sábado, 9 de febrero de 2013

RETO DE FEBRERO

Hola a todos.
Lo prometido es deuda.
Aquí tenéis el relato con el que voy a participar en el reto del blog Acompáñame.
Espero, de corazón, que os guste.

UNA CARTA DE AMOR

               ISLA DE ANGLESEY, EN LA COSTA DE GALES, 1801

         Mi amada Jane:

             Hace sólo unas horas que nos separamos. Sin embargo, cuento los minutos que faltan hasta que nos volvamos a ver. Releo las cartas que me has escrito a lo largo de estos meses. Parece que fue ayer cuando nos conocimos. ¡Y no ha pasado ni un año! 
             Fue hace un año. Estabas dando un paseo por la playa de Rhosneigr. Ibas acompañada por una amiga tuya. Os oía hablar. Os reíais. No recuerdo bien el nombre de tu amiga. Me parece que se llamaba Kate. Pero no estoy del todo seguro. 
            Bajé a la playa aquella tarde como hacía siempre. Buscando estar solo. 
            Siempre me has preguntado el porqué busco la soledad. Nunca he sido un hombre sociable. Prefiero estar solo que estar rodeado de gente. Jane, te ríes de mí. Dices que me estoy convirtiendo en un anciano cascarrabias. 
              Sólo soy cinco años mayor que tú. No creo que me esté haciendo viejo. Aquella tarde, en la playa, no pude estar a solas con mis pensamientos. De pronto, oí el sonido de unas risas de mujer. Miré hacia mi izquierda y os vi. A ti y a tu amiga Kate...Os estabais acercando poco a poco al lugar donde yo estaba sentado en la arena. Me sentí tentado a ponerme de pie y marcharme. Pero no lo hice. Entonces, las dos llegasteis a mi altura. Tú me saludaste. 
             ¡Pensé que estaba viendo un ángel cuando te vi por primera vez, Jane! Tan rubia...Tan bonita...Con tus dulces rasgos...
             Pronto, supe que tenías una legión de pretendientes. Según me contaste una vez, buscaban tu inmensa dote. 
 -Buenas tardes...-me saludaste. 
             Para horror de tu amiga Kate, te presentaste. Y yo te besé la mano con arrobo. A partir de ahí, empezó todo. 
             A partir de aquella tarde, empezamos a vernos en secreto en cualquier parte. Yo sólo era un escritor que vivía hospedado en una modesta pensión. Soy muy poca cosa para una joven como tú, mi amada Jane. 
               La siguiente vez que nos vimos fue en la tienda que está en el centro de Beaumaris. Una sombrería...Tú estabas con tu madre probándote sombreros y yo pasaba por allí. Nuestras miradas se encontraron en el cristal del establecimiento. Tu madre estaba entretenida hablando con una amiga y aprovechaste la ocasión para salir a saludarme. 
-¡Señor Harding!-me llamaste. 
-Celebro veros de nuevo, señorita Deverell-te contesté.
-¡Oh, puede llamarme Jane! ¡No soy tan vieja!
-No conozco a mucha gente en Beaumaris. 
-¿Lleváis poco tiempo viviendo aquí?
-Apenas hace unos meses que me instalé. Busco inspiración para escribir. 
-¡Un escritor! ¡Qué emocionante!
            Tenías la sonrisa de un ángel en aquel momento. Un carruaje cerrado pasó por detrás de mi espalda. Te apartaste para dejar el paso a un matrimonio que bajaba la calle. Pero no querías meterte dentro de la sombrería. 
-Tenemos que vernos más a menudo-me sugeriste. 
              Más tarde, supe que te había costado trabajo mostrarte tan abierta conmigo. Siempre has sido más bien tímida. No sé lo que viste en mí que te atrajo. Yo te hice una cordial reverencia. 
-Lo mismo digo-te contesté. 
              Te metiste de nuevo dentro de la sombrería. Y vi cómo te colgabas del brazo de tu madre. Pero no dejabas de mirarme. 
               A los pocos días, caí enfermo. Tuve mucha fiebre y me dolía mucho la cabeza. El médico que me atendió me dijo que padecía una severa gripe. Para mi sorpresa, acudiste a visitarme. Aún delirando a consecuencia de la fiebre, pensé que eras un ángel. 
-¡Señorita Deverell!-exclamé al verte en mi habitación-¿Qué estáis haciendo aquí? ¡Y, encima, sola! ¿Os habéis vuelto loca?
-Oí decir a mi doncella que estabais enfermo-contestaste-De modo que he decidido venir a veros. Espero que mi presencia no os incomode. 
              Te sentaste en una silla junto a mi cama. 
-¡Pensad en vuestra reputación!-insistí-Sois una joven soltera. Estáis en edad de casaros con un buen partido. ¡Y estáis aquí sola! ¿Qué van a pensar de vos?
              Me sonreíste. ¡Qué sonrisa más bella! Querías tranquilizarme. 
-No dirán nada de mí, señor-me aseguraste.
-Hay mucho chismoso por la ciudad suelto-te recordé-Pensarán que...Bueno...
-Van a pensar que vos y yo tenemos un romance. Yo también lo he pensado. 
-Deberíais de iros, señorita Deverell. Lo digo por vuestro bien. No quiero que se vea envuelta en una situación comprometida por mi culpa. 
            Llenaste mi vaso con agua y me lo serviste. 
            Finalmente, pude recuperarme. Para mi sorpresa, recibí una invitación de tus padres para ir a verles. Era la hora del té y tu madre y tú me estabais esperando en el salón. Nos sentamos a dar cuenta del té que sirvió una de vuestras criadas acompañado por galletas. 
-Mi hija me ha hablado de vos, señor Harding-me dijo tu madre-Debo decir que le ha causado una gran impresión. Dice que lleva viviendo poco tiempo en Beaumaris. Supongo que estará de paso. 
-No sé el tiempo que voy a permanecer en este sitio, señora Deverell-le expliqué. 
-¡Ojala os quedéis aquí a vivir!-exclamaste-Aquí han vivido dos escritores bastante conocidos. Goronwy Owen es uno de mis poetas favoritos. 
-No conozco su obra-te comenté.
-Creo que tengo un libro suyo de poemas en mi habitación. Si queréis, os lo puedo prestar. Lo he releído ya muchas veces. 
-Sois muy amable, señorita Deverell. 
                En aquel momento, llegó tu padre a casa y pasó al salón a saludaros. 
-Veo que tenemos un invitado-observó al verme. 
               Me puse de pie para saludarle y él me estrechó con fuerza la mano. El rato que pasé allí pude ver cosas en las que no me había fijado. Vi que erais una familia que estaba muy unida. Tu padre, tu madre y tú. Los tres estáis unidos como una piña. 
-Es escritor, papá-le dijiste a tu padre.
-¿Qué escribís?-me preguntaste. 
-Escribo cuentos-respondí. 
-Un trabajo sano y honrado...Sois bienvenido a mi casa, señor Harding. Espero veros mucho por aquí. 
-Para mí es todo un honor, señor Deverell. 
               Las visitas a tu casa se hicieron cada vez más frecuentes. Me comentaste un día que tu institutriz había terminado harta. Había querido enseñarte a tocar el piano. Pero resultó que tú eras una nulidad para la música en general. Lo contabas de un modo que no pude evitar reírme. Yo también aborrezco la música. No sé tocar el violín. Te reíste cuando te lo conté. 
             Un día, estando yo en el salón de tu casa, apareció tu amiga Kate. Por lo que sé, estaba prometida. Su prometido era un teniente del Ejército británico con una fama terrible. Al llegar al salón y verte, Kate se abrazó a ti. 
-¡Es un canalla y un miserable!-sollozó. Estaba sufriendo un ataque de nervios-Me ha hecho promesas que no piensa cumplir. 
-¿Qué ha pasado, Katie?-le preguntaste.
           Os sentasteis las dos en el sofá. Yo miraba la escena sintiéndome impotente. Me daba pena tu amiga. 
-Dijo que se casaría conmigo en unas semanas-respondió Kate-Pero era mentira. No está enamorado de mí. Su amor es otra mujer. Y...
               Se cubrió el rostro con las manos. Al parecer, Kate sí estaba enamorada de su prometido. Su amor no era correspondido. 
              Le cogiste la mano y se la oprimiste para consolarla. 
-Mis padres no van a hacer nada-se lamentó tu amiga-Mi padre me odia. Y mi madre nunca se ha preocupado por mí. ¡Estoy sola, Jane! ¡Sólo te tengo a ti!
-Papá irá a hablar con ese malnacido y ajustará cuentas con él-decidiste-Se lo diré. Mi padre te quiere como a una hija. Cálmate, Jane. No merece la pena que llores por ese miserable. Puedes quedarte aquí a pasar la noche. Se lo diré a mamá. 
             Kate negó con la cabeza. Quería estar a solas para llorar su pena. La mirabas con honda preocupación. Deseé poder hacer algo. Pero no sabía el qué. 
-Sois una joven muy bella-intervine-Hay muchos hombres en el mundo. No vale la pena que lloréis por quien no lo merece. Secad esas lágrimas. Piense que sois afortunada por haber descubierto la verdad a tiempo. No todas las mujeres tienen esa suerte. ¿Qué es lo que queríais? ¿Vivir en un engaño? Habría sido terrible para vos. No os lo merecéis. Algún día, encontraréis a un buen hombre que os amará de verdad. 
-Jane iba a ser mi dama de honor-se lamentó tu amiga. 
-Papá ajustará las cuentas con ese malnacido-insiste-Pero el señor Harding tiene razón. No merece la pena que sufras por él. 
               Kate se abrazó de nuevo a ti. Y lloró durante un largo rato. Después, te dijo que tenía que regresar a su casa. No quería molestarte. Al despedirse de mí, me dio un beso en la mejilla. Y me dio también las gracias. 
-Sois muy gentil, señor Harding-me dijiste. 
               Negué con la cabeza. 
-Sólo he dicho la verdad-afirmé. 
              Tú también me diste un beso en la mejilla. 
-Sois muy amable conmigo-añadiste-Y también sois muy amable con la gente que me quiere. 
             Me volviste a besar en la mejilla. Tu acción te asustó. Saliste corriendo del salón. 
              Esa noche, me di un largo baño en la bañera. Durante el baño, me bebí una botella entera de vino. Necesitaba no pensar. Quería entontecerme. Pero no lo conseguí. Pensaba una y otra vez en ti, Jane. En lo maravillosa que eras. Me recreé en tu dulzura. Pero tú eras una dama. Y yo no era nadie. Me estaba enamorando de ti, Jane. Quería alejarme de tu vida, pero no podía alejarme de ti. Era incapaz de hacerlo. 
             Sé que Kate y tú habéis estado en Cardiff. Habéis acudido juntas a bailes. Habéis sido cortejadas por petimetres obsesionados con la moda. Habéis ido juntas a pasear. A comprar. Al teatro...
               Tus padres me reciben con amistad en su casa. Pero ellos no me ven como un buen partido para ti. Piensan que te casarás con alguien de más rango y abolengo. Me lo han dicho ellos mismos. 
              Te he visto a la salida de la Iglesia. 
               Los dos vamos a la Iglesia de Santa María. 
              Siempre acudes a Misa de doce los domingos. Acudes acompañada por tus padres. Os sentáis en el primer banco. Yo suelo sentarme siempre en el último banco. Sabes que te estoy observando. Cuando piensas que nadie te ve, te giras para mirarme. Nuestras miradas se cruzan mientras el sacerdote está pronunciando su sermón. Me pregunto en qué estás pensando. Quiero saber qué ideas te rondan por la cabeza en esos momentos. Me siento muy lejos de ti, Jane. 
               Nos vimos una tarde a orillas del río que rodea el castillo. Estabas sola. 
              Yo había salido a dar un paseo. Al verte, me detuve a saludarte. Tenías la mirada perdida. Tu gesto era pensativo. Te pusiste roja al darte cuenta de que no estabas sola. 
-Buenas tardes, señorita Deverell-te saludé. 
              Apenas me devolviste el saludo. 
-Disculpad que hoy no tenga ganas de hablar-te excusaste-Pero hay un asunto que me preocupa. No os lo puedo contar. 
-Lo siento-dije-Me habría gustado ayudaros. 

              Te diste media vuelta. Te fuiste. Pero, antes de irte, me miraste. Y me miraste de un modo tan raro que me llegó al corazón. 
             Apenas nos vimos en los días siguientes. No parabas de hacer visitas. Ibas mucho a ver a tu amiga Kate. Estaba sumida en una profunda tristeza. 
            Yo quería ir a verte. Hablar contigo. 
           Pensaba que estabas preocupada por Kate. Después de todo, más que amigas, parecéis hermanas. Estáis las dos muy unidas. Yo no tengo amigos. Sólo te tengo a ti, Jane. 
             Volví a ser invitado por tus padres a tomar el té. Fui a verles personalmente para declinar su oferta. Estaba enfrascado en la escritura de mi último cuento. Entonces, te vi en el salón, Jane. 
-No seas tonta, hija-te dijo tu padre muy sonriente-Saluda al señor Harding. Es casi como de la familia. 
-Sí...-susurraste. 
            Te acercaste a mí, pero no te atrevías ni a mirarme. 
-Tenemos que hablar-me susurraste. 
-¿Sobre qué?-quise saber. 
-Os diré en breve donde hemos de vernos. No puede ser aquí. Tiene que ser en un sitio aparte. 
-Lo entiendo. Pero...
-Disimulad. Mis padres nos están mirando. 
           Te cogí la mano y te la besé con dulzura. 
-Que así sea-te susurré-Soy vuestro, señorita Deverell. 
           Me marché a la posada. 
          No quise cenar aquella noche. 
          No fui capaz de concentrarme en el cuento que estaba escribiendo, Jane. No hacía otra cosa más que pensar en ti. Quería saber de qué querías hablar conmigo. 
           Pasaron varios días. Entonces, recibí tu carta. 
            Fue una carta muy breve. Pero la releí varias veces. No me cansaba de admirar tu letra. Tienes una letra pulcra y muy bien cuidada. 
          Nos citamos en la Colina Roja, llamada así por el derramamiento de sangre que se produjo en aquel lugar durante la Revolución Inglesa. 
           Fui el primero en llegar. No tardaste en aparecer tú. Estaba empezando a anochecer y venías sola. 
-Odio este sitio-me comentaste nada más llegar-Tengo la sensación de que los muertos se levantarán de sus tumbas. Y regresarán al lugar en el que fueron masacrados. 
-Ha pasado siglo y medio desde ese fatídico día-te recordé. 
-El tiempo no pasa nunca. Los sucesos del pasado permanecen vivos en la memoria. 
               Yo sólo tenía ojos para ti. Me cogiste la mano. Te la llevaste a los labios. Aquel gesto me impresionó mucho. 
-Señorita Deverell...-dije.
-Te lo ruego-me tuteaste-Tutéame. 
-No puedo hacerlo. Está mal. 
-¿Qué es lo que está mal, Liam? ¿Está mal que nos veamos? ¿Está mal que quiera estar contigo?
            Para mi sorpresa, me besaste de lleno en los labios antes de salir corriendo. 
            Al día siguiente, quise verte. Nos citamos en el mismo lugar que la víspera. 
-Ayer, pasó algo que lo ha cambiado todo-te dije-Tu comportamiento...Tu manera de hablarme. 
-¿Me has citado para rechazarme?-me espetaste. 
-No quiero rechazarte. Sólo quiero saber qué está pasando, Jane. 
-¡Pasa que me he enamorado de ti, imbécil!
-Jane, no puedes decir que estás enamorada de mí. Soy muy poca cosa para una dama como tú. 
           Me diste un puñetazo en el brazo. Te vi furiosa. 
-¡Estoy cansada de que todo el mundo decida por mí!-me confesaste-Papá quiere que regrese a Cardiff para una segunda temporada en sociedad. Pero me aburro soberanamente en esa ciudad. Y tú dices que no eres lo suficiente bueno para mí. 
-Te mereces algo mejor que yo-traté de hacerte entrar en razón. 
-No hay nadie mejor que tú para mí, Liam. ¿Por qué no quieres admitirlo?
-Admitirlo sería una condena para ti, Jane. 
-Negarlo ya es una condena. ¿No lo habías pensado? 
            No quería pensar en nada. Mis brazos rodearon tu cintura y te atraje hacía mí. Nos fundimos en un beso largo y apasionado. Tus labios inexpertos se abrieron ante los míos. Con algo más de experiencia... Pero fríos...No habían besado con amor desde hacía mucho tiempo. Hasta aquella tarde, Jane. 
             Entonces, empezó de verdad nuestro amor. 
             Cada vez que nos veíamos en la Colina Roja, nos fundíamos en un beso lleno de amor.  
            Nos sentábamos en el suelo. Hablábamos durante horas. Tú querías hacer planes de futuro conmigo. Yo te hablaba de la realidad. Pero la realidad se ha cebado sobre nosotros, mi amada Jane. 
             Pudimos haberlo evitado. 
             Aún estábamos a tiempo. 
            Pero es demasiado tarde, Jane. 
            Hace unos días, en la Colina Roja, empezamos a besarnos con más ardor que de costumbre. Tuvimos que separarnos y tú no dejabas de temblar. 
-Tenemos que vernos en otra parte-dije, sin pensar bien en lo que decía. 
-¿Existe un sitio más discreto en toda la ciudad que éste?-me preguntaste. 
-La Cantina de Cabezas de Toro...Es discreta. 
-Y tiene un reservado. Lo sé. Lo he oído en los criados. 
-Jane, no vayas.
-Nos vemos allí mañana, Liam. 
              Te abalanzaste sobre mí. Tus labios se pegaron a los míos. Nos besamos durante un largo rato con verdadera ansia. Después, saliste corriendo. 
              Una tarde, días antes, estuvimos paseando hasta llegar al castillo. 
              No era uno de nuestros encuentros clandestinos. 
             Íbamos acompañados por tu doncella personal. Entonces, te hablé de mi primera esposa. Me había casado años antes con Sophie. Fue un matrimonio pactado entre mi familia y la familia de ella. Pero no nos importó porque nos amábamos con locura. 
             Sin embargo, nuestro matrimonio duró apenas dos años. No llegamos a tener hijos. Una súbita fiebre cerebral acabó con la vida de Sophie. 
-Lo curioso era que ella siempre había gozado de una salud de hierro-te conté-Nunca supe el porqué sufrió aquel acceso de fiebre. No me contó nada. El médico no pudo averiguar las causas. 
             Lo peor de todo fueron los rumores que oí sobre nosotros en Llandona, el pueblo donde vivíamos. Se decía que Sophie tenía un amante del que estaba locamente enamorada. Que pensaba abandonarme y huir con su amante. Pero éste se burló de ella y huyó con otra. 
           Tú me escuchabas con atención. No sabías qué decir. Te limitaste a escucharme y a entenderme. De algún modo, entendías el porqué de la soledad en la que vivía. 
-Si eso fue lo que pasó, fue una estúpida-dijiste-No supo valorar lo que tenía. 
-Nunca lo sabré-me lamenté. 
              Ayer por la tarde, nos encontramos en la Cantina de Cabezas de Toro. Entré en el reservado. Habíamos acordado que nos veríamos allí. Estabas sentada junto a la ventana. Tenías un cuaderno de dibujo en la mano. 


-¿Qué estás dibujando?-te pregunté.
-Quiero dibujar todo lo que me rodea-me respondiste. 
-Es un lugar sórdido. 
-Nunca antes había estado en un sitio como éste. 
-Jane...
           Desnudos sobre la estrecha cama, te tuve entre mis brazos, amada mía. Llené de besos cada centímetro de tu cuerpo. Te llené de caricias. Te hice mía mientras te susurraba palabras de amor al oído. Te besé muchas veces, mi querida Jane. Te abracé con fuerza. 
             Tus ojos se clavaron en mis ojos. Llené de besos tus hombros desnudos. Mis labios no se cansaban de recorrer tu largo cuello de cisne. Me perdí en tu mirada cargada de amor y de anhelo. No podía dejar de besarte, Jane. No podía. No dejé de chuparte los pezones que se erguían ante mí. No pensé en nada. 
             Nos besamos muchas veces. Nos abrazamos con fuerza. Nos acariciamos muchas veces. 
            Nos tocábamos. Tú besaste cada rincón de mi cuerpo. Yo te lamía. Te mordía. Te chupaba. Te estrechaba contra mi cuerpo. Te apretaste contra mí. No querías pensar. Sólo querías besarme. 
               Cuando todo acabó, me sonreíste con la misma dulzura con la que me sonríes siempre. Entonces, supe que no había vuelta atrás. Cuando me susurraste al oído que los dos nos pertenecíamos mutuamente, lo supe. Supe que nuestro amor duraría eternamente. Sólo sé que el día nos sorprendió juntos en el reservado. Y que, con el corazón lleno de dolor, te tuve que dejar marchar. Pero volveríamos a vernos. 
              Empieza a caer el Sol, Jane. Puedo ver cómo el cielo se oscurece. Oigo el susurro de las olas cerca de la posada. 
              Te escribo esta carta. Te juro una vez más mi eterno amor por ti. Quiero que sepas que soy tuyo desde siempre. 
             Todas las promesas que nos hicimos anoche son ciertas. Porque, en cuanto podamos, estaremos juntos para siempre, mi adorada Jane. 
            Porque tú también me amas. Porque tu corazón late a la par que el mío. Porque somos un solo ser. Porque existe un nosotros. 
           Porque aquí estoy yo para quererte siempre. 
           Porque te amaré hasta el último día de mi vida. 
         Tu leal amante y amado. 
         Liam.

viernes, 8 de febrero de 2013

¡PARTICIPA EN EL RETO DEL BLOG ACOMPÁÑAME!

El blog Acompáñame va a dedicar este mes de febrero al amor y a la amistad. No en vano, se celebra San Valentín dentro de nada.
Para celebrarlo, el blog ha lanzado su nuevo reto.
Las bases son muy sencillas:
1-Tenéis que ser seguidor de su blog. Éste es el link:
http://podemos-juntos.blogspot.com.es/
2-Tenéis que escribir un relato acerca del amor o de la amistad en vuestros blogs. El relato no tendrá extensión ni máxima ni mínima. Si no tenéis blogs, podéis enviar vuestro relato a la siguiente dirección de correo electrónico:
irisamigos@hotmail.es. 

        Tenéis de plazo hasta el día 28 de febrero. Debéis decir que vais a participar en la siguiente entrada del blog Acompáñame:
         http://podemos-juntos.blogspot.com.es/2013/02/reto-de-febrero.html
         Cuando ya hayáis colgado vuestro relato en vuestro blog, debéis de volver a la entrada y dejar el link de dónde habéis colgado el relato. 
          Para motivaros, sabed que todos los relatos serán unidos en un libro digital de descarga gratuita. Cada relato irá acompañado por el nombre del autor y el link con su blog. 
          Mañana, pienso subir mi relato. 
           No diré mucho, a parte, de como ya es normal en mí, es de época. ¡Espero que os guste!
           ¿A qué estáis esperando para participar? 
          ¡Hasta mañana! 
          
            

jueves, 7 de febrero de 2013

ODIO CORREGIR

El título de la entrada lo dice todo.
Odio corregir.
Ya está. Ya lo he dicho.
Me gusta escribir novela romántica histórica. Por supuesto, y todo el que escriba novela histórica o romántica histórica, sabe que tiene que investigar mucho. No se trata sólo de construir unos personajes sólidos con una historia que llame la atención. Si transcurre en un determinado lugar y periodo de tiempo, tiene que investigar sobre ese lugar y ese periodo de tiempo para que el marco de la historia sea más creíble.
Esa parte de la historia puede parecer la más pesada de todas. Personalmente, me divierto investigando. Siempre aprendo cosas nuevas, lo cual nunca está de más. Tomo nota de todo y trato de aplicarlo en lo que escribo.
Haciendo promoción (cosa que nunca viene mal, todo hay que decirlo), en Con el corazón roto, aparecen platos típicos de México y de Texas. Me parecieron que iban acorde con la historia por el lugar donde transcurre. Partimos de la base de Texas fue territorio español durante más de un siglo. Luego, pasó a formar parte de México cuando se independizó de España. Luego, se convirtió en República. Y, finalmente, pasó a formar parte de Estados Unidos.
Investigar me gusta. Escribir la historia me entusiasma. Aunque la imaginación sea una zorra que va y viene cuando le da la gana. Aunque tenga que pasarme días enteros peleando por no meter en la historia un Deus ex machina. No hay nada peor que eso porque le resta credibilidad a la historia. Lo he visto en muchas novelas que iban bien hasta que han metido el Deus ex machina.
El problema viene ahora.
¡Odio corregir!
Pude haber podido publicar Un amor imposible (primera parte de Con el corazón roto) la semana pasada. Pido mil disculpas por no haberlo podido hacer. En estos momentos, me hallo sumida en la fase de corrección. Y, para ser sincera, ¡LA ODIO!
Corregir no consiste sólo en mirar si has cometido faltas ortográficas. ¡Ojala fuera tan fácil! Consiste en ir revisando una y otra vez tu novela hasta que, por fin, le das el visto bueno.
Siempre vas a encontrar algo que no termina de gustarte. Siempre vas a encontrar situaciones que ves que no encajan en una determinada escena. Personajes que no deberían de estar ahí. O aparecen otros personajes.
No te gusta como ha terminado un capítulo. Lo reescribes de nuevo.
Ves situaciones que no tienen sentido. Que no se dan del todo las explicaciones necesarias. Si quieres crear una situación ambigua, se puede hacer. Pero si hay cosas que necesitan una explicación, hay que darla, pero siendo coherente.
Por ejemplo, volviendo a Con el corazón roto:
Olivia, mi protagonista, tiene dos hermanos mayores, Dillon y Tyler. Los dos se marchan del rancho en el que viven siendo muy jóvenes a Inglaterra. Los dos dicen lo mismo. Que se van porque no les entusiasma la vida en el Salvaje Oeste. Revisando la novela, vi que esa parte cojeaba muchísimo. Sobre todo, a medida que iba construyendo el personaje de Dillon. No le veía yo con muchas ganas de irse. Podía no encajar en su tierra, pero la amaba. Y que los dos hermanos quisieran irse a la vez porque querían vivir en Inglaterra lo vi como muy metido con calzador para que Olivia se quedara sola con su padre en el rancho. De modo, que he tenido que darle a Dillon un motivo creíble por el que tuviera que irse. No diré mucho. Sólo diré que tiene que ver con una chica, la caprichosa hermana menor de ésta y un padre muy peligroso.
Y con Tyler me pasa igual. He tenido que darle otro motivo creíble, a parte de su desapego y su deseo de vivir en otro país, para acelerar su marcha del rancho.
Con Jack y con Danielle me ha pasado algo parecido. Para explicar el porqué su matrimonio es un fracaso y el porqué Jack se ha enamorado de Olivia, he tenido que hurgar en la herida. Ver en qué momento fracasó el matrimonio y en qué momento Jack se enamoró de Olivia.
Si escribís novela, da igual de qué genero, siempre es recomendable que se revise y se corrija lo que se ha escrito. Evitas que te critiquen, ya seas por la ortografía o ya sea porque hay cosas que faltan o situaciones que cojean o que están metidas con calzador.
Si hay que corregir, se corrige, como dice José Mota.
No hay que perder la paciencia con las correcciones. Son un bien para nosotros. Tengo que repetírmelo cada vez que me siente delante de mi novela y me ponga a corregirla. Siempre acabo acordándome de toda la familia de Olivia O' Hara.
Mi consejo:
Nunca huyáis de las correcciones. Tenemos que admitir que es lo más pesado que hay a la hora de escribir. Lo más aburrido...Lo que menos nos gusta hacer. Enfrentarnos a nuestros errores. Corregir nos hace mejores escritores. Es un trago amargo y pesado que TODOS HEMOS DE AFRONTAR.
Una corrección hay que tomarla con paciencia. Nunca con humor porque no hay nada gracioso en ella. Hay que resignarse y hacerla. Igual que la declaración de la Renta...
Pero os digo una cosa.
Corregir es algo temporal. Cuando le das el visto bueno a tu novela, ya puedes publicarla. Entonces, verás que tus desvelos, tu esfuerzo, los malos momentos...Todo eso...Habrá valido la pena.
Incluso, el pasarte días enteros corrigiendo.

miércoles, 6 de febrero de 2013

VOLVERTE A VER (EDITADO)

Hola a todos.
Os agradezco de corazón que os esté gustando este relato. Vuestros comentarios que motivan a seguir adelante.
Bueno, todo lo bueno se acaba. Y este relato no iba a ser menos. Aquí tenéis el desenlace de Volverte a ver.

VOLVERTE A VER

                      
                             Jacobo fue a ver a Eugenia a su habitación la noche antes de su partida. Quería despedirse de ella a solas. Ella no podía conciliar el sueño. Tras dar muchas vueltas en la cama, optó por quedarse sentada hasta el amanecer. Los nervios la estaban consumiendo. Encendió la lámpara de quinqué que tenía en la mesilla de su habitación. Aún no había llegado a la isla la electricidad. Jacobo entró en la habitación sin llamar y vio que Eugenia estaba despierta.
                Los ojos de Jacobo brillaban llenos de amor y de deseo al posarse sobre Eugenia. Ella se puso tensa y adivinó los pensamientos de él.
-Eugenia...-susurró Jacobo.
                 Se acercó a la joven y se sentó a su lado en la cama. Cogió las manos de la joven y sus miradas se encontraron. Jacobo cogió el rostro de Eugenia entre sus manos. Ella se envalentonó y su boca buscó la boca del joven. Cuando la encontró, le dio un beso cargado de ternura. Al acabar el beso, Jacobo le dio otro beso, mucho más largo y mucho más intenso que el anterior.
-Lo siento-se disculpó.
-Si te vas, quiero que te lleves un recuerdo mío-dijo Eugenia.
-Cuando regrese, nos casaremos. Te lo juro.
-Sé que volverás.
-Volveré.
                 Poco a poco, Jacobo fue despojando a Eugenia de su camisón. Él tan sólo llevaba puesta la bata. Solía dormir desnudo.
                 Puedes pedirle que pare, pensó Eugenia. Aún estás a tiempo. No habrá pasado nada.
                  La puerta de la habitación la había cerrado Jacobo. Se besaron muchas veces con gran pasión. Se acariciaron el uno al otro. Jacobo estaba cada vez más excitado. Hacía mucho que no estaba con una mujer. Eugenia estaba deseando ver qué pasaba. Pero, al mismo tiempo, sentía miedo. Era virgen. Jacobo tenía cierta experiencia. Si bien...Su experiencia era más bien escasa. Y nada refinada...
                 Eugenia respondió con ardos a cada beso. Jacobo la besaba con pasión. La abrazaba con cariño mientras la recostaba sobre la cama. Eugenia dejó de tener miedo. Él la estaba besando con dulzura. La estaba besando con pasión. Pero también la estaba besando con amor. Y ella devolvía beso por beso como él quería.
               De alguna manera, Jacobo entendió cómo debía de complacer a Eugenia. Ella necesitaba su tiempo. De pronto, se vio así mismo besando el cuerpo de la muchacha por todas partes. Besó su cuello numerosas veces. Llenó de besos su rostro. Llenó de besos sus hombros. Su boca se apoderó ávidamente de cada uno de sus pechos. Bajó por su abdómen. Recorrió lentamente sus piernas.
             Entonces, Jacobo se introdujo en el cuerpo de Eugenia. Ella tuvo la sensación de que habían dejado de ser dos personas independientes. Se habían convertido en un único ser.
                 Y así era como debía de ser.
            

                     Nadie supo lo ocurrido aquella noche en la habitación de Eugenia. Ella no se arrepintió de nada. Le había entregado su virginidad a Jacobo. El hombre que ella amaba. Él le había prometido que, a su regreso, se casarían. Y ella confiaba ciegamente en su palabra.
                La despedida fue muy dolorosa para todos. Bernardo se despidió de sus padres. No era la primera vez que se marchaba. Y estaba seguro de que regresaría. ¿No había vuelto siempre?
               Se despidieron en el recibidor.
                La señora Mancusí bendijo a su hijo y a Jacobo.
               La mujer lloraba desconsoladamente. Su marido, en cambio, miraba con orgullo a su hijo y a Jacobo. Éste pidió entregarle un regalo a Eugenia a solas. Le entregó un anillo. Había pertenecido a su madre. Su padre se lo regaló cuando le pidió matrimonio. Era la manera que tenía de asegurarle a Eugenia que volvería y se casaría con ella.
-Prométeme que te cuidarás mucho-le exigió la joven.
-Te lo prometo-le prometió Jacobo.
-No dejes que te mate ninguna bala. O que la fiebre acabe contigo.
-Ninguna bala me alcanzará. Y me cuidaré para no enfermar. Porque pienso volver.
-Y nos casaremos.
                  Jacobo le dio un largo y dulce beso a Eugenia antes de irse.
               
                        A finales del mes de agosto, llegó a España la noticia de que se había firmado un armisticio con Estados Unidos.
                       Bernardo le había escrito una larga carta a Eugenia. En ella, le contaba que había conocido a una joven estadounidense. Se llamaba Kendall.
                      La había conocido en La Habana.
                      Bernardo y Kendall se habían enamorado. Ese amor se había convertido en un tormento para el hombre. Se suponía que Kendall era el enemigo. Estados Unidos...Pero la amaba. Y no sabía qué hacer.
                     Lo malo era que ella también le amaba. Kendall estaba dispuesta a escaparse con Bernardo. Se iría a vivir a la isla de Sant Antoni con él. Eugenia guardó la carta en un cajón de su mesilla de noche. Se preguntó si Bernardo le contaría lo que le estaba pasando a sus padres. Éstos echaban pestes sobre Estados Unidos. Que si eran unos salvajes. Que si allí la gente se moría de hambre.
                    Bernardo quería casarse con Kendall. En su carta, le decía a su hermana que se veía teniendo muchos hijos con ella. Era la mujer que siempre había estado esperando. Era tan hermosa como inteligente y fuerte. En sus letras, Eugenia adivinó el amor que su hermano sentía por aquella joven. Y su mente volaba hacia Jacobo. ¿Estaría pensando en ella? ¿La echaría de menos? Ella rezaba todos los días por él. Se había firmado un armisticio. ¿Significaría que Jacobo iba a volver a casa? ¡Dios lo quiera!, pensaba Eugenia. ¡Ojala regrese pronto a mi lado! 
 

                      Jacobo odiaba la guerra. No entendía el porqué estaba combatiendo en aquel país. Se hallaba muy lejos de casa. Y lo peor de todo era que se encontraba muy lejos de Eugenia. Cada vez que entraba en combate, Jacobo luchaba por no dejarse llevar por el miedo. Porque creía que iba a morir. Iba a morir en aquella tierra extranjera. Iba a morir muy lejos de Eugenia. Y no iba a volver a verla. Antes, no le había importado morir. Tenía el corazón roto. Pero tenía un buen motivo por el que vivir.
                    A la luz de la hoguera, Jacobo apenas hablaba. Sus compañeros hablaban de la vida que habían dejado atrás en España. Una familia...Un trabajo...Algunos de sus compañeros no eran militares. Estaban allí casi a la fuerza. Jacobo había oído hablar del sistema de quintas. Que sólo aquellos que pagaban una cierta cantidad de dinero se libraban de ir a la guerra.
                     Él era militar. Pero estaba cansado de aquella vida. Se alistó en el Ejército tras la muerte de su prometida.
                    Tenía varias cicatrices en su cuerpo, producto de la explosión. Pero sus cicatrices no habían repelido a Eugenia.
                    ¿Estaría ella bien? ¿Pensaría en él? ¿Rezaría por él? Jacobo se hacía todas aquellas preguntas. Y otras tantas...
                   ¿Cuándo acabaría aquella maldita guerra?
                  Odiaba tener las manos manchadas con la sangre de personas a las que no había visto en su vida. Hombres, sobre todo. Hombres que, al igual que él, tenían una vida.
                 Se sentía tentado a desertar. A abandonar todo aquello. Pero no se atrevía a dar ese paso.
                Era un cobarde.
                Había visto morir a sus compañeros. Algunos habían muerto en el campo de batalla.
                 Otros habían muerto a consecuencia de las enfermedades. Jacobo no quería enfermar. A veces, se pasaba días enteros sin beber agua por si acaso enfermaba.
                Estaba volviéndose poco a poco loco. Le escribía a Eugenia largas cartas. Le juraba una y mil veces amor eterno. Y era verdad. Porque en su cabeza no cabía la imagen de otra mujer. Eugenia era la dueña de su corazón. De su cuerpo...Le preguntaba si ella pensaba en él. Si lo echaba de menos. Porque a Jacobo le dolía el corazón de tanto añorar a Eugenia.
                  Ya no pensaba en su prometida.
                  Se defendía cuando se veía envuelto en alguna escaramuza. Era bastante bueno en la lucha cuerpo a cuerpo.
                  No pensaba en nada cuando apretaba el gatillo en el campo de batalla.
                 Olía a sangre. A cadáveres pudriéndose en el suelo donde estaban tirados.
                  Jacobo acababa manchado de polvo y de sangre. No veía la destrucción y la muerte que había a su alrededor.
                  Sólo pensaba en volver a casa. Regresaría a la isla de Sant Antoni. Y buscaría a Eugenia.
                 Cumpliría el juramento que le hizo aquella noche.
                 Recordaba cómo aquella noche se quedó dormido abrazo a Eugenia.
                Evocaba los besos y las caricias que ambos habían compartido en aquella habitación. La cama de Eugenia fue testigo mudo de aquellas horas cargadas de ternura y de pasión. Fue la noche más feliz de la vida de Jacobo. Había muerto la terrible noche del Liceo y había vuelto a la vida entre los brazos de Eugenia.
                Perdido en su piel, no había pensado en nada. Jacobo se aferraba con desesperación a aquel recuerdo. Era lo único que le unía a la vida en medio de tanta desolación. De tanto horror...
                Veía el horror dibujado en los rostros de los niños que había encontrado a lo largo de aquellos meses. Niños que vagaban solos buscando a sus padres. Veía el terror dibujado en los rostros de las mujeres. Las casas en las que habían vivido ellas, sus hijos y sus maridos habían sido reducidas a cenizas. No sabían nada de sus maridos.
                  Jacobo tenía pesadillas por las noches. No volvería a ser el mismo después de aquella terrible experiencia.
                 Si no volvía a ver a Eugenia, prefería morir.
                Era lo mejor.

               Eugenia no quedó embarazada a raíz de su noche de pasión con Jacobo y eso le dolió porque se imaginaba con un hijo suyo. A veces, cuando se quedaba a solas en su habitación, Eugenia daba rienda suelta a su dolor. Si pasaba días sin saber nada de Jacobo, se ponía en lo peor.

                 Era un día en el que llovía mucho. Eugenia permanecía de pie junto a la ventana del salón. Su padre estaba leyendo el periódico en voz alta. Jacobo no tardaría mucho en regresar a casa. La esperanza no se iba de su corazón. Se giró y miró a su padre, que tenía el gesto entre esperanzado y triste a la vez. España había firmado la paz con Cuba y con Estados Unidos. A cambio, había entregado sus últimas colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
-¿De qué no sirve vivir en paz?-se preguntó en voz alta el señor Mancusí-¡Si ya no somos un Imperio! ¡Si nos hemos quedado a la altura del betún!
-Al menos, viviremos en paz-dijo su mujer-Nuestros hijos no tendrán que sufrir los rigores de una guerra.
-Eso es un consuelo.

               

                 Una mala noticia llegó para los Mancusí. Su hijo Bernardo había muerto en combate.
                 La última carta que Eugenia recibió de su hermano, a mediados de noviembre, le destrozó el corazón. Bernardo le contaba que su amada Kendall había muerto.
                Una epidemia había acabado con su vida. Bernardo no tenía ningún motivo para seguir viviendo. Que no le importaba morir en combate. Había perdido a la mujer que amaba. ¿Cómo iba a seguir adelante?
                Desde entonces, Eugenia había vivido con miedo.
                Sabía que su hermano había tenido numerosas aventuras. Pero intuía que con Kendall era diferente. Se veía por primera vez a Bernardo enamorado. Pero el destino había sido cruel. Le había arrebatado a la mujer que amaba cuando empezaba a imaginar un futuro a su lado. Eugenia tenía una sospecha. Bernardo se había dejado matar en combate.
                Sus padres quedaron destrozados ante la noticia de la muerte de su hijo mayor. Al menos, el superior de Bernardo les había garantizado que el cuerpo del teniente Mancusí retornaría a casa. Sería enterrado en el mausoleo de la familia. Pero eso no consolaba a su familia.

               El viaje de vuelta a España se le hizo eterno a Jacobo. Pasaba largas horas sentado en un banco en la cubierta del barco que le traía de vuelta a casa.
              La guerra había acabado. No pensaba en que España había perdido las últimas colonias que le quedaban.
              Pensaba en que él estaba vivo.
              Miraba los rostros de sus compañeros. Todos se mostraban taciturnos y pensativos. Algunos, incluso, derramaban alguna que otra lágrima.
              Jacobo, en cambio, estaba contento. Muy a pesar de sus compañeros, no disimulaba su alegría. Iba de regreso a casa. Volvía al lado de Eugenia. Nada ni nadie lo iba a separar de nuevo de ella. Una nueva vida se abría ante él. Se casaría con Eugenia. Vivirían juntos hasta el final de sus días. Veía el amanecer en la cubierta del barco. Y sonreía al pensar en la muchacha que lo esperaba en la isla de Sant Antoni.
             Aún sufría pesadillas. Escuchaba el sonido de los disparos. El aire del mar le traía el olor de la pólvora. El olor de la sangre...Le revolvía el estómago.
             Jacobo pasaba largas horas en cubierta. Se asomaba por la barandilla del barco. Cuba estaba cada vez más lejos. En cambio, España estaba cada vez más cerca.
            Sus compañeros le echaban en cara su buen humor. ¿Acaso no se daba cuenta de lo que se había perdido? ¡Las últimas colonias españolas! Jacobo no lo veía de aquel modo.
             En quien estaba pensando era en Eugenia. En que no tardaría mucho en volver a verla. Entonces, se casarían y él dejaría atrás aquella pesadilla. 
  
               Era el día de Nochebuena. Eugenia había salido a dar un paseo por la orilla de la playa. Se sentó en una duna y miró hacia el horizonte. Había una barca a lo lejos que parecía que se estaba acercando poco a poco a la isla.
               Pese a que era invierno, el cielo estaba completamente despejado. El Sol brillaba débilmente, pero brillaba. Hacía una temperatura agradable.
               Cogió una caracola que había allí. Se la llevó al oído para escuchar lo que decía. Creyó estar escuchando su nombre, pero Eugenia pensó que era sólo el susurro de las olas. La barca se acercó hasta quedar varada a la orilla de la playa.
              Un hombre joven y vestido con el uniforme de soldado se acercó a ella y le tapó los ojos. Eugenia se sobresaltó. Se puso de pie y se giró para ver quién era. El corazón de la joven empezó a latir muy deprisa. Le tocó la cara. Lo abrazó mientras lo palpaba. ¡Era Jacobo!
-¡Eugenia, amor mío!-exclamó él.
                Los dos lloraban y reían a la vez.
-¡Has vuelto!-exclamó Eugenia.
-Hablaré hoy mismo con tus padres-le aseguró él-Nos casaremos después de Reyes. Me quedaré a vivir contigo en esta isla.
-¡Estoy soñando!
              Eugenia sollozaba de alegría. Llevaba puesto un vestido negro porque le guardaba luto a su hermano. Desde el cielo, pensaba la muchacha, Bernardo y Kendall se alegrarían de verles juntos y felices.
-No estás soñando-le aseguró Jacobo-He vuelto a tu lado, como te prometí que haría. He vuelto para quedarme.
                Eugenia seguía sin creérselo. Jacobo la abrazó con fuerza. Ella llenó de besos la cara de él. Se fundieron en un beso cargado de pasión y de fuerza.
               
                Esa noche, Eugenia y Jacobo volvieron a estar juntos. Renovaron las promesas que se hicieron la noche antes de la partida de él.
               Pasaron la noche en la habitación de invitados, donde Jacobo dormía.
-Estás mucho más bella-le dijo.
               La mirada de Jacobo estaba cargada de anhelos. Llena de amor...Los dos estaban desnudos. Las manos del muchacho acariciaban la espalda de Eugenia. Había echado de menos a aquella hermosa rubia. A aquella joven delgada y de piel blanca como la leche...
              Se besaron con pasión. ¡Cuántas veces había soñado Jacobo con besar así a Eugenia! Fue algo mucho más apasionado que la primera vez. Las manos de ambos se acariciaban mutuamente. Jacobo había añorado a Eugenia hasta el dolor. Y aquella añoranza había sido mutua.
                No podía parar de besarla.
                Empezó a besarla en el cuello. Bajó por un hombro de Eugenia. Sus labios estaban en todas partes. Ella no había querido hacerle preguntas acerca del frente. Si había estado con otras mujeres. Jacobo le había sido fiel en todos los aspectos.
               Estaba muy excitado. Los labios de Jacobo acariciaron los pechos de Eugenia. Los besó muchas veces.
               Eugenia se preguntaba si una mujer decente podía sentir la excitación que estaba sintiendo. Pero fue una pregunta que pasó fugaz por su mente. Las manos de la joven no podían estarse quietas. Tenían que estar acariciando el cuerpo de Jacobo. Los labios de Eugenia se posaron sobre el pecho de él. Su boca bajó hasta el vientre de Jacobo. Llegó, incluso, a pellizcarle el trasero. Le oía gruñir como un animal en celo.
                 Soy yo, pensó Eugenia. Es por mí. Es curioso.
               Está excitado por mí. ¡Qué cosa más rara!
              No se sintió rara como la primera vez cuando Jacobo invadió su cuerpo.
              La primera vez sintió dolor.
               Esta vez, quería más y más de él. Fue una lucha cuerpo a cuerpo en la cama. Los dos querían más del otro. Querían recuperar el tiempo perdido durante aquellos dolorosos meses. Cuando habían creído que nunca más volverían a verse. Entrar. Salir. Exigir. Jadear. Gruñir. No sabían en qué momento habían dejado de actuar como personas racionales. Y se habían convertido en animales salvajes. Escalar hacia la cima. Explotar.
             Volar por el cielo en medio de fuegos artificiales.
              Estar de nuevo los dos juntos.
            Jacobo descansó la cabeza sobre el hombro de Eugenia. Cuando recuperó el aliento, se hizo a un lado para no aplastarla con el peso de su cuerpo. Ella le dio un beso en los labios. Tenían que hablar.
-Pensé que no iba a volver a verte-le confesó Eugenia.
-No quería morir-le aseguró Jacobo.
-He rezado mucho por ti.
-Yo también rezaba por volver a tu lado.
              Jacobo le dio un beso a Eugenia en la mejilla.
-Sólo lamento que Bernardo no alcance la felicidad-dijo la muchacha.
-Tu hermano es feliz-le dijo Jacobo-Está con Kendall. Está con la mujer que ama. Nada ni nadie podrá separarles.
-Y tú has vuelto a mí.
-Te amaba demasiado. Te amo demasiado. No podía morir. Tenía que volver a ti.
                Poco a poco, Eugenia se fue quedando dormida.
               Pero Jacobo no podía conciliar el sueño.

               De madrugada, volvió a sentir de nuevo el cuerpo de Eugenia.
-Geni...-la llamó.
               La pasión se apoderó nuevamente de ellos. Jacobo tenía mil planes de futuro para ambos. Cogió el rostro de Eugenia entre sus manos. La besó de manera arrebatada y ardiente. Medio dormida, aquel beso desperezó del todo a Eugenia. Y le correspondió de igual forma.
                 Acostados en la cama, los dos vivían ajenos a todo. Los meses pasados habían sido una pesadilla. Pero estaban de nuevo juntos. 
                Jacobo no podía dejar de besar a Eugenia. Estaba con ella y eso era lo único que le importaba. 
               Su cuerpo presentaba muchas cicatrices. No se trataban sólo de cicatrices producidas durante los terribles meses pasados. Otras cicatrices eran producto de aquella terrible noche en el Liceo. Veía sangre. Cristales rotos...Gente correr asustada. 
               El pasado debía de quedar atrás. Empezaba una nueva vida para él. Su nueva vida empezó cuando conoció a Eugenia. Cuando se dio así mismo la oportunidad de volver a amar. De que su lugar estaba con aquella muchacha. No podía parar de tocarla. Y ella, a su vez, no podía parar de acariciarle a él. 
              Jacobo cerró los ojos.
              Creyó que moriría de felicidad y de placer cuando la lengua de Eugenia recorrió cada rincón de su cuerpo. 
                 Aquella segunda vez estuvo cargada de gran pasión. Pero...No sólo eso...Hubo también una gran ternura. 
 
                 Eugenia se despertó con el canto del gallo. Sin embargo, lo ignoró. Era el día de Navidad. Se quedó dormida abrazada a Jacobo. Su regalo de Navidad...
                Sonrió al pensar que lo tenía de nuevo a su lado. 
                Jacobo estaba con ella. 
               Había vuelto a casa. Había vuelto con ella. Nunca más volverían a separarse.  

    FIN

martes, 5 de febrero de 2013

VOLVERTE A VER

Hola a todos.
Ayer por la tarde hacía demasiado frío para salir a la calle. De modo, que me senté a escribir. Me ha salido este relato corto. Como de costumbre en mí, es de época. Y está cargado de romanticismo. Espero que os guste.
Lo he divivido en dos partes. Ésta es la primera parte.

VOLVERTE A VER

              Por ahí viene Eugenia. Es bella, hay que reconocerlo, pero es demasiado... no sé, demasiado, ¿cerrada? ¿tímida? ¡Pobrecilla! Es aún muy cría y ya posee esa clase de belleza que vuelve loco a los hombres

                Estamos en el año 1898.
              Eugenia Mancusí era una joven a la que le gustaba mucho leer. Era la única hija de un adinerado matrimonio. Sus padres estaban volcados en ella. Tenía un hermano mayor. La diferencia de edad entre ambos era de trece años. Eugenia tenía la sensación de que apenas conocía a su hermano. Cuando ella era una niña, su hermano era ya un hombre inquieto. Nunca estaba en casa. Tenía sed de aventuras. Rara vez se dejaba caer por allí.
               Aquel mismo año, Eugenia había celebrado su puesta de largo. Había pasado sin pena ni gloria por los salones de baile. O eso pensaba ella. En su mente, tenía la sensación de que había jóvenes mucho más hermosas que ella. Mujeres que brillaban con luz propia.
               Eugenia había recibido una esmerada educación. Sabía comportarse como toda una señorita.
               Eugenia vivía en la isla de Sant Antoni, en el Delta del Ebro. Pero se encontraba pasando una temporada en Barcelona. Le asustaba la oleada de atentados anarquistas que estaban teniendo lugar en la ciudad en aquella época.
               A pesar de eso, Eugenia estaba disfrutando de la temporada social. Le gustaba ir a los bailes. Le conmocionó ver las huellas que el atentado anarquista que había sufrido el Liceo hacía unos años había dejado en el mítico teatro. Otras veces, soñaba con volver a casa. Quería encerrarse en su habitación. Y coger un buen libro para leerlo.
               Había un hombre que estaba mirando a Eugenia con otros ojos. Jacobo Rovira era compañero de armas del hermano de la joven, si bien no la conocía en persona. En un primer momento, no supo relacionar a Eugenia con su superior. El hermano de ésta era su teniente.
                La vio en una ocasión en una librería comprando un libro. Le pareció la mujer más bella que jamás había visto. Su prometida había muerto tiempo atrás en el atentado del Liceo. La recordaba como una joven tan alta como él. Eugenia no se parecía en nada a ella. Si acaso, las dos vestían a la última moda. Llevaba oculto su pelo rubio tras un moderno sombrerito. Sus ojos eran de color azul grisáceo y brillaban. Su prometida siempre había sido una joven esbelta y bien proporcionada. Aún le dolía pensar en ella. Habían ido juntos al Liceo aquella fatídica noche. Él había sobrevivido, pero había resultado herido de gravedad.
              Aún así, estaba vivo y ella estaba muerta.
             La vio salir de la librería acompañada por una mujer vestida con ropa más sencilla. Dedujo que se trataría de su doncella personal. La vio perderse entre la gente. Tenía el porte digno de una Reina y rezumaba elegancia por los cuatro costados.
              Un fin de semana, Eugenia y sus padres regresaron a la isla.
              Su hermano volvía a casa. Traía consigo a un invitado.
              Era un viernes por la tarde cuando Bernardo, el hermano de Eugenia, volvió a casa. La Navidad ya había pasado. Eugenia estaba sentada junto al juego. Estaba bordando un pañuelo. Formaría parte de su ajuar de boda. Si es que me caso, pensaba la joven. Que lo dudaba. Llevaba puesto un vestido de color blanco.
               Jacobo y Bernardo entraron juntos. Esteban clavó la vista en la nuca de la joven rubia que estaba bordando muy cerca de la chimenea. ¡Es ella!, pensó con un sobresalto.
                La vio ponerse de pie en cuanto Bernardo la llamó. Tenía los mismos ojos de color azul grisáceo que él recordaba. Preciosos...Enormes...
-¡Bernardo!-exclamó.
                Se abalanzó sobre él y lo abrazó con tanto ímpetu que Bernardo estuvo a punto de caerse al suelo.
-¡Cuánto tiempo ha pasado!-exclamó Eugenia.
-Me alegro muchísimo de verte-afirmó Bernardo.
                Rodeó los hombros de Eugenia con el brazo. Ella se apoyó en él. Jacobo era incapaz de apartar la vista de ella. Eugenia resplandecía de dicha al pensar en su hermano.
-Quiero presentarte a una persona-le dijo Bernardo.
-¿De quién se trata?-inquirió Eugenia.
-Es un buen amigo mío que va a pasar unos días con nosotros.
                Antes, volvió a abrazarla. Eugenia acababa de cumplir dieciocho años. Había crecido mucho desde la última vez que se vieron. Tenía el rostro de una pilla encantadora. Ya no era ninguna niña. Era toda una mujer. Y una mujer muy guapa, por cierto.
-Es un placer conocerla, señorita-le dijo Jacobo.
              Cogió la mano de Eugenia y se la besó.
               Ella lo miró con cierta picardía.
-Lo mismo digo, señor-contestó.
               Tenía unas facciones adorables. Llevaba su cabello de color rubio dorado recogido en una trenza que caía sobre su hombro. Jacobo volvió a besarle la mano en un descuido de Bernardo. Eugenia sintió cómo una oleada de calor inundaba su cuerpo al sentir sobre su mano el contacto de los labios de Esteban. 
-Algo me dice que tengo que tener cuidado con usted-apostilló-Es la clase de hombre que lleva a la ruina a una dama. 
-Le aseguro que soy todo un caballero-afirmó Jacobo. 
             
                Al día siguiente, Jacobo y Eugenia salieron a dar un paseo por la isla acompañados por la doncella personal de Eugenia. Ella lo llevó a las marismas que estaban cerca de su casa. Aprovechando que la doncella estaba ocupada mirando el vuelo de un ave, Jacobo cogió la mano a Eugenia y ésta no la retiró. 
 Cuando la doncella se giró para mirarles, Jacobo retiró rápidamente la mano, pero le guiñó un ojo a Eugenia.
-Será mejor que volvamos a casa, señorita-dijo la doncella-Se está haciendo tarde.
              Aquella noche, Eugenia se retiró temprano a su habitación al acabar la cena. Esteban la escoltó hasta el pie de la escalera.
-Buenas noches, señorita-dijo Jacobo.
-Por favor...-le pidió ella-Puedes llamarme Eugenia.
-Eugenia...
                La joven le dio un beso en la mejilla y se dio la vuelta para subir por la escalera.

                Su historia de amor empezó a nacer en aquellos días.
                Fue un sentimiento que creció a medida que iban pasando los días. Fue rápido y lento a la vez. De alguna manera, Jacobo y Eugenia intuían que no iban a tardar mucho tiempo en separarse.
                 Por las tardes, Esteban acompañaba a Eugenia a dar un paseo por las dunas de la playa.
                 Los acompañaba la doncella de la joven. Se trataba de una mujer unos quince años mayor que Eugenia. Estaba soltera y no tenía familia. De aquella manera, la cercanía de Jacobo no le resultaría tan amenazadora a Eugenia. Pero ésta prefería verle sin tener que estar pendiente de cada movimiento que hacía su doncella.
                 A la hora de la cena, Jacobo se sentaba al lado de Eugenia.
-Antes de que termine la temporada, nuestra hija habrá recibido dos o tres ofertas de matrimonio-auguró el padre de Eugenia-Ella sólo aceptará la oferta que mejor le convenga. Tiene que hacer un matrimonio ventajoso.
                Eugenia clavó la vista en la crema catalana que estaba tomando de postre. Ya no le parecía tan apetitosa como cuando la había servido la criada.
-Bernardo aún no se ha casado-comentó.
-No compares mi vida con la tuya, hermanita-se rió Bernardo-Soy un hombre libre.
-Antes o después, tendrás que casarte-intervino Jacobo.
              La cercanía de aquel joven animaba a Eugenia. Aunque se había divertido en Barcelona, prefería estar tranquila. No vivía mucha gente en Sant Antoni. La isla era un lugar tranquilo. Un lugar que ella podía definir como casi solitario. Se sentía a salvo y segura en aquel sitio. Allí había nacido. No quería abandonarlo.
            Jacobo la estaba cortejando. Eugenia estaba segura de eso.
             A veces, se sorprendía al encontrar una nota cariñosa debajo de la puerta de su habitación.
            Esteban le leía en voz alta. Eugenia estaba bordando un pañuelo para su ajuar de bodas.
            Pero le escuchaba mientras él le leía en voz alta.
            Tenía una voz ronca y profunda.
            Había comprado en Madrid un libro que estaba causando sensación.
            Se llamaba El hombre invisible. Su autor era H. G. Welles. Eugenia se preguntaba, mientras oía leer a Jacobo, si eso podía ser verdad. Si un hombre podía volverse invisible.
              Fue durante una de estas tardes de lecturas cuando Jacobo le robó a Eugenia su primer beso de amor.

              Durante semanas, fueron inseparables. Como uña y carne...
              Jacobo ya no sentía dolor por la muerte de su prometida. Si tenía que ser sincero, Eugenia era su paño de lágrimas.
              Le contó lo ocurrido una tarde. Estaban sentados cada uno en una silla en el jardín.
-¿Por qué no se ha casado?-le preguntó Eugenia.
              Entonces, Jacobo se sinceró con ella. Había querido mucho a su prometida. Cuando ésta murió, quiso morir él también. No había sido así. La convalecencia en el hospital se prolongó porque él no quería poner de su parte para recuperarse. Se culpaba así mismo de lo ocurrido.
-Fue idea mía llevarla al Liceo aquella noche-se lamentó-¡Ella murió por mi culpa!
-El culpable fue el canalla que lanzó la bomba-afirmó Eugenia-Tú no tuviste la culpa. Ella, donde quiera que esté, lo sabe.
-Debí de haber muerto con ella.
             Eugenia se levantó de la silla en la que estaba sentada.
-Estás vivo-le hizo ver.
            Lo abrazó con cariño. Jacobo lloró sobre el hombro delgado de Eugenia. Fue como una liberación. Vació su corazón de todo el dolor que hacía años que acumulaba en su interior.

               Después de eso, la relación entre ambos se hizo más estrecha. Jacobo llegó a adorar cada gesto de Eugenia. Se fijaba en detalles tan insignificantes. Como su manía de retorcerse el pelo. O cómo se limpiaba la boca después de cada plato a la hora de las comidas. O cómo se alisaba una arruga de la falda de su vestido.
               Salían a dar paseos por el jardín los dos solos. Entonces, Jacobo aprovechaba aquellos momentos de soledad para robarle un beso a Eugenia. Ella aprendió a besar en aquellos momentos de intimidad que compartían. 
-Me gusta que hagas eso-le decía ella a él. 
              A Jacobo le gustaba el amor que sentía Eugenia por su tierra.
             A veces, la espiaba mientras ella se cepillaba el pelo todas las noches antes de acostarse en su cama. Jugaba a las cartas con ella, con Bernardo y con los padres de ambos. Eugenia solía dar conciertos caseros de piano para sus padres, su hermano y sus vecinos. Esteban se convirtió en un espectador más de aquellos conciertos. Ella era toda una virtuosa del piano.
              Le pasaba la sal durante la cena.
              Pronto, quiso algo más.
             Los besos que se daban a escondidas les parecían insuficientes. Ya no les bastaba con abrazarse detrás de uno de los árboles del jardín. A Jacobo no le bastaba con acariciar con las manos el cabello rubio de Eugenia. Aquella joven tan tímida y tan pícara a la vez le había robado el sueño.
     
                 Estados Unidos intervino en el conflicto entre España y Cuba. Ésta última quería independizarse de España. Estados Unidos quería intervenir para ver con qué podía quedarse.
                 Fue entonces cuando llegó a la isla a finales de abril la noticia.
                 Estados Unidos le había declarado la guerra a España.
-Tendremos que irnos-se lamentó Bernardo-Jacobo y yo hemos sido movilizados.
-¿Tenéis que marchar ya?-se inquietó la señora Mancusí.
                 Estaban todos reunidos en el salón. Eugenia trataba de ser fuerte. Sin embargo, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Jacobo no se atrevía a mirarla. Sabía que, antes o después, partiría. Pero no quería abandonar a aquella joven que le había robado el corazón. ¡Y no le quedaría más remedio que decirle adiós!
-¿Cuándo os marcháis?-inquirió Eugenia.
-Partimos dentro de una semana-contestó Bernardo-Hemos recibido una carta de nuestro superior. Nuestro regimiento zarpa la semana que viene del puerto de Barcelona.
-¿Volveréis?
                  Eugenia no estaba mirando a Bernardo. A quien estaba mirando era a Jacobo.
-Siempre vuelvo a casa-contestó su hermano-Esta vez, no será diferente. Los yanquis no podrán con nosotros.
                 Eugenia no pensaba lo mismo.
                 Esa noche, salió al jardín a tomar el fresco.
                Jacobo la siguió.
-Los yanquis no son tan débiles como piensas-le advirtió Eugenia-He aprendido a conocerte bien. Piensas igual que mi hermano.
-Si España subestima el poder de Estados Unidos, estará perdida-admitió Jacobo.
-Y si tú te distraes en el frente, una bala acabará contigo. O la fiebre amarilla...
               Jacobo cerró la boca de Eugenia con un beso apasionado.
-Sé cuidar de mí mismo-le aseguró-Y te juro por la Virgen de Montserrat que volveré a tu lado. Y que nos casaremos.
-Quiero creerte-afirmó Eugenia.
-Entonces, ten fe en mí, amor mío.
Mañana, conoceremos el desenlace de esta historia.
¡Hasta mañana!
    

domingo, 3 de febrero de 2013

DANIELLE GARCÍA

Hola a todos.
Hoy vamos a seguir conociendo a más personajes de mi novela Con el corazón roto. Hoy, le toca el turno a Danielle García.
Danielle es la esposa de Jack Mackenzie.
¿Podemos decir que Danielle es la rival de Olivia?
Ella y Jack se casaron hace varios años. Su matrimonio fue mal prácticamente desde el primer día. Sus personalidades no podían ser más antagónicas. Danielle es refinada. Jack es bastante rudo. Poco a poco, se fueron distanciando.
Danielle es la hija ilegítima de una joven mexicana de buena familia. Nunca supo quién fue su verdadero padre. Sus abuelos la repudiaron por su condición de bastarda. Durante años, no quisieron saber nada de ella. Danielle se educó en un internado en México. Su madre murió cuando ella era tan sólo una adolescente. Luego, sus abuelos se interesaron en saber de ella. La invitaron a pasar una temporada en el rancho que habían adquirido en San Ezequiel.
Es el nombre que tenía antes Streetman. Antes de que Texas pasara a ser de Estados Unidos. Texas fue territorio mexicano. Espero haber recreado bien esa época.
En San Ezequiel, Danielle conoció a Jack. La atracción entre ellos fue inmediata. Y no tardaron mucho tiempo en casarse.
Pero el matrimonio se encuentra en fase terminal. El amor que pareció que existió una vez entre ambos ha desaparecido. Cuando creé a Danielle, no quise convertirla en una arpía. Se trata de una joven de carácter más bien agradable y sencillo. Es fácil llevarse bien con ella porque es amable y atenta. Sin embargo, Danielle también guarda sus propios secretos. Ni siquiera Jack los conoce. Además, Marty guarda un secreto acerca de su relación con Danielle. De todos los vecinos, es el que mejor se ha portado con ella. Manteniendo una relación muy estrecha y cercana. ¿Qué interés tiene Marty en Danielle?
Olivia no quiere hacerle daño a Danielle. Siempre ha sido muy buena con ella. Su amor por Jack le está haciendo daño a una buena mujer. No quise que Danielle fuera la mala. Quería alejarme de ese cliché. No veía esta historia como un enfrentamiento entre dos mujeres, una buena y otra mala.
Danielle no es perfecta. Pero tiene un buen fondo y un buen corazón.
Al imaginarme a Danielle, le puse los rasgos de la actriz Silvia Alonso, que da vida a Almudena en Tierra de lobos.
Es tan hermosa como Danielle. Y tiene el cabello castaño, como Danielle. Además, es una joven de buenos sentimientos. Tan refinada como Danielle...Juzgad vosotros mismos si Silvia podría ser una buena Danielle.

viernes, 1 de febrero de 2013

ETHAN BECKHAM

Hola a todos.
Vamos a seguir conociendo a más personajes de Con el corazón roto.
Hoy le toca el turno a Ethan Beckham.
Ethan es el hermano mayor de Freddie. Si Freddie es sensible, tímido y encantador, Ethan es todo lo contrario. Es solitario. Algo tosco en sus ademanes...Desde siempre, supo que era el hijo ilegítimo de Sean O' Hara. Eso le ha marcado de por vida. Rechaza tener contacto con su padre y con sus hermanastros. No aprueba las visitas que hace Freddie a La Isaura, el pequeño rancho de Sean. Tampoco aprueba la relación que mantiene el joven con Olivia, su hermanastra.
A pesar de las apariencias, no es un joven rencoroso. Pero ha sufrido mucho. Le duele saber que los vecinos le critican debido a su origen. Es independiente y algo testarudo. Pero con un buen corazón... Desea prosperar en la vida. De su madre Dawn ha heredado su carácter trabajador. Quiere que Freddie sea feliz. Y sabe que no va a ser feliz siendo sacerdote. No entiende el porqué su madre quiere que entre en un seminario si no tiene vocación religiosa.
La vida de Ethan ha sido dura. Ha tenido que trabajar duro para salir adelante. Es algo desapegado con la gente que le rodea. Incluso, con su propia madre y con su hermano menor. Quiere a Freddie, pero no sabe cómo demostrarle su cariño. Siempre ha sido algo rudo. Eso no le ha importado mucho.
En la vida de Ethan aparece una joven que la volverá del revés.
Lucía Parrado es el polo opuesto a Ethan. Es la hija de un próspero ranchero mexicano. Su relación con Ethan está condenada desde el primer momento. Ethan es gringo y, además, bastardo. Ethan quiere ser realista. No existe un futuro para él y para Lucía. Pero sabe que tiene que luchar por ella. Porque la ama.
¿Triunfará el amor entre Ethan y Lucía? ¿O, por el contrario, se verá abocado al fracaso por culpa de los convencionalismos? ¡Sólo hay una forma de saberlo!
Así es como me imagino yo a Ethan.
 Tiene el rostro de Jude Law en Cold Mountain.
¿Qué opináis vosotras?
Inman, creo yo, tiene un carácter bastante parecido al de Ethan. Los dos son luchadores y tenaces. Pero... Creo que Inman es un poco más romántico que Ethan. ¿No creéis?