viernes, 6 de abril de 2012

CRUEL DESTINO

                Al cabo de unos días, Sarah regresó a su casa, situada en la ciudad de Holyhead, en la isla de Holy. A decir verdad, no estaba deseando nada llegar a casa. Sólo quería estar en Llangefni. Tenía un fuerte motivo que le hacía desear estar en aquella ciudad. Un motivo que, por supuesto, debía mantener en secreto. El viaje en barca se le hizo eterno. Sarah tenía los ojos brillantes cuando llegó a su casa.
               Sarah se alegró sinceramente de ver a sus hermanas. La estaban esperando en el embarcadero. Sarah saltó de la barca antes de tiempo y, con la falda de su vestido mojada, fue corriendo como pudo hasta ellas. Las tres se fundieron en un fuerte abrazo. Acabaron en el agua.
-¡Cielo Santo, niñas!-exclamó mistress Wynthrop-¿Qué van a pensar de vosotras? ¡Mojadas!
-No se enfade, madre-se rió Mary.
                A veces, cuando iban a la playa, Sarah, Katherine y Mary se bañaban en el agua. Correteaban por la orilla de la playa. Jugaban como niñas pequeñas en la arena.
              Se salpicaban las unas a las otras.

            Sarah se encerró en su habitación unos días después de regresar a casa. Quería terminar de leer una de sus novelas favoritas. Era una aficionada a la novela romántica. Abrió el cajón y sacó el libro. Se sentó en la cama y empezó a leerlo. Se llamaba El pirata del amor. No se sabía a ciencia cierta quién era el autor.
            Sarah se centró en la lectura.

                 Jamás pensé que encontraría al amor de mi vida encarnado en la figura de un pirata. Lo beso. Y siento que es real. 

              Sarah suspiró. El amor había triunfado.




                Mi vida está llena de aventuras. He vivido grandes emociones. He superado multitud de riesgo. ¡Y estoy aquí!.

             Sarah esbozó una sonrisa.

             En todos estos años, he conocido a muchísima gente. He conocido a grandes amigos y a verdaderos miserables. Prefiero no pensar en esa gente y el tiempo ha hecho que los vaya olvidando. Es lo mejor.  Prefiero pensar en otras cosas. Pensar en mi amado Brent, que siempre estará a mi lado. Ya no hay nadie que pueda separarme de él. ¡Soy suya! Todavía mi alma siente anhelo de él.  ¡Lo amo tanto! Aún sueño con él. Me he acostumbrado a ser más obediente. Le obedezco cuando creo que es conveniente. Lo que no quiero es perder a Brent. 

             Es así como yo deseo amar, pensó Sarah.
            La joven deseaba amar tan apasionadamente como la protagonista de la novela que estaba leyendo.
            Tenía veintiséis años.
             Pero la cabeza de Sarah estaba llena de sueños más propios de una adolescente.
             Fantaseaba con la idea de ser raptada por un peligroso pirata. Él la despertaría a la pasión. Y surcarían juntos los Siete Mares. Se enfrentarían a toda clase de peligros. Pero él siempre la protegería.
             Estaríamos siempre juntos, pensó Sarah.

             Confieso que lo he pasado mal a veces. Me siento sola cuando Brent no está y me pregunto si volverá.  Sólo nuestro hijo y mi dama de compañía palían un poco esta soledad. Me siento prisionera en esta enorme casa. Brent no quiere que me relacione con nadie de la isla. Dice que las mujeres que viven aquí son todas unas rameras. Y que no debo de ir nunca a visitarlas. 

            Sarah oyó pasos en el pasillo. Eran sus hermanas Mary y Katherine.
-Me he comprado un vestido nuevo-oyó decir a Katherine.
          Sarah torció el gesto.
-¡Me gustaría verlo!-afirmó Mary.
-Es de tul-comentó Katherine.
-¡Oh, Cathy! Tiene que ser precioso. ¡Quiero verlo ya! ¡Vas a estar guapísima con él puesto, hermanita!
-Eso espero.
-Yo también quiero comprarme un vestido nuevo.
-Haces bien. Pareces una viuda cuando te veo vestida de oscuro.
        Sarah quería mucho a sus hermanas. Pero, en ocasiones, sentía que no tenía nada en común con ellas. Mientras Katherine y Mary pensaban en vestidos, Sarah quería soñar despierta.

               Por supuesto, mi padre ignora la doble vida que lleva Brent. De saberlo, se moriría de pena. Siempre he sido su hija favorita. No quiero que se entere. Me preocupa el que sienta que le he defraudado. 
          ¡Mi hijo es una criatura fuerte y saludable! Se parece a su padre en ese aspecto. 
          Y así termina mi historia. Con un final feliz... Así fue cómo conocí al gran amor de mi vida. Me enfrenté al mundo por estar a su lado. Derribé todas las barreras que había construido a su alrededor. Conseguí ser correspondida. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Brent sabe que soy suya en cuerpo y alma. Bendigo la hora en que nos conocimos. No sé si mi historia verá la luz algún día. Me siento la mujer más feliz del mundo. 

             Sarah asintió. Ella quería ser como la protagonista de aquella novela. Quería vivir un amor de leyenda. Sus hermanas sabían de su afición a las novelas románticas. Y se reían de ella. Le decían a Sarah que quedaban pocos piratas.
-Y los piratas no se enamoran-afirmaba Mary-Te matan. Después de deshonrarte. Olvídalo.
             Sarah se enfadaba con ellas. ¡Con razón tanto Mary como Katherine seguían solteras!
            Se detuvo en aquel pensamiento. ¿Qué pasaba con ella? También estaba soltera. Por poco tiempo, pensó Sarah.
             Sus padres pensaban lo mismo.
             Debía de regresar al mundo real. Debía de hacer una buena boda. Y olvidarse de tanta tontería romántica.
            Así, sería más feliz.
            Prefiero seguir soñando, pensó Sarah.

             Tenemos algunos problemas. Brent es muy apasionado, pero también es celoso y posesivo. No le gusta que salga sola de casa, pero lo amo tanto que le perdono todo. No quiero ser celosa. A veces, vuelve a casa tarde. Huele de un modo raro. Veo manchas extrañas en su camisa. No me cuenta donde va. Dice que eso no me incumbe. Tal vez, tiene razón. Su vida es muy peligrosa. 
             Me gusta hablar con la gente. Pero Brent tiene miedo. Los vecinos podrían delatarnos. No quiero terminar siendo ahorcada. Oigo los pasos que suben por la escalera. ¿Quién será? Eso es lo que me pregunto. 
             Brent está de viaje. 
             No sé cuándo regresará. Siempre vuelve de buen humor. 
             Hunde barcos españoles. Regresa a casa cargado de oro. Me regala las joyas. Luzco muchas joyas preciosas. Zafiros...Esmeraldas...
           Ignoro cuándo volverá Brent a casa. Espero que sea pronto. ¡No aguanto más! La soledad me puede. Siento que me voy a volver loca. Es el precio que tengo que pagar por estar a su lado. La soledad...¡Deseo tanto que me tome entre sus brazos! 
                Soy muy feliz con la familia que tengo. Para mí, todo ha terminado bien. Quiero pensar que todo ha salido bien. De lo contrario, me volvería loca. Y ya tengo bastante con llevar a cuestas esta desesperante soledad. Tengo un marido y un hijo que son mi vida. 
              Pero me siento sola la mayor parte del tiempo. Brent pasa mucho tiempo en alta mar. No sé cuándo volverá a casa. Apenas me escribe. Le escribo todos los días una carta. Creo que no le llega nunca. Tengo miedo de que le pase algo. De que le capturen. De que uno de sus hombres le delate. De que le traicione. De que le mate. ¡De no volver a verle, yo me moriría! No podría vivir sin abrazarle. Sin sentirlo a mi lado. Porque es el amor de mi vida. Porque es el dueño de mi corazón. Así será siempre.
FIN.

               Los ojos de Sarah se llenaron de lágrimas.
               Se las secó con la palma de la mano. ¡Con razón aquella novela era su favorita! El pirata del amor...¡Qué pocos Brent quedan en el mundo!, pensó. Y era verdad.
             En aquel momento, alguien golpeó la puerta de su habitación. Sarah cerró el libro de golpe.
-¿Quién es?-preguntó.
-Soy Cathy-respondió una voz al otro lado de la puerta.
-Pasa. Dame un segundo.
-¿Por qué?
-Por nada...Ya puedes pasar.
               Su hermana Katherine entró en la habitación.
               A sus veinticuatro años, Katherine poseía una belleza que se podía definir como angelical. Su cabello era largo, del mismo color que la miel. Sus ojos poseían una curiosa mezcla de verde esmeralda con azul claro. Las tres hermanas tenían los mismos ojos. Lo habían heredado de su madre.
             Katherine era de estatura mediana, sin ser ni demasiado alta ni demasiado baja.
             Su profesor de piano, Stephen Winter, se había fijado en ella. Naturalmente, no podía decírselo. Katherine era su alumna. Le besaba la mano a modo de despedida. Pero no era ciego. Se había fijado en que Katherine poseía una figura perfectamente proporcionada. Los vestidos oscuros no disimulaban su cuerpo. Stephen intentaba adivinar si sus pechos serían perfectos. Pero sí adivinaba su cintura de avispa. Incluso, creía notar que sus piernas, a pesar de que las cubría la falda de su vestido, eran largas y bien torneadas. Stephen se echaba en cara tener aquella clase de pensamientos con una alumna. Pero fantaseaba mucho con Katherine. Y eso le asustaba.
-¿Por qué estás llorando?-le preguntó Katherine a su hermana menor.
-No...-respondió Sarah-Es una tontería. La alergia...El polen...
               Entonces, encontró la respuesta. El libro que Sarah tenía sobre el regazo.
-Nunca cambiarás-afirmó Katherine-Sigues soñando con piratas. Sabes que eso no va a pasar.
             Sarah la fulminó con la mirada.
-¿Y tú qué sabes?-le increpó.
             Katherine se acercó a ella. Sarah odiaba saber que su hermana pequeña tenía razón.
-Ya no quedan piratas-le recordó-Al menos, no en esta parte del mundo.
            Sarah se preguntó si Katherine tendría sueños. Si se habría enamorado alguna vez. Había cosas de sus hermanas que ella desconocía.



                  Sarah estaba sentada en su cama. De modo que Katherine se sentó a su lado.
                  Sarah le hurtó la mirada. Katherine empezó a hablar. Le habló del deber. De que debían de buscar un marido acorde con sus posibilidades.
-¿En serio tú crees eso?-la cortó Sarah.
                Estaba cansada de oír sermones.
                Quería ser amada.
                Sarah vio fruncir el ceño a su hermana. ¿Acaso Katherine estaba dudando? En el fondo, me entiende, pensó Sarah.
                 Katherine movió la cabeza. Quería apartarse ciertos pensamientos de la mente. Sabía que eran imposibles de realizar. ¡En el fondo, también pedía ser amada!
-Los sueños nunca se hacen realidad-admitió Katherine-Es mejor olvidarlos ahora, cuando apenas están empezando a nacer. De otro modo, crecen. Y el dolor al ver que no se cumplen es más intenso.
-¿Qué quieres decir con eso, Cathy?-se interesó Sarah-¿Ocurre algo?
               Su hermana negó con la cabeza. Se puso de pie. Salió algo agitada y deprisa de la habitación. Sarah vio cómo cerraba la puerta con nerviosismo. Le pasa algo, pensó.
              Katherine podía ser muy sensible. Sarah pensó que tenía sus motivos para ser así. Era la menor de las tres hermanas. Recibía una gran influencia por parte de Sarah y de Mary. Katherine quería ser ella misma. Pero...No se le permitía. Quería soñar. Pero no quería ver cómo sus sueños se hacían añicos.

jueves, 5 de abril de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 145

Jack regresó a su casa con paso cansado.
Repasó mentalmente su vida actual. Su esposa le estaría esperando. Sintió un pinchazo en el pecho. Era un egoísta. Pensaba sólo en Olivia. Y se sentía culpable cada vez que acudía a su cabeza el recuerdo de Danielle.
¿Por qué no hizo caso a Dick? Su hermano le decía que Danielle no era la mujer que le convenía. Aquella estirada señorita no servía para vivir en Streetman. El tiempo acabó dándole la razón. Por supuesto, Jack nunca lo admitiría ante Dick. ¿Qué le podía decir? ¿Me equivoqué? ¿Tenías razón? Era lo que su hermano estaba deseando oír.
Sus pasos eran lentos y pesados. Lo último que quería era ver el rostro de Danielle. La expresión sonriente y triste a la vez de su cara...Sus ojos cargados de preguntas...La mirada que le dirigía Danielle solía ser acusadora. Lo sabe, pensó Jack. Podía negar cualquier cosa. Danielle no tenía pruebas. Pero no sería capaz de mentirle. Si ella le preguntaba por Olivia...¿Qué podría decir Jack? ¿Sería capaz de mirar a su mujer y de mentirle?
Una y otra vez, su mente regresaba al mismo lugar. Con la hermosa Olivia.
La amaba. Quería dejarlo todo por estar con ella. Había nacido para amarla. Pero le faltaba valor para dar el primer paso e iniciar una vida en común con Olivia. Dejar a Danielle.
Ése era el paso que Jack tenía que dar.
Hacía mucho que conocía a Olivia. Sin embargo, hasta hacía cosa de unos tres años no se había dado cuenta de lo que le había pasado. Ya no era una niña. Había crecido. Y era una mujer.
Fue una mañana. Hacía Sol. Él y Olivia sacaron a pastar al ganado. La joven se echó a reír de un modo maravilloso. A entender de Jack.
-¿Por qué te estás riendo?-le preguntó.
Olivia se encogió de hombros. El sombrero se le cayó hacia atrás. Llevaba suelto su cabello caoba. El viento lo agitaba. Jack se quedó sin aliento. Parecía que alguien (la propia Olivia) le había propinado un puñetazo en el estómago. La muchacha parecía una diosa. Una diosa sacada de uno de los libros que tenía Kimberly de Roma.
-No lo sé-respondió Olivia-Es por muchos motivos. Hace un día precioso. El ganado está tranquilo. ¿Sabes que anoche nació un ternerillo? ¡Es muy mono!-Sonrió.
Y tú eres bellísima, pensó Jack.
-Ya lo veré cuando regresemos-dijo.
Guardó silencio. No se podía creer lo que había pensado. Pero...Algo cambió en su interior aquel día. Empezó a mirar a Olivia de otra manera.
Durante los días siguientes, estuvo pensando en Olivia. Danielle le notaba distraído. Le preguntaba cómo le había ido en el rancho. Jack no sabía qué responder. No hablaba. Se encogía de hombros. Besaba de forma distraída a Danielle. Y hablaba con monosílabos.
Ahora, todo era distinto. Había besado muchas veces a Olivia. Y los dos estaban sumidos en un Infierno de amor y de culpa.

CRUEL DESTINO

           Sarah y Lilith se pusieron de pie. Siguieron caminando.
           Para cuando eso pasó, el día había dado un giro brusco.
           Era una tarde inusualmente rara. El Sol iluminaba el bosque que rodeaba el río Cefni. El cielo estaba despejado. Lilith saludó a una pareja de conocidos que vieron. Dos hombres estaban sentados en el suelo. Hablaban con gesto serio. Un niño se acercó al río. Una niña le siguió. Metieron en el agua un barquito de juguete.
               Lilith empezó a hablarle a Sarah. La joven tenía una visión demasiado romántica de la vida.
-Nunca entregues tu corazón a alguien al cien por cien-le exhortó.
                Sarah se cogió de su brazo para caminar.
-No entiendo lo que quieres decir-admitió.
               Lilith había sido como Sarah años antes. Había tenido muchos sueños. Por desgracias, todos aquellos sueños se habían hecho añicos.
               La vida la había defraudado profundamente.
-Eres muy apasionada, Sarah-observó Lilith.
-¡No podría ser de otra manera!-se rió su amiga.
-Eso es lo que más me preocupa.



               Caminaban con paso lento. Lilith no tenía ganas de regresar a su casa. Hacía mucho que había perdido la ilusión por ver de nuevo a su marido. Por estar con él. Lo había amado intensamente. Y ya no quedaba nada de aquel amor tan apasionado que le profesó. Ni siquiera quedaban las cenizas.
-Te puede pasar a ti-dijo Lilith en voz alta.
-¿Qué quieres decir?-indagó Sarah.
               Su amiga le dio un cariñoso apretón en el brazo. Ya ni recordaba la última vez que su marido la acarició.
-Todos buscamos el amor-admitió Lilith-Pero nadie lo encuentra realmente. Cuando amamos con pasión, acabamos con el corazón destrozado. Hecho añicos...Lo único que queremos es que alguien nos haga compañía. Nadie quiere quedarse solo. Tus hermanas piensan en casarse. Digas lo que digas. Tus hermanas desean casarse para no quedarse solas. Tus padres, por desgracia, no vivirán eternamente. Os quedaréis solas en vuestra casa. Sin más compañía que vosotras tres.
-No te creo-replicó Sarah-Si te fijas bien, te darás cuenta de que estás equivocada. Mis padres...Tú misma...Son felices. Os casastéis. Y amáis a vuestros cónyuges. ¡Tú quieres a Alec! ¡No digas lo contrario, Lilly!
-Quizás tu padre ame a tu madre-dijo Lilith-Pero...Yo soy distinta. Siempre he tenido mucho genio y es muy difícil convivir conmigo. Ya lo sabes. No me relaciono con mucha gente. No tengo muchos amigos. Me ven como a un bicho raro. Lo entiendo. ¿Amo a Alec? Quizás...El amor es una quimera. Antes o después, se acaba. Eso es lo más doloroso de todo. Ver cómo se apaga el amor. Ver cómo tanta pasión se extingue. Y no queda nada. Ni siquiera quedan los rescoldos.
              Sarah negó con la cabeza. Un carruaje tirado por caballos de color castaño pasaron cerca de ellas.
               El amor no es una quimera, pensó Sarah. Es algo real. Nos envuelve. Nos rodea. No podemos escapar de él.
-Mis padres no piensan como tú-afirmó-Ellos se han casado. Y lo han hecho por amor. No por convencionalismo social. Mis hermanas harán lo mismo algún día. Y yo voy a hacer lo mismo que han hecho ellos. Me casaré por amor.
-Hablas igual que yo-observó Lilith-Aunque no lo creas. Tus padres no sé si se aman o no se aman. No me gustaría tener un día una hija. Me da miedo de que se parezca a mí y sufra como yo he sufrido en el pasado.
-Tú deseas que yo me case enamorada de mi futuro marido.
-Me temo que he sido una jovencita muy soñadora-Había pena en la voz de Lilith al hablar-Creía que basta con amar. Pero eso no basta. Tanto Alec como yo debimos de cultivar nuestro amor. Nos basamos en la pasión que nos consumía para estar juntos. Teníamos que hacer un esfuerzo para evitar que nuestro amor se apagara. No lo hicimos. Fue un error. Con gestos de cariño...Con hablar...Los pequeños detalles...Si no...El amor se apaga. Y eso fue lo que nos pasó. Se apagó nuestro amor. Y eso lo que más siento. He perdido a mi amor. Lo siento cada vez más lejos de mí.
-Pides un imposible, Lilly-admitió Sarah-Eso es muy difícil de conseguir. Se habla de amor. De cómo se consigue. Y...¿Qué pasa después? La amistad...Eso está bien.
-Y no pasa casi nunca. Hazme caso. Después de la pasión...¿Qué es lo que queda? Te lo diré. Un sentimiento de desapego hacia la persona con la que estás.
-No creo que mis hermanas quieran oírte. Hablan de amor. De su boda...De ser felices.
-La gente quiere oír sólo las cosas buenas. Intenta ignorar que no todas las historias de amor tienen un final feliz. Espero equivocarme. Tanto contigo como con tus hermanas. Os merecéis ser felices.
                El rostro de Lilith era serio. Sarah oyó las risas de varios niños que jugaban al diávolo. Tres jovencitos estaban a pocos metros de donde estaban ellas. Se reían. Debían de ser unos niños a punto de convertirse en hombrecitos. De pronto, Sarah se sintió vieja. Un matrimonio maduro estaba paseando. Se sentó en el suelo. El marido tenía el rostro serio. La mujer tenía el rostro cansado. No se hablaban. No se miraban.
             ¡Dios!, pensó Sarah. Podría acabar así. Como esa mujer...
Una pareja que estaba sentada en sobre una manta en el suelo se puso de pie.
               Les acompañaba la carabina.
-Alec y tú os queréis-insistió Sarah-No digas lo contrario, Lilly. Vosotros estáis aún juntos. Luego, existe todavía el amor. Lo veo todos los días. Lo cultiváis. Alec te quiere
-Más o menos-se sinceró Lilith-Procuramos llevarnos bien. Cuando estamos solos, nos hacemos compañía. No tenemos hijos. Alec alivia mi soledad. Y yo, a mi vez, alivio la soledad de Alec.
-He pasado largas temporadas con vosotros. Siempre ha reinado la armonía entre Alec y tú. A pesar de la ausencia de hijos...Os miráis a los ojos con adoración. Nunca te he oído discutir con él. Os habláis con respeto. Con cariño...Ni un grito...Ni una mala palabra...Ni un mal gesto...
-Ya. No te confundas. Que dos personas se lleven bien no significa nada. Te puedes llevar bien con tu marido. Pero no amarle. El respeto, lo mismo que el deseo, no es sinónimo de amor. Es otra cosa. Llevarse bien. Comprenderse. De ahí nace la amistad. Y eso es bueno. Las personas no quieren estar solas. Te lo he dicho antes. Buscan casarse. No por amor. Les obliga el deber. El deber a tener un hijo que perpetúe su apellido. El deber a cumplir una orden. Y, en definitiva, el terror a estar solo. Aunque haya quien piense que el respeto y el amor van cogidos de la mano. Lo mismo que el deseo. El respeto va unido al cariño. No siempre es así. Y el deseo y la pasión nace de nuestros más bajos instintos. Y no me pidas que te diga de dónde vienen los más bajos instintos. No te lo voy a decir.
                  Sarah esbozó una sonrisa trémula.
                 Se equivoca, pensó. Lilith debía de estar equivocada.
                 Ella se casaría con el hombre de su vida. Todavía no había aparecido. Pero estaba segura de que no tardaría mucho en aparecer en su vida.
                 Lo esperaría siempre.
                 Habrá discutido con Alec por alguna tontería, pensó. Miró a Lilith. Su mejor amiga no pensaba así. Estaba segura.

miércoles, 4 de abril de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 144

No puedo hacerlo, pensó Jack mientras entraba en el establo.
Aquel día, Olivia había vuelto a "LA PILARITA". Se había recuperado. Quizás no del todo. De momento, el doctor Castro le había permitido volver a trabajar.
Jack había recibido su carta. Pero Olivia le estaba pidiendo un imposible. No podía renunciar a ella.
Se encontraron en el establo.
-Has venido-dijo Olivia O' Hara mientras se acercaba a aquel hombre-Te estaba esperando.
-No me pidas eso nunca más-le rogó Jack-No me pidas que renuncie a ti. No soy capaz de de hacerlo.
-Lo sé.
Olivia se arrojó a los brazos de Jack. Rodeó el cuello del hombre con los brazos. Él hundió la cara en el cabello de color caoba de Olivia. Su pelo había perdido su brillo. Aún así, aspiró el delicioso olor que todavía emanaba. Se ha lavado el pelo, pensó.
-Te he echado de menos-susurró Jack.
-Te quiero-dijo Olivia.
-No puedo vivir sin ti.
Su voz era apenas un susurro.
Había dolor en sus ojos cuando se cruzaron con los ojos de Olivia. La joven estaba enamorada de aquel hombre. A pesar de que sabía que su amor era un pecado. Lo amaba.
Jack cogió la mano de Olivia, se la llevó a los labios y se la besó. Ella le acarició la mejilla con la palma de la mano.
-Disfrutemos del momento-le sugirió-Nadie tiene porqué enterarse. Lo único que te pido es que me respetes. Está mal. Y yo...Aunque desee entregarme a ti, no puedo hacerlo. No sabiendo que está mal. Que le estoy haciendo daño a Danielle. Dime que lo entiendes.
-Lo entiendo-aseguró Jack-A mí también me pasa. Te respetaré aunque...No sé por cuánto tiempo. ¡Que Dios nos perdone!
-No tenemos perdón.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Olivia.
Jack la atrajo hacia su pecho y la besó de forma apasionada.
En aquel momento, Diego de León salía de casa.
Había ido a visitar a sir Kyle Saint Leger. Le molestaba tener que hacer negocios con él.
Aquel inglés le miraba por encima del hombro. ¡Maldito sea!, pensó Diego.
Odiaba a los ingleses.
Diego de León era el dueño de "RANCHO PALOMA".
Cuando Sean y Sarah llegaron a Streetman, Sean fue a "RANCHO PALOMA" a pedir trabajo.
Diego se lo dio. A pesar de que Sean era irlandés y Diego era mexicano, se entendieron a la perfección. Sean llegó a ser capataz de "RANCHO PALOMA". Tenía muchos defectos. Diego lo sabía. Pero también sabía que Sean, en el fondo, era un buen hombre. Cuando pudo comprar "LA ISAURA", Sean abandonó "RANCHO PALOMA". Diego se sintió dolido. Pero entendía a Sean.
Al entrar en el establo, Diego retrocedió. Vio a dos figuras abrazadas. Se estaban besando. Diego sabía que la hija de Sean, Olivia, estaba trabajando en "LA PILARITA". Sin duda, era ella la que se estaba besando con alguien. Diego no pudo verle la cara a la otra persona.
Decidió regresar a "RANCHO PALOMA" a pie.
Sonrió al pensar en Olivia. La niña traviesa que había conocido había crecido. Y era una hermosa mujer. Muy parecida a su madre...Antes o después, Olivia tenía que enamorarse.
Mientras tanto, en el establo, Olivia percibió la excitación de Jack. Lo notó mientras la apretaba contra su cuerpo. Se apartó de él. Estaba ruborizada. Odiaba ruborizarse. Él le acarició la mejilla.
-Lo siento-se disculpó.
-Jack...-susurró Olivia.
El tono de su voz sonó desamparado.

martes, 3 de abril de 2012

AMOR PROFANO/AMOR Y DOLOR 2

ENTRADA ELIMINADA.
POR FAVOR, DISCULPEN LAS MOLESTIAS.
GRACIAS.

CRUEL DESTINO

ISLA DE HOLY, EN GALES,  1823

                El matrimonio Wyntrhop tenía tres hijas: Mary Anne, Sarah y Katherine Úrsula. Las tres iban camino de convertirse en unas solteronas.
                El matrimonio era natural de Holyhead. La pequeña ciudad era el centro de la vida en la isla de Holy.
                Sus tres hijas habían nacido allí.
                Sarah había salido aquella tarde.
                A pesar de que estaba mal visto, iba sin su doncella Erika. Necesitaba estar sola.
                Sus pasos la llevaron hasta una zona que ella conocía bastante bien. Un grupo de menhires se concentraban allí. Era un lugar que traía cierta paz a su espíritu.
               Ya tenía veintiséis años. Cualquier joven de su edad estaría ya casada. Y tendría ya varios hijos. Pero Sarah no quería casarse con cualquier petimetre. Ella quería casarse por amor. No entendía el porqué su hermana mayor, Mary, no se había casado en primer lugar. Por algún extraño motivo, Mary no quería casarse.



                Escuchó una voz que la llamaba. Sarah bufó con fastidio al reconocer la voz de su doncella Erika.
-¿Qué está haciendo aquí, señorita?-la regañó.
               Sarah elevó la vista al Cielo.
                Estaba despejado.
               Ella y Erika no se llevaban nada bien. Erika era una joven de modales un tanto afectados. Su sumisión le resultaba a Sarah un tanto falsa. Desconfiaba de ella.
-Quería salir a dar un paseo-contestó la joven-Quería estar tranquila. Y sola...
-Pero no puede salir sola a la calle, señorita-le recordó Erika-Aunque tenga una cierta edad, debe de pensar que es una dama. Los hombres pueden pensar cosas feas de usted.
-Sé defenderme.
-Venga conmigo a casa.
-¿Y por qué quiero regresar?
-¿No se acuerda? Tiene que preparar su equipaje. Mañana, parte de viaje para Llangefni.
              Sarah se golpeó la cabeza con las manos. Era verdad que partía al día siguiente para Llangefni. Había aceptado la invitación que le había hecho su amiga Lilith de pasar unos días con ella.
             Echó a correr. Erika contempló la escena. Y movió la cabeza. El carácter alocado de Sarah la hacía antipática a sus ojos. Jamás nos llevaremos bien, pensó la doncella.

               Ninguna de las hermanas Wynthrop era fea. A decir verdad, eran más bien bonitas. Más que bonitas, se podían decir que eran tres auténticas bellezas. Se las podía admirar. Pero nadie se acercaba a ellas. Eran inalcanzables.
              Mary era una pelirroja despampanante. Sarah poseía una belleza morena que llamaba mucho la atención. En cambio, la belleza de Katherine era más bien angelical.
              Por aquella época, mister Henry Wyntrhop, el padre de las jóvenes, decidió contratar un profesor de piano.
              Stephen Winter se presentó para el puesto.
              La música era la pasión de Katherine. De las tres hermanas, era la única que poseía un gran talento para la música. Solía deleitar a su familia con sus conciertos caseros de piano.
              También solía interpretar alguna que otra pieza cuando venía alguna visita. Lo cual ocurría con bastante frecuencia.
              A menudo, Katherine soñaba con convertirse en una famosa pianista. Recorrería el mundo dando conciertos. Sería conocida en todas partes. Sus hermanas se reían al escucharla hablar.
              Pronto, Stephen se dio cuenta de que su pupila poseía un gran talento para el piano. Había dado por sentado que Katherine sería una jovencita inexperta en las lides musicales. Sin embargo, su talento lo dejó impresionado. Quería perfeccionarse.
-Quiero aprender-le aseguró Katherine.
             Stephen quería enseñarla. A él le apasionaba la música. En ocasiones, el piano le permitía evadirse de sus muchos problemas. Su vida entera era un desastre. Su principal aliciente eran las clases de piano. El poder escuchar a Katherine.
               Por su parte, Sarah estaba pasando una temporada en casa de una amiga suya. Se llamaba Lilith.
               Lilith era una joven de cabello de color castaño. Sus ojos eran de color azul oscuro. Las visitas de Sarah eran su única alegría. Su matrimonio se estaba viniendo abajo. Era algo que la propia Lilith sabía. Cuando Sarah no estaba, Lilith permanecía días enteros encerrada en su habitación sin salir de allí. Notaba cómo su marido estaba cada vez más alejado de ella. Lilith tenía miedo.
             Ella y su esposo, Alec, no habían tenido hijos.
             Lilith se preguntaba si las cosas habrían sido distintas de haber sido ella madre. Pero eso era algo que jamás sabría.
              Compartía con Sarah sus preocupaciones. Pero no quería amargarla con sus problemas. Sarah no sabía gran cosa de los hombres. Eso era algo que Lilith agradecía. Ella echaba de menos dormir abrazada a su marido. Los besos que Alec le daba. Se preguntaba si su marido le estaba siendo infiel. Si habría otra mujer en su vida. Podía pasarse días enteros sin aparecer por casa. Pero, después, aparecía. Venía completamente borracho. Y apestando a furcia barata.
               Sarah fue recibida por su amiga Lilith con gran alegría. La joven estaba casada. Pero no tenía hijos de momento. Sarah era una de las pocas señoritas decentes que se relacionaba con ella. El pasado de Lilith la perseguía por todas partes. Sin embargo, Sarah no la había rechazado. Aquella amistad era muy comentada en todas partes. Lilith se sentía incómoda. Pensaba que Sarah estaba sufriendo por culpa de aquellos malditos cotilleos. Sin embargo, la joven le decía que era feliz en su compañía. Podía hablar con ella de cualquier tema. Podía contarle todo aquello que no se atrevía a contarle a sus hermanas.
             Como que ya sabía que se encargaría mister Wynthrop de buscarles un marido a sus hijas. Tenían que casarse. Él quería tener nietos.
            Se lo contó un día que estaban tomando el té.
-No sé porqué, pero sospecho que tú no quieres hacerle caso a tu padre-apostilló Lilith-Ya estás pensando en cómo rebelarte.
               Hacía mucho que el marido de Lilith no le daba un beso. No le daba un abrazo. Sentía un gran vacío en su corazón. Y un frío que recorría su cuerpo y  no la dejaba nunca.
              Sarah bebió un sorbo de su taza de té.
-Yo quiero casarme por amor-se sinceró-Se lo he dicho muchas veces a mi padre.
-Pero él no te hace caso-le recordó Lilith-Te confieso que no sé qué pensar. Por un lado, se trata de tu padre y busca lo mejor para ti. Por el otro lado, se trata de tu vida.
-No soy dueña de mi propia vida, Lilly. Me casaré con quien mi padre diga. Tanto si me gusta como si no me gusta. ¡Pero no me resigno! ¡No es justo!
-Haces bien, querida.



                    Lilith Lawless era una de las mujeres más influyentes de todo el país. Ostentaba el título de lady porque estaba casada con un lord. Vivía en una lujosa casa solariega situada en pleno centro de la zona boscosa conocida como Valle Profundo. A Lilith no le gustaba nada vivir allí. A Sarah le gustaba pasar largas temporadas en casa de Lilith. Se podía codear con lo más granado de la alta sociedad galesa. A pesar de que sabía de que todos la miraban por encima del hombro por ser no pertenecer a la aristocracia, ya que su padre era el dueño de una modesta fábrica textil.  Incluso cuando le hacían reverencias al ser presentados. O cuando le besaban la mano. O en la manera en la que se referían a ella. Miss Wyntrhop...Y la miraban casi con desdén.
                   Intentaba no pensar en eso.
                 Lilith la miraba siempre de forma condescendiente. Era una buena mujer. Sin embargo, no paraba de indicarle a Sarah que tenía demasiado color en las mejillas.
                 Sarah seguía al pie de la letra todos los consejos que le daba Lilith. Cómo debía de caminar. Qué ropa debía de ponerse. A quién debía de saludar. Cómo debía de comportarse. Todo lo que su madre le decía que debía de hacer. Pero Sarah no hacía. De las tres hijas del matrimonio Wyntrhop, Sarah era la más alocada de todas.
               Sarah admiraba la fuerte constitución de Lilith. Por supuesto, conocía algunos secretos. Como que no era feliz en su matrimonio.
              En los primeros tiempos en los que Sarah visitaba a Lilith en Llangefni, el marido de Lilith, Alexander, era cariñoso con su esposa. Acababan de casarse. Alexander era un aristócrata. Sarah no recordaba cuál era el cargo que ostentaba. Recordaba haber visto a Alexander acariciar el cabello de Lilith. Besarla con dulzura a cada rato. Acariciarla. Sarah sentía envidia de su amiga. La veía feliz.
                Las visitas de Sarah a la casa de Llangefni inquietaban a mister Wyntrhop. Estaba al tanto de la mala fama que tenía mistress Lawless. No entendía el porqué Sarah seguía siendo amiga de aquella mujer. Todo el mundo en Gales sabía quién era ella. Una vulgar ramera venida a más...En cambio, mistress Wyntrhop veía con buenos ojos la amistad entre su hija y Lilith. Aquella mujer podía ayudar a Sarah a hacer un buen matrimonio.
                Mary acababa de cumplir veintiocho años. Sarah tenía veintiséis. Y Katherine tenía veinticuatro. Las tres tendrían que haberse casado hacía mucho. Había quien decía que serían madres a la edad de ser abuelas. En sus cartas, Mary y Katherine le exponían a su hermana sus preocupaciones. Mary no quería casarse. Y Katherine era feliz con su piano. Eran hermosas. Poseían una dote bastante elevada. Eran admiradas. Pero seguían solteras. Y eso era algo ya preocupante. Los Wyntrhop querían tener muchos nietos. Pero veían que no tendrían ninguno.
                Mary, la mayor, era la más tímida de las tres hermanas. Pasaba más tiempo leyendo que en la calle. Podía haber asistido a unas cuantas fiestas en Holyhead y en Llangefni, pero se negó en redondo. En cambio, Katherine era la más práctica y sensata. Hablaba de buscar un trabajo como institutriz si no se casaba. No proyectaba un matrimonio basado en el amor. Sino en la compañía mutua. Con un buen partido, por supuesto.
              Y Sarah, mientras, soñaba con casarse por amor.

              Aquella tarde, Sarah y Lilith estaban sentadas a orillas del río Cefni. Por la mañana, había estado lloviendo. Aún quedaban nubarrones negros en el cielo. Se olía a tierra mojada. Era un olor que le gustaba mucho a Sarah. Era muy natural. Las dos estaban sumidas en un gran mutismo. A su alrededor, la gente pasaba. Hablaba entre sí. Oyeron pasar varios carruajes. La mirada de Sarah estaba cargada de melancolía.
               Su tiempo se estaba agotando. No tardaría en empezar a hacer las maletas. Ella no quería regresar a casa. Pero mister Wyntrhop no tardaría en darle aviso. Lo habían pactado de aquel modo. Sarah tenía derecho a divertirse. Salía acompañada por Lilith y por la doncella de ésta. Jamás salía sola a la calle. Era algo que Lilith no le permitía. De algún modo, obedecía más a su amiga que a sus padres. Lilith miraba por su bien. El aviso de su padre no tardaría en llegar. Eso significaría la vuelta a casa.
                Y eso la angustiaba.
-Antes o después, tienes que volver a tu casa-le dijo Lilith-Era algo que todo el mundo espera. No puedes pasar mucho tiempo lejos de tus hermanas.
               Sarah suspiró.
              Al menos, Erika no había venido con ella. Lo cual agradecía enormemente. Su doncella le crispaba los nervios. Y no era una exageración.
-Me da pena tener que dejarte-se sinceró Sarah. Se alisó una arruga que vio en su falda. Lejos de su familia, se sentía libre-Seré sincera contigo. Soy muy feliz aquí. Sobre todo, en tu casa. Puedo ir adonde quiera, aunque tenga que ir acompañada por tu doncella. ¡No se parece en nada a Erika! Es una chismosa. Me vigila. ¡Parece mi perro guardián! Te juro que no sé qué hacer con ella. No quiero que mi padre la eche. No se porta del todo mal. Pero...No es lo mismo. Yo puedo ir aquí adonde quiera. Aunque tenga que llevar a tu doncella conmigo. Pero puedo salir. Y no tengo que rendir cuentas ante mi padre.
-Puedes casarte con un caballero de aquí-le sugirió Lilith-No tendrías que regresar a casa.
-No podría-se lamentó Sarah-Mis padres desean que viva cerca de ellos. Aunque...Siempre he hecho lo que he querido.
                  Los ojos de Sarah brillaron pícaramente al hacer aquella afirmación.
                   Lilith sonrió.
-Estoy segura de que volverás a salirte con la tuya-auguró.
-Eso espero-le garantizó Sarah-Encontraré aquí el amor. Me casaré con un caballero de esta ciudad. Y nunca nos separaremos.
                   Lilith era su mejor amiga y a Sarah le dolía alejarse de ella. Pero no tendría que hacerlo.
                   Sarah se preguntó si encontraría el amor. Ya tenía veintiséis años. El tiempo pasaba muy deprisa.
                   En Holyhead, la gente la miraba con compasión. Era una de las tres hijas solteronas de Henry y Hilda Wyntrhop. Sarah no quería despertar compasión en la gente. Tan sólo quería ser libre.
-Te comprendo-admitió Lilith-Yo también tenía sueños hace muchos años. Pero mis sueños nunca se hicieron realidad. Y me he resignado a ello. A ti te pasará lo mismo.
-¡No digas eso, Lilly!-le rogó Sarah-Los sueños se hacen realidad. De un modo u otro...Pero no hay que dejar nunca de soñar.
-¿Y de qué sirve?
-Para mucho...Para ser feliz. Para aferrarse a algo.
             Lilith reprimió una carcajada amarga que pugnaba por salir de su boca.
             Contempló el río Cefni. Llevaba bastante caudal.
             Cogió una piedrecilla que estaba a su lado. La tiró al río.
-No sueñes-le aconsejó a Sarah.
             No sueñes, pensó Lilith.
             Y tampoco te enamores. Hazme caso. Sólo vas a conseguir ser una desdichada durante el resto de tu vida.
-Se está haciendo tarde-comentó Sarah-Y empieza a hacer frío.
-La próxima vez que salgamos, nos llevaremos nuestros chales-sugirió Lilith-O nos pondremos las capaz encima de los hombros. Una vez, Alec me regaló una capa. Era de armiño. Aún la guardo. ¡Es preciosa! Alec, antes, me hacía muchos regalos.

lunes, 2 de abril de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 143

EXTRACTO DE UNA CARTA QUE OLIVIA O' HARA LE ESCRIBIÓ A JACK MACKENZIE:

"Lo nuestro nació condenado desde el primer momento.
No se puede ser feliz a costa del dolor ajeno.
Eso es egoísta por nuestra parte.
Si caí enferma, fue por el remordimiento.
No puedo vivir con esta culpa que me corroe el alma.
Sufro cada vez que pienso en Danielle. ¿Acaso ella se merece lo que le estamos haciendo? La respuesta es no. No se lo merece.
Tendrá sus defectos, igual que yo tengo los míos. Pero no he conocido a mejor persona que ella.
No sé qué voy a hacer.
Sé que no puedo renunciar a ti. Te amo demasiado como para renunciar a ti.
Pero nuestro amor está prohibido. Mi conciencia me dicta que acabe con esto hoy mismo. Pero no soy capaz de hacerle caso. Una y otra vez me pregunto qué he de hacer. Y no encuentro una respuesta.
Porque no sé si existe la respueta correcta para esto.
Para nuestra situación...
No puedo vivir con este remordimiento. Pero tampoco puedo vivir sin ti, Jack. Por primera vez en mi vida, no sé qué hacer. Y tengo miedo de que alguien pueda resultar herido por nuestra maldita culpa. Si tienes fuerzas, si no eres tan egoísta como yo. Si te importa Danielle, te ruego que me pidas que dejemos de vernos. Porque no puedo hacerlo yo al ser tan egoísta y tan posesiva.
¿Lo harás, Jack?"