitio. Con la excepción de la hija mediana...Que viajaba mucho a Llangefni. Las otras dos...Nada... Así era como lo veía ella.
-Ha estado enferma estos días-dijo la cocinera.
-Padece mal de amores-comentó Erika.
-Los males de amores son como la gripe. Parece que no se van a ir nunca. Pero acaban yéndose.
-No es tan fácil como lo describes.
El hacha de cocinera volvió a golpear la carne de buey. Erika odiaba comer carne de buey. Odiaba vivir en aquel lugar.
A veces, se sentía tentada a abandonarlo todo. Quería regresar a su casa en la campiña. Pero no se atrevía. No tenía dinero y ningún hombre querría casarse con ella. Descubriría que no soy virgen y me repudiaría, pensó con terror.
Ningún hombre decente la querría como esposa. Erika sintió cómo un escalofrío recorría su columna vertebral.
-Las señoritas son ya mayorcitas-opinó la cocinera-Se van a secar por dentro si no se casan cuanto antes y tienen críos. Tendrían que haberse casado hacía ya mucho tiempo. Pero no lo han hecho. Y están como perras en celo buscando un varón que las monte.
-¡Por el amor de Dios!-se escandalizó Erika-¿Cómo se te ocurre hablar así de las señoritas?
-Porque es la verdad. No es normal que una joven de su edad esté soltera. Miss Mary, por ejemplo. Tiene veintiocho años. ¿Conoces a alguna joven de esa edad que permanezca soltera? No, ¿verdad? Y está rara. Parece que está en otra parte. Nadie lo nota. Pero yo sí lo noto.
-Son carne de cañón para que se les acerque cualquier indeseable.
-No les buscan. Pero lo desean. Tanto tiempo sola no es bueno ni para una mujer ni para un hombre, niña.
-¿Lo has visto?-le preguntó Katherine a Sarah.
-He hablado con él, pero apenas unas pocas palabras-respondió Sarah.
-¿Qué te ha dicho?
Sarah sonrió. Abrió su bolso. Extrajo de él un pequeño papel. Katherine se lo arrebató. Leyó con nerviosismo lo que ponía en él.
¿Cómo puedes dudar de mi amor, Cathy?
Cuando he recibido tu nota, he creído que me iba a desmayar de alivio.
Durante días, he intentado verte. Saber de ti.
Me he presentado muchas veces en tu casa. No he podido saber razón alguna de ti. He deseado morirme porque creía que te había perdido para siempre. No dudes nunca de mi amor por ti, Cathy. Eres lo más hermoso que me ha dado la vida.
Te amo. ¡No veo la hora de volver a verte! Querida mía...No volveremos a separarnos. ¡Te lo juro!
Te espero en los menhires a las cinco de la tarde. Ven, por favor. Te extraño, Cathy.
No faltes a la cita. ¡No veo la hora de abrazarte de nuevo! De saber si sigues amándome. Nunca he dejado de amarte. No pierdas la fe en mí. Me moriría.
Con la excusa de que Katherine necesitaba tomar el fresco y que ella la acompañaría, Sarah logró sacar a su hermana de casa sin levantar sospechas. Al contrario. Sus padres parecían estar contentos. Se alegraban de ver a su hija menor de nuevo contenta.
-¡Oh, Sarah!-exclamó Katherine-¡Estoy deseando ver de nuevo a Stephen!
-Me alegro de que estés de nuevo contenta-opinó la aludida.
-¡Soy tan feliz! Yo te ayudaré con Darko.
-Te lo agradezco mucho, Cathy.
Acordaron que Sara permanecería escondida detrás de un menhir. Así, Catalina disfrutaría de más libertad a la hora de poder estar con Stephen. Sarah vio a un hombre alto y bien formado sentado dentro del círculo. El corazón de Katherine empezó a golpearle con fuerza dentro del pecho.
-¿Es ése mister Winter?-inquirió Sarah.
-Déjanos solos, por favor-le pidió Katherine.
Sarah se escondió detrás de un árbol. Yo te ayudo, tú me ayudas, pensó.
Vio cómo su hermana se acercaba poco a poco a aquel hombre. Casi podía verla contener el aliento. Vio al hombre ponerse de pie al escuchar los pasos que se acercaban. Se dio la vuelta y el corazón de Sarah se conmovió al ver la expresión maravillada de su rostro.
-¿Cathy?-inquirió.
No se lo podía creer.
-Hola, Stephen-lo saludó la joven.
-¡Cathy!-exclamó él.
Parecía estar feliz de verla.
-¡Estoy aquí!-sonrió Katherine con nerviosismo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad al poder estar al lado del hombre al que amaba.
-Pensé que no ibas a venir-afirmó Stephen.
-¡Pues te equivocaste!-replicó Katherine.
El uno se arrojó en los brazos del otro. Stephen llenó de besos el rostro de Katherine. Los dos se fundieron en un fuerte abrazo. Se besaron muchas veces. Se besaron de manera apasionada.
Sarah intentaba no mirar. Pero les oía besarse. Susurrarse palabras de amor. Hacerse juramentos de amor eterno.
Besos cargados de intensidad...Stephen asaltó con su boca la boca de Katherine y ella se dejó llevar.
-¿Has venido sola?-le preguntó.
-Mi hermana está paseando por aquí-respondió Catalina-Pero no nos molestará.
Volvieron a besarse con auténtica avidez. Es una repetición de mi historia con Darko, pensó Sarah. Un amor prohibido...
-Te raptaré-le prometió Stephen a Katherine-Nos fugaremos a Gretna Green. Nos casaremos.
-Viviremos en Escocia-soñó ella-Tú vestirás un kilt.
-Estarías guapísima con un kilt. Futura mistress Winter...
Se besaron una vez más. Había mucha pasión contenida en aquel beso. Katherine quería retener en sus labios el sabor de los besos de Stephen. Quería apoderarse de su boca. Beber de su saliva. Enredarse con su lengua. Disfrutar de sus besos. De sus labios que se posaban sobre los de ella.
-He pensado mucho en ti-afirmó Stephen-He intentado verte muchas veces. Pero no he podido. Un hombre me echaba del jardín. Me decía que no era bienvenido a su casa. Era uno de tus criados. Lo mandaba tu padre. Quería estar contigo. Necesitaba estar contigo.
-Mi padre no podrá evitar que estemos juntos-le aseguró Katherine-No evitará que yo sea tuya y que nos casemos.
-Cariño...
Stephen besó el dorso de la mano de la joven.
Katherine pensó que estaba viviendo un sueño. Si eso era verdad, no quería despertar bajo ningún motivo porque Stephen estaba de nuevo a su lado.
-Sé que no soy digno de ti, Cathy-se sinceró el hombre-Pero quiero que vivas como una Reina. Porque te lo mereces. Quiero que tengas vestidos bonitos. Y que vayas a todas las fiestas. Y que tengas un carruaje tirado por briosos corceles.
-Eso no me importa-insistió Catalina-Sólo me importas tú. Que estamos de nuevo juntos.
No había nadie más en los menhires y a Sarah no se la veía de lo bien escondida que estaba. Katherine nunca le estaría del todo agradecida a su hermana por la ayuda que le estaba prestando. Ya encontraría la manera de ayudarla a verse con Darko. Katherine le buscaría. Hablaría con él. Le diría lo mucho que Sarah lo quería.
Casi podía percibir la presencia de los antiguos dioses celtas que habían acudido al círculo para bendecir la unión de aquella pareja.
Los ojos de Katherine brillaban de un modo que Sarah jamás había visto.
Stephen admitía para sí muchas cosas.
La inocencia de Katherine había derribado sus defensas. Ella había llegado a su corazón cómo nunca antes había llegado a él una mujer. Había pensado mucho en ella durante aquellos días. Había deseado verla. Necesitaba sentir el sabor de aquellos besos que Katherine le daba, aquellos besos cargados de ingenuidad. Por su vida habían pasado algunas mujeres, pero ninguna le había marcado tanto como Katherine Wynthrop.
-¿Cuándo volveremos a vernos?-le preguntó ella.
Stephen la besó en la frente.
-Te enviaré una nota por mediación de tu hermana-respondió-En ella, te diré dónde y cuándo nos veremos de nuevo.
-Puedes confiar totalmente en Sarah-le aseguró Katherine-Ha sido idea suya que nos hayamos podido encontrar hoy. Me está ayudando mucho.
El Sol había salido.
Katherine lo interpretó como una buena señal. Escuchaba cantar a los pajaritos que estaban posados en las ramas de los árboles cercanos al círculo. De pronto, todo le parecía más vivo. Escuchó el murmullo de las olas. Todo seguía su curso.
Cogió las manos de Stephen y se las besó.
-Te amo, Cathy-le confesó Stephen.
-Yo también te amo-corroboró la joven.
-Es algo que no me deja vivir tranquilo. Como si me estuviera quemando por dentro. Así es como me siento ahora, que estoy contigo. Pero ese ardor es más intenso cuando estoy alejado de ti. Me atormenta y no me deja en paz. Pero quiero vivir así. Porque tú eres mi razón de ser, mi bella Cathy. Sé que tengo un pasado. Sé que he cometido errores.
-Eso no importa.
-Pero quiero hacerte feliz. Tú eres lo mejor que me ha pasado en esta vida. Tú eres lo que hace que me levante por las mañanas.
Katherine no cabía en sí de dicha. Ya nada le importaba porque Stephen la amaba. Y eso era lo que de verdad le importaba.
-He creído morir durante todos estos días que he estado sin verte-se sinceró ella-He vivido en un Infierno y he deseado morir antes que perderte. No quería seguir viviendo porque me faltabas tú. Creía que nunca más estaríamos juntos. No venías a buscarme y pensaba que no me querías. Me dolía el corazón porque lo tenía roto. Ahora, mi corazón baila de alegría porque estoy de nuevo contigo.
Katherine Wynthrop era una persona especial para Stephen Winter. Su inteligencia lo desarmaba. Como también lo había desarmado su ingenuidad.
Nunca había pensado en casarse. Pero la idea del matrimonio empezaba a parecerle atractiva. Quería convertir a Katherine en su mujer.
Una vez casados, ella sería suya en todos los sentidos. Nunca la dejaría ir. Pero, entonces, Katherine rompió el encanto de aquel momento. Se estaba haciendo tarde. Ya tenía que irse.
-Estaré esperando con ansia tu nota-le aseguró.
Se abrazaron con fuerza y se dieron un beso largo y apasionado a modo de despedida.
Katherine no quería irse de allí. No quería separarse de Stephen. Aún no...
-Te escribiré lo antes posible-le prometió él.
-Te amo-le dijo ella.
Katherin se alejó despacio del lado de Stephen.
-Pensaré en ti-le aseguró el hombre.
-Soñaré contigo-afirmó Katherine.
-Me siento vacío al ver cómo te alejas.
-A mí me pasa lo mismo.
Sarah asomó la cabeza por el árbol tras el cual se había escondido. Katherine se acercó a ella con el rostro radiante. La abrazó con fuerza y le dio las gracias. Nunca antes se había sentido tan feliz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)