Sarah pasó gran parte de la tarde siguiente lanzando piedras al río Nore. No quería ver a nadie y prefería estar sola.
Acabó sentada a orillas del río. Oía cómo el agua le susurraba algo que ella no entendía.
-Tu lugar no está aquí-parecía querer decirle el agua-Tu lugar está en otra parte.
Sarah se frotó las sienes.
¿Tan horrible es que quiera casarme por amor?, se preguntó Sarah.
Se sobresaltó al escuchar unos pasos detrás de ella. Se dio la vuelta sin levantarse del suelo. Era Alexandra. Se puso de rodillas a su lado.
-¿Qué estás haciendo aquí?-le preguntó Sarah.
-He ido a tu casa-respondió Alexandra-Brigitte me dijo que habías salido. Supuse que habrías venido aquí. Es uno de tus lugares favoritos.
-Necesitaba estar sola.
-¿Puedo saber qué te pasa?
-Tengo la sensación de que estoy perdiendo el control. ¡Mi hermana habla de casarme con Luke Kirkcaldy!
-No es un mal partido.
-¡Pero no le amo! ¿Tan malo es que quiera casarme por amor?
-La gente como nosotras no se casa por amor.
-Lo sé. Pero yo no soy como el resto. Necesito amar al hombre que va a ser mi marido. Y que éste, a su vez, también me ame.
-Ven a dormir a mi casa esta noche. Podremos hablar largo y tendido hasta el amanecer.
Sarah declinó la oferta porque no quería que Alexandra la presionara. Ella también estaba a favor de su eventual boda con Luke.
Cogió una piedrecilla. La arrojó al río. Oyó cómo la piedrecilla caía al agua.
Fogosa y tozuda. ¿Quién la habría descrito así? ¿El maestro de ceremonias de Dublín? ¿Brigitte? ¿Alexandra? El moño que lucía Sarah estaba a punto de soltarse. Tenía el pelo muy rebelde. Una de sus institutrices dijo que su pelo era una muestra de su carácter.
Sarah era coqueta por naturaleza. Le gustaba arreglarse y verse guapa. Pasaba muchas horas delante de su tocador peinándose y arreglándose.
Aquel año, no hubo verano.
-Las cosas se han calmado-comentó Alexandra-Pero sigue habiendo mucha crispación en el ambiente.
Se sabía que había habido disturbios tanto en Inglaterra como en Francia. El frío del invierno había destruido muchas cosechas. Se pasaba hambre.
-No nos libraremos de la hambruna-auguró Alexandra-Se avecinan tiempos difíciles. Para todos.
Se decía que la culpa la tenían las erupciones volcánicas. Hacía muchos días que no se veía el Sol. No hacía calor. Eran las cuatro de la tarde. El cielo estaba completamente oscuro. Parecía que era ya de noche.
-Volvamos a casa-sugirió Alexandra.
Luke me desea porque soy joven y hermosa, pensó Sarah. No está enamorado de mí. Si me toma entre sus brazos, le rechazaré. Porque no puedo estar con alguien a quien no ame.
Se soltó finalmente el cabello y dejó que sus rizos flotaran al viento. Parecía un ser sobrenatural. Se había rizado el cabello aquella mañana con la ayuda de Brigitte.
-Es una pena que estos rizos no sean naturales-se lamentó Sarah.
La naturaleza de Sarah era salvaje e impetuosa. Pero Alexandra veía cómo un aura de tragedia iba rodeándola. Y Sarah no era consciente de eso.
Brigitte estaba escribiendo en su diario. Estaba sentada en el escritorio que estaba junto a la ventana de la habitación que compartía con Sarah. Vio cómo ésta regresaba a casa. No volvía sola. Alexandra la acompañaba. Las dos no hablaban. No volvían como otras veces. Charlando de forma animada. Las preocupaciones de Sarah eran mucho más profundas.
Me preocupas, hermanita, pensó Brigitte.
Un blog sobre la novela romántica histórica. Escritores románticos, personajes conocidos, historias apasionadas...¡Un mundo lleno de romanticismo! Viaja en el tiempo hasta una época inolvidable.
lunes, 5 de marzo de 2012
HISTORIA DE DOS HERMANAS 2
Los Allen estaban preocupados por sus hijas.
Daban por sentado que Brigitte nunca se casaría. Pero era Sarah quien les preocupaba. Su alocada hija podía terminar mal. Recibió varias ofertas de matrimonio durante su primera temporada.
Las rechazó todas.
Decía que sólo quería casarse por amor. ¿No se daba cuenta de que iba a seguir los pasos de su hermana? ¿Acaso quería acabar soltera?
¿Quería acabar como Brigitte?
Sarah estaba entusiasmada pensando en su segunda temporada en Dublín. Iría a muchas fiestas. Se divertiría mucho. Y coquetearía también mucho. Brigitte ya no iba a fiestas. No quería quedarse sentada en una silla mirando cómo otros bailaban. Por eso, se negó a acompañar a su hermana y a sus padres a todos los bailes a los que éstos iban invitados. Quería a Sarah y se alegraba de su éxito. Pero no quería sufrir más humillaciones.
Las dos estaban en el jardín. Estaban sentadas en sendas sillas mientras tomaban el fresco. Sarah rompió en mil pedazos la carta que estaba leyendo.
-¡No le soporto!-masculló-¡No le soporto!
-¿A quién no soportas?-preguntó Brigitte.
-A Luke Kirkcaldy.
Entonces, Brigitte supo el porqué su hermana había roto la carta que estaba leyendo. Era una carta de amor que había escrito su vecino.
-¿Por qué no le das una oportunidad?-le sugirió.
-Porque no estoy enamorada de él-contestó Sarah.
-Pero él sí está enamorado de ti.
-Empiezo a pensar que en eso estás equivocada.
-¿Por qué dices eso?
-Sólo quiere tener hijos.
Luke Kirkcaldy era el vecino solterón de los Allen. En los últimos años, se sentía más viejo y cansado. Tenía la edad suficiente para ser el padre de Sarah. Jamás se había interesado en casarse hasta que cayó enfermo. Sífilis, decían las lenguas viperinas. Una neumonía, decía él. Entonces, cuando se recuperó, decidió que ya era hora de sentar la cabeza. Y decidió casarse.
Sarah Allen podía ser la mujer ideal para convertirse en su esposa.
Le gustaba su carácter apasionado. Además, estaba seguro de que podía llegar a domarlo.
Aquella tarde, vestida con un vestido de color rojo oscuro en contraste con el blanco de la silla de jardín, Sarah estaba muy atractiva. Era un vestido nuevo. Se lo había confeccionado la modista de la ciudad.
-¡Jamás me casaré con él!-afirmó Sarah-¡Jamás!
-Es rico-le recordó Brigitte.
-¡Me da igual! ¡Si viene a vernos, no saldré a recibirle! ¡Que haga como que me he muerto!
-Es alto y apuesto. Te trataría con mucha consideración en el lecho. Me parece un buen hombre. Quizás sea demasiado serio para mi gusto. Pero creo que te trataría con respeto. ¿Por qué no le das una oportunidad?
Sarah se puso de pie. Comenzó a pasear se un lado a otro del jardín.
El viento se llevó los trozos de la carta rota.
-No puedo hacer eso-dijo-Iría contra mis principios.
Brigitte la miró con consideración. Sarah debía de entender que el amor no existía.
-Podrías intentarlo-le sugirió Brigitte a su hermana-Antes de que nos vayamos a Dublín.
Sarah se detuvo delante de su hermana.
-No puedo-repitió.
Se metió corriendo dentro de la casa. Tenía muchas cosas en las que pensar.
Conocía de sobra cuál era su papel en la vida. Tenía que casarse. Y tenía que casarse bien. Y tenía que dar a luz a muchos hijos. A ser posible, esos hijos debían de ser varones. Eso era lo que Luke Kirkcaldy quería de ella. Lo que querían de ella los caballeros que le propusieron matrimonio en Dublín. Pero eso no era lo que quería Sarah.
Irlanda no era el fin del mundo. Ella soñaba con viajar. Quería vivir muchas aventuras.
Lo único que los hombres ven en mí es mi belleza, pensó Sarah. Y la desolación se apoderó de ella.
Daban por sentado que Brigitte nunca se casaría. Pero era Sarah quien les preocupaba. Su alocada hija podía terminar mal. Recibió varias ofertas de matrimonio durante su primera temporada.
Las rechazó todas.
Decía que sólo quería casarse por amor. ¿No se daba cuenta de que iba a seguir los pasos de su hermana? ¿Acaso quería acabar soltera?
¿Quería acabar como Brigitte?
Sarah estaba entusiasmada pensando en su segunda temporada en Dublín. Iría a muchas fiestas. Se divertiría mucho. Y coquetearía también mucho. Brigitte ya no iba a fiestas. No quería quedarse sentada en una silla mirando cómo otros bailaban. Por eso, se negó a acompañar a su hermana y a sus padres a todos los bailes a los que éstos iban invitados. Quería a Sarah y se alegraba de su éxito. Pero no quería sufrir más humillaciones.
Las dos estaban en el jardín. Estaban sentadas en sendas sillas mientras tomaban el fresco. Sarah rompió en mil pedazos la carta que estaba leyendo.
-¡No le soporto!-masculló-¡No le soporto!
-¿A quién no soportas?-preguntó Brigitte.
-A Luke Kirkcaldy.
Entonces, Brigitte supo el porqué su hermana había roto la carta que estaba leyendo. Era una carta de amor que había escrito su vecino.
-¿Por qué no le das una oportunidad?-le sugirió.
-Porque no estoy enamorada de él-contestó Sarah.
-Pero él sí está enamorado de ti.
-Empiezo a pensar que en eso estás equivocada.
-¿Por qué dices eso?
-Sólo quiere tener hijos.
Luke Kirkcaldy era el vecino solterón de los Allen. En los últimos años, se sentía más viejo y cansado. Tenía la edad suficiente para ser el padre de Sarah. Jamás se había interesado en casarse hasta que cayó enfermo. Sífilis, decían las lenguas viperinas. Una neumonía, decía él. Entonces, cuando se recuperó, decidió que ya era hora de sentar la cabeza. Y decidió casarse.
Sarah Allen podía ser la mujer ideal para convertirse en su esposa.
Le gustaba su carácter apasionado. Además, estaba seguro de que podía llegar a domarlo.
Aquella tarde, vestida con un vestido de color rojo oscuro en contraste con el blanco de la silla de jardín, Sarah estaba muy atractiva. Era un vestido nuevo. Se lo había confeccionado la modista de la ciudad.
-¡Jamás me casaré con él!-afirmó Sarah-¡Jamás!
-Es rico-le recordó Brigitte.
-¡Me da igual! ¡Si viene a vernos, no saldré a recibirle! ¡Que haga como que me he muerto!
-Es alto y apuesto. Te trataría con mucha consideración en el lecho. Me parece un buen hombre. Quizás sea demasiado serio para mi gusto. Pero creo que te trataría con respeto. ¿Por qué no le das una oportunidad?
Sarah se puso de pie. Comenzó a pasear se un lado a otro del jardín.
El viento se llevó los trozos de la carta rota.
-No puedo hacer eso-dijo-Iría contra mis principios.
Brigitte la miró con consideración. Sarah debía de entender que el amor no existía.
-Podrías intentarlo-le sugirió Brigitte a su hermana-Antes de que nos vayamos a Dublín.
Sarah se detuvo delante de su hermana.
-No puedo-repitió.
Se metió corriendo dentro de la casa. Tenía muchas cosas en las que pensar.
Conocía de sobra cuál era su papel en la vida. Tenía que casarse. Y tenía que casarse bien. Y tenía que dar a luz a muchos hijos. A ser posible, esos hijos debían de ser varones. Eso era lo que Luke Kirkcaldy quería de ella. Lo que querían de ella los caballeros que le propusieron matrimonio en Dublín. Pero eso no era lo que quería Sarah.
Irlanda no era el fin del mundo. Ella soñaba con viajar. Quería vivir muchas aventuras.
Lo único que los hombres ven en mí es mi belleza, pensó Sarah. Y la desolación se apoderó de ella.
HISTORIA DE DOS HERMANAS
Voy a colgar el inicio de una historia muy corta que terminé hace algún tiempo. Guarda relación con "CON EL CORAZÓN ROTO", ya que es la historia de Sarah y Brigitte Allen, madre y tía respectivamente de Olivia O' Hara.
Eso no significa que haya terminado con la historia de Olivia. Nuestra heroína tiene que darnos muchas sorpresas que iréis viendo poco a poco.
Espero que os guste. Y os animo a que la comentéis.
KILKENNY, PROVINCIA DE LEISTER, IRLANDA, 1816
Sarah Allen era la menor de las hermanas Allen. Tenía diecinueve años. Y se había convertido en una belleza. En breve, empezaría su segunda temporada en Dublín. Y, a decir verdad, estaba muy nerviosa.
Sentada en su cama, su hermana mayor, Brigitte, observaba cómo Sarah se cepillaba su cabello. Sarah tenía un pelo de un precioso color caoba brillante, largo y espeso. Brigitte acababa de cumplir veintidos años. Iba camino de convertirse en una solterona. Sarah hablaba de rizarse el pelo. Comparada con su hermana menor, Brigitte no era ninguna belleza. Tenía el pelo de color rubio muy claro que palidecía en comparación con Sarah.
-¿No te hace ilusión ir a Dublín?-le preguntó su hermana.
Se giró en la silla para mirarla. Dejó de peinarse, pero no soltó el cepillo.
-Si voy a Dublín será para buscar trabajo-respondió Brigitte-No quiero depender de papá.
Sarah se echó a reír porque le hacía gracia el comentario que había hecho su hermana.
A Sarah le llovían los pretendientes. Éstos se acercaban a ella atraídos por sus ojos, ligeramente almendrados en su forma y de un hermoso y llamativo color azul cielo. Los ojos de Sarah fueron bautizados, cuando fue presentada en sociedad en Dublín, como los ojos más bellos de toda Irlanda. Desde entonces, ostentaba con orgullo aquel título.
Sarah era una buena chica, pero tenía el defecto de ser terriblemente caprichosa. También era una joven fuerte y decidida. Tanto ella como Brigitte se parecían en algunos aspectos. Las dos poseían unas facciones delicadas y adorables. Sin embargo, Sarah se negaba a parecerse a su hermana.
-¿Y por qué quieres trabajar?-quiso saber.
Los ojos de Sarah brillaron como una joya al pensar en lo que le esperaba en Dublín.
-Jamás me casaré-contestó Brigitte.
No había amargura en el tono de su voz, sino la sensación de que aquél era su sino. Estaba pensando en buscar trabajo como dama de compañía. Lo último que quería era depender de su padre de forma económica.
Sarah se sentó junto a ella en la cama.
-No hables así-le exhortó-Piensa que hay un hombre ahí fuera que te estará esperando.
-A mí nadie me ha besado todavía-le recordó Brigitte-No como a ti.
-Pero eso no significa nada.
Era imposible parecerse a Sarah porque sólo había una en este mundo.
-Venga, salgamos a dar un paseo-la invitó su hermana-Es deprimente estar aquí todo el día encerrada.
-No me apetece mucho salir-replicó Brigitte.
-El aire de la calle te hará bien. ¡Vamos!
Sarah obligó a su hermana a ponerse de pie. Tras coger sus parasoles y ponerse sus sombreros, salieron a la calle. No pensaban estar mucho rato fuera.
Las cejas de Sarah eran finas y graciosas. Al salir a la calle, la mirada de un mendigo se posó en ella. ¡Era tan hermosa!
-¿Adónde vamos?-le preguntó Brigitte.
-A cualquier parte-respondió Sarah-Disfrutemos del pueblo por última vez. Nos habremos ido en unos días. No sé si volveremos.
-Yo sí volveré.
Sarah negó con la cabeza. Con un poco de suerte, Brigitte también encontraba el amor en Dublín. Era cuestión de intentarlo.
La mirada de Sarah era vivaz y alegre, muy propia de aquellos que sienten una gran pasión por la vida. Su nariz era respingona y su boca carnosa siempre tenía dibujada una sonrisa perenne. Estaba segura de que su segunda temporada en la capital iba a ser igual que la primera. Es decir, un éxito.
Sarah vestía de manera escotada en muchas ocasiones, lo que le permitía mostrar parte de sus perfectos y firmes pechos. En cambio, Brigitte vestía de una manera más recatada.
-Deberías de enseñar un poco más de carne-le aconsejó Sarah.
Otras veces, Sarah se ponía pantalones, que resaltaban sus piernas, esbeltas y bien torneadas.
-A mí no me mira nadie-se lamentó Brigitte.
-Sólo me interesa que no me mire Luke Kirkcaldy-afirmó Sarah-¿Te puedes creer lo que hizo el otro día? Intentó besarme cuando le enseñé el rosal que había plantado mamá. Por suerte, le esquivé.
-Luke Kirkcaldy es nuestro vecino. Y siempre ha estado enamorado de ti.
-Pues ya puede ir desengañándose porque nunca me casaré con él.
Sarah poseía una cintura muy breve y unas caderas bien redondeadas. Su cuerpo estaba bien proporcionado en todos los aspectos y era esbelta.
-¿Por qué no te casas con él?-sugirió Sarah.
-Jamás me he fijado en Luke Kirkcaldy-le recordó Brigitte-Y él tampoco se ha fijado nunca en mí. Sólo tiene ojos para mí.
-Pues debería de arrancárselos. Así no me miraría tanto.
A pesar de que eran hermanas, Brigitte y Sarah eran muy diferentes no sólo físicamente. También en el carácter. Mientras Sarah era más impulsiva, Brigitte era más sensata.
Sarah era una romántica empedernida. Soñaba con casarse por amor.
-Nadie se casa por amor-le dijo Brigitte-La gente sólo se casa por interés.
Brigitte era más práctica. En realidad, era mucho más realista que su hermana.
-Mira a nuestros padres-le aconsejó a Sarah.
-Ellos se quieren-replicó la joven.
Pero las dos sabían que sus padres se habían casado sin amarse. Fue un matrimonio que pactaron sus abuelos. El cariño llegó con el paso de los años. Pero no llegó el amor.
Las dos se dirigían al río Nore, donde pasaban muchas tardes.
-Espero que no te tires al agua vestida-le pidió Brigitte a su hermana-Mamá se enfada contigo cada vez que haces eso. Y te castiga.
Sarah se encogió de hombros. Desde que era pequeña, siempre había hecho lo que le venía en gana. Y no pensaba cambiar por nada del mundo. Mistress Allen temía por su hija menor. Sarah podía cometer una locura cualquier día. Haría algo de lo que se arrepentiría más tarde. Cuando ya no habría solución. Sarah podía ser obstinada y eso le impedía ver más razón que la suya.
Y eso podía ser algo malo.
-No me importa-afirmó Sarah-Por eso, sigo haciéndolo.
Sarah no quería comportarse como una señorita. No quería sentarse en un rincón, como hacía Brigitte.
Las dos vivían en una gran casa cuya construcción databa de la época de las Cruzadas.
De la misma época databa el edificio donde vivía la mejor amiga de Sarah, Alexandra. Su carácter era muy parecido al de Brigitte porque era más calmada. Pero Sarah la quería como a una hermana. Le contaba cosas que no se atrevía a contarle a Brigitte.
Presidía la ciudad el castillo, con su torre cilíndrica. Cuando eran pequeñas, Sarah y Alexandra iban allí a jugar. Todavía lo visitaban.
Sus padres querían casar a sus hijas en la catedral de Saint Canice.
-A esta ciudad se la conoce como "La ciudad de mármol"-comentó Sarah-Es como vivir en un cuento de hadas. Hay muchos edificios aquí que son de la época de Robin Hood.
-¿Te gusta Robin Hood?-se extrañó Brigitte-Es inglés.
Saludaron a un amigo de su padre que volvía a su casa en carruaje. Éste vivía cerca de la "Cantera Negra", situada a una milla de la ciudad.
Sarah se encogió de hombros.
-Eso no importa-afirmó-Es un héroe. Yo quiero un hombre así en mi vida. Un hombre fuerte que me protega. Un hombre duro...Viril...Sólo amaría a alguien así.
Eso no significa que haya terminado con la historia de Olivia. Nuestra heroína tiene que darnos muchas sorpresas que iréis viendo poco a poco.
Espero que os guste. Y os animo a que la comentéis.
KILKENNY, PROVINCIA DE LEISTER, IRLANDA, 1816
Sarah Allen era la menor de las hermanas Allen. Tenía diecinueve años. Y se había convertido en una belleza. En breve, empezaría su segunda temporada en Dublín. Y, a decir verdad, estaba muy nerviosa.
Sentada en su cama, su hermana mayor, Brigitte, observaba cómo Sarah se cepillaba su cabello. Sarah tenía un pelo de un precioso color caoba brillante, largo y espeso. Brigitte acababa de cumplir veintidos años. Iba camino de convertirse en una solterona. Sarah hablaba de rizarse el pelo. Comparada con su hermana menor, Brigitte no era ninguna belleza. Tenía el pelo de color rubio muy claro que palidecía en comparación con Sarah.
-¿No te hace ilusión ir a Dublín?-le preguntó su hermana.
Se giró en la silla para mirarla. Dejó de peinarse, pero no soltó el cepillo.
-Si voy a Dublín será para buscar trabajo-respondió Brigitte-No quiero depender de papá.
Sarah se echó a reír porque le hacía gracia el comentario que había hecho su hermana.
A Sarah le llovían los pretendientes. Éstos se acercaban a ella atraídos por sus ojos, ligeramente almendrados en su forma y de un hermoso y llamativo color azul cielo. Los ojos de Sarah fueron bautizados, cuando fue presentada en sociedad en Dublín, como los ojos más bellos de toda Irlanda. Desde entonces, ostentaba con orgullo aquel título.
Sarah era una buena chica, pero tenía el defecto de ser terriblemente caprichosa. También era una joven fuerte y decidida. Tanto ella como Brigitte se parecían en algunos aspectos. Las dos poseían unas facciones delicadas y adorables. Sin embargo, Sarah se negaba a parecerse a su hermana.
-¿Y por qué quieres trabajar?-quiso saber.
Los ojos de Sarah brillaron como una joya al pensar en lo que le esperaba en Dublín.
-Jamás me casaré-contestó Brigitte.
No había amargura en el tono de su voz, sino la sensación de que aquél era su sino. Estaba pensando en buscar trabajo como dama de compañía. Lo último que quería era depender de su padre de forma económica.
Sarah se sentó junto a ella en la cama.
-No hables así-le exhortó-Piensa que hay un hombre ahí fuera que te estará esperando.
-A mí nadie me ha besado todavía-le recordó Brigitte-No como a ti.
-Pero eso no significa nada.
Era imposible parecerse a Sarah porque sólo había una en este mundo.
-Venga, salgamos a dar un paseo-la invitó su hermana-Es deprimente estar aquí todo el día encerrada.
-No me apetece mucho salir-replicó Brigitte.
-El aire de la calle te hará bien. ¡Vamos!
Sarah obligó a su hermana a ponerse de pie. Tras coger sus parasoles y ponerse sus sombreros, salieron a la calle. No pensaban estar mucho rato fuera.
Las cejas de Sarah eran finas y graciosas. Al salir a la calle, la mirada de un mendigo se posó en ella. ¡Era tan hermosa!
-¿Adónde vamos?-le preguntó Brigitte.
-A cualquier parte-respondió Sarah-Disfrutemos del pueblo por última vez. Nos habremos ido en unos días. No sé si volveremos.
-Yo sí volveré.
Sarah negó con la cabeza. Con un poco de suerte, Brigitte también encontraba el amor en Dublín. Era cuestión de intentarlo.
La mirada de Sarah era vivaz y alegre, muy propia de aquellos que sienten una gran pasión por la vida. Su nariz era respingona y su boca carnosa siempre tenía dibujada una sonrisa perenne. Estaba segura de que su segunda temporada en la capital iba a ser igual que la primera. Es decir, un éxito.
Sarah vestía de manera escotada en muchas ocasiones, lo que le permitía mostrar parte de sus perfectos y firmes pechos. En cambio, Brigitte vestía de una manera más recatada.
-Deberías de enseñar un poco más de carne-le aconsejó Sarah.
Otras veces, Sarah se ponía pantalones, que resaltaban sus piernas, esbeltas y bien torneadas.
-A mí no me mira nadie-se lamentó Brigitte.
-Sólo me interesa que no me mire Luke Kirkcaldy-afirmó Sarah-¿Te puedes creer lo que hizo el otro día? Intentó besarme cuando le enseñé el rosal que había plantado mamá. Por suerte, le esquivé.
-Luke Kirkcaldy es nuestro vecino. Y siempre ha estado enamorado de ti.
-Pues ya puede ir desengañándose porque nunca me casaré con él.
Sarah poseía una cintura muy breve y unas caderas bien redondeadas. Su cuerpo estaba bien proporcionado en todos los aspectos y era esbelta.
-¿Por qué no te casas con él?-sugirió Sarah.
-Jamás me he fijado en Luke Kirkcaldy-le recordó Brigitte-Y él tampoco se ha fijado nunca en mí. Sólo tiene ojos para mí.
-Pues debería de arrancárselos. Así no me miraría tanto.
A pesar de que eran hermanas, Brigitte y Sarah eran muy diferentes no sólo físicamente. También en el carácter. Mientras Sarah era más impulsiva, Brigitte era más sensata.
Sarah era una romántica empedernida. Soñaba con casarse por amor.
-Nadie se casa por amor-le dijo Brigitte-La gente sólo se casa por interés.
Brigitte era más práctica. En realidad, era mucho más realista que su hermana.
-Mira a nuestros padres-le aconsejó a Sarah.
-Ellos se quieren-replicó la joven.
Pero las dos sabían que sus padres se habían casado sin amarse. Fue un matrimonio que pactaron sus abuelos. El cariño llegó con el paso de los años. Pero no llegó el amor.
Las dos se dirigían al río Nore, donde pasaban muchas tardes.
-Espero que no te tires al agua vestida-le pidió Brigitte a su hermana-Mamá se enfada contigo cada vez que haces eso. Y te castiga.
Sarah se encogió de hombros. Desde que era pequeña, siempre había hecho lo que le venía en gana. Y no pensaba cambiar por nada del mundo. Mistress Allen temía por su hija menor. Sarah podía cometer una locura cualquier día. Haría algo de lo que se arrepentiría más tarde. Cuando ya no habría solución. Sarah podía ser obstinada y eso le impedía ver más razón que la suya.
Y eso podía ser algo malo.
-No me importa-afirmó Sarah-Por eso, sigo haciéndolo.
Sarah no quería comportarse como una señorita. No quería sentarse en un rincón, como hacía Brigitte.
Las dos vivían en una gran casa cuya construcción databa de la época de las Cruzadas.
De la misma época databa el edificio donde vivía la mejor amiga de Sarah, Alexandra. Su carácter era muy parecido al de Brigitte porque era más calmada. Pero Sarah la quería como a una hermana. Le contaba cosas que no se atrevía a contarle a Brigitte.
Presidía la ciudad el castillo, con su torre cilíndrica. Cuando eran pequeñas, Sarah y Alexandra iban allí a jugar. Todavía lo visitaban.
Sus padres querían casar a sus hijas en la catedral de Saint Canice.
-A esta ciudad se la conoce como "La ciudad de mármol"-comentó Sarah-Es como vivir en un cuento de hadas. Hay muchos edificios aquí que son de la época de Robin Hood.
-¿Te gusta Robin Hood?-se extrañó Brigitte-Es inglés.
Saludaron a un amigo de su padre que volvía a su casa en carruaje. Éste vivía cerca de la "Cantera Negra", situada a una milla de la ciudad.
Sarah se encogió de hombros.
-Eso no importa-afirmó-Es un héroe. Yo quiero un hombre así en mi vida. Un hombre fuerte que me protega. Un hombre duro...Viril...Sólo amaría a alguien así.
sábado, 3 de marzo de 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
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